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Duplicidades

SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado mayo 2015 en Narrativa
Arriba/abajo
A las dos y cuarto de la madrugada del día lunes, el astrónomo John Smith hacía el descubrimiento de su carrera. Ya era hora: con sesenta años recién cumplidos no le quedaba más margen para el error. Había empezado a trabajar hacía menos de una hora, pero tenía la sensación de que la prueba definitoria de su teoría aparecería hoy. Un telescopio que orbitaba la Tierra le trajo la información que faltaba de ese suburbio inhóspito del sistema solar. De inmediato mandó a llamar a su equipo, tres jóvenes astrónomos que analizaban datos sobre potentes computadoras distribuidas en varias salas, y les anunció que las últimas mediciones recibidas alcanzaban para hacer el anuncio al mundo científico. Habían descubierto un nuevo planeta enano orbitando el sol.
Del tamaño de Plutón, el diminuto mundo helado tenía (según los primeros cálculos) una órbita tan excéntrica que un año allí equivalía a cuatrocientos treinta terrestres. Además, durante el afelio (punto más alejado del objeto en su órbita alrededor de su estrella) el planeta descubierto se acercaba a la hipotética nube de meteoritos que, como un globo, envolvía y marcaba los límites últimos del sistema solar, mucho más allá de la influencia del viento solar. Si un humano mirase hacia el cielo, parado sobre su superficie de roca helada del nuevo mundo, vería al sol como una estrella más, apenas un poco más luminosa que el resto. Los cuatro científicos festejaron con champagne (la tenían guardada desde hacía una semana, convencidos de que las últimas comprobaciones eran inminentes). Luego Smith ordenó a sus subalternos que resguardaran la información recibida por el telescopio satelital y más tarde se encontraran en la sala de reuniones: había que encontrarle un nombre al nuevo objeto celeste desenterrado del ovillo cósmico. Los muchachos se excitaron, aunque sin demostrarlo, pues cada uno ya tenía pensado su postulante. Después, anunció Smith, se irían a casa: había que organizar la conferencia para anunciarle al mundo científico este nuevo mundo, y ésa era una tarea bien diurna, porque a diferencia de los astrónomos, el común de los mortales vive de día.

Juan Herrera, en el sur del mismo continente, en ese mismo momento que en el norte Smith llegaba a sus conclusiones (su reloj, de tenerlo, marcaría dos horas menos), se despertaba de un sueño profundo por el ruido que su propio cuerpo había producido. Estaba durmiendo en el terraplén asfaltado que tenía el puente donde se interceptaban dos rutas provinciales. Allí se refugió de la noche y del frío, y allí se quedó dormido sin darse cuenta, como siempre le ocurría cuando lo vencía el cansancio de las caminatas. (Al despertarse, siempre lo sorprendía la verificación de que el insomnio era otro de los problemas que se le habían ido solos ni bien empezó a linyerear.) Pero estábamos en que Herrera se despertó por culpa de un sonido metálico que produjo él mismo sin darse cuenta: giró su cuerpo sobre el asfalto y las monedas que tenía en su bolsillo se salieron y rodaron terraplén abajo. Ese tintinear era una carrera vital para su propietario: allí estaba su única comida de mañana. Ni bien se despertó, el vagabundo se incorporó a duras penas (había cumplido sesenta años) y bajó gateando la cuesta de la plataforma hasta el borde de la ruta, desierta a estas horas. Tenía unos pocos fósforos, que empezó a encender, mientras removía con la mano libre los yuyos que crecían a la vera del camino. Eran quince pesos en monedas de cincuenta centavos, uno y dos pesos que había recolectado el día anterior gracias a la caridad pública, y con ellas pensaba masticar algo a la mañana siguiente (hasta allí llegaban sus planes, pues “pasado mañana” era un margen de tiempo muy lejano como para pensarse). Acuclillado, olvidado de la llama que enseguida lo distraía con una leve quemazón en sus dedos, Herrera apartaba los pastos duros con paciencia y método, y a medida que encontraba las monedas las iba guardando en el bolsillo de su camisa. Trataba de hacer un rastrillaje parejo de ese metro y medio cuadrado en el que suponía que las monedas habían detenido su carrera. Cuando se le acabaron los fósforos, se paró, retrepó el terraplén resbalando con sus alpargatas gastadas y se volvió a dormir de inmediato.
A la mañana siguiente contó las monedas recuperadas (había doce pesos con veinticinco centavos) y su primera reacción fue la de volver a revisar la maleza, pero se cansó antes de empezar, y prefirió rearmar su mono y retomar la marcha hacia el siguiente poblado.

Comentarios

  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Adentro/Afuera
    Aunque se dedica al oficio de viajante de comercio desde hace mucho, ésta es la primera vez que Fernando González viaja en un ómnibus de larga distancia. Hasta hace un mes había tenido su propio coche y el margen de ganancias suficiente como para disfrutar de la “movilidad propia”, como se decía en el ambiente. Así se evitaba las horas muertas en terminales o arriba de estos mismos coches de dos pisos que dan muchas más vueltas de las que deberían, tanto que hoy al señor González le insumirá el doble de tiempo llegar a su destino. El hombre vuelve a fijarse los horarios de salida y arribo de su boleto y se indigna levemente con un chasquido de su lengua. Pero todo esto viene a cuanto porque, como el recorrido no tiene paradas e insume varias horas, González siente ganas de orinar. Hubiera querido evitar encerrarse en ese bañito al que hasta este momento sólo se lo había imaginado. Sin ser claustrofóbico, al viajante le molestan los lugares cerrados, más aún si se considera que es muy obeso y su ancho cuerpo entrará con lo justo en el cubículo. Pero no tendrá más remedio que bajar y encerrarse en ese reducto que replica los barquinazos del camino en pleno acto fisiológico.
    Tomando coraje, González finalmente se ha levantado de su asiento, pidiéndole permiso a la señora que se sienta a su lado (apenas contrajo sus piernas contra el asiento para dejarle paso), ha bajado la escalerita del primer piso, ha abierto con discreción la puerta y luego de encerrarse se ha asegurado de pasar la traba para desabrocharse el cierre tranquilo. Por los púdicos ruidos no hay problema, pues el ronroneo del motor tapa todo lo que suceda allí dentro. Su cuerpo casi roza las paredes del cubículo. Se baja la cremallera, se sostiene con ambas manos de una agarradera que está amurada encima del inodoro, y orina largamente, con el placer que da ver cómo se aliviana la vejiga luego de haber postergado la micción por más de una hora (estaba esperando “el momento oportuno” para bajar sin llamar la atención del resto del pasaje) pero sin desentenderse de la dirección del chorro amarillo, pues mojarse el pantalón del traje o salpicarse los zapatos sería desastrozo.
    Ha concluido con el trámite, se ha lavado las manos, se ha asegurado de subirse el cierre y abrocharse el cinturón un poco a tientas, semi oculto como está debajo de su barriga descomunal, y ha encarado la traba de la puerta ya más tranquilo. El pestillo no cede. Prueba con ambas manos varias veces, cada vez con más violencia. Al fin se resigna a la realidad: está encerrado. Primero golpea con un nudillo con discreción, pero nadie acude al llamado. Luego de unos minutos González abandona toda sutileza y aporrea la delgada puerta de metal con todo el puño. Nota los pasos amortiguados por la alfombra que pasan por el pasillo y suben la escalerita que divide a los pasajeros de los empleados de la empresa. A los pocos segundos escucha la voz del acompañante del chofer que le pregunta qué le sucede. “Me quedé encerrado”, le dice le el viajante con voz zumbona. “Aguárdeme un momento”, le dice la voz del otro y se va. En menos de un minuto el chofer suplente regresa con algún tipo de herramienta con la que forcejea el pestillo de la cerradura. La puerta se abre enseguida, como si los empleados del ómnibus ya hubieran pasado por tal situación muchas veces. Cuando el viajante emerge del cubículo del baño, está acalorado y el sudor le corre por la frente. De los pasajeros de la planta baja, casi todos se han incorporado de sus asientos para ver al tipo que se había quedado encerrado en el baño: lo miran con curiosidad y quienes viajan acompañados se murmuran comentarios sin dejar de observarlo. (Lo sucedido es nimio, menos que una anécdota, pero el tedio que los envuelve lo ha magnificado.) Mientras agradece al empleado y sube las escaleras hacia su asiento secándose el sudor con el puño de la camisa, el viajante piensa que por algo se resistía a meterse en esas cabinas traicioneras.

