Pietro
27-feb-2008, 01:19
Dicen que esta historia la relato Jeremías Verdú, una noche de ginebra y milonga en San Pedro Telmo, allá por 1907; pero me consta, por haber estado presente, que la mentada noche el Negro Jeremías no hablo ni una palabra, porque llegó a la pulpería pasada la medianoche y pasado de tragos.
Es probable que la refiriera Segundo José de Las Casas, que era oriundo de San Juan, provincia que bien pudo ser escenario del hecho, pero eso es solo una especulación.
Contara quien la contara aquella noche, lo cierto es que se había borrado de mi memoria hasta que Don Pedro Ginés compartiera conmigo una segunda versión que completaba la anterior.
La refiero ahora, porque creo que habiendo pasado ya tantos años, es improbable que alguno de los testigos viva aún, por lo que ningún mal puedo hacer.
Evaristo Santillán, porteño de nacimiento, era conocido en el Cuyo por varios entreveros que llegaron a enemistarlo con las autoridades.
Cuentan que cargaba en la espalda tres muertes en San Juan, que ningún juez había logrado imputarle, además de la investigación de varios cargos de abigeato que lo colocaban como prioridad en la lista de la policía, que le seguía los pasos cada vez más de cerca.
En Mendoza se lo sindicaba como uno de los que había asaltado al pagador del Ingenio de los Patrón Costa, donde se alzara con trece mil pesos fuertes dejando muertos a dos peones y mal herido a un cabo de la milicia.
En San Luis, el Juez Arrellana, que investigaba la muerte del hacendado Rosendo Arizmendi, tenía la certeza de que Santillán lo había ultimado para robarle el fruto de la venta de una tierras al norte del Salado, que sumarían unos veintidós mil pesos, pero no tenía pruebas.
Quienes tenían asuntos en aquellas provincias en aquel tiempo, relatan que cualquier delito violento le era cargado, sin miramientos, estuviera o no en la zona para esas fechas.
Decían que Evaristo solía tener mujer e hijos, para el lado de San Antonio de Areco, y algunas tierras cerca de Junín, administradas por su hermano Juan de Dios, quien murió en su cama, de pura vejez, rodeado de doce hijos y setenta nietos en 1936.
El hecho en sí parece haberse desarrollado a mediados de la primavera del primer año de este siglo, cuando la nieve se resistía a retirarse de los pasos de la cordillera, y los arrieros esperaban la primavera matando los días entre naipes y alcohol.
Evaristo venía arriando un rebaño de vacas gordas desde Santa Rosa de la Pampa, que esperaba vender a buen precio cerca de Linares, algunos kilómetros al sur de Santiago de Chile y al igual que todos, debía matar el tiempo, eligiendo entre las galleras y la casa de putas.
Parece ser que no fue difícil la elección, porque nunca le habían atraído las peleas de gallos.
Cuentan que por aquel tiempo era famoso el prostibulo regenteado por Madame Elisa, y que Evaristo pasaba allí las noches de espera, hasta el punto de aficionarse a la compañía de Rosario, una salteña linda, de ojazos tristes y negros, que reía cristalinamente ante los viejos chistes del porteño.
La afición se fue profundizando ante la reticencia de la nieve en liberar los pasos, y el corazón del cuatrero, comenzó a albergar por la puta de ojos tristes un sentimiento que no podía ni quería definir, por ser los sentimientos tan ajenos a su vida.
La trágica noche, como fue definida por alguno de los relatores, llegó Evaristo a la casa de la Madame, ganoso de compartir algún tiempo con Rosario, pero al no encontrarla en el salón, se sentó a escuchar la música, malamente arrancada del gastado piano por un moreno de sienes blancas, tan viejo como el instrumento o más.
Fueron pocos los minutos que gastó saboreando una ginebra cuando escuchó los gritos de Rosario y hecho una furia, subió las escaleras saltándose peldaños, y derribó con el hombro la puerta tras la que se oía la voz y los sollozos de su enamorada.
Cuentan algunos testigos que el comisario del pueblo, en pelotas y con el cinto de reglamento, azotaba a Rosario que, de rodillas sobre la cama, cubría sus pechos con los brazos más para protegerlos de los golpes que por pudor.
Desde el salón se escucharon gritos, forcejeos y un par de disparos, que impusieron silencio al piano, y al parecer, al resto de la casa.
Al día siguiente, el comisario era encontrado en las afueras del pueblo, dormido entre las ruedas de una carreta, borracho y con algunos golpes y contusiones.
En la investigación llevada a cabo por el Juez de Paz del pueblo, declaró no recordar nada de lo sucedido la noche anterior.
Algunos de los testigos, interrogados por el magistrado presentaron testimonios coincidentes, en el sentido de que el comisario habría matado a Evaristo Santillán y a una pupila de Madame Elisa, conocida como Rosario, habría cargado los cuerpos en una carreta y abandonado el lugar sin destino conocido.
