rocinante
24-feb-2008, 21:52
LADRONA DE PAISAJES
La primera vez que la vi., fue por la ventana del lado de la montaña, estaba lejana y casi desfigurada por la neblina de la polución y su silueta muda presagiaba la devastación de lo verde a favor del cemento, del hormigón.
Como un cáncer incipiente que empieza a comerse la carne sana y esplendorosa del paciente frondoso y floral, esta fue devorando sin prisa, pero sin pausa, árboles, fuentes, frondosos rincones, y paisajes verdes.
Las lomas antes ocultas y abrigadas bajo su manto verde, pronto aparecieron peladas y con un calvero en sus cimas que se fue agrandando por días. La grúa se fue haciendo grande, poderosa, unípresente, y detrás de ella, como una corte de laboriosos parásitos vinieron otras mas pequeñas, mas ágiles, mas destructivas, y aparecieron los primeros pilares de hormigón, y después los esqueletos de hierros, y cada parche gris hacia huir a los penachos de verde maleza y el paisaje fue cambiando y la flora y su fauna desapareciendo.
Las casas, las torres, el complejo urbanístico comenzó a llenar mi ventana, y se esfumó la magia campestre, y la montaña se hizo pequeña, gris de humo y clara de tierra seca y excavada. Cambió el sonido de los trinos madrugadores y el rumor de las hojas del otoño, por el de gritos y motores de coches.
Pero habia esperanzas, en la otra ventana me quedaba el mar, la línea impecable, recta sin final del horizonte marino, Su brisa me llegaba a la cara y me hacia temblar las cortinas en los días de viento. La espuma de sus olas estallaba y se espacian a lo lejos, dejando una estela blanca que se perdía a la vista. Los barcos pesqueros, los yates y hasta los transatlánticos, cruzaban ante esta ventana, despacio, majestuosos. Los graznidos de las gaviotas me despertaban, y el color de las aguas del rey Neptuno me avisaba de una cercana lluvia o de una eminente tempestad.
Pero la ladrona apareció otra vez, de noche, con nocturnidad, con alevosía, y se instaló en la arena blanca, y su macabra silueta, mancho de nuevo el diáfano horizonte de la ventana. Su silueta presagiaba el fin y el nacimiento de algo, y su corte de mecánicos depredadores no se hicieron de esperar, irrumpieron en la soledad de la arena y arrancaron rocas centenarias y voltearon la tierra dormida, arrasaron nidos de pájaros marinos y rincones de enamorados. Día tras día añadieron cemento, hormigón al espacio vacío de la ventana, y una carretera nació y un puente se elevó, y se marcho la playa para nunca más volver y el horizonte del mar huyó, más lejos, tanto, que ya no se le volvió a ver. Pero
la ladrona sigue allí está a punto de marcharse de nuevo en busca de otros espacios naturales, para comérmelos, para tragárselos y convertirlo en el frío, gris y anodino cemento
Rocinante 22/03/2004 Copryng//2004-U.E-..00o00.-;
La primera vez que la vi., fue por la ventana del lado de la montaña, estaba lejana y casi desfigurada por la neblina de la polución y su silueta muda presagiaba la devastación de lo verde a favor del cemento, del hormigón.
Como un cáncer incipiente que empieza a comerse la carne sana y esplendorosa del paciente frondoso y floral, esta fue devorando sin prisa, pero sin pausa, árboles, fuentes, frondosos rincones, y paisajes verdes.
Las lomas antes ocultas y abrigadas bajo su manto verde, pronto aparecieron peladas y con un calvero en sus cimas que se fue agrandando por días. La grúa se fue haciendo grande, poderosa, unípresente, y detrás de ella, como una corte de laboriosos parásitos vinieron otras mas pequeñas, mas ágiles, mas destructivas, y aparecieron los primeros pilares de hormigón, y después los esqueletos de hierros, y cada parche gris hacia huir a los penachos de verde maleza y el paisaje fue cambiando y la flora y su fauna desapareciendo.
Las casas, las torres, el complejo urbanístico comenzó a llenar mi ventana, y se esfumó la magia campestre, y la montaña se hizo pequeña, gris de humo y clara de tierra seca y excavada. Cambió el sonido de los trinos madrugadores y el rumor de las hojas del otoño, por el de gritos y motores de coches.
Pero habia esperanzas, en la otra ventana me quedaba el mar, la línea impecable, recta sin final del horizonte marino, Su brisa me llegaba a la cara y me hacia temblar las cortinas en los días de viento. La espuma de sus olas estallaba y se espacian a lo lejos, dejando una estela blanca que se perdía a la vista. Los barcos pesqueros, los yates y hasta los transatlánticos, cruzaban ante esta ventana, despacio, majestuosos. Los graznidos de las gaviotas me despertaban, y el color de las aguas del rey Neptuno me avisaba de una cercana lluvia o de una eminente tempestad.
Pero la ladrona apareció otra vez, de noche, con nocturnidad, con alevosía, y se instaló en la arena blanca, y su macabra silueta, mancho de nuevo el diáfano horizonte de la ventana. Su silueta presagiaba el fin y el nacimiento de algo, y su corte de mecánicos depredadores no se hicieron de esperar, irrumpieron en la soledad de la arena y arrancaron rocas centenarias y voltearon la tierra dormida, arrasaron nidos de pájaros marinos y rincones de enamorados. Día tras día añadieron cemento, hormigón al espacio vacío de la ventana, y una carretera nació y un puente se elevó, y se marcho la playa para nunca más volver y el horizonte del mar huyó, más lejos, tanto, que ya no se le volvió a ver. Pero
la ladrona sigue allí está a punto de marcharse de nuevo en busca de otros espacios naturales, para comérmelos, para tragárselos y convertirlo en el frío, gris y anodino cemento
Rocinante 22/03/2004 Copryng//2004-U.E-..00o00.-;