    Al fotógrafo Gonzalo Fernández la revista deportiva para la que trabaja lo ha mandado a cubrir un partido “de los del interior”, de esos que ninguno quiere cubrir. Es el “derecho de piso” que paga todo recién llegado a la redacción. Y ahí está, agazapado detrás de los carteles publicitarios de una de las cabeceras de este estadio que fue construido para ser sede del mundial, hace más de treinta años. Hoy, luego de décadas de abandono, cubre las localías de un equipo de la provincia que consiguió escalar hasta la primera división de la liga nacional de fútbol. Nadie de la redacción quiere venirse hasta estos rincones de la geografía patria porque la nueva gerenciadora de la revista, salvada milagrosamente de la quiebra, no paga pasajes de avión a nadie, y ya se sabe las vueltas que dan los ómnibus: nueve horas para cubrir quinientos kilómetros. Fernández, atrincherado en su reducto de francotirador, mientras espera que pase algo en el juego, sabe que la culpa de sentirse descompuesto la tiene el viaje tan malo que tuvo, pero lo único que se le viene a la mente es la cara desencajada de ese gordo cuando salió del baño del colectivo, en donde se había quedado encerrado.
    No ha dormido casi nada, y encima ahora siente mareos y le cuesta concentrarse en el objetivo de la cámara. De repente se le dio por mirar la abismada tribuna que a su costado se erige como una pared, y al ver esos miles de espectadores así, apretujados en las gradas de cemento, como pegoteados los cuerpos uno contra el otro, sintió un vértigo que le subió hasta la garganta en forma de arcada ácida. El fotógrafo se desentiende de los futbolistas, deja la cámara a un costado, se sienta en el césped y, oculto por los carteles, pone la cabeza entre sus piernas y cierra los ojos. Tiene miedo de volver a mirar la desmesura de la tribuna. Agorafobia es la palabra que se le viene a la mente en ese estado de confusión, mientras intenta calmarse para seguir con su trabajo. Fernández se tranquiliza a sí mismo considerando que todo este mareo se debe a estar mal dormido y comido. Cómo toda esa gente podía estar a esas alturas sin sentir vértigo, se le ocurre, después de años de cubrir partidos en estadios incluso más monstruosos que éste. Escucha un murmullo de los espectadores y entiende que si hay un gol y él no lo cubre con su cámara, el diario deberá salir a pagarle los derechos a un fotógrafo de la competencia, como ya había pasado. Y a él seguramente lo sancionarían por pavote, por estar distraído en su trabajo; pero con la nueva gerenciadora no se sabía, en una de ésas capaz que lo echaban. Por suerte para Fernández, el partido de fútbol es de un aburrimiento tan inenarrable que en esos quince minutos de abandono no ha pasado nada. En la noche ventosa de septiembre, Fernández se seca el sudor de la frente con el puño de su camisa y vuelve a espiar por el visor de su cámara.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Alegría/tristeza
    El disc jockey “Mc Fun” (Marquitos para sus amigos) llega como todo viernes, a eso de las once de la noche, para comenzar su jornada laboral en un boliche bailable “para chetos”. Por su ubicación, por el precio de la entrada, por el nombre que exhibe en su fachada, por las luces que iluminan su frente, ese lugar está “protegido contra pobres”. Marcos sabe que muchos de sus colegas codician su puesto allí, de hecho algunos le jugaron sucio haciendo correr falsos rumores sobre su vida privada; por eso, aunque hoy quisiera suicidarse, o por lo menos quedarse encerrado en su departamentito, no ha descuidado su butaca detrás de las consolas y ha venido a trabajar.
    Por la manera en que entró en el edificio y se fue derecho para arriba, a encerrarse en la cabina, si saludar a nadie ni quedarse charlando unos minutos con el patovica de la puerta, sus compañeros de trabajo supieron que Marquitos (otra vez) estaba en un día malo. En estos casos era mejor ni aparecerse por el cubículo vidriado del disc jockey. Pero lo que más molestaba a Marquitos en noches así, de depresión, es que debiera actuar. Era una moda que se había impuesto en el ambiente: el DJ se había vuelto parte del show, y su cabina de operación era ahora una pecera, como las jaulas “a gogó” de los sesentas, piensa el joven. Las luces lo apuntaban, le pedían que dijera algo por el micrófono, que estimulara a los clientes de la pista con caras, gestos o pasitos de baile que en principio no formaban parte de los atributos de quien debería limitarse a poner música para que otros dieran el espectáculo.
    Mientras testea el equipo y selecciona los discos, a Marquitos se le pasa por la cabeza el gesto yanqui del “fuck you”. No sabe por qué, pero siente que la furia que retiene detrás de la frente se le podría escapar toda de una sola vez en un dedo mayor extendido: “Dedicado a todos esos niños y niñas bien, ustedes, malcriaditos de papá y mamá”. Se sienta en la butaca y se queda mirando la pista vacía. A pesar del aire acondicionado, está empapando de sudor su fina camisa. Le dan ganas de trompear la consola, el vidrio, de romper algo, pero todo a su alrededor es muy costoso. Hoy podría arruinar su empleo, que tanto le ha costado conseguir. Y no quiere volver a animar casamientos o cumpleaños de quince. Marquitos sale de la cabina, baja las escaleras tapizadas y, cruzando la pista de baile en diagonal, se acerca a la barra buscando a Charlie, el barman. El otro, ni bien lo ve por el espejo de la pared, mientras ordena unas botellas, entiende a qué viene su compañero de trabajo: esa cara reclama a gritos alguna pócima mágica. El disc jockey se limita a saludar y decir un número. Con eso bastaba: el barman sabe cuántas dosis necesita el otro para cruzar indemne la noche. “Te las pago a fin de mes”, le dice al agarrar las cuatro pastillas rosadas. Luego gira y se vuelve a su reducto. Charlie se queda congelado, con la mano extendida, pero ya es tarde, Marquitos se apura a cruzar la pista de baile con el puño de su mano derecha bien cerrado.

    El empleado de la funeraria “Sánchez”, Marcos Sánchez (simple coincidencia, pues no tiene ninguna relación de parentesco con su empleador) hoy estaba realmente feliz. Una seguidilla de buenas decisiones en lo referente a su vida amorosa, espiritual y económica le abrían para un futuro cercano varias perspectivas alentadoras, entre las que estaba la posibilidad de dejar ese empleo tan deprimente que tenía. Porque Marquitos se encargaba de la última etapa de los funerales, la de manejar por la ciudad uno de los coches del cortejo fúnebre, y no cualquiera, sino nada menos que el que iba a la cabeza del convoy transportando el féretro con el infausto protagonista. Era el auto que los viejos, en la calle, se detenían para hacer vista, tratando de descifrar el nombre del difunto escrito con un modesto cartelito contra el vidrio del coche fúnebre. El camino era siempre el mismo: desde la funeraria hasta la iglesia (si eran católicos, claro, cosa que ocurría casi siempre), y de allí, luego del responso, hasta el cementerio municipal o el cementerio parque. No era un trabajo fácil, ya que como cualquiera se imaginará, siempre había que poner cara de circunstancia. Aunque para el empleado de pompas fúnebres era algo cotidiano, los parientes y conocidos que lo rodeaban estaban amargados o devastados, o al menos eso fingían por la misma coyuntura que el empleado.
    Lo cierto es que Marquitos hoy debe hacer un esfuerzo sobrehumano para no mostrar su felicidad a los deudos que, en la vereda, se preparan para arrancar con el cortejo fúnebre. Esa mañana, antes de salir para su trabajo, eufórico como estaba por el reciente llamado que había recibido de su futuro socio, pensó seriamente si la farmacopea no tendría algún producto diametralmente opuesto a los antidepresivos, alguna pastilla que lo ensombreciera por unas horas hasta que terminara su jornada laboral. Temía que su euforia de triunfo anticipado se le transmitiera en el cuerpo. En fin, que el “fiambre” ya estaba cargado y el día laboral comenzaba con este viajecito al cementerio. Así que “el heredero no reconocido” de la funeraria (como le decían sus compañeros en broma) se subió al coche dando unos pasitos ágiles que hicieron levantar la cabeza de algunos deudos, evitó dar un portazo y se quedó mirando por el espejo retrovisor hasta que todos se hubiesen subido a sus autos. Arrancó. Su pie derecho quería acción, quería velocidad. ¿Treinta kilómetros por hora para un tipo joven y exitoso como él? Calma, que todavía su empleo no era sacrificable. Otro detalle informal que la caravana, desde atrás, notaría: manejaba con un codo asomado por la ventanilla de este espacioso Ford farlaine adaptado. Lo metió adentro del coche y levantó el vidrio para no volver a tentarse.
