rocinante
02-mar-2008, 16:15
Amigos, acabo de instalar la última versión del Office 2008, y me encuentro que todos los textos que había ido perdiendo a los largo del tiempo con las anteriores versiones 2000, 2003, me ha aparecido hoy y en el idioma comprensible y leíble.
Uno de ellos es esta que os muestro y que se queda sin final porque no lo encuentro. Podria decir que es una historia real, pero de verdad solo tiene el protagonista con el cual hablé aquella mañana. Tambien podria haberme inventado el final de la historia pero creo que así queda mejor porque la vida de las personas siempre tienen un incierto final.
Aquí os la dejo sintiendo que sea un poco larga, pero creo que vale la pena de leerla. Espero que os guste.
Saludos.
PASEANDO POR EL PATIO TRASERO DE LA CIUDAD
Aquella mañana cogí el metro, me fui para Barcelona y lo dejé en la plaza de Urquinaona. La noche anterior había nevado en toda la región, y en el centro de la ciudad la nieve, por su proximidad con el mar se había derretido muy pronto, tan solo, y como una huella que tradaria poco en desaparecer, quedaban algunos copos en los rincones de las paredes y debajo de los bordillos.
Baje por La Vía Layetana, que a esa hora de la mañana hervía de gentes que caminaban de aquí para allá, unas con sus compras a cuestas, otras mirando escaparates y la mayoría con el paso ligero y deprisa como obedeciendo a una orden apremiante que formaba parte del ambiente. Cuando pasé frente a Fundación La Caixa, uno de los poderes financieros del país y en donde dicen que trabaja la infanta Cristina, no pude por menos que fijarme que como un anacrónico contrasentido que pregonaba la estrella de Miró, en sus portales también se cobijaban los mendigos implorando la caridad ajena.
Caminando y observando las gentes comprobé que las calles estaban como de un tiempo a esta parte llena de seres de otros países, indios, paquistaníes, gentes de piel amarilla y ojos oblicuos, árabes, morenos de ojos grandes y sonrisa continua, mulatos y hermanos americanos, serios, tristes, con su india melancolía a cuestas. Así, fui bajando hasta que llegué al final de la avenida, frente al puerto y junto al gran e histórico edificio de Correos, me detuve y como para pasar el rato y de alguna forma librarme del frió de la calle entré. Dentro hacia un calorcillo que animaba la piel de la cara y reanimaba el cuerpo. Dentro la gentes hacían colas, hablaban frente a las ventanillas y andaba de aquí y para allá solventando sus quehaceres. Entonces fue cuando mirando distraídamente observé que junto a una de las soberbias columnas del soberbio edificio un hombre de mediana edad, alto y con la vista puesta en un punto lejano permanecía allí sin moverse y sin hacer ningún movimiento.
Hasta que en uno de mis paseos aquel hombre se me acercó, iba con la vista baja, cabizbajo, con la cabeza hundida entre los hombros, como ocultando su rostro y su vergüenza, lentamente, me salió al paso para con voz casi inaudible y con un fuerte acento andino. decirme.
.-¡ Por favor, disculpe, vos tened un momento para atenderme¡.-
.-¡Si claro¡. -
Dije sin dudar, y esperando sus palabras. A aquel hombre, de maneras corteses y con una destacada educación que resaltaba en su manera de hablar y en sus modales, le costaba trabajo pronunciarse, se veía que hacia un tremendo esfuerzo, para hacer lo que quizás nunca hubiera imaginado, para decirme lo que iba a decir, tenia los ojos nublados y una profunda tristeza en el mirar que estremecía.
-¡ Sr. solo necesito 100. -Ptas. para llamar por teléfono, tendría la bondad ¡. -
.-¡Si¡. - le dije .-¡ no se preocupe¡. -
Yo saqué el monedero y el hombre extendió su mano, una mano de palma blanca, delicada, una mano que temblaba y que hacia un tremendo esfuerzo por mantenerse en aquella implorante posición, era un acto en el que parecia que a aquel al hombre se le removía todo su orgullo, toda su estirpe y su raza y cuando le puse la moneda en la mano lo miré.
