Javincy
15-ene-2008, 10:56
El escritor frente a la cultura libre
Los creadores, salvo excepciones, siempre han estado y estarán del lado del público. Esto significa a veces que han de seguirlo por caminos un tanto dolorosos. Cuando, por ejemplo, el gusto del público se aleja demasiado de los intereses del creador, que depende de su obra para su subsistencia. O cuando, como ahora, el público, o una parte más activa de él, pide tener acceso inmediato y gratuito a la obra.
Uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los creadores es la dificultad de transmitir al público en qué medida la actividad creativa requiere trabajo, constancia, habilidad y experiencia. La mayoría del público nunca o prácticamente nunca se ha sentado a escribir una novela de trescientas páginas, o a componer e interpretar una canción, o una obra de teatro, o una película. Seguramente no es consciente de que esa novela que está leyendo ha significado un trabajo de ocho horas diarias durante nueve meses. Y la vida es corta. La mayor parte de nuestra cultura existe porque la mayor parte de los creadores todavía se mantienen en el límite de subsistencia —muchos por debajo, los menos por encima—. Y, aun así, ellos serían los primeros en seguir a la gente en sus deseos si tuvieran una garantía de no quedarse en la calle. Si supieran que pueden subsistir sólo con los conciertos, o con publicidad, o vendiendo productos relacionados con la obra, o dando conferencias, lo harían: el creador es vanidoso por naturaleza y sueña con gustar, con obtener el reconocimiento del público. Si alguien cree que es la especie de nuestra sociedad que más se preocupa por la explotación capitalista de su producto es que está viviendo sinceramente lejos de la realidad.
Pero, aparte de aceptar con resignación las imposiciones del público, si es que es factible, hace falta una reflexión. El público ha dejado de percibir que el trabajo de los creadores merezca ninguna recompensa. No vivimos en la era de los mecenazgos, el público es prácticamente el único recurso del que dispone el creador. Está claro que al abrirse la red mucha información se ha vuelto gratuita e inmediata y, por comparación, se ha extendido la convicción de que ninguna nueva obra tiene valor; incluso se dice que, desde el momento en que la crea, la obra deja de pertenecer al creador, que no puede reconocer ningún derecho sobre ella salvo el de que adjuntar su nombre. La sociedad actual está proponiendo, en definitiva, que crear cultura no es un trabajo, que crear cultura no proporciona ningún beneficio neto a la sociedad y, en consecuencia, por sí mismo no merece ninguna compensación.
Esto obliga a los creadores a hallar un medio para mantener la producción, especialmente la producción minoritaria y especializada que no se puede financiar de ningún modo por medios alternativos para evitar que el público sufra la consecuencia más indeseable de la pérdida del reconocimiento laboral de la actividad creativa, a saber: la escisión radical entre la cultura de masas, producida por las grandes empresas, los personajes mediáticos y los que viven de rentas, que pueden permitirse financiar la creación “gratuita”, y el resto de la cultura, producida de forma ocasional por individuos cuya actividad principal es realizar un trabajo de subsistencia y que generalmente dividirán su ocio entre actividades de esparcimiento y las actividades de creación en sí, que requieren una gran dosis de constancia, concentración y esfuerzo.
En definitiva, cuando la creación sea una actividad no remunerada, nos enfrentaremos al peligro de que nuestra cultura futura la creen sólo las clases adineradas, las que disponen de tiempo y dinero para hacerlo, con el potencial de manipulación y de vulgarización del ciudadano que ello conlleva. Para estas clases es beneficioso alentar la gratuidad de la creación, ya que gratuidad no equivale necesariamente a libertad, especialmente cuando son ellos quienes controlan los medios y la publicidad y pueden marcar las tendencias del público. Para ellos, como dijo Robert A.Heinlein, “No existe el almuerzo gratis” (“There Ain’t No Such Thing As A Free Lunch”).