    En la puerta de la iglesia no se bajó del auto. Que sus compañeros, que llevaban a los deudos más importantes en otros dos coches de la empresa, hicieran el trabajo de guiar a los parientes en el transporte del cajón hasta el altar. Él se encargaría de dirigir la ceremonia en la puerta del cementerio. El trámite fue rápido. Siguieron viaje. Cuando estacionó en la entrada del portón, otra vez el joven empleado bajó del auto más enérgico de lo que las circunstancias requerían. Abrió la portezuela trasera y esperó a que los deudos fueran acercándose. Hacía frío y se frotó las manos con un gesto pueril. Enseguida se reprimió. Con la ayuda de un compañero, retiró el féretro hasta que las manijas de bronce estuvieron accesibles para los cuatro familiares que se comidieron para llevar el cajón. Todos miraban, arracimados alrededor del coche. Sánchez, con su ansiedad irreprimible, dio un saltito de excitación, como queriendo apurar el trámite. Cuando los cuatro varones (parecían ser los hijos del muerto) sostuvieron las manijas, al joven funebrero se le escapó un “levantamos parejito por favor” con un tono que sonó jovial como su cara. Los cuatro lo miraron, pero no le dijeron nada. Sus compañeros también estaban desconcertados. El resto de los deudos se encolumnaron detrás del féretro, subieron los cuatros escalones, traspasaron el portón del cementerio y se internaron por un caminito entre las bóvedas. Los tres empleados se quedaron esperando en la vereda, ya que, como parte final del servicio, debían acercar a los deudos otra vez hasta el centro de la ciudad. Santillán, el más viejo, le dijo ni bien se quedaron solos: “¿Qué te pasa campeón, te pensás que estás en una cancha de fútbol?”. Sánchez se rió por toda respuesta y por hacer algo se alejó unos pasos y se puso a mirar las flores que se exhibían en un puestito, al lado del portón de entrada.
    A la vuelta, en su coche adaptado con sólo otro asiento disponible, el del acompañante, Marquitos notó que una chica se quedaba sola en la puerta del cementerio, los brazos cruzados sobre su pecho por el frío. Se demoró en poner en marcha el auto hasta que los demás se fueron. Entonces se asomó por la ventanilla y le preguntó si quería que la acercara hasta el centro. La mujer sonrió, un poco incómoda, pero al fin subió. En el viaje de vuelta Marcos Sánchez manejó despacito, estirando su regreso a la funeraria lo más que pudo. Para romper el silencio, le preguntó si era pariente del muerto. La chica le respondió que no, que era su empleada. “Un viejo verde y explotador que mejor está donde está ahora”, dijo sin que el otro le preguntara. Estaba obligada a venir, puesto que le habían dado el día libre a todos los administrativos para que “hicieran bulto” en el sepelio. Con esta frase ambos se rieron con ganas, desmintiendo así, para quien lo viera desde la calle, la acartonada tristeza que un coche fúnebre debiera transmitir.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Grande/pequeño
    Gigante se apellida el paleontólogo de este museo “histórico y de ciencias naturales” de un pueblo de la costa atlántica. Ya está acostumbrado a las sorpresas que puede depararle el océano, pero hoy la noticia lo ha sacado de la cama de un salto. Su amigo, pescador profesional, lo acaba de telefonear para anoticiarlo de que la sudestada ha traído un cachalote hasta la costa. Y que el animal, varado a pocos metros de la playa, agoniza ante la mirada de unos pocos vecinos y pescadores que regresan de su faena. Gigante sale de la cama sin despertar a su mujer, se viste y se sube a su camioneta, una vieja Ford F100 con suspensión adaptada para los médanos y caminos de arena. Son las seis de la madrugada, en agosto es aún noche cerrada, y el paleontólogo tiene unos cuarenta kilómetros de viaje hasta las playas donde el inesperado leviatán llegó por equivocación. La prioridad es salvarlo (¿es salvarlo?): claro que sí, aunque el museo se pierda la oportunidad única de contar con una pieza de cetáceo completa para su sección de ciencias naturales. De todas maneras, la municipalidad no tiene suficientes grúas para arrastrar al animal algunos metros mar adentro. Gigante calcula que harían falta tres vehículos, por lo menos, para remolcar a esa bestia. Por eso él descarta todo posible salvataje y su imaginación ya está calculando cómo hacer para llevarse el cadáver hasta el museo.
    Después de rodar durante casi media hora, deja el asfalto de la ruta nacional que une a todas las localidades del municipio y se interna en un camino de arena. Son otros dos kilómetros de una zona de quintas de veraneo deshabitadas hasta desembocar en la playa La perla. Según los datos que le dio su amigo, en la entrada a la playa deberá dejar la camioneta y caminar hacia el sur unos quinientos metros. Con la poca claridad que se cuela por entre las nubes, el paleontólogo divisa a la distancia una modesta muchedumbre que, desde la arena (nadie ha querido mojarse los pies con la resaca helada) observa cómo el cachalote sacude su inmensa aleta caudal en espasmos regulares. Como se imaginó: no hay nadie de la municipalidad ni de la prefectura naval. Son vecinos y pescadores los que presencian con impavidez, a unos treinta metros, la agonía del animal. Hace mucho frío para estar así, mirando nomás, el viento es intenso y ha empezado a lloviznar nuevamente. Gigante tiene en la mente una somera idea de lo que podrían hacer los presentes para socorrer al animal, pero se empecina por apartar la ocurrencia: quién se ofrecería a meterse al agua y empujar las más de cuarenta toneladas de este macho adulto. Ya se imagina haciendo lugar, mucho lugar, en el patio trasero del museo para reconstruir completo el esqueleto de este leviatán que durante todo este día será la atracción de los costeros y hasta ocupará un cuarto de página del periódico local. Él es el científico del lugar, así que seguramente algún periodista lo telefoneará durante el día para que les dé detalles del hecho. Después de unos minutos de espectáculo monótono, Gigante siente que se enfermará ahí, con el viento que le cruza el suéter liviano; además, empieza a aburrirse. Calculando lo que tardará aún la agonía de la bestia (recordó su etimología: el agón, la última lucha, y qué sentido fuerte cobraba para esta escena), el paleontólogo deja al grupo de curiosos y vuelve sobre sus pasos hasta la camioneta por su camperón y el paraguas.
    Cuando regresa al lugar del encallamiento, unos cuarenta minutos después, nota a la distancia que varios curiosos ya se vuelven caminando por la arena. Él se queda parado, esperándolos, y al cruzarse con un grupo de jóvenes les pregunta: “¿Ya no se mueve más?”. “No ―le responde uno, y el hombre nota ahora que los cinco muchachos están empapados desde las zapatillas hasta la cintura―: entre todos la devolvimos al mar”. Se lo dice a los gritos y sonriendo con toda la cara. Gigante los nota contentos a pesar de la mojadura y del frío, con la euforia contenida de los que, ante la desmesura, enfrentan y vencen un hecho fuerte de la vida.

    Habíamos ido a jugar a la pelota al polideportivo municipal. Mi vecino me había invitado, y con mi hermano y el padre de él hacíamos cuatro para jugar un dos contra dos en canchita con arcos chicos (siete pies exactos de ancho medidos ad hoc, como un equilibrista adelantando un pie y después el otro sobre el cable). Fuimos en el auto del padre de mi amigo, un Fiat 128 color verde oliva al que apodábamos “el tanquecito”. El terreno era un rectángulo de unos treinta metros cuadrados que dejaba libre la cabecera del óvalo que dibujaba del campo de deportes, en la curva sur de la pista de atletismo. Era sábado por la tarde de un día de primavera y el mundo (al menos en mi recuerdo) parecía un lugar apacible donde vivir. Armamos las parejas (mi hermano y yo contra nuestro amigo y su padre) y dejamos que el juego nos arrastrara. Habría pasado una media hora, cuando el padre de mi amigo nos hizo un gesto con su mano que quería decir “esperen”, mientras con la otra mano insistía en palparse el bolsillo derecho de su pantalón de tela deportiva. Los tres chicos nos quedamos mirándolo. Había perdido el manojo de llaves. No había tenido la precaución de sacárselas del bolsillo y dejarlas junto al piloncito de ropa (camperas y pantalones largos para la vuelta, porque en esta época refresca bastante) con que marcábamos los arcos imaginarios.