La profunda tristeza y melancolía que pude ver en aquellos ojos hizo que el hombre de piel morena y de poblada barba bajara los suyos y sin decir palabra se marchara hacia los teléfonos, una vez allí, frente a los locutorios dudó, parecía que algo le apremiaba más que llamar a su familia, y así estuvo varios minutos, hasta que en un movimiento de sus piernas giró sobre si mismo y se marchó saliendo por las amplias puertas del edificio.
Lo seguí con la vista y cuando vi que a lo lejos se metía en una de las numerosas tabernas que hay en las callejuelas de alrededor salí del edificio y me encaminé detrás suyo, adonde estaba seguro que había entrado. El local estaba totalmente lleno, era la hora del bocadillo de la media mañana y las gentes llenaban la amplia barra y las mesas del local. Él hombre estaba al final del locál, medio oculto por la espesa atmósfera de humo y calor denso que podía masticarse. El gentío y el barullo del local no me impidió acercarme al hombre que en el fondo, al final de la barra, sorbía con ansia un vaso de café con leche, cuando llegué hasta él, el camarero me salió al paso para preguntarme que quería.
.-¡ Un cortado ( café con un poco de leche) ¡.-
dije sin mucho afán.
Entonces sin disimulo, me acerqué a aquel hombre que aparentemente parecía tan hundido y con tan pocas esperanzas de seguir existiendo que por un momento me temía, que raro seria si antes de acabar el dia desesperado por los graves problemas que se adivinaban den su mirada no hiciera alguna tontería. Lo observaba disimuladamente, se bebía aquella bebida porque el cuerpo se lo pedía, y se le rebelaban por el mucho tiempo que quizás llevaba sin comer o sin tomar algo caliente pero él parecía no sentir nada, se bebía aquello, como podía beberse un peligroso y letal veneno, parecía que nada de lo que le rodeaba le importaba. permanecía ausente y distante, con su mente y sus pensamientos muy lejos de allí.
Sus miradas se iban y venían sobre los bocadillos de la vitrina del mostrador, como mirando aun espejismo que estaba muy lejos de conseguir como algo inalcanzable y sin esperanzas de conseguir entonces adivinando sus pensamientos le pedí al camarero una racion de la vistosa y apetecible empanada gallega que ocupaba parte de la vitrina del mostrador, el joven empleado me miró extrañado porque aquella comida junta con el cortado que acababa de ponerme delante, era una pareja extraña para comer, así que cuando la tuve en el plato, miré al hombre, le invité con la mirada y le dije si quería probarla. El hombre no pronunció palabra, si no que olvidándose de sus buenas maneras, de sus finos modales y de su segura buena educación, la agarró de un solo movimiento y como un animal hambriento y sin ningún disimulo, la engulló rápidamente, fué entonces cuando mirándome, dijo.
.-¡ Gracias, compañero¡. -
Me dijo. Con aquel acento dulzon que tenia tonos de Tangos, de Bandoleón y de películas de Gardel.
.-¡De que parte de Sudamérica es Ud.¡. -
Dije al momento, acordándome de una canción que dice “no me llames extranjero” y que importaba de donde era, me dije acaso la miseria, el desarraigo, la soledad y la nostalgia tiene países o fronteras, entonces desistí de interrogarle con mis impertinentes preguntas y aprovechando que aspiraba con delectación el humo de del tabaco que flotaba en el aire le dije
.-¡? Quiere un cigarrillo¿. -
Y yo que nunca he fumado hice el teatro de rebuscarme los bolsillos y de acercarme hasta la maquina, para casi sin saber como funcionaba, sacar un paquete de cigarrillos. Más tarde, cuando el joven de la barra nos había encendido los cigarrillos, y mientras yo hacia tremendos esfuerzos para no toser, el hombre aquel padaleaba el humo como si fuera la primera vez que fumaba en mucho tiempo, el humo, lo paseaba por sus pulmones y lo expiraba con tan grata expresión que parecía estar en el mejor momento de su vida, le deje que disfrutara del tabaco y esperé.
Lo que me confesaría después, con aquella forma de hablar pausada y serena, era una de las tantas y repetidas historias de la emigración. El hombre en su país se ganaba la vida con una pequeña tienda de libros heredada de sus padres, después en esa misma tienda empezó a vender electrodomésticos para el hogar y pasando el tiempo, se atrevió a vender los primeros Pc domésticos, los antiguos Comedores y Pentiums con los que llegó a tener una cierta practica, que él amplió con cursos de imfomatica, hasta que llegó s ser un buen informático. Por eso cuando vio la demanda de trabajo en España no lo pensó mucho y se vino para este pais que parecia prometerle tanto.
