pablogarcia
15-feb-2008, 18:24
TIEMPOS PARA EL OLVIDO
CAPÌTULO I
Cuando Isabel se despertó esa mañana de un sueño intranquilo se encontró tumbada boca arriba sobre una cama y al levantar un poco la cabeza observo a la vez que no podía mover los brazos. Su espalda se hallaba rígida, pero pudo observar que de su brazo colgaba un tubo trasparente de plástico enganchado a un diminuto aparato.
¿Qué me ha ocurrido?, pensó.
No, no era un mal sueño, – ella se hallaba en una pequeña habitación de un hospital y al dirigir su mirada hacia la ventana comprendió mejor su situación. Pero fue al observar que la lluvia caía con fuerza sabré los cristales – que terminó por angustiarla aun más todavía.
«¡ Dios mío!» –¿Qué iba hacer ahora? –Pero pensó –que lo mejor era seguir durmiendo y olvidarse de su enajenación. Pero esto era para ella era algo imposible y, todo porque no tenia sueño y mismo si intentara lanzarse con fuerza no llegaría.
La verdad era que seguía sintiendo un picazón en el vientre y los brazos, pero sobre todo más en el vientre que estaba cubierto por pequeños puntos rojos que le producían un intenso escozor. Quiso rasparse con los dedos, pero rápido –Pensò –, que sus brazos seguían atados a los barrotes de la cama.
Luego mientras intentaba reflexionar sobre todo esto, reconoce que su mente no la daba ninguna solución a sus muchas preguntas y todo porqué su desesperación mantenía su mente rígida.
–¿Qué podría hacer? – sino esperar a que se la pasase este profundo aturdimiento.
Al poco tiempo que se habría la puerta. –Isabel –dijeron (era la enfermera acompañado de un joven medico) –, son las diez de la mañana y querrás desayunar?
¡La voz era mas dulce! – Pero se asusto hasta que pudo ver sus rostros, dado que al principio creyó que podrían ser de nuevo los celadores de turno.
Ella quiso darla mas detalles, y explicarla sobre todo lo que la estaba sucediendo, pero en esa circunstancia se limito a decirla: –Sí, sí, gracias, pero María, por favor desátame las manos.
Fue de nuevo el tono de voz de la enfermera que la tranquilizo, pues la enfermera merced a su dulce conversación, siempre encontró en ella una notable diferencia del resto de los que la a tendían.
–Isabel bonita, ¿note encuentras bien?, ¿ necesitas algo más?
Isabel contestó mirando hacia ambos lados de la cama: –Ya estoy mejor. Después con una pronunciación cuidada, se esforzó por fingir su voz de todo lo que pudiese llamar la atención sobre su verdadero estado. Después, la enfermera colocó su desayuno entre sus piernas, pero el joven medico dijo: –¿Isabel de verdad se encuentra usted bien?
–Pero reconoce que ella no tenia en ese momento la menor intención de contestar, por eso hizo una larga pausa con el fin de seguir hablando lo menos posible que era la actitud que había adquirido durante su viaje e incluso los días que llevaba encerrada en ese dichoso hospital.
Es verdad que a la vez ella tenía la intención de levantarse tranquilamente y, vestirse sin ser molestada, y después pensar en todo lo que la intranquilizaba; porque en la cama, no llegaría con sus contradicciones a una conclusión sensata.
Ya lo había intentado más en más de una ocasión, pero esta vez al balancearse con más fuerza, observo que apanas podía guardar el equilibrio y comprendió que sin ayuda la sería imposible.
Durante un momento todo permaneció en silencio.–«Me ayudaran», se dijo animada por alguna posible esperanza.
Pero María no tardo como siempre y con cierta naturalidad intentar sujetar su espalda con el fin de incorporarla.
–Isabel la aconsejo que no tiene usted que permanecer mucho tiempo en esta posición.