    Con el atardecer avanzado no nos quedaba mucha luz natural para encontrarlas: no solamente estaban en el manojo las llaves del auto, también las de la casa de mi amigo, y de no encontrarlas deberían recurrir de urgencia a algún cerrajero. Nos olvidamos de inmediato del juego y organizamos la búsqueda sin demoras. Yo traté de ser sistemático, así que propuse que nos repartiéramos un cuarto de la improvisada cancha cada uno para no revisar dos veces los mismos pastos. No era una tarea sencilla, puesto que la gramilla estaba crecida y hacía una capa de césped abundante. Le pedimos detalles al padre de nuestro amigo, y él, ya concentrado en el suelo, nos describió unas diez llaves plateadas unidas entre sí por una arandela de metal. La falta de terminación decorativa, como suelen tener los llaveros, le quitaba al objeto el color que podría contrastar con el verde de la gramilla.
    Nos pusimos a la búsqueda: yo, metódico, arranqué desde un extremo de mi parcela con un rastrillaje parejo, yendo y viniendo de un margen al otro, lo que implicaba una caminata lenta y una observación minuciosa del césped, un poco encorvado para estar más cerca del suelo. Además, hacía un barrido con las suelas de mis botines de fútbol para apartar los pastos. El resto hacía lo suyo y cada cual se enfrascó en la búsqueda contra reloj. El sol ya declinaba detrás de las casuarinas que rodeaban el óvalo de la pista de atletismo y a nosotros dentro, como círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta llegar al manojo de llaves. Una fracción de segundo antes de gritar “las encontré”, y levantarlas con una mano para que los demás las vieran, pensé en otros objetos, en una sucesión confusa de asociaciones libres. Yo había salvado el día, y con el cosmos restablecido, nos dedicamos a recoger nuestras cosas y a dirigirnos hacia el auto estacionado entre los árboles, más allá del alambrado perimetral.
    En el corto viaje de regreso a casa, en el auto, pensé (pero por modestia no lo comenté) que había sido yo quien había encontrado las llaves porque había sido metódico en la búsqueda. Creía haber aplicado la ciencia para resolver un problema de la vida cotidiana y me sentía candorosamente orgulloso de ello.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Verdad/falsedad
    La señora que vemos acercarse hasta la puerta del museo es su dueña. Lo heredó de su padre, un pintor fracasado (pero empresario exitoso) que orientó su ocio y puso sus ganancias amasadas en el mundo de las finanzas en la inversión de pinturas. Éstas guardaban entre sí dos características: eran de artistas latinoamericanos y que habían producido dentro del siglo veinte. Por eso, en la puerta del museo unas letras prolijamente pintadas sobre el blindex aclaran “de arte moderno y latinoamerciano”. A la riqueza que su progenitor le heredó (riqueza simbólica, por el “patrimonio cultural” de las pinturas que el museo atesoraba, y de la otra, la material, por los muchos miles de dólares en que se cotizaban esos originales), ella le sumó algo propio, pues su ego golpeado (niña rica a la que le llovió la fortuna sin mover un dedo, pintora mediocre que, como su padre, se resignó a organizar lo que otros creaban) era sanado por el prestigio que se había ganado entre sus colegas. Esta mujer casi sexagenaria era, desde hacía casi veinte años, además de “la hija de” (karma que, hiciera lo que hiciese, jamás podría borrar), una habilísima organizadora, difusora y curadora de las muestras de su propio museo, muchas de dichas exposiciones fueron calculadamente escandalosas. Desde el momento en que se hizo cargo de la dirección del museo, la señora trabajó sola, sin jamás haber contratado los servicios de ningún especialista del ambiente. Y considerando los billetes en juego que rondaban en cada evento, no haber tenido nunca una crítica adversa le calmaba la consciencia.
    Esta mañana, cuando salió caminando del estacionamiento en donde acostumbra a dejar su auto, la curadora notó que alguien había desenrollado una manta en la vereda del museo (“su” vereda de baldosones de granito gris pensados para hacer juego con el frente del edificio). Sobre la manta (que era o simulaba ser oriental) habían dejado dos bolsos de tela, tal vez con la mercadería que expondrían a la venta, pensó la mujer. Pero no había nadie por allí, y eso la extrañó. La curadora quitó la alarma de su propiedad con un pulsador negro que guardaba en su cartera, luego abrió con una llave la puerta de blindex del museo y se encerró.
    La artesana la había visto llegar con su auto, pues la conocía. Por eso se cruzó de vereda, simulando ojear unas revistas del puesto de diarios que estaba justo enfrente. Cuando vio que la curadora se perdía dentro del edificio, volvió a cruzar. Era peligroso dejar sus cosas así, abandonadas en una calle céntrica tan concurrida; además ya se había atrasado bastante en el armado de su “puestito” esperando a que la dueña llegase. Porque las mujeres se conocían, y verse cara a cara solamente hubiese multiplicado las ganas de la dueña del museo por llamar a los inspectores municipales para que la saquen de su vereda, previa confiscación de la mercadería. La joven, vestida bajo una simbiosis de jipismo e hinduismo cuya colorida combinatoria no podría pasar desapercibida para nadie, comenzó a sacar de sus bolsos varias prendas de vestir que traía enrolladas (ponchos, túnicas, polleras, gorros pasamontañas) y los fue colocando prolijamente sobre la manta. Así, acuclillada (pues el suyo era un oficio de mirar desde abajo) notó los pies de un tipo que se demoraba ahí parado. En realidad le estaba relojeando el escote de su blusa, que así, inflada por la inclinación de su cuerpo, dejaba al descubierto la ausencia de corpiño de la mantera. Después se sentó en posición de flor de loto junto a sus artículos, sacó del fondo del bolso un librito bastante maltratado (edición de bolsillo con máximas de un gurú de moda) y se puso a leer, sin dejar de prestar atención a los que iban y venían por la vereda del museo.
    A los pocos minutos (había podido leer tres máximas apenas) la distrajo un hombre de unos cuarenta años que se detuvo frente a la puerta del museo y golpeó el blindex con su anillo. Sin esperar a que alguien apareciera, el hombre giró, cruzó en diagonal la vereda y se acuclilló junto a una camisola hindú de color salmón. La mantera lo observó por sobre el libro, y comprobó que el hombre vestía muy fino (camisa de seda, suéter de cachemir sobre sus hombros, zapatos mocasines combinando con el reloj pulsera y el cinto...). “Hola, ¿me podrías decir el precio?”, preguntó unos segundos después de observar la prenda con detenimiento. La artesana dijo una cifra y el hombre sacó la billetera de su pantalón y pagó con cuatro billetes nuevitos, como recién salidos de la Casa de la moneda. La artesana quedó desconcertada: era el primer cliente que pagaba sin regatear el precio y sin siquiera revistar la prenda o pretender probársela. Ella quiso decirle algo como “si necesita cambiarla estoy todo el mes acá”, pero la demudó ver que el comprador, con un sonrisita pícara, se desprendía el suéter de sus hombros, luego se desabrochaba la camisa, quedando durante unos segundos con el torso al desnudo en plena calle, y finalmente se ponía la camisola. “¿Qué tal me queda?”, le preguntó, extendiendo las manos y girando un poco hacia ambos costados. Ella respondió que muy bien, y no era un cumplido: visto desde allí abajo, envolviendo su pecho claramente trabajado en un gimnasio, la prenda le iba perfecta.
