Nereyda C.M.
12-mar-2008, 19:34
¡Hablan! – gritó mi hermano refiriéndose el hecho de que llamaban a la puerta.
Desde la muerte de nuestros padres había recaído en él, la responsabilidad de velar por nosotros y realmente había hecho un buen trabajo.
Yo lo quería mucho aún a pesar de que de vez en cuando era muy estricto. ¡Rebeca! - ¿Qué no oyes? – Volvió a gritar- ¡Abre! ¡oh siempre yo! rezongué para mis adentros, porque si algo le molestaba era el hecho de que refutaran sus órdenes - ¿sí? – pregunté, aunque ya sabía por costumbre de qué se trataba.
Para con Ernesto, ni mis hermanos ni yo teníamos queja alguna, pues había pasado de ser un caótico hermano mayor a padre y madre de nosotros. Su vida era tranquila y sobria y aunque no éramos ricos, con el fruto de su trabajo había logrado darnos una posición económica holgada.
No había nada de raro en su conducta excepto sus extrañas desapariciones nocturnas.
- ¿Se encuentra Ernesto? – preguntó el visitante- cuya apariencia no era muy distinta al resto de los hombres que solían visitarlo.
Pulcro, guapo y distinguido aquel sujeto no dejaba de impresionarme por el hecho de imaginar que debía ser un hombre prominente.
- ¿Quién es? – Preguntó mi hermano que hacía unos minutos había salido de ducharse, con esa habitual ingenuidad, como si de verdad no supiera de qué se trataba – No sé – respondí con la insensatez de mi edad – Arturo – dijo el hombre - ¡Ah, pasa por favor! – replicó mi hermano mientras yo me quitaba de la puerta para que lo hiciera.
Después pasó lo mismo que otras veces: salieron juntos.
Ernesto nos había dicho que tomaba clases de inglés tres noches a la semana y a eso se debían los visitantes nocturnos, eran sus compañeros de clase. Y no es que pusiera en tela de duda sus palabras, de cualquier forma ahora las escuelas abarcan toda clase de horario con tal de satisfacer las necesidades de sus educandos, pero había en aquella situación algo de extraño.
Los chicos se dormían temprano, y yo, tenía prohibido acostarme después de las once así que minutos después que él salía, me iba a dormir, ignorando por supuesto, la hora de su regreso aunque había ocasiones en que coincidíamos en horario, nosotros nos levantábamos mientras él apenas llegaba.
Un día, años después, cuando la adolescencia despertaba en mi cuerpo, fui con unos amigos a uno de esos antros de quinta, situado en el peor sector de la ciudad, donde según nos habían contado, sucedía de todo, hasta lo indecible.
Nunca supe cómo nos dejaron entrar pero en un santiamén estábamos adentro.
El lugar era asqueroso, olía a todos menos a decencia, el aire viciado y las luces incandescentes terminaron por marearme, así que de lo que pasó después no estoy muy segura, entre nubes de humo y luces estrambóticas me pareció ver entre a unos cuantos amigos de mi hermano, algunos de esos señores decentes y sobrios que solían visitarlo y que ahora visiblemente alterados, como presos de un éxtasis, bailaban en derredor de una bailarina exótica no muy agraciada pero con un cuerpo escultural.
Aquella mujer embrujaba con su danza, sus movimientos hipnóticos, mantenían a los espectadores frenéticos, cautivos a la situación. Aunque para que la verdad sea dicha, debo aceptar que no pude quedar exenta, allí, absorta, ante aquel espectáculo miraba como aquella mujer en su afán de despojarse de la ropa no sólo se había quedado sin ella sino sin los atributos propios femeninos.
De repente ante mis ojos, como en una especie de metamorfosis, aquel ser había pasado de exótica mujer vestida a un tipo desnudo y famélico muy parecido a mi hermano.
Desde la muerte de nuestros padres había recaído en él, la responsabilidad de velar por nosotros y realmente había hecho un buen trabajo.
Yo lo quería mucho aún a pesar de que de vez en cuando era muy estricto. ¡Rebeca! - ¿Qué no oyes? – Volvió a gritar- ¡Abre! ¡oh siempre yo! rezongué para mis adentros, porque si algo le molestaba era el hecho de que refutaran sus órdenes - ¿sí? – pregunté, aunque ya sabía por costumbre de qué se trataba.
Para con Ernesto, ni mis hermanos ni yo teníamos queja alguna, pues había pasado de ser un caótico hermano mayor a padre y madre de nosotros. Su vida era tranquila y sobria y aunque no éramos ricos, con el fruto de su trabajo había logrado darnos una posición económica holgada.
No había nada de raro en su conducta excepto sus extrañas desapariciones nocturnas.
- ¿Se encuentra Ernesto? – preguntó el visitante- cuya apariencia no era muy distinta al resto de los hombres que solían visitarlo.
Pulcro, guapo y distinguido aquel sujeto no dejaba de impresionarme por el hecho de imaginar que debía ser un hombre prominente.
- ¿Quién es? – Preguntó mi hermano que hacía unos minutos había salido de ducharse, con esa habitual ingenuidad, como si de verdad no supiera de qué se trataba – No sé – respondí con la insensatez de mi edad – Arturo – dijo el hombre - ¡Ah, pasa por favor! – replicó mi hermano mientras yo me quitaba de la puerta para que lo hiciera.
Después pasó lo mismo que otras veces: salieron juntos.
Ernesto nos había dicho que tomaba clases de inglés tres noches a la semana y a eso se debían los visitantes nocturnos, eran sus compañeros de clase. Y no es que pusiera en tela de duda sus palabras, de cualquier forma ahora las escuelas abarcan toda clase de horario con tal de satisfacer las necesidades de sus educandos, pero había en aquella situación algo de extraño.
Los chicos se dormían temprano, y yo, tenía prohibido acostarme después de las once así que minutos después que él salía, me iba a dormir, ignorando por supuesto, la hora de su regreso aunque había ocasiones en que coincidíamos en horario, nosotros nos levantábamos mientras él apenas llegaba.
Un día, años después, cuando la adolescencia despertaba en mi cuerpo, fui con unos amigos a uno de esos antros de quinta, situado en el peor sector de la ciudad, donde según nos habían contado, sucedía de todo, hasta lo indecible.
Nunca supe cómo nos dejaron entrar pero en un santiamén estábamos adentro.
El lugar era asqueroso, olía a todos menos a decencia, el aire viciado y las luces incandescentes terminaron por marearme, así que de lo que pasó después no estoy muy segura, entre nubes de humo y luces estrambóticas me pareció ver entre a unos cuantos amigos de mi hermano, algunos de esos señores decentes y sobrios que solían visitarlo y que ahora visiblemente alterados, como presos de un éxtasis, bailaban en derredor de una bailarina exótica no muy agraciada pero con un cuerpo escultural.
Aquella mujer embrujaba con su danza, sus movimientos hipnóticos, mantenían a los espectadores frenéticos, cautivos a la situación. Aunque para que la verdad sea dicha, debo aceptar que no pude quedar exenta, allí, absorta, ante aquel espectáculo miraba como aquella mujer en su afán de despojarse de la ropa no sólo se había quedado sin ella sino sin los atributos propios femeninos.
De repente ante mis ojos, como en una especie de metamorfosis, aquel ser había pasado de exótica mujer vestida a un tipo desnudo y famélico muy parecido a mi hermano.