Pietro
25-feb-2008, 23:25
El espejo le devolvía una imagen que no deseaba ver y que, sin embargo, no podía ignorar.
Frisando los cincuenta, ya se veían importantes entradas en lo que antaño fuera una profusa cabellera; la barba prolijamente recortada enmarcaba un rostro que podía considerarse común, pero de ninguna manera desagradable.
Pero no era su aspecto lo que deseaba evitar ver, era lo que ese aspecto ocultaba; sentía que había perdido buena parte de su vida, la mayor parte, la parte interesante y que el hecho de intentar cambios a esa edad no daba los resultados esperados.
Muchas veces la depresión le ganaba, aunque sonreía y trataba de que su carácter fuera amable, por dentro la pena se extendía en forma incontrolada.
Amar amaba, pero no había logrado la admiración de su pareja y eso, día a día iba empeorando.
Su preparación académica no encajaba en el mundo actual, de globalización, especialización e ingenieros en todas las áreas imaginables, y aunque sentía que era mucho lo que podía aportar, no lograba transmitirlo a sus posibles empleadores.
El estómago comenzaba a abultarse por encima del cinturón y las canas ganaban la batalla en la cabeza y en el rostro, se estaba haciendo viejo con una rapidez inesperada.
Encendió allí, frente al espejo, el primer cigarrillo de la mañana, al que seguirían, sin dudas, veinte o veinticinco, el humo nuevo le obligo a entrecerrar los ojos y la imagen menguada en el espejo se hizo más soportable.
Interrumpió la rutina de aseo para ir en busca de un café, y el silencio de la cocina le golpeo el pecho oprimiendo lo que el creía que debía ser su corazón, extrañaba la casa bulliciosa de su infancia, extrañaba la presencia de sus hijos, extrañaba y seguía extrañando.
El pitido de la cafetera lo regreso a la realidad y en breves segundos su desayuno estaba listo, era temprano aun y el reloj no lo impelía al apresuramiento, un largo día sin mucho que hacer y un aburrimiento casi familiar era lo que esperaba.
Sentado a la mesa del pequeño comedor dio en recordar el sueño de la noche pasada, no era en él un magnate, ni un conocido artista, ni siquiera un hombre volador como en otras noches, era un humilde aseador de baños, con un mono azul y guantes amarillos, que vivía de lo que buenamente los usuarios depositaban en un platito metálico posado sobre el lavamanos y a pesar de lo que pudiera esperarse, añoraba en realidad no serlo.
Terminó el café y luego su aseo personal con la imagen mental de los guantes amarillos limpiando retretes; un traje azul formal camisa blanca y una corbata de color poco llamativo fue lo que eligió para vestirse, parado ya casi en la puerta echo un vistazo alrededor y seguro de que todo estaba en orden salió a la calle.
Los mismos personajes anodinos de todos los días, caminaban cabizbajos en distintas direcciones, pero evidentemente todos hacia el trabajo, la calle estaba mojada por la lluvia de la noche anterior y los edificios parecían lavados y resplandecientes con los primeros rayos de un sol tímido de principios de Junio.
En Córdoba y Florida el aroma de las medialunas calientes que salía de un café le retorcieron el estomago, con pasos largos apresuró su llegada a la Plaza San Martín, como cada día busco la sombra del añoso gomero y sobre las exageradas raíces superficiales se sentó sin miramientos con el pantalón de su traje.
Miró a la gente pasar apresurada, ignorándolo y el peso de su pena hundió su cara entre las manos, una lagrimas discretas mojaron sus dedos y la desesperanza le gano la primer batalla del día.
Pensó en ir a comprar el periódico en el puesto de le esquina y se imagino la lectura de infinidad de avisos clasificados que ofrecían trabajos para los que no estaba calificado, casi resignado, levanto la cabeza con el propósito de cumplir su cometido pero la sorpresa lo congelo en ese gesto.
Frente a él, una niñita, no debía tener mas de tres años, lo miraba extasiada con un dulce firmemente aferrado en sus manitos rellenas.
Rápidamente enjugó sus indecorosas lagrimas y la niñita ladeo su cabeza, en una media lengua que, sin embargo le fue completamente entendible lo conminó:
-No yores- y tendió hacia él el dulce de chocolote con forma de paraguas cerrado sobre un manguito de plástico de color azul.
Lo tomó sin pensar muy bien en lo que hacía y sonrió a la pequeña, quien dándose la vuelta contenta, corrió hacia su madre que la esperaba sentada en un banco a pocos metros de distancia.
Nuevas lagrimas pujaron por inundar sus ojos, pero no las dejo hacer, quito la envoltura al oportuno regalo y el dulce terminó en su boca, dejando ver solo el manguito azul.
Una sonrisa iluminó la plaza toda, y buena parte de la ciudad, por lo menos desde el obelisco hasta el puerto.
Se levantó raudo y miró al sol por encima de las terrazas del Hotel Sheraton y Buenos Aires pareció retribuir su sonrisa.
Comenzó a bajar por el césped recién cortado hacia la Avenida del Libertador y a medio camino dio un pequeño salto juntando por detrás de su cuerpo los tacones de sus zapatos.