Uno de ellos es esta que os muestro y que se queda sin final porque no lo encuentro. Podria decir que es una historia real, pero de verdad solo tiene el protagonista con el cual hablé aquella mañana. Tambien podria haberme inventado el final de la historia pero creo que así queda mejor porque la vida de las personas siempre tienen un incierto final.
Aquí os la dejo sintiendo que sea un poco larga, pero creo que vale la pena de leerla. Espero que os guste.
Saludos.
PASEANDO POR EL PATIO TRASERO DE LA CIUDAD
Aquella mañana cogí el metro, me fui para Barcelona y lo dejé en la plaza de Urquinaona. La noche anterior había nevado en toda la región, y en el centro de la ciudad la nieve, por su proximidad con el mar se había derretido muy pronto, tan solo, y como una huella que tradaria poco en desaparecer, quedaban algunos copos en los rincones de las paredes y debajo de los bordillos.
Baje por La Vía Layetana, que a esa hora de la mañana hervía de gentes que caminaban de aquí para allá, unas con sus compras a cuestas, otras mirando escaparates y la mayoría con el paso ligero y deprisa como obedeciendo a una orden apremiante que formaba parte del ambiente. Cuando pasé frente a Fundación La Caixa, uno de los poderes financieros del país y en donde dicen que trabaja la infanta Cristina, no pude por menos que fijarme que como un anacrónico contrasentido que pregonaba la estrella de Miró, en sus portales también se cobijaban los mendigos implorando la caridad ajena.
Caminando y observando las gentes comprobé que las calles estaban como de un tiempo a esta parte llena de seres de otros países, indios, paquistaníes, gentes de piel amarilla y ojos oblicuos, árabes, morenos de ojos grandes y sonrisa continua, mulatos y hermanos americanos, serios, tristes, con su india melancolía a cuestas. Así, fui bajando hasta que llegué al final de la avenida, frente al puerto y junto al gran e histórico edificio de Correos, me detuve y como para pasar el rato y de alguna forma librarme del frió de la calle entré. Dentro hacia un calorcillo que animaba la piel de la cara y reanimaba el cuerpo. Dentro la gentes hacían colas, hablaban frente a las ventanillas y andaba de aquí y para allá solventando sus quehaceres. Entonces fue cuando mirando distraídamente observé que junto a una de las soberbias columnas del soberbio edificio un hombre de mediana edad, alto y con la vista puesta en un punto lejano permanecía allí sin moverse y sin hacer ningún movimiento.
Hasta que en uno de mis paseos aquel hombre se me acercó, iba con la vista baja, cabizbajo, con la cabeza hundida entre los hombros, como ocultando su rostro y su vergüenza, lentamente, me salió al paso para con voz casi inaudible y con un fuerte acento andino. decirme.
.-¡ Por favor, disculpe, vos tened un momento para atenderme¡.-
.-¡Si claro¡. -
Dije sin dudar, y esperando sus palabras. A aquel hombre, de maneras corteses y con una destacada educación que resaltaba en su manera de hablar y en sus modales, le costaba trabajo pronunciarse, se veía que hacia un tremendo esfuerzo, para hacer lo que quizás nunca hubiera imaginado, para decirme lo que iba a decir, tenia los ojos nublados y una profunda tristeza en el mirar que estremecía.
-¡ Sr. solo necesito 100. -Ptas. para llamar por teléfono, tendría la bondad ¡. -
.-¡Si¡. - le dije .-¡ no se preocupe¡. -
Yo saqué el monedero y el hombre extendió su mano, una mano de palma blanca, delicada, una mano que temblaba y que hacia un tremendo esfuerzo por mantenerse en aquella implorante posición, era un acto en el que parecia que a aquel al hombre se le removía todo su orgullo, toda su estirpe y su raza y cuando le puse la moneda en la mano lo miré.
La profunda tristeza y melancolía que pude ver en aquellos ojos hizo que el hombre de piel morena y de poblada barba bajara los suyos y sin decir palabra se marchara hacia los teléfonos, una vez allí, frente a los locutorios dudó, parecía que algo le apremiaba más que llamar a su familia, y así estuvo varios minutos, hasta que en un movimiento de sus piernas giró sobre si mismo y se marchó saliendo por las amplias puertas del edificio.