    Más allá del extrovertido cliente, la mantera vio que la curadora, del otro lado de la puerta vidriada del museo, miraba la escena con estudiada mala cara. La artesana se la señaló con la cabeza, el hombre giró y al ver a la curadora, volvió a extender los brazos en gesto de lucir la camisola, mientras le sonreía como un chico en plena travesura. La curadora, desde adentro, movía la cabeza en un gesto reprobatorio que quería decir algo así como “sos un grasa incurable”. Antes de entrar en el museo, el hombre volvió a dirigirse a la mantera para decirle “expongo acá la semana que viene, si te gusta la pintura podés darte una vuelta. Si no querés pagar entrada mandame llamar”. Luego, sin esperar respuesta, alzó la camisa y el suéter que había dejado sobre la manta, justo en el hueco que había dejado libre la camisola salmón, y se metió en el edificio por la hoja de la puerta que la dueña del museo (su cara seguía siendo de agriada vergüenza ajena) le mantenía abierta sólo para él.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Cielo/tierra
    Marita es azafata de una línea de aviación renacionalizada, aunque tan ineficiente como siempre. Su trabajo, como es imaginable, la tiene en el aire gran parte de su tiempo, cuando no retenida en aeropuertos de provincia, en el medio del campo, y por ello su vida social es bastante pobre. Su madre le insiste que apure los trámites de casorio con su actual novio, si es que no quiere terminar maridada con su trabajo, que es lo que dicen las solteronas que ya perdieron el último tren. Pero esta noche, a ocho mil metros de altura, Marita no piensa en registros civiles: solamente se concentra en los corcoveos que pega el viejo Fokker que cubre, de norte a sur y sin escalas, dos provincias bien distantes de la geografía patria. Su compañera de trabajo le ha sugerido que no sirva la cena, pero ella insiste: en media hora aterrizarán y seguramente algún pasajero se quejará de que los tuvieron en ayunas durante todo el viaje, con lo que cobran el pasaje y otros consabidos lloros. Por eso ella, que en diez años de empleada para la empresa aeronáutica mantiene su foja de servicios inmaculada, se decide y saca de la cocina el carrito de metal ya listo desde el despegue. Empieza la recorrida por el pasillo, está tensa, trata de anticiparse a las turbulencias y se aferra al manubrio de metal. A pesar de las sacudidas en tres dimensiones, Marita saluda, sonríe, pregunta y sirve. No recuerda haber estado dentro de un avión tan indócil. Pero avanza, entre las caras demudadas que han preferido bajar la cortina corrediza para no ver los rayos que iluminan la noche. Ella sonríe (es el sello de distinción de su oficio) y sigue arrastrando el carrito de metal con la cafetera, los vasos descartables y las bandejas de arroz con pollo envueltas en celofán.
    Al ver la ventanilla clausurada de un hombre calvo con síntomas evidentes de nerviosismo, Marita se distrae recordando ese famoso episodio, tantas veces parodiado, de “the twilight zone” con el pajarraco saboteador y el pasajero justiciero. Pero esto no es ciencia ficción, no: es la realidad más palpable de una línea aérea sudamericana... La comparación la hace distenderse en el preciso momento en que una turbulencia le quita el carrito de las manos. Éste sale disparado hacia adelante y tres metros más allá se estrella contra un asiento, volcándose de costado. Alguien grita, pero no de miedo, sino de dolor. Marita está en el suelo, entre pasajeros varones a los que les encantaría ayudarla a levantarse si no fuera porque nadie está dispuesto a desatarse de sus cinturones. Pocos segundos después el avión se estabiliza, entonces ella se levanta y avanza hasta el pasajero sentado junto al carrito volcado. El hombre trata de quitarse el café hirviendo que ha caído en su regazo con pañuelos de papel que saca frenético de un paquete. Como los otros, no puede pararse porque no quiere quitarse el cinturón de seguridad. La azafata endereza el carrito sobre sus ruedas. Es embarazoso lo que ha pasado y ahora ella hubiera preferido dejarlos en ayunas. Duda sobre cómo ayudar al pasajero, pero no puede intervenir en la zona afectada de su cuerpo, entonces prefiere dedicarse a juntar los vasitos de plástico desparramados por el pasillo, mientras hace “acto de presencia”, parada ahí al lado, con repetidos pedidos de disculpas. Al parecer no es más que una leve quemadura, puesto que el hombre ha terminado de quitarse la mayor cantidad de líquido que pudo y ya no se queja: todo el daño aparente es su pantalón blanco con una gran mancha marrón claro sobre la bragueta, como si se hubiera orinado del miedo. El pasajero, que aparenta unos cincuenta años, ya más tranquilo, al fin le habla, le dice “no se preocupe, usted no tiene la culpa” sin levantar la vista, que reposa en la mancha, más allá de su barriga. Ella, sin decir más, continúa con el recorrido del servicio de catering.
    Cuando los pasajeros descienden, Marita debe cumplir con el ritual de acercarse a la puerta, junto con la otra azafata y el comisario de abordo, para agradecer y desear un buen día. Hoy desearía no hacerlo pero no tiene opción. Cuando aparece el tipo del traje blanco, Marita nota que con su maletín trata de cubrirse la entrepierna y pasa junto a los empleados mirando el suelo.

    Marcelo Souza tiene dieciocho años y desde hace dos trabaja en una mina de tungsteno. Los turistas que los fines de semana se internan unos metros por el acceso principal, en visita guiada, quedan maravillados por los tonos celestes que toman las paredes de los túneles debido al óxido de cobre. Tal maravilla cromática Souza ni las ve (tal vez, la primera vez que entró, experimentó una leve sorpresa de encontrarse con el color celeste en esta melopea del negro), él está concentrado en empujar el carro de metal que sobre dos rieles corre llevando las extracciones de la cantera hacia afuera. Arrastrar los vagones es el trabajo más duro, por eso se lo van turnando entre los mineros más jóvenes que trabajan allí. Mientras los otros pican la cantera y van llenando de a poco el contenedor, Souza descansa sentado en el suelo de piedra: recarga fuerzas para los cien metros de carrera que debe hacer, empujando el vagón repleto hasta el tope de tungsteno y otros minerales secundarios.
    Ayer ha visto una cara nueva, un jovencito que no pasaría los dieciséis años, y recordó el miedo que sintió el primer día: más que el encierro asfixiante, más que el calor, más que las caras adustas de sus compañeros, casi treinta años mayores que él, lo que más lo marcó de aquella primera jornada fue el rumor creciente de los vagones que avanzaban por el túnel oscuro, hasta volverse un estruendo de animal enloquecido. Había que saltar a un costado de las vías lo más rápido posible, porque quien venía empujando detrás no podía ver el camino y aunque lo viera tampoco tenía manera de frenar el vagón. Souza, mientras descansa sentado en el suelo, teme que este aprendiz no recuerde la mayor advertencia: ante el estrépito del vagón que avanza, salirse de los rieles lo antes posible. Uno de los mineros golpea su pico contra el hierro del contenedor, señal de que ya está lleno. Souza se para, se sacude el sudor de las manos y haciendo palanca con sus piernas recupera el envión del vagón. En una curva en descenso escucha adelante el grito de alguien que pareciera escaparle al mismo demonio. Haciendo un gran esfuerzo intenta clavar sus talones en la grava, y algunos metros más delante consigue detener el contenedor. Después recupera el aire y se asoma por el intersticio que deja el carro de metal y la pared del túnel. El novato, cubierto del polvo gris que el vagón dejó caer en la frenada, está ahí, resoplando, encogido, shockeado como un fantasmita en la casa del terror. Mientras Souza lo insulta sin ganas por su torpeza, piensa que al chico este suceso se le quedará atascado en la memoria por el resto de su vida, como una marca más indeleble que la que le podrían dejar en su cuerpo las ruedas de acero.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Quietud/movimiento
    La señora mayor, como un famoso personaje literario de la llanura, sólo tiene una campanita para ejercer su poder. Está postrada desde hace casi veinte años, y en ese tiempo ha ido perdiendo poco a poco la movilidad de su cuerpo. Ahora vegeta bajo las sábanas. Todo lo que necesita está al alcance de su mano izquierda: el control remoto de la tevé, el del aire acondicionado, el de la radio, y la campanita de bronce con la que llama a Ramona, la mujer también mayor que hace las veces de enfermera, mucama y cocinera. Aunque a la señora mayor le sobra dinero como para tener no una sino varias empleadas a su disposición, prefiere delegar todo en una sola persona “de confianza”: Ramona lleva allí casi treinta años, de hecho desde el mismísimo día que llegó de su provincia natal, como suelen decir por acá, “con una mano atrás y la otra adelante”. Y aunque es de confianza, la señora mayor nunca podría pensarla como una amiga. En todos esos años de convivencia la dueña de casa se ha encargado de mantener las distancias bien claras: “todo el respeto que cualquier persona se merece, pero eso sí, cada una en su esfera: ella allá, yo acá”, era la frase que acostumbraba repetirle a sus amistades luego de que la sirvienta se retiraba con la bandeja.