Levantó sus brazos y saludo a la ciudad: -Buenos días Buenos Aires-
Frisando los cincuenta, ya se veían importantes entradas en lo que antaño fuera una profusa cabellera; la barba prolijamente recortada enmarcaba un rostro que podía considerarse común, pero de ninguna manera desagradable.
Pero no era su aspecto lo que deseaba evitar ver, era lo que ese aspecto ocultaba; sentía que había perdido buena parte de su vida, la mayor parte, la parte interesante y que el hecho de intentar cambios a esa edad no daba los resultados esperados.
Muchas veces la depresión le ganaba, aunque sonreía y trataba de que su carácter fuera amable, por dentro la pena se extendía en forma incontrolada.
Amar amaba, pero no había logrado la admiración de su pareja y eso, día a día iba empeorando.
Su preparación académica no encajaba en el mundo actual, de globalización, especialización e ingenieros en todas las áreas imaginables, y aunque sentía que era mucho lo que podía aportar, no lograba transmitirlo a sus posibles empleadores.
El estómago comenzaba a abultarse por encima del cinturón y las canas ganaban la batalla en la cabeza y en el rostro, se estaba haciendo viejo con una rapidez inesperada.
Encendió allí, frente al espejo, el primer cigarrillo de la mañana, al que seguirían, sin dudas, veinte o veinticinco, el humo nuevo le obligo a entrecerrar los ojos y la imagen menguada en el espejo se hizo más soportable.
Interrumpió la rutina de aseo para ir en busca de un café, y el silencio de la cocina le golpeo el pecho oprimiendo lo que el creía que debía ser su corazón, extrañaba la casa bulliciosa de su infancia, extrañaba la presencia de sus hijos, extrañaba y seguía extrañando.
El pitido de la cafetera lo regreso a la realidad y en breves segundos su desayuno estaba listo, era temprano aun y el reloj no lo impelía al apresuramiento, un largo día sin mucho que hacer y un aburrimiento casi familiar era lo que esperaba.
Sentado a la mesa del pequeño comedor dio en recordar el sueño de la noche pasada, no era en él un magnate, ni un conocido artista, ni siquiera un hombre volador como en otras noches, era un humilde aseador de baños, con un mono azul y guantes amarillos, que vivía de lo que buenamente los usuarios depositaban en un platito metálico posado sobre el lavamanos y a pesar de lo que pudiera esperarse, añoraba en realidad no serlo.
Terminó el café y luego su aseo personal con la imagen mental de los guantes amarillos limpiando retretes; un traje azul formal camisa blanca y una corbata de color poco llamativo fue lo que eligió para vestirse, parado ya casi en la puerta echo un vistazo alrededor y seguro de que todo estaba en orden salió a la calle.
Los mismos personajes anodinos de todos los días, caminaban cabizbajos en distintas direcciones, pero evidentemente todos hacia el trabajo, la calle estaba mojada por la lluvia de la noche anterior y los edificios parecían lavados y resplandecientes con los primeros rayos de un sol tímido de principios de Junio.
En Córdoba y Florida el aroma de las medialunas calientes que salía de un café le retorcieron el estomago, con pasos largos apresuró su llegada a la Plaza San Martín, como cada día busco la sombra del añoso gomero y sobre las exageradas raíces superficiales se sentó sin miramientos con el pantalón de su traje.
Miró a la gente pasar apresurada, ignorándolo y el peso de su pena hundió su cara entre las manos, una lagrimas discretas mojaron sus dedos y la desesperanza le gano la primer batalla del día.
Pensó en ir a comprar el periódico en el puesto de le esquina y se imagino la lectura de infinidad de avisos clasificados que ofrecían trabajos para los que no estaba calificado, casi resignado, levanto la cabeza con el propósito de cumplir su cometido pero la sorpresa lo congelo en ese gesto.
Frente a él, una niñita, no debía tener mas de tres años, lo miraba extasiada con un dulce firmemente aferrado en sus manitos rellenas.
Rápidamente enjugó sus indecorosas lagrimas y la niñita ladeo su cabeza, en una media lengua que, sin embargo le fue completamente entendible lo conminó:
-No yores- y tendió hacia él el dulce de chocolote con forma de paraguas cerrado sobre un manguito de plástico de color azul.
Lo tomó sin pensar muy bien en lo que hacía y sonrió a la pequeña, quien dándose la vuelta contenta, corrió hacia su madre que la esperaba sentada en un banco a pocos metros de distancia.
Nuevas lagrimas pujaron por inundar sus ojos, pero no las dejo hacer, quito la envoltura al oportuno regalo y el dulce terminó en su boca, dejando ver solo el manguito azul.
Una sonrisa iluminó la plaza toda, y buena parte de la ciudad, por lo menos desde el obelisco hasta el puerto.
Se levantó raudo y miró al sol por encima de las terrazas del Hotel Sheraton y Buenos Aires pareció retribuir su sonrisa.
Comenzó a bajar por el césped recién cortado hacia la Avenida del Libertador y a medio camino dio un pequeño salto juntando por detrás de su cuerpo los tacones de sus zapatos.
Levantó sus brazos y saludo a la ciudad: -Buenos días Buenos Aires-