betob
07-mar-2008, 18:27
De pronto notó que se había derrumbado su rostro atractivo qué llegó a doler físicamente como un tumor. Todavía recordaba ese privilegio que llegó de la adolescencia; era como un último gesto de animal decadente. El espejo no mentía. Indudablemente, ese día reconoció la vejez.
Recordó que, desde ya unos meses atrás, todas las mañanas parada frente a él, había comenzado a mostrar, a un ritmo lento pero con una melodía ritual y monótona signos que vislumbraban, sin lugar a dudas, el avance de la infalible e inevitable cuenta regresiva.
Esos días tubo un ataque de enojo pasional contra la imagen reflejada en el espejo que ocasionó tumultuosos deseos y la única forma de redimirlos era hacer añicos al espejo.
Mas recapacitó. Su estado podría compararse con momentos de la lejana juventud, en que deseos compatibles con las normas y buenas costumbres la obligaron a una sublimación otorgándole fuerzas para sobreponerse y aceptar su impotencia.
Los días transcurrieron. La lucha interna contra el espejo, que tomó el lugar de su otro yo, fue cruel y sin escrúpulos. No fueron escatimados esfuerzos que en momentos lindaron lo imposible. Horas y horas junto a su analista reforzaron su auto estima. Caminatas largas y placenteras consiguieron fortificar su cuerpo.
Inclusive los más cercanos notaron la diferencia. Era ella, sin duda, pero con un aire de superioridad, envuelta en un halo de frescura juvenil. Su cuerpo irradiaba cierto aroma subyugante, su rostro tomó un color atrayente. Sus facciones mostraban serenidad, entereza, finura.
Al ofrecerle su semblante su imperdonable enemigo creyó que éste no daba crédito a la nueva esfinge que pretendía sobreponerse a la consabida ley de la vida, pero no tuvo reparos y reconoció que ella había triunfado en su cometido.
OOOOOOOOOOOOOOO
Recordó que, desde ya unos meses atrás, todas las mañanas parada frente a él, había comenzado a mostrar, a un ritmo lento pero con una melodía ritual y monótona signos que vislumbraban, sin lugar a dudas, el avance de la infalible e inevitable cuenta regresiva.
Esos días tubo un ataque de enojo pasional contra la imagen reflejada en el espejo que ocasionó tumultuosos deseos y la única forma de redimirlos era hacer añicos al espejo.
Mas recapacitó. Su estado podría compararse con momentos de la lejana juventud, en que deseos compatibles con las normas y buenas costumbres la obligaron a una sublimación otorgándole fuerzas para sobreponerse y aceptar su impotencia.
Los días transcurrieron. La lucha interna contra el espejo, que tomó el lugar de su otro yo, fue cruel y sin escrúpulos. No fueron escatimados esfuerzos que en momentos lindaron lo imposible. Horas y horas junto a su analista reforzaron su auto estima. Caminatas largas y placenteras consiguieron fortificar su cuerpo.
Inclusive los más cercanos notaron la diferencia. Era ella, sin duda, pero con un aire de superioridad, envuelta en un halo de frescura juvenil. Su cuerpo irradiaba cierto aroma subyugante, su rostro tomó un color atrayente. Sus facciones mostraban serenidad, entereza, finura.
Al ofrecerle su semblante su imperdonable enemigo creyó que éste no daba crédito a la nueva esfinge que pretendía sobreponerse a la consabida ley de la vida, pero no tuvo reparos y reconoció que ella había triunfado en su cometido.
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