Hasta aquí, el relato tal cual llegó a mis oídos.
Poco tiempo después de conocidos por mí estos hechos, quiso el destino que mis ocupaciones en puestos del gobierno, me llevaran a efectuar viajes constantes a la ciudad de Santiago de Chile.
Conocí allí a un acaudalado comerciante de nacionalidad uruguaya, descendiente de sirios. Había ejercido su profesión en Montevideo durante muchos años hasta acumular una pequeña fortuna que decidió invertir en Chile cuando contrajo matrimonio.
A lo largo de los meses y en cada viaje, profundizábamos esa amistad que parecía complacernos, pero al ir conociéndolo más a fondo, algunas dudas comenzaron a aflorar en mi mente.
Las incongruencias de algunos relatos de su vida en Montevideo, su creciente curiosidad sobre Argentina y su progreso, y algunas características físicas muy particulares, me llevaron a sospechar que me encontraba frente al mismísimo Evaristo Santillán.
En uno de mis viajes a Buenos Aires traté de recabar toda la información posible sobre el supuestamente finado cuatrero, también interrogué a algunos amigos, conocedores de Montevideo, sobre la familia siria a la que decía pertenecer mi amigo trasandino, y las sospechas se hicieron convicción.
De regreso a Santiago, como adelantando mis deseos, encontré en el cuarto del hotel, una esquela firmada por mi amigo, invitándome a cenar esa noche en su casa.
Como anillo al dedo, esa invitación me daría la oportunidad de confrontarlo con los hechos que yo creía firmemente probados.
Me presenté puntual al convite, a la hora señalada en la misiva, y mientras compartíamos una exquisita cazuela de vacuno y amena charla, juzgué que el momento oportuno para imponer el tema, sería cuando nos retiráramos al corredor a fumar, costumbre que se repetía invariablemente después de la comida y que disfrutábamos ambos.
Pero mis planes se vieron frustrados; antes de servirse el postre, mi anfitrión, tomando por sobre la mesa la mano de su esposa, me ofreció con evidente emoción y contento, ser el padrino de su primer hijo, nacido durante mi última ausencia.
Comprenderán que no tenía estómago para seguir adelante con mis intenciones, sabiendo que podría poner en situación comprometida a mi amigo devenido en compadre.
Además no me hizo falta confirmación alguna de mis sospechas al saber que la ceremonia se llevaría a cabo el domingo próximo y que a mi ahijado se le impondría en la pila bautismal el nombre de Evaristo del Rosario.
Es probable que la refiriera Segundo José de Las Casas, que era oriundo de San Juan, provincia que bien pudo ser escenario del hecho, pero eso es solo una especulación.
Contara quien la contara aquella noche, lo cierto es que se había borrado de mi memoria hasta que Don Pedro Ginés compartiera conmigo una segunda versión que completaba la anterior.
La refiero ahora, porque creo que habiendo pasado ya tantos años, es improbable que alguno de los testigos viva aún, por lo que ningún mal puedo hacer.
Evaristo Santillán, porteño de nacimiento, era conocido en el Cuyo por varios entreveros que llegaron a enemistarlo con las autoridades.
Cuentan que cargaba en la espalda tres muertes en San Juan, que ningún juez había logrado imputarle, además de la investigación de varios cargos de abigeato que lo colocaban como prioridad en la lista de la policía, que le seguía los pasos cada vez más de cerca.
En Mendoza se lo sindicaba como uno de los que había asaltado al pagador del Ingenio de los Patrón Costa, donde se alzara con trece mil pesos fuertes dejando muertos a dos peones y mal herido a un cabo de la milicia.
En San Luis, el Juez Arrellana, que investigaba la muerte del hacendado Rosendo Arizmendi, tenía la certeza de que Santillán lo había ultimado para robarle el fruto de la venta de una tierras al norte del Salado, que sumarían unos veintidós mil pesos, pero no tenía pruebas.
Quienes tenían asuntos en aquellas provincias en aquel tiempo, relatan que cualquier delito violento le era cargado, sin miramientos, estuviera o no en la zona para esas fechas.
Decían que Evaristo solía tener mujer e hijos, para el lado de San Antonio de Areco, y algunas tierras cerca de Junín, administradas por su hermano Juan de Dios, quien murió en su cama, de pura vejez, rodeado de doce hijos y setenta nietos en 1936.
El hecho en sí parece haberse desarrollado a mediados de la primavera del primer año de este siglo, cuando la nieve se resistía a retirarse de los pasos de la cordillera, y los arrieros esperaban la primavera matando los días entre naipes y alcohol.
