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La cajita de música

Cesar BerlangaCesar Berlanga Pedro Abad s.XII
editado mayo 2015 en Fantástica
La cajita de música

Sentí unas ganas tremendas de correr, de huir. Aún así, conduje unos metros en punto muerto y aparqué bajo unos árboles. Dejé allí el coche y salí corriendo como una flecha hasta adentrarme en un bosquecillo de color violeta.

Mis piernas tenían una potencia inusual y mis ojos, por un momento, fueron los del águila avistando una presa. Aceleré aún más mi carrera y frené de golpe al lado de una gran casa en ruinas, la cual, a juzgar por su aspecto, debía haber sido una gran mansión.

Me dejé caer al suelo y descansé unos momentos, justo los necesarios para ver mi vida pasar delante de mí, escapándose. ¡No podía ser! ¡Mi vida tenía que estar conmigo, mi cuerpo la necesitaba! La llamé desde el fondo de mi ser y al cerrar los ojos pude ver como volvía, uniéndose a mí como en un abrazo.

Mantuve los párpados cerrados. Unas visiones espléndidas y magníficas desfilaban ante mis ojos. Nunca había visto nada igual: castillos, caras, valles, luces y colores que se descomponían como el más espléndido caleidoscopio que jamás pudiera imaginarse. No sé cuanto tiempo estuve así, pero cuando abrí los ojos, el cielo se estaba nublando con rapidez, como si las nubes bajaran en picado precipitándose al vacío. Amenazaba tormenta y decidí entrar en la casa abandonada.

Sus puertas de aspecto centenario estaban prácticamente descompuestas por la humedad y los parásitos. Me adentré en su oscuro interior y lo primero que percibí fue un olor extrañísimo, una mezcla de podredumbre enmohecida y de una suave pero perceptible estela de perfume ¿francés?

La casa en sus mejores tiempos debió albergar personajes importantes. Se notaba por el estilo refinado y exquisito del papel añoso que vestía sus paredes.

Abrí una de sus ventanas para que entrara algo más de luz y descubrí con sorpresa que en un rincón había un enorme baúl con adornos dorados. Encendí uno de mis arrugados cigarrillos y me acerqué hacia el hallazgo con la sorpresa, el interés y la alegría de un niño ante un regalo importante.

Abrí su tapa con bastante miedo y precaución, esa es la verdad. Comprobé que estaba totalmente vacío y me llevé un susto tremendo al descubrir en el fondo ¡una cara que me miraba asombrada!

Me quedé estupefacto hasta que caí en la cuenta de que se trataba del reflejo de mi rostro.
– Pero ¿qué diablos?- ¡pues claro! El interior del gran baúl estaba forrado de espejos limpios y relucientes ¡Era increíble!

Me fijé más detenidamente y descubrí en un rincón una cajita verdosa; me agaché para cogerla, pero perdí el equilibrio y me caí dentro, de cabeza. No me hice daño pero me quedé con la nariz pegada contra el fondo del baúl y me di cuenta de que la fragancia de perfume francés provenía de allí en su totalidad.

Sin cambiar de postura, y haciéndome gracia la situación, alargué mi mano y agarré el objeto como un gato atraparía un ratoncillo: era una cajita bellamente labrada que parecía muy antigua. Me puse de pie rápidamente y la abrí; dentro tenía otra caja igual pero más pequeña; al levantar la tapita sonó una melodía: era una cajita de música preciosa y delicada.

Cerré los ojos y me dejé llevar por aquellas dulces notitas. Me sentí transportado a un parque lleno de niños que jugaban ruidosamente en un césped de color azul y miel. Las sensaciones eran placenteras hasta que de repente la luz del sol desapareció y unas oscuras y cargadas nubes lo invadieron todo bajando hasta el nivel del suelo. Los niños gritaron y sus madres los llamaron asustadas.

Abrí los ojos y recordé que fuera de la casa reinaba también un estado climatológico sorprendente. Salí para cerciorarme, pero allí el sol ahora brillaba espléndidamente.

Encendí otro cigarrillo y me senté en el porche observando con admiración aquella preciosa cajita que ahora era mía. Pensé en mi coche y me reí: no sabía cómo llegar hasta él. Guardé la cajita en uno de mis bolsillos y estiré mis miembros para desentumecerlos.

El efecto de mi locura se había estabilizado, lo que me tranquilizó, pero no por ello el grado de alucinación visual había remitido, simplemente estaba con mi raciocinio mental más equilibrado, saliendo del descontrol total de sólo unas horas antes.

Me puse a caminar despacio, intentando canturrear la melodía de la cajita de música, oliendo con nostalgia aquel perfume mágico. Estaba decidido a encontrar mi coche y dirigirme al mar; me apetecía, necesitaba percibir toda su grandiosidad y pureza.

César Fornés Berlanga
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