Lo seguí con la vista y cuando vi que a lo lejos se metía en una de las numerosas tabernas que hay en las callejuelas de alrededor salí del edificio y me encaminé detrás suyo, adonde estaba seguro que había entrado. El local estaba totalmente lleno, era la hora del bocadillo de la media mañana y las gentes llenaban la amplia barra y las mesas del local. Él hombre estaba al final del locál, medio oculto por la espesa atmósfera de humo y calor denso que podía masticarse. El gentío y el barullo del local no me impidió acercarme al hombre que en el fondo, al final de la barra, sorbía con ansia un vaso de café con leche, cuando llegué hasta él, el camarero me salió al paso para preguntarme que quería.
.-¡ Un cortado ( café con un poco de leche) ¡.-
dije sin mucho afán.
Entonces sin disimulo, me acerqué a aquel hombre que aparentemente parecía tan hundido y con tan pocas esperanzas de seguir existiendo que por un momento me temía, que raro seria si antes de acabar el dia desesperado por los graves problemas que se adivinaban den su mirada no hiciera alguna tontería. Lo observaba disimuladamente, se bebía aquella bebida porque el cuerpo se lo pedía, y se le rebelaban por el mucho tiempo que quizás llevaba sin comer o sin tomar algo caliente pero él parecía no sentir nada, se bebía aquello, como podía beberse un peligroso y letal veneno, parecía que nada de lo que le rodeaba le importaba. permanecía ausente y distante, con su mente y sus pensamientos muy lejos de allí.
Sus miradas se iban y venían sobre los bocadillos de la vitrina del mostrador, como mirando aun espejismo que estaba muy lejos de conseguir como algo inalcanzable y sin esperanzas de conseguir entonces adivinando sus pensamientos le pedí al camarero una racion de la vistosa y apetecible empanada gallega que ocupaba parte de la vitrina del mostrador, el joven empleado me miró extrañado porque aquella comida junta con el cortado que acababa de ponerme delante, era una pareja extraña para comer, así que cuando la tuve en el plato, miré al hombre, le invité con la mirada y le dije si quería probarla. El hombre no pronunció palabra, si no que olvidándose de sus buenas maneras, de sus finos modales y de su segura buena educación, la agarró de un solo movimiento y como un animal hambriento y sin ningún disimulo, la engulló rápidamente, fué entonces cuando mirándome, dijo.
.-¡ Gracias, compañero¡. -
Me dijo. Con aquel acento dulzon que tenia tonos de Tangos, de Bandoleón y de películas de Gardel.
.-¡De que parte de Sudamérica es Ud.¡. -
Dije al momento, acordándome de una canción que dice “no me llames extranjero” y que importaba de donde era, me dije acaso la miseria, el desarraigo, la soledad y la nostalgia tiene países o fronteras, entonces desistí de interrogarle con mis impertinentes preguntas y aprovechando que aspiraba con delectación el humo de del tabaco que flotaba en el aire le dije
.-¡? Quiere un cigarrillo¿. -
Y yo que nunca he fumado hice el teatro de rebuscarme los bolsillos y de acercarme hasta la maquina, para casi sin saber como funcionaba, sacar un paquete de cigarrillos. Más tarde, cuando el joven de la barra nos había encendido los cigarrillos, y mientras yo hacia tremendos esfuerzos para no toser, el hombre aquel padaleaba el humo como si fuera la primera vez que fumaba en mucho tiempo, el humo, lo paseaba por sus pulmones y lo expiraba con tan grata expresión que parecía estar en el mejor momento de su vida, le deje que disfrutara del tabaco y esperé.
Lo que me confesaría después, con aquella forma de hablar pausada y serena, era una de las tantas y repetidas historias de la emigración. El hombre en su país se ganaba la vida con una pequeña tienda de libros heredada de sus padres, después en esa misma tienda empezó a vender electrodomésticos para el hogar y pasando el tiempo, se atrevió a vender los primeros Pc domésticos, los antiguos Comedores y Pentiums con los que llegó a tener una cierta practica, que él amplió con cursos de imfomatica, hasta que llegó s ser un buen informático. Por eso cuando vio la demanda de trabajo en España no lo pensó mucho y se vino para este pais que parecia prometerle tanto.