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Una dulce familia

LegendarioLegendario Fernando de Rojas s.XV
editado marzo 2015 en Infantil y Juvenil
“¡Mamá: ya te dije que no me gustan las arañas!”, lloraba el alacrancito.

“Pues tienes que comerlas te gusten o no, pues son muy buenas para que, cuando seas mayor, tengas un buen veneno y puedas ir a cazar insectos con tu padre”, le respondió Mamá Alacrana, simulando estar muy enojada.

A su lado estaba la nena Alacrancita, la más pequeña de la familia -a quien apenas se le estaban formando sus tenazas y la punta de su cola- escuchando atentamente lo que platicaban Mamá Alacrana y su hermanito Alacrancín, justo cuando llegó Papá Alacrán del campo, muy satisfecho, pues ese día había cazado muchos insectos y un par de arañas de buen tamaño.

“¿Cómo están mis hermosos alacrancitos?, preguntó Papá Alacrán. “¿Aprendieron mucho en la escuela el día de hoy?”

Mamá Alacrana se adelantó a responder:

“Alacrancita sacó un 10 en la clase de escondrijos. Dice la maestra que cuando crezca será muy buena para pasar desapercibida bajo las piedras.”

“Respecto a Alacrancín, no tengo buenas nuevas: lo castigaron porque amenazó a otro alacrancito con su cola, y sabemos de sobra que eso es de pésima educación. Los alacranes deben respetarse entre ellos.”

“Además –insitió Mamá Alacrana- tienes que decirle a Alacrancín lo importante de comer una dieta balanceada, pues a mí no me quiere hacer caso.”

Entonces Papá Alacrán, lleno de orgullo viendo lo hermosas que estaban sus dos criaturas, les dijo:

“Es importante, hijitos queridos, que coman un poco de todo. Ya les he dicho que las arañas son muy necesarias para generar veneno. Sé de sobra que las abejas y las moscas son muy tiernas, pero no son suficientes para crecer sanos. Un poco de arañas, otro poco de insectos, y de postre…mmmm…una deliciosa oruga: ésa es la alimentación recomendada por los dietistas de la Universidad de Alacrania.”

Y así, después de ese dulce sermón, Papá Alacrán y Mamá Alacrana se guiñaron un ojo y se tomaron de una pata, felices, porque sabían estaban criando alacrancitos buenos, y los acompañaron a su pequeña grieta en la roca para dormir, y para ello les contaron un dulce cuento de hadas-alacranas buenas que protegían a los alacranes de los pisotones de los peligrosos humanos que de repente aparecían por esos lugares.
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