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Carta al padre

pinkipinki Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado mayo 2015 en Poesía General
“… Querido padre:
Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como es habitual
no supe que contestarte: en parte, precisamente por el miedo que me inspiras;
en parte, porque en la justificación de dicho miedo intervienen demasiados
pormenores para poder exponerlos con una aceptable consistencia…”
(F. Kafka).


Las fauces de tu boca estrellada me engullen,
es la hora del recuerdo temblando en mis huesos,
del sonido de una noche incolora respirando por mí,
titilando en mis oídos huérfanos de una voz.

Querido padre si estuvieras aquí conmigo,
pero no estás más que volatilizado en mi piel.

Y tatúas con frágiles arañazos mi destierro,
te resistes como el silencio de una tumba;
tú siempre tan lejos de mí como el primer día
cuando me descubrí tan pequeño frente a ti.

Así supongo que lo dispone la propia naturaleza,
esa misma ley que nos atraviesa hasta la médula,
pero de la que poco o casi nada sabemos.

Querido padre, aunque creías saberlo todo,
nada sabías de ese orden iracundo,
que tan pronto vibra en las alas de una mariposa,
como estalla en los volcanes,
o se derrama por los ríos y los valles
para llegar a la inmensidad de los océanos.

Nada sabemos, y sin embargo vivimos en la certeza,
cuando hablamos o respiramos más allá del tiempo;
porque estoy seguro que aún respiras y hablas,
siento la vibración de tus lamentos erizando mi rostro.

Fuimos y somos tan distintos y tan iguales,
como dos gotas de agua goteando con insistencia,
como dos ojos que se empeñan en ver la diferencia.

Jamás nos veremos, la luz es demasiado clara todavía,
aún no hemos crecido lo suficiente, nos delimita
la fragilidad de los cuerpos que temen su unión,
su último estallido en la pletórica comunión de las estrellas.

Ellas como tus dientes son afiladas e inquisidoras,
dictan con su silencio una irrefutable verdad,
la que me acompaña y arropa cada noche
cuando siento la húmeda soledad de tus labios;
saboreando las infernales profecías de los dioses,
tan pequeños como vengativos y viejos.

¿Qué hacemos aquí solos los dos, padre,
devorándonos y partiéndonos los dientes?

¿Por qué resulta necesario alejarnos de la vida,
refugiarnos en el vientre de una luna virgen?

Así no, padre, así nunca florecerá nuestro amor,
antes seremos embalsamados,
no habrá ningún nacimiento de nuestro dolor,
seremos expuestos en el museo de la ciencia
para que otros comprendan nuestra miseria.

Estuvimos y estamos tan lejos el uno del otro,
como en su día lo estuvieron los sueños
que pasaron por la vida sin hacer ruido;
como la sangre recorrieron nuestras venas,
gritando el desgarro de la mutua incomprensión.

Y ahora que ya gritamos nuestro dolor,
¿qué hacemos si seguimos sin saber nada?

¿Cómo hacer visible y llenar de luz
lo que debe permanecer en la sombra,
aquello que nos moldea y es materia?

Por más que nos devoremos la sangre
y bebamos de los cálices del sol,
no llegaremos a comprender nuestros motivos.

Todo comienza en el silencio y la ausencia,
después andamos a la deriva buscando el consuelo,
la paz definitiva en unas manos que no encontraremos:

No tiene forma visible nuestra materia negra.

Aun si se besan las bocas de la nocturnidad,
clavándose en las pupilas de los corazones,
o desgarrándose en la dentadura de las estrellas;
la materia nos devorará en su eterno descanso sin luz:

La luz del conocimiento se apaga con los besos.

Y la vida pasa como tu pasaste por mi vida,
y me golpea con fuerza como tú me golpeaste,
y todavía sigo sin sentir nada en absoluto.

Podría coger una de tantas estrellas afiladas
y tatuar nuestros nombres en la piel de la noche.
Pero, ¿de qué serviría, padre, acaso
nos sería posible modelar la sombra
que impera con sus leyes inmemoriales?

Nos encontramos, padre, más allá de la memoria,
de nada sirve que ahora añore tus besos,
o tú recuestes la cabeza en mi sueño,
o hables en el murmullo de mi sangre.

Podríamos cruzar el umbral que separa la vida de la muerte,
sin embargo no es una cuestión de espacio, ni de tiempo,
se trata más bien de una ficción amorfa e indefinida,
que escapa a la luz y al mismo tiempo ordena a las estrellas
nacer y morir.

Es la misma ley por la cual yo nací, y me llamaste hijo,
y por la cual tú falleciste, y te llamé padre;
aunque siempre fuimos dos desconocidos,
dando tumbos y buscándonos en la oscuridad.

En nuestra esencia fuimos y somos:
la sombra que acompaña toda relación y luz posibles.
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