    Con casi ochenta años de edad, a la señora mayor (viuda desde los cincuenta y uno y sin hijos, con algunos sobrinos que hace tiempo no aparecen por este caserón estilo francés del siglo pasado) la inquieta algo esta mañana, porque el mecanismo de relojería de la rutina, lo único que la incrustaba en el día, se ha roto. Son las nueve y cuarto y su empleada no ha aparecido con la bandeja del desayuno. Y en alguien que sólo puede mover una mano para mandar, saber que hay horarios que respetar le dejaba una sensación de poder que ahora, cuando la señora vuelve a hacer sonar la campanita y nadie viene, la empuja sin anestesia en la realidad más desnuda: es una vieja postrada que se ha quedado sola, y sola no puede ni siquiera acercarse una taza de té hasta la cama. En vez de angustiarse por adelantado, la señora mayor prefiere hacer sonar (¿cuántas veces van, siete, ocho?, porque ha llevado la cuenta para hacérselo saber ni bien aparezca por la puerta del dormitorio, ya que alguna vez tendrá que aparecer...) la campanita con más fuerza. Piensa que tal vez Ramona se haya quedado sorda y por eso, desde su cuarto, desde esta mañana, ya no la escucha.

    “Con cama adentro”, remarcaba el aviso del diario. La mujer se presentó ni bien se enteró de la oferta laboral. El sueldo era una miseria pero al menos tenía casa y comida, que no era poca cosa. Claro, a los veintitantos de edad se puede pensar así, pero pasados los sesenta ya no es lo mismo. Con esta preocupación se despertó la mucama esta mañana, tal vez resabios de algún sueño del que le llega un temblor atávico. Salió a hacer las compras del día sin recordar que aún no había despertado a su patrona con el desayuno. Mientras camina por la feria de frutas y verduras, Ramona recuerda cómo se sentía cuando la señora mayor (luego de una breve y fría entrevista) la aceptó como “su ama de llaves”. Había llegado a la capital del país hacía menos de veinticuatro horas, y ya tenía dónde pasar la noche sin siquiera verse forzada a deshacer sus maletas en alguna pensión barata para mujeres, búsqueda que pensaba iniciar ni bien terminara con el listado de los avisos clasificados. Casa, comida y trabajo, todo el paquete a cambio de tener que “cargar con la cruz” (como ella suele decirle a su hermana cuando hablan por teléfono una vez por mes, puntuales) de esta mujer que, a diferencia de ella, se fue refugiando tan velozmente en esa cama matrimonial con dosel.
    Mientras sigue recorriendo los puestos con su típica excitación (una hiperactividad contagiosa que nunca se le iba aunque nadie la apurara) eligiendo frutas y verduras, Ramona sigue rumiando el malestar con el que se levantó esta mañana. No tenía nada. Es decir, no había podido ahorrar ni un peso, y aunque cerca de los ricos nunca le faltó lo básico para vivir, ahora caía en la cuenta de que los malos sueldos eran una manera de retenerla para siempre al lado de ese lecho de muerte. Y ahí estaba, como cuando había llegado, “con lo puesto” piensa y lo dice, sin percatarse de que otra vez ha empezado a hablar sola. Sola también había tenido que arreglárselas para mantener limpio semejante caserón, y aunque muchas de las habitaciones habían estado deshabitadas desde siempre, el simple hecho de sacarle el polvo que juntaban ya era un ejercicio que empezaba a agotarla. Sola había tenido que aprender los rudimentos del oficio de enfermera, escuchando con paciencia las indicaciones de médicos y farmacéuticos. Sola había tenido que lidiar con la burocracia de las obras sociales y los recovecos legales del sistema jubilatorio, yendo de acá para allá con los trámites. No paraba un solo momento, ¿cuánto kilometraje habría hecho en casi treinta años de escaleras subidas y bajadas, calles caminadas, colectivos y trenes tomados hacia el centro?
    Ahora sale de la feria y camina hacia la panadería, comercio que debería haber visitado al principio, a eso de las siete, y no ahora, casi las diez de la mañana, para prepararle el desayuno a la señora. Si hasta ella, en la confusión de sus pensamientos, ha salido a la calle en ayunas. Y no siente el estómago vacío, su cuerpo en constante estado de excitación no puede detenerse en esas minucias, atareado como está en cumplir con la rutina matinal de las compras.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2015
    Interior/exterior
    Fray Ernesto, monje benedictino de una abadía emplazada en plena pampa bonaerense, está rezando. “Ora et labora” recuerda el lema de la orden de San Benito. En la práctica constante de esos dos ejercicios, ambos de realización grupal junto a los demás frailes, es en lo que se le pasan las horas y la vida a este monje. Y en verdad es eso lo que él eligió para sí mismo: anularse, asfixiar su ego y limitar las efusiones del mundo exterior a lo mínimo dedicándose por entero a la vida religiosa y contemplativa. Por eso resulta tan difícil narrar a un hombre así, porque no pasa nada, por lo menos en su exterioridad no parece pasar nada. Visto desde arriba, parece un ser vegetante. Lo observamos arrodillado en la capilla de la abadía, rezando, donde todo a su alrededor es simple y rústico como la vestimenta de esos hombres: el altar, las imágenes, los íconos, los bancos.
    (Si éste fuera un documental para una de esas series irreverentes de los canales estadounidenses de cable dedicados a la “cultura”, la cámara, emplazada a una respetuosa distancia dentro de la capilla, haría un zoom en sus rodillas sobre el tablón gastado del banco, luego tomaría su cara perfil, quizás el lente se desfogaría en un primerísimo primer plano de sus labios que apenas se despegan para dejar salir las palabras en latín, que se repite como un mantra en todos los monjes y produce en el ambiente cerrado un rumor como de arroyo fluyendo. Después el plano se abriría para mostrar desde atrás al conjunto de hombres encorvados, con el altar de piedra como telón de fondo.)
    Fue su mayor conquista ésta, la de anularse a sí mismo sin suicidarse, la de pasar el día casi sin hablar, casi sin pensar. En la pequeña comunidad de diez monjes la rutina funciona con la precisión de los autómatas. Trabajan y oran. Y el mundo exterior es un gigantesco tornado que apenas los roza.

    El agente Ernesto (su padre, guerrillero trasnochado, lo bautizó así en homenaje a su guía, a quien alguna vez llegó a conocer en persona) se debate en la vorágine de un viernes en la bolsa de valores capitalina. Hay diez millones en danza, de él dependen que se multipliquen o se diluyan en cuestión de segundos. Tal es el misterioso mecanismo del capitalismo financiero. Pero no es extraño para él, pues se gana la vida desde hace mucho apostando el capital de otros en esta timba de alzas y bajas. Sus úlceras y las sesiones de psicoterapia compensan tanta desmesura. Como la de ahora mismo, en la que se esfuerza a los gritos por comprar (a pedido) las acciones de una aceitera que ofrecieron en el mercado a muy bien precio, siempre y cuando no haya una sequía que afecte la cosecha de las oleaginosas. Pero el agente Ernesto no es climatólogo y los mecanismos ocultos detrás de una cifra no le importan: él compra y vende acciones, y cobra una comisión, más allá de los negocios de los tenedores.
    (Si éste relato fuera un programa especial de uno de esos canales de documentales dedicados a explicar ciertos ámbitos de trabajo vedados para la mayoría de los mortales, una voz en off explicaría la simbología gestual de un agente bursátil, mientras el plano en picado desde el balcón del primer piso de la Bolsa de valores lo tomaría a Ernesto en escena de grupo, rodeado de otros varones vestidos también de camisa blanca y pantalón azul de tela. Tal vez el lente busque cerrar el plano sobre las manos en constante movimiento de alguno de los operadores, que gesticulan sin parar mensajes imposibles de vociferar, comenta la voz en off, por el griterío ensordecedor de órdenes y contraórdenes que los rodea.)