Logró con lentitud incorporar la cabeza. Pero cuando irguió media cuerpo, le entró como un mareo y –Pensò que si continuaba en esa compostura la faltaría el aire y por eso prefirió volver a la postura anterior. Después como, jadeando de semejante esfuerzo, siguió tumbada igual que antes, y de nuevo se vio atada, luchando con sus temores y sin la posibilidad de poner sosiego ni orden en sus confusiones.
–«¡Dios mío!»,volvió a pensar.
¿Qué podía hacer ahora? Iniciar una giro personal: –era joven y mismo si el mundo y la gente le parecían a ella como algo incomprensible y peligrosa… Reconocía que ala vez se hallaba como una concha vacía, perdida y amedrentada. Aunque comprendía que de vía reponerse y luchar contra esos hombres y mujeres que la violentaron.
–Bueno, la esperanza no esta perdida todavía, no, no esta perdida de ante mano… – Y si yo encontrara alguien que me ayudara, es cuando habría llegado el momento de solucionar mi problemas, que me permitan comprender que lo que me allegado no es por mi culpa. Por eso el que me ayude debe ante todo valorarme y yo a la vez tomar mi vida en sus manos. Modificarme es un acto valiente y no por el sumo placer sino por necesidad.
–Isabel, el medico está aquí.
–«Ya lo veo», se dijo ella para sus adentro, como temiendo a la vez alzar la voz tan alta que al doctor le pudiera parecer mal.
–Isabel –volvió a decir María acercando su rostro hacia ella, –el doctor esta aquí porque desea saber como te encuentras y además desea también hablar personalmente contigo.
–Buenos días Isabel, dijo el doctor con voz dulzona.
–¿No se encuentra bien? –, no, no me encuentro bien.
–Doctor le aseguro que me pica todo el cuerpo.
–Voy en seguida de nuevo a desatarla las manos,–pero prométame que no se arañara las heridas.
–De otro modo, nos veremos obligados a seguir actuado de la misma forma; dado que por desgracia y según se mire yo no soy responsable de su tratamiento.
–Pero doctor –exclamó Isabel irritada, fuera de si y olvidando la última advertencia del joven doctor –Desáteme por favor que esto postura es insoportable.
–Sólo un momentito de paciencia, pero prométame que no se levantara de la cama.
–¡Doctor cómo pueden hacer con una persona una cosa así! Ayer por la mañana me encontraba bien y los celadores bien lo sabían.
–¿ El porqué doctor, me pincharon tres veces ayer en la vientre?
–María desátela, pero que siga en la cama sin moverse.
Y mientras Isabel articular mal y atropelladamente todo, él se acerco un poca de la cama y dirigiéndose a la enfermera la pregunto: – Quien es el sicólogo que trata a está joven.
–El doctor Gutiérrez, un viejo mejicano que apenas hace una semana que se incorporo en el sanatorio.
–¿Permítame que la diga que esta mujer yo no la veo tan perturbada como para inyectarla tanto medicamento?
–¿Doctor qué quiere que yo le diga? Esta joven es un tesoro y no me diga que no es bonita.
–¡Sí, le aseguro que jamas vi una mujer tan bonita –,Bueno mejorando lo presente!
–gracias doctor es usted muy bueno.
–¿Entendió usted algo de lo que hablábamos? –Pregunto el doctor a Isabel. –Si –¿O es que me tienen por tonta?
–¡No por Dios! –Exclamo el joven doctor entre sonrisas.
Isabel ya estaba mas tranquila. Así es que no dejo de mirar con simpatía al joven doctor y todo a pesar de que al principio le pareció que sus palabras eran insuficientes. En todo caso ella empezó a pensar que el doctor estaba dispuesta ayudarla y de nuevo se considero incluida en un circulo más humano.
CAÌTULO II
Al día siguiente cuando despertó, tenia lamente clara, pero se sentía avergonzada, y al mirarse en un espejo y ver que era todavía hermosa en lugar de infundirla confianza sólo sirvió par revivir el dolor del día anterior. Pero reconoce a la vez que todo no fue negativo por que al observar detenidamente el agradable rostro del joven doctor y recordar sus palabras sintió un cierto placer que contribuyo a levantarla de nuevo el ánimo.
