Pietro
21-feb-2008, 21:18
Se miraron largamente sin decir una sola palabra, sus uniformes mimetizados eran similares, también lo era sus armas, sus cascos, sus botas.
Sus rostros eran similares, el miedo en sus ojos era igual, pero estaban uno a cada lado de esa línea invisible que los separaba, que los limitaba, que los hacia potenciales enemigos.
No los convertía en vecinos, no estando así, uniformados, no estando así, armados; los convertía en oponentes, en custodios de una razón que ni siquiera llegaban a comprender.
Ninguno de los dos se animaba a sonreír, ambos lo pensaban, ambos deseaban establecer una comunicación, cualquiera esta fuera, pero tenían miedo.
Un gesto amistoso pudiera, tal vez, ser interpretado como debilidad, y aprovechado o desaprovechado a favor o en detrimento del otro o de si mismo.
Los minutos pasaban arduos, el sol de mediodía minimizaba las sombras, el viento soplaba en ráfagas disparejas, de direcciones errantes, logrando que el somero curso de agua cambiara el rumbo de su corriente, ora al este ora al oeste.
La vista de ambos fue cautivada por las pequeñas ondas sobre la cristalina superficie, al mismo tiempo, el mismo pensamiento anidó en sus mentes: ¿y esto es todo?, ¿esta es la famosa división de aguas?.
Reconocieron el entorno con una rápida mirada, un espacioso valle a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y nadie a la vista, solo ellos dos, un soldado argentino y un soldado chileno.
La carcajada fue a dúo y recorrió las laderas de las montañas que los rodeaban, se sentaron en el suelo, uno de ellos, no se cual ni me interesa, saco un paquete de cigarrillos y convidó al otro, fumaron con las armas apoyadas en el suelo, fumaron cada uno de su lado de la línea, cada uno en su país, en soledad de compatriotas y en compañía de un vecino.
Ambos apagaron los cigarrillos en las suelas de sus botas y guardaron las colillas en el bolsillo de la camisa, se pusieron de pie, recogieron sus armas y llevando la mano a la visera de la gorra se dedicaron un silente saludo.
Marcharon en direcciones contrarias, ambos hacia el interior de su territorio, ambos sonreían, ambos admiraban la naturaleza que los rodeaba, ambos sentían que la frontera no era lo que esperaban que fuera.
Sus rostros eran similares, el miedo en sus ojos era igual, pero estaban uno a cada lado de esa línea invisible que los separaba, que los limitaba, que los hacia potenciales enemigos.
No los convertía en vecinos, no estando así, uniformados, no estando así, armados; los convertía en oponentes, en custodios de una razón que ni siquiera llegaban a comprender.
Ninguno de los dos se animaba a sonreír, ambos lo pensaban, ambos deseaban establecer una comunicación, cualquiera esta fuera, pero tenían miedo.
Un gesto amistoso pudiera, tal vez, ser interpretado como debilidad, y aprovechado o desaprovechado a favor o en detrimento del otro o de si mismo.
Los minutos pasaban arduos, el sol de mediodía minimizaba las sombras, el viento soplaba en ráfagas disparejas, de direcciones errantes, logrando que el somero curso de agua cambiara el rumbo de su corriente, ora al este ora al oeste.
La vista de ambos fue cautivada por las pequeñas ondas sobre la cristalina superficie, al mismo tiempo, el mismo pensamiento anidó en sus mentes: ¿y esto es todo?, ¿esta es la famosa división de aguas?.
Reconocieron el entorno con una rápida mirada, un espacioso valle a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y nadie a la vista, solo ellos dos, un soldado argentino y un soldado chileno.
La carcajada fue a dúo y recorrió las laderas de las montañas que los rodeaban, se sentaron en el suelo, uno de ellos, no se cual ni me interesa, saco un paquete de cigarrillos y convidó al otro, fumaron con las armas apoyadas en el suelo, fumaron cada uno de su lado de la línea, cada uno en su país, en soledad de compatriotas y en compañía de un vecino.
Ambos apagaron los cigarrillos en las suelas de sus botas y guardaron las colillas en el bolsillo de la camisa, se pusieron de pie, recogieron sus armas y llevando la mano a la visera de la gorra se dedicaron un silente saludo.
Marcharon en direcciones contrarias, ambos hacia el interior de su territorio, ambos sonreían, ambos admiraban la naturaleza que los rodeaba, ambos sentían que la frontera no era lo que esperaban que fuera.