    Visto así, desde arriba, el agente Ernesto parece una feroz representación de la animalidad en su estado más primitivo: vocifera, gesticula, empuja, llama, grita, acude a los llamados o reclama atención. La camisa blanca con lamparones de sudor, arremangada por sobre el codo, el nudo de la corbata salido para poder desprender el botón del cuello, todo en este agente bursátil es una cifra de ese coto cerrado donde la guerra está declarada y hay que salir a matar o morir. Queda una hora para el cierre y el agente Ernesto se encarniza en la batalla final, antes del fin de semana largo. Hay mucho ruido dentro de su cabeza y ese ruido es el agua en el que nada.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2015
    Blanco/negro
    Gerardo es un adolescente que no está para emociones fuertes. Problemas con sus padres, problemas con su hermano, problemas con sus profesores, problemas con su novia. Casualmente, vuelve en bicicleta tan tarde (cerca de las diez) para una noche de invierno y, además, de un día de semana, porque se quedó discutiendo con la chica tonterías de celos. Ella lo retuvo ahí, en la vereda de la casa de sus hipotéticos suegros, lloriqueando y pidiéndole entre sorbidas de mocos explicaciones de un supuesto engaño. Él, ya montado en su bicicleta, la escuchaba aburrido, con un pie en un pedal y las ganas contenidas de arrancar de una vez. Pero lo que en verdad lo molestó es que su novia, después de casi una hora de teatro trágico, de repente se congelara buscando algo en el cielo nocturno, y como si recordara un olvido imperdonable, sin excusa ni explicación, dio media vuelta y se metió en su casa corriendo. Puteándola entre dientes, Gerardo apoyó su otro pie en el pedal y pegó un envión que liberaba la bronca contenida, largándose a pedalear hacia su casa (eran más de cuarenta cuadras, en el otro extremo del pueblo).
    Rumiando los tejemanejes de lo que ella le había dicho, y actuando en su imaginación lo que le diría mañana en la escuela, ni bien bajaran al primer recreo, el chico avanzaba por una calle de tierra que bordeaba un monte muy espeso, en el límite mismo del pueblo con el campo abierto. Había luz de luna, éste es un detalle muy importante. La luna llena bien arriba, en el cenit, hacía que el entorno pareciera espectral, como si Gerardo estuviera verdaderamente pedaleando sobre la superficie lunar. Pero él no notaba nada de esto, es una lástima, tan metido como estaba preguntándose por qué se había enredado con esa histérica y caprichosa; sus propios amigos se lo habían advertido.
    Hace rato que los vecinos de por ahí se han encerrado en sus casas. Pasadas las seis ya anochece y esta zona no estimula a los noctámbulos. El viento frío sopla desde el sur y le trae a Gerardo unas voces agudas desde la espesura del monte, sacándolo de golpe de sus maquinaciones. Se detiene en medio de la calle y con un pie en tierra el chico aguza el oído. En medio del silencio se escucha de a ráfagas, pero con claridad. Es un canto muy dulce, como de mujeres, largo y monótono. Mira con detenimiento hacia la negrura y ve un resplandor que se filtra por un resquicio de la vegetación. Se queda un minuto con la vista en esa luz intermitente. Luego se baja de la bicicleta, y, arrastrándola del manubrio, Gerardo se interna entre los árboles. Avanza a tientas, con mucho cuidado. La luz lunar cada tanto se cuela por las copas altas y lo ayuda a orientarse. Camina hacia el resplandor. No tiene miedo, más bien curiosidad y unas ganas tremendas de que “le pase algo”.
    Aparta las ramas de unos arbustos enanos, cuidándose de no hacer mucho ruido con el crujir de las hojas secas en el suelo. Al fin, en un claro del monte, las puede ver: cinco mujeres jóvenes, vestidas con túnicas blancas hasta los pies, bailan y cantan dentro de un círculo hecho con muchas velas y cuyo núcleo es una gran fogata. Giran alrededor del fuego y sobre sí mismas, y Gerardo piensa con torpeza en un sistema solar en miniatura. Sobre la fogata parecería haber una piel de animal quemándose. Blanca y muy estirada, como de un conejo de veterinaria. La luz de la luna le da a la escena un tinte a la vez fantasmagórico y onírico. Pero él no está soñando, no, esto que ve “le está pasando”. Cuando los cuerpos en su girar interceptan el resplandor del fuego, el chico puede notar que las mujeres están desnudas debajo de sus tenues ropas. A la distancia, acuclillado entre las ramas y sosteniendo con una mano la bicicleta, trata de identificar esas caras: en el pueblo se conocen todos y no debería resultarle difícil ponerles un nombre. Por lo pronto, sus voces le indican que son casi niñas. Todas son muy blancas y muy rubias. Gerardo se concentra en una, la sigue en sus gestos rituales alrededor del fuego. Es ella. No cabe duda: podría reconocer esos aspavientos de histrionismo sobreactuado donde fuera. Parece un juego de chicos, pero las cinco se lo toman muy en serio, como si un jurado de algún “reality” las estuviera evaluando.
    En la fascinación de ese cuadro, el manubrio de la bicicleta se le resbala de la mano y golpea el suelo con un leve pero audible ruido a metales. El baile cesa, el canto cesa, y las cinco mujeres se quedan mirando hacia los arbustos que lo atrincheran, congeladas en su último gesto del ritual. En ese mismo instante Gerardo entiende que sí, que al fin le está pasando algo. Un segundo después levanta su bicicleta, la monta y pedalea con fuerza hasta recuperar la calle de tierra. Nunca sabrá si lo vieron o si trataron de seguirlo, pues Gerardo no mira hacia atrás ni una sola vez.

    La historia sigue, pero es el día siguiente, de mañana, en el único colegio de la zona. Ambos se merodean en el aula pero ni se miran. Formalmente sigue en pie la pelea de anoche, y como ocurre cuando se enemistan, dejan por un tiempo de sentarse juntos en el banco para dos que hace de pupitre, enrocando a amigos de otra pareja. Con las horas la mañana se va oscureciendo de a poco, mientras pasan las clases con sus profesores y su enciclopedismo diluido para adolescentes. A eso de las once el viento del sudeste empieza a hacerse sentir en la altura de ese salón instalado en un segundo piso. Un portazo a traición sobresalta a toda la clase y preocupa a la profesora. Gerardo mira hacia la calle, por sobre el tinglado de chapas del patio, y nota que las luces de la calle se han encendido. La oscuridad los va envolviendo como si las fauces del lobo Fenrir finalmente se hubiesen adueñado del mundo. La profesora le pide a la veintena de alumnos que bajen al patio, piensa (pero no lo dice para no crear temor en los chicos) que si llegara a pasar un tornado en la planta baja estarían más seguros que allí.
    Gerardo baja con los otros las escaleras exteriores de metal, que se estremecen un poco por el viento. Cuando llega al patio vuelve a subirlas, cruzándose en el camino con los últimos compañeros, porque el espectáculo de la naturaleza lo aburre y quiere traerse el libro de sagas escandinavas que retiró esta misma mañana, antes de entrar a clases, de la biblioteca de la escuela, y que ha dejado en su mochila. El chico nota que el aula está en completa oscuridad, pues han bajado las cortinas de plástico de las dos ventanas. Ni bien entra, una mano que sale de detrás de la puerta lo retiene agarrándolo de su brazo, al par que siente un pinchazo certero en su palma. Tarda en entender lo que ha sucedido. Allí está ella, saliendo apenas a la penumbra del día anochecido. Empuña un punzón con unas gotitas de sangre en la punta, y ríe con toda la cara, como la histérica que es. Gerardo se mira la palma y ve dibujado un círculo rojo. La chica le dice “tu secreto ahora es nuestro”, le da un beso en la frente y luego baja las escaleras para reunirse con sus amigas.
  • SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2015
    Frío/calor
    Ambos se levantan cerca de las siete, y a esa hora, en julio, el sol recién empieza a calentar la tierra. Si dentro de la casa hubiera, colgado de alguna pared, un termómetro (lujo estadístico que ellos nunca se permitirían, al fin y al cabo les alcanza con la propia piel) éste marcaría unos tres grados por debajo del cero.
    El hijo sale de debajo de una capa pesada de frazadas viejas (todas las que guarda en el ropero) y camina con el borde de su pies desnudos hasta la única ventana de la habitación, que da a la calle. Con el puño de la camiseta desempaña un poco el vidrio y verifica que una pátina blanca de escarcha ha blanqueado el pasto del jardincito.
    La madre, que ya está vestida, ha encendido el gas del horno y ha dejado la puerta abierta para que el calor invada lo más rápidamente posible los tres ambientes de la casa (dos dormitorios y una cocina-comedor). Por costumbre, pretende llenar la tetera con el agua de la canilla, pero un segundo después de esperar el chorro que no llega recuerda que anoche ha caído una helada, y cuando esto ocurre los caños exteriores se congelan y el agua de pozo no consigue subir hasta el tanque. Allí al lado tiene un balde de metal con agua que su hijo ha llenado la noche anterior y que ella recién ahora nota. Así que carga la tetera con esa agua.