Evaristo venía arriando un rebaño de vacas gordas desde Santa Rosa de la Pampa, que esperaba vender a buen precio cerca de Linares, algunos kilómetros al sur de Santiago de Chile y al igual que todos, debía matar el tiempo, eligiendo entre las galleras y la casa de putas.
Parece ser que no fue difícil la elección, porque nunca le habían atraído las peleas de gallos.
Cuentan que por aquel tiempo era famoso el prostibulo regenteado por Madame Elisa, y que Evaristo pasaba allí las noches de espera, hasta el punto de aficionarse a la compañía de Rosario, una salteña linda, de ojazos tristes y negros, que reía cristalinamente ante los viejos chistes del porteño.
La afición se fue profundizando ante la reticencia de la nieve en liberar los pasos, y el corazón del cuatrero, comenzó a albergar por la puta de ojos tristes un sentimiento que no podía ni quería definir, por ser los sentimientos tan ajenos a su vida.
La trágica noche, como fue definida por alguno de los relatores, llegó Evaristo a la casa de la Madame, ganoso de compartir algún tiempo con Rosario, pero al no encontrarla en el salón, se sentó a escuchar la música, malamente arrancada del gastado piano por un moreno de sienes blancas, tan viejo como el instrumento o más.
Fueron pocos los minutos que gastó saboreando una ginebra cuando escuchó los gritos de Rosario y hecho una furia, subió las escaleras saltándose peldaños, y derribó con el hombro la puerta tras la que se oía la voz y los sollozos de su enamorada.
Cuentan algunos testigos que el comisario del pueblo, en pelotas y con el cinto de reglamento, azotaba a Rosario que, de rodillas sobre la cama, cubría sus pechos con los brazos más para protegerlos de los golpes que por pudor.
Desde el salón se escucharon gritos, forcejeos y un par de disparos, que impusieron silencio al piano, y al parecer, al resto de la casa.
Al día siguiente, el comisario era encontrado en las afueras del pueblo, dormido entre las ruedas de una carreta, borracho y con algunos golpes y contusiones.
En la investigación llevada a cabo por el Juez de Paz del pueblo, declaró no recordar nada de lo sucedido la noche anterior.
Algunos de los testigos, interrogados por el magistrado presentaron testimonios coincidentes, en el sentido de que el comisario habría matado a Evaristo Santillán y a una pupila de Madame Elisa, conocida como Rosario, habría cargado los cuerpos en una carreta y abandonado el lugar sin destino conocido.
Hasta aquí, el relato tal cual llegó a mis oídos.
Poco tiempo después de conocidos por mí estos hechos, quiso el destino que mis ocupaciones en puestos del gobierno, me llevaran a efectuar viajes constantes a la ciudad de Santiago de Chile.
Conocí allí a un acaudalado comerciante de nacionalidad uruguaya, descendiente de sirios. Había ejercido su profesión en Montevideo durante muchos años hasta acumular una pequeña fortuna que decidió invertir en Chile cuando contrajo matrimonio.
A lo largo de los meses y en cada viaje, profundizábamos esa amistad que parecía complacernos, pero al ir conociéndolo más a fondo, algunas dudas comenzaron a aflorar en mi mente.
Las incongruencias de algunos relatos de su vida en Montevideo, su creciente curiosidad sobre Argentina y su progreso, y algunas características físicas muy particulares, me llevaron a sospechar que me encontraba frente al mismísimo Evaristo Santillán.
En uno de mis viajes a Buenos Aires traté de recabar toda la información posible sobre el supuestamente finado cuatrero, también interrogué a algunos amigos, conocedores de Montevideo, sobre la familia siria a la que decía pertenecer mi amigo trasandino, y las sospechas se hicieron convicción.
De regreso a Santiago, como adelantando mis deseos, encontré en el cuarto del hotel, una esquela firmada por mi amigo, invitándome a cenar esa noche en su casa.
Como anillo al dedo, esa invitación me daría la oportunidad de confrontarlo con los hechos que yo creía firmemente probados.
Me presenté puntual al convite, a la hora señalada en la misiva, y mientras compartíamos una exquisita cazuela de vacuno y amena charla, juzgué que el momento oportuno para imponer el tema, sería cuando nos retiráramos al corredor a fumar, costumbre que se repetía invariablemente después de la comida y que disfrutábamos ambos.
Pero mis planes se vieron frustrados; antes de servirse el postre, mi anfitrión, tomando por sobre la mesa la mano de su esposa, me ofreció con evidente emoción y contento, ser el padrino de su primer hijo, nacido durante mi última ausencia.
Comprenderán que no tenía estómago para seguir adelante con mis intenciones, sabiendo que podría poner en situación comprometida a mi amigo devenido en compadre.
Además no me hizo falta confirmación alguna de mis sospechas al saber que la ceremonia se llevaría a cabo el domingo próximo y que a mi ahijado se le impondría en la pila bautismal el nombre de Evaristo del Rosario.