Estaba sorprendida de sí misma. Nunca se había imaginado que podría hablarse de aquel modo, de cosas que hasta ahora de un hombre ella no se había imaginado. Ella recuerda que nunca un hombre le había moralmente dado tanta confianza y todo porque su vida no fue un camino de rosas. Para comenzar diré que mi vida no fue un camino de rosas ya que paso en un internado de monjas más de diez años y más tarde cuando volvió con sus padres las cosas no la fueron bien con su tío. Por eso los hombre después a parecieron en ella como algo incomprensible, como una concha vacía y peligrosos.
Al principio se creyó perdida como una adolescente, pero después al intentar superar sus temores fue cuando comprendió que los hombres eran generalmente perversos y violentos y hasta ahora el tiempo no le había permitido descubrir que sus temores no eran infundados. Más tarde cuando quiso modificar su situación, ya no por placer sino por necesidad fue demasiado tarde.
Al reflexionar sobre su pasado familiar ella reconoce que el silencio
comporta sufrimientos. Pero también es importante saber que en un momento dado, no se debe aceptar el historia que se tiene y si intentar cambiar el pasado. Porque mismo si se trata de comprender lo que nos impuso nuestra cadena generacional, no debemos aceptar que al fin de cuentas seamos sólo un eslabón de ella. Podemos y debemos protegernos, al analizarlo con detalle y luchar contra todo eso de una vez para siempre. Por otro lado, ella reconoce que no hay que colocarlos a todos en el mismo rasero ya que también tendrá que estudiar con interés las personas y los momentos felices que jalonan su vida familiar.
La primer imagen que llega a su mente es la de su difunto padre, un señorón muy rico y piadoso, propietario de gran extensión de tierras, montañas en el norte, bosques en el sur y su mayor propiedad se hallaba situada en la región de Miahantlòn - sierras orientales y en el Estado de Oaxaca.
Oaxaca es uno de los mas importantes estados México, y el más maravilloso donde según la tradición mixteca, una persona sana es alguien que está contenta, serena, con ganas de trabajar y de comer; le brillan los ojos y no tiene inconvenientes con su familia, vecinos o autoridades. Cualquier individuo puede alcanzar tal estado de salud. Lo difícil es hacerlo lejos de Oaxaca, de los valles, las playas, los mercados, las fiestas, las lenguas, los misterios y la luz de Oaxaca.
En la época colonial, Oaxaca llegó a ocupar un lugar prominente en el desarrollo de la Nueva España. Las estancias de ganado mayor proveían de lanas a los telares de Puebla, las haciendas cultivaban caña de azúcar con la que se elaboraban los más afamados dulces del virreinato, se criaban los mejores caballos del continente, se explotaban el oro, la plata y los tintes derivados del empleo de la grana cochinilla, y a los puertos de Huatulco y Salina Cruz arribaban los tesoros de Perú, Guayaquil y Guatemala y las sedas, telas y especias cargadas en Filipinas. El desarrollo de las ciudades, puertos, ingenios e industrias, implantado en paralelo con las glorias y miserias de la tarea evangelizadora, no derrocó el sistema de creencias y modos de vida de las comunidades indígenas, que integraron sus viejos valores, sin apenas modificarlos, con los símbolos y prácticas de la nueva fe. En 1577, el obispo de la diócesis de Oaxaca, Fray Bernardo de Alburquerque, narra a Felipe II las dificultades de su tarea en una tierra donde los indios hablan 22 lenguas, viven "más derramados y esparcidos" que en Vizcaya y en Navarra y "maman las idolatrías de los pechos de sus madres".
Pero reconoce que para ellos las cosas no fueron también como se esperaba, pues ella recuerda que hubo malos tiempos, años de cosechas malas, de tórridas sequías, de animales muertos por la sequedad y niños como sus hermanos que a los pocos años moríeron. Epoca donde los rezos de los campesinos se dirigían hacia el cielo en busca de alguna explicación por tanta desgracia.
Su madre tuvo dos hijos, y una hija, la menor a la luz de sus ojos y la de su alegría para su debilitado corazón. Quizá por ser niña granjeó en sus padres la admiración, aunque la verdad es que ella nunca encontró explicación a tanta admiración, dado que por razones que ella nunca comprendió de muy niña fue internada en un colegio de monjas.
Su padre según su información, era un descendiente directo de José María Murguia, el primer gobernador del estado libre y soberano de Oaxaca, su madre una mestiza de familia acaudalada de la capital y su tío un borracho, mujeriogo y jugador.
A los 18 años salió del convento cuando ya la familia vivía de nuevo en la opulencia y atrás quedaban los años de sequía y penuria. Fue cuando de nuevo los días transcurrieron felices, hasta que una tarde les llego la noticia que su padre había encontrado la muerte cuando galopaba en su caballo.
Después el rumor cundió lentamente pero cundió y hasta los gañanes y los pastores de los cerros más lejanos comentaba que no fue un accidenté si no un asesinato con alevosía y premeditación.
Dicen que fueron los propios empleados los que comenzaron estas murmuraciones, y que después siguieron loe propietarios de las fincas colindantes. También no tardaron de esparcirse rumores por toda la comarca, hasta que nadie dudó que su tío y la hija de un cacique tenían embrujado a toda la familia.
Un día bien recuerda que el cacique su hija y su tío entraron sin forzar la habitación de su madre. Al entrar el cacique dio un alarido, a brío sus brazos con un ademan muy extraño, para después en encerrarla en una habitación contigua donde luego de unos incomprendidos bramidos, volvió de nuevo abrir la puerta permitiendo que los demás entráramos: su madre yacía inmóvil en el suelo, embadurnada con ungüentos de mal olor, los ojos entreabiertos y respirando como si el corazón se hubiera ausentado del cuerpo.
El brujo dejo de aullar, mientras ella lloraba en la pieza de al lado, donde su tío la repetía que era necesario la ceremonia porque su madre se hallaba poseída por el diablo.
–Dejen tranquila a mi madre y recuerda que no dejo de gritar…Después su tío lo cogió fuertemente del brazo y la encerró en una pieza contigua.
–¡Tío! ¡Tío! Por favor qué no la hagan mal, que la dejen tranquila.
–Tú te callas, Tú madre después de la muerte de tu padre esta mal de la mollera y tu no tienes nada que reprocharme.
El brujo se quedo unos días en su casa y cuando termino sus griteríos, se llevaron a su madre a la capital. La encerraron en una especie de convento, para que las monjas de clausura se ocuparan de ella, y desde entonces no volvió a verla con vida.
A partir de aquí fue la señal que inicio el terror: Alguien con la ayuda de sus esbirros le hacia la vida imposible estos armados con escopetas, malo olientes rodeaban la hacienda, y el miedo y los sufrimientos por las noches fueron en aumento. –¿qué había hecho ella para que la amenazaran y quien eran ellos para que ella pudiera crearles algún problema? –Nada, ella no era nadie y lo único que no llegaba a comprender era el porque alguien la culpaba de que la policía merodeara la hacienda buscando de pruebas del accidenté “imprevisto” de su padre.
La casa era muy grande y el miedo acumulado por su constante inquietud, la llenaba de un continua angustia que ni los amuletos y las hiervas que su vieja sirvienta la preparaba la servían para nada. Las noches eran eternas y los ruidos no la dejaban en paz y en las galerías los aullidos acompañados de maldiciones eran constantes. –¿ Qué es lo que la exigían a ella esos gritos apocalípticos que llenaban la casa? –No nos negaras gritaban los energúmenos que eres tu la culpable de todas las desgracias que se acumulan en esta casa.