Mientras eso ocurre, los individuos con talento abandonarán la creación para no echar a perder su habilidad, lo que invitará a la extensión (más aún) de la mediocridad cultural. Y la creación gratuita de muchos aficionados, a costa de un sacrificio de tiempo de ocio y a menudo de trabajo, que está alentada hoy en día por el incentivo de un reconocimiento y una mínima recompensa en el futuro, se verá mermada al equiparar la costosa actividad creativa con otras alternativas de ocio mucho más recreativas e enriquecedoras para alguien que no se dedique de lleno a la creación de cultura (como, por ejemplo, leer).
Tanto si se quiere compartir un análisis como el anterior o no, plantear una alteración utopista de nuestro actual contrato social que amenace directamente la subsistencia de todo un sector (no digo poder tener una tele de plasma y un coche de treinta mil euros, digo “subsistencia”, llegar siquiera a ser mileurista, cosa que la mayoría de creadores ni siquiera consigue), y más aún si quien plantea la reforma no incluye el sector afectado ni le ofrece ninguna negociación, es como mínimo un acto insolidario y sospechoso de beneficiar precisamente a quienes ven la creación de cultura como una amenaza. El coste actual de la cultura no está arruinando a las familias ni inculturizando a la gente. Es mucho más preocupante que la diferencia de precio de una vivienda en los últimos diez años sea el equivalente a una biblioteca de diez mil ejemplares nuevos en tapas duras, o treinta mil horas de música (tres años y medio de música continua) en discos de hace sólo unos años, o que la cantidad de espacios culturales en televisión, incluyendo los medios públicos, se aproxime alarmantemente a cero.
Ahora bien, si usted es feliz pudiendo ver miles de Piratas del Caribe 3 para poder olvidarse que es esclavo de un banco de por vida y que los medios politizados han lavado su cerebro… yo no le niego su derecho a tener su propia idea de utopía. Sin embargo, no se parece en nada a la mía. Una en la que la creación, así como el acceso público a la cultura, esté garantizada socialmente, y no sometida a las leyes del libre mercado.
Por Fran Ontanaya.
Los creadores, salvo excepciones, siempre han estado y estarán del lado del público. Esto significa a veces que han de seguirlo por caminos un tanto dolorosos. Cuando, por ejemplo, el gusto del público se aleja demasiado de los intereses del creador, que depende de su obra para su subsistencia. O cuando, como ahora, el público, o una parte más activa de él, pide tener acceso inmediato y gratuito a la obra.
Uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los creadores es la dificultad de transmitir al público en qué medida la actividad creativa requiere trabajo, constancia, habilidad y experiencia. La mayoría del público nunca o prácticamente nunca se ha sentado a escribir una novela de trescientas páginas, o a componer e interpretar una canción, o una obra de teatro, o una película. Seguramente no es consciente de que esa novela que está leyendo ha significado un trabajo de ocho horas diarias durante nueve meses. Y la vida es corta. La mayor parte de nuestra cultura existe porque la mayor parte de los creadores todavía se mantienen en el límite de subsistencia —muchos por debajo, los menos por encima—. Y, aun así, ellos serían los primeros en seguir a la gente en sus deseos si tuvieran una garantía de no quedarse en la calle. Si supieran que pueden subsistir sólo con los conciertos, o con publicidad, o vendiendo productos relacionados con la obra, o dando conferencias, lo harían: el creador es vanidoso por naturaleza y sueña con gustar, con obtener el reconocimiento del público. Si alguien cree que es la especie de nuestra sociedad que más se preocupa por la explotación capitalista de su producto es que está viviendo sinceramente lejos de la realidad.
Pero, aparte de aceptar con resignación las imposiciones del público, si es que es factible, hace falta una reflexión. El público ha dejado de percibir que el trabajo de los creadores merezca ninguna recompensa. No vivimos en la era de los mecenazgos, el público es prácticamente el único recurso del que dispone el creador. Está claro que al abrirse la red mucha información se ha vuelto gratuita e inmediata y, por comparación, se ha extendido la convicción de que ninguna nueva obra tiene valor; incluso se dice que, desde el momento en que la crea, la obra deja de pertenecer al creador, que no puede reconocer ningún derecho sobre ella salvo el de que adjuntar su nombre. La sociedad actual está proponiendo, en definitiva, que crear cultura no es un trabajo, que crear cultura no proporciona ningún beneficio neto a la sociedad y, en consecuencia, por sí mismo no merece ninguna compensación.
Esto obliga a los creadores a hallar un medio para mantener la producción, especialmente la producción minoritaria y especializada que no se puede financiar de ningún modo por medios alternativos para evitar que el público sufra la consecuencia más indeseable de la pérdida del reconocimiento laboral de la actividad creativa, a saber: la escisión radical entre la cultura de masas, producida por las grandes empresas, los personajes mediáticos y los que viven de rentas, que pueden permitirse financiar la creación “gratuita”, y el resto de la cultura, producida de forma ocasional por individuos cuya actividad principal es realizar un trabajo de subsistencia y que generalmente dividirán su ocio entre actividades de esparcimiento y las actividades de creación en sí, que requieren una gran dosis de constancia, concentración y esfuerzo.
En definitiva, cuando la creación sea una actividad no remunerada, nos enfrentaremos al peligro de que nuestra cultura futura la creen sólo las clases adineradas, las que disponen de tiempo y dinero para hacerlo, con el potencial de manipulación y de vulgarización del ciudadano que ello conlleva. Para estas clases es beneficioso alentar la gratuidad de la creación, ya que gratuidad no equivale necesariamente a libertad, especialmente cuando son ellos quienes controlan los medios y la publicidad y pueden marcar las tendencias del público. Para ellos, como dijo Robert A.Heinlein, “No existe el almuerzo gratis” (“There Ain’t No Such Thing As A Free Lunch”).
Mientras eso ocurre, los individuos con talento abandonarán la creación para no echar a perder su habilidad, lo que invitará a la extensión (más aún) de la mediocridad cultural. Y la creación gratuita de muchos aficionados, a costa de un sacrificio de tiempo de ocio y a menudo de trabajo, que está alentada hoy en día por el incentivo de un reconocimiento y una mínima recompensa en el futuro, se verá mermada al equiparar la costosa actividad creativa con otras alternativas de ocio mucho más recreativas e enriquecedoras para alguien que no se dedique de lleno a la creación de cultura (como, por ejemplo, leer).
Tanto si se quiere compartir un análisis como el anterior o no, plantear una alteración utopista de nuestro actual contrato social que amenace directamente la subsistencia de todo un sector (no digo poder tener una tele de plasma y un coche de treinta mil euros, digo “subsistencia”, llegar siquiera a ser mileurista, cosa que la mayoría de creadores ni siquiera consigue), y más aún si quien plantea la reforma no incluye el sector afectado ni le ofrece ninguna negociación, es como mínimo un acto insolidario y sospechoso de beneficiar precisamente a quienes ven la creación de cultura como una amenaza. El coste actual de la cultura no está arruinando a las familias ni inculturizando a la gente. Es mucho más preocupante que la diferencia de precio de una vivienda en los últimos diez años sea el equivalente a una biblioteca de diez mil ejemplares nuevos en tapas duras, o treinta mil horas de música (tres años y medio de música continua) en discos de hace sólo unos años, o que la cantidad de espacios culturales en televisión, incluyendo los medios públicos, se aproxime alarmantemente a cero.
Ahora bien, si usted es feliz pudiendo ver miles de Piratas del Caribe 3 para poder olvidarse que es esclavo de un banco de por vida y que los medios politizados han lavado su cerebro… yo no le niego su derecho a tener su propia idea de utopía. Sin embargo, no se parece en nada a la mía. Una en la que la creación, así como el acceso público a la cultura, esté garantizada socialmente, y no sometida a las leyes del libre mercado.
Por Fran Ontanaya.