    El joven, ya vestido, agarra otro balde, de plástico rojo éste, que usa como orinal en invierno, luego sale de su pieza a un pasillito y enseguida, tras abrir una puerta de madera de doble hoja, a una galería techada. Al final de la galería está el baño. De pasada nomás, olió el gas y siguió camino hacia el excusado ensayando qué decir a la vuelta, pues ahora está urgido por encerrarse en ese cuartito sin revocar que está en el fondo. Cuando sale al patio techado, el aire frío que ingresa en sus pulmones combinado con el sol apenas elevado sobre el horizonte de casas bajas, hacen que el muchacho se estremezca y entrecierre los ojos. Ya encerrado en el bañito, primero orina largamente en la taza, luego vuelca la orina del balde y finalmente jala de la cadena que cuelga de la pesada cisterna de metal amurada a la pared, cerca del cielorraso abovedado. No corre agua. Vuelve a jalar dos veces más hasta que recuerda: en días así los caños, por estar a la intemperie, se congelan. No lo recuerda con estas palabras, claro, es más bien una intuición sin lenguaje que llega a su mente, y con ella el recuerdo del otro balde, de metal éste, que está debajo de la canilla de la ducha. Él mismo lo ha llenado la noche anterior, anticipándose a los efectos de la helada. Entonces lo levanta por la manija de alambre y arroja la mitad del contenido en el inodoro. El color amarillo intenso va diluyéndose a medida que el líquido escapa por el desagote de la taza. Con la mitad restante se lava la cara friccionándose con energía los ojos.
    Cuando vuelve a entrar en la casa, viniendo del patio, el fuerte olor del gas nuevamente lo golpea. En la cocina se encuentra a su madre ya sentada a la mesa, reconcentrada en el mate que chupa sin percibir que su hijo ha llegado. El joven, si decir nada, va derecho hacia el horno y cierra la perilla del gas. Luego cierra la puerta y abre un palmo una hoja de la ventana de vidrio que da al patio. Mientras hace aspavientos, pretendiendo apurar la dispersión del gas del ambiente, le habla a la mujer por primera vez en el día: “Te dije que con el gas del horno no, un día de estos nos vamos a caer redondos”. La madre apenas gira la cabeza para ver, detrás de ella, la transformación del artefacto. No dice nada. El muchacho finalmente cierra la ventana, se acerca otra vez a la cocina y con el mismos fósforo enciende las tres hornallas del aparato. La mujer ceba otro mate y se lo pasa al joven que se ha sentado del otro lado de la mesa, frente a ella. Desayunan en silencio. Aunque el hijo trabaja como diariero, atendiendo un puestito ubicado en una esquina céntrica, en el cruce de dos avenidas, sobre la mesa no hay rastro de publicación periódica impresa. Por eso ambos se encierran en sí mismos mientras el mate va y viene entre sus manos. Hay unas galletas y un tarro de mermelada sobre la mesa, pero apenas los tocan.
    Cuando el hijo está saliendo hacia su trabajo (se hará cargo del segundo turno, hasta las seis de la tarde, pues después de décadas ha empezado a reimprimirse la quinta edición de un conocido matutino y el dueño del puesto quiere probar si se vende), mientras avanza por el zaguán, está tentado de quedarse un rato con la puerta de calle abierta, para que el gas del interior de la casa termine de disiparse. Al abrir la puerta cae un sobre, que el cartero había dejado retenido a presión entre la hoja y el marco: es la factura bimestral del gas. El muchacho lo abre y descubre que el monto a pagar ha aumentado más del doble con respecto al bimestre anterior. Sin siquiera cerrar la puerta de calle, se vuelve por el pasillo hasta la cocina y antes de que su madre lo note le dice “mirá qué lindo tu método de calefacción. A la vuelta le llevo sí o sí la estufa a don Cosme para que la arregle”. Arroja la boleta sobre la mesa y sin esperar respuesta, da media vuelta y vuelve a salir. Cierra la puerta con un portazo del que se arrepiente un segundo después. Tiene la cara colorada y no por el viento frío de la calle, sino porque los hábitos de su madre, envejecida prematuramente cree él, encuentran siempre un nuevo motivo para ofuscarlo.

    El hombre, de ocupación viajante de comercio, no para de sudar en su cuarto de hotel. Es la primera vez que anda por esta región del norte del país y se ha hospedado en un hotel pobretón, como siempre, pero con una rareza: en la terraza del edificio de cuatro pisos hay una piscina. Modesta (como que es un hotelito levantado a la vera de la ruta, en las afueras de la ciudad), es cierto, pero piscina al fin y al cabo. El tipo que en la conserjería le tomó los datos, un viejo canoso y de modales delicados que se presentó como “el propietario”, se lo remarcó (un índice apuntando hacia arriba) como un servicio que ningún otro hotel daba en la zona, “y por el mismo precio”. Y esta noche el calor es sofocante. El ventilador de techo nada consigue y el hombre, que pesa casi ciento cincuenta kilos, transpira sobre sí mismo como una cisterna rebalsada.
    Se despega de las sábanas mojadas, se pone una camisa, unas anticuadas hojotas que siempre lleva con él, y con los mismos pantalones shorts con los que se había acostado sale al pasillo en penumbras, cierra con llave y sube los tres pisos por las escaleras hasta la terraza. Llega resoplando, agotado por el esfuerzo. La puerta de chapa que comunica a la intemperie está entornada, por eso el viajante se asoma a la terraza con un remilgado “bueeenas”. No hay nadie. Sólo algunos de los reflectores están encendidos y el espejo de agua, sin un fondo aparente, se ve penumbroso y un poco abismal. El hombre mira hacia arriba y hacia abajo: cielo y campo abierto es todo lo que se deja ver en la noche de enero.
    Se desnuda por completo. Siempre había querido nadar en cueros, y siente que ésta es la oportunidad. Calcula que si alguien sube, escuchará sus pasos por la escalera y tendrá tiempo para calzarse el short que ha dejado a mano, sobre las lajas blancas que bordean la vieja piscina de cemento pintada de celeste. Se mete con cuidado, casi sin perturbar el agua, y nada calmoso. Adentro, las dimensiones de la pileta le parecen mayores de lo que se veía desde afuera. Se ha olvidado de todo, se ha relajado por completo y flota haciendo la plancha, adormilado por la sensación de alivio que lo envuelve.
    En eso estaba cuando nota que alguien emerge a la superficie. Está vestido con un traje de buzo negro de pies a cabeza. Se lo queda mirando desde detrás de sus antiparras, en el otro extremo del rectángulo de agua. Con el tubo del snorkel aún en su boca, la aparición, ahí en la penumbra, parece un monstruo acuático salido de un film de clase B. El gordo, que lo descubre en posición horizontal, se sobresalta y se oculta enseguida en el agua, hundiéndose hasta el cuello. Nada con dificultad hasta donde ha dejado su ropa. Pero el extraño no parece incomodado por su presencia. Sale del agua escalando la escalerita del otro extremo de la pileta y, dándole la espalda, el viajante observa cómo se va quitando el snorkel, la antiparra y la capucha. En el otro esquinero de la piscina, como un boxeador que espera la campana, el viajante nota que en realidad se trata de una mujer: liberada su cabellera rubia, la ha extendido por su espalda con suaves movimientos de cabeza, como en una publicidad de champú en cámara lenta. No sabe si esta Cousteau de entrecasa ha notado que él está desnudo; de todas maneras se queda quieto: no quiere quejas en su contra en la recepción del hotel. Quizás alguna vez necesite volver a hospedarse allí. En su oficio nunca se sabía.
    La mujer se quita las patas de rana, y así, descalza y cargando con las partes del equipo que había dejado en el piso azulejado, camina hacia la puerta de salida. El viajante quisiera decirle algo, un saludo o unas disculpas si es que fue el culpable de que su clase de submarinismo doméstico se interrumpiese... Pero se queda en silencio viéndola irse. Ella desaparece de la terraza cerrando la puerta de chapa con cuidado. El tipo vuelve a dejar el pantalón junto con la camisa y las ojotas, pero ahora no puede sentirse tranquilo. Mira con curiosidad el invisible fondo de la pileta: recién ahora nota que no alcanza a ver sus propios pies. Esto lo recela. Qué otras sorpresas podrían salir de allí abajo. Considera que para una refrescada ya estuvo bien y decide volverse a su habitación.
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