La verdad que todo lo que la estaba sucediendo le hacían insoportable su instancia en la hacienda. –¿Pero que hacer? –¿A quien recurrir? Y los días se hacían insoportables ellos se seguían, se repetían y se perseguían. Así como las noches donde para vencer el miedo se arrastraba de un lado a otro de su habitación observando como los reflejos de los faroles del patio con el viento proyectaba incomprendidas figuras sobre los muros de su alcoba.
–¿Qué importancia podría tener ella, para que alguien quisiera infundirla miedo de esa manera?…– No, no llegaba a comprender que quisieran volverla loca y encerrarla de nuevo en un colegio interna o un convento como a su madre.
Esa noche incapaz de comprender nada de lo que la estaba sucediendo, se fue a dormir con el ánimo más tranquilo y después de mucho tiempo en desvelo a las dos de la madrugada alguien golpeo la puerta de su dormitorio.
–Patrona, patroncita, allá fuera andan gritando como perros furiosos ….y corrió hasta cobijarse en su cama. Era Lupita su fiel sirvienta que atemorizada se hecho temblando ala vez en sus brazos. De madrugada bajaron las dos atemorizadas a la cocina donde Malilde contaba una versión en la que los peones, aterrorizados ante los bruscos movimientos del brujo gritaban como perros rabiosos. Ésta era un personaje no igual que la mayoría de las viejas del lugar, ésta era la vez un poco bruja, chismosa y a la vez comadrona.
Malilde, se ocupo de ella desde que era una niña como antes de su madre. Toda su familia había trabajado como sirvienta en la hacienda y ella conocía tos los pormenores de todos sus descendentes. Ella también recuerda que muchas veces quedó dormida acurrucada junto al brasero oyéndola contar historias y aprendiendo lo que es el miedo. Y aunque ahora ya estaba grandota, seguía sintiendo un miedo atroz al recordar las historias que Malilde contaba.
–Por favor mamita… –Quiere contarme lo que sucede de una vez en esta casa.
–Isabelita bonita tomate estas hierbas para calmarte que me dieron para ti y que dicen que quitan las penas.
–Isabelita linda, no me acuses, no seas mal pensada mira que yo te quiero mucho ya que tu eres como una hija para mi. –Quédate aquí con nosotros te conviene, que te van a gustar mucho esos buñuelos que hice para ti.
Todavía quedan sirvientas que se enorgullecen del hecho de haber estado tanto tiempo en una casa y ella recuerda muy bien esa tarde terrible en la que su patrón entró ya cadáver en la capilla. Fue un de las causas de terror que ella mas recuerda, ya que desde entonces el miedo la impide transitar solas por los corredores cuando se acerca el anochecer, y todo porque dicen que el alma de su amo se aparece montado en su caballo, las persiguen y ella ya esta demasiado vieja para correr.
Con esas apariciones, un estremecimiento de fervor sacude la casa, y los criados se encierran en la cocina a rezar rosario tras rosario a la vez que no cesan los trotes de caballos retumbando la casa así como también sus incesantes aullidos.
–Mi niña, esto nos va a volver locos a todos y sólo sabemos vencerlo con este murmullo de rosarios que al atardecer envuelve la casa.
– Así termino tu madre y así terminaremos todos si no aparece un día el malvado que asesino a tu padre.
La verdad es que de todo lo que allí se contaba Isabel estaba convencida que algo de todo esto era verdad, porque su madre termino perdiendo el juicio, pero ella iba por el mismo camino y cada vez temía más la llegada de la noche.
Esa tarde volvió a encerrase en su habitación, hasta que muy tarde quedo dormida en un profundo sueño similar a una perdida de conocimiento y todo porque se sintió suficientemente cansada. Sin embargo recuerda que también esa noche le pareció como si se oyesen fuertes aullidos, y unos pasos fugaces acompañados de un ruido en la puerta y fue tal el desasosiego que sintió que ciertos momentos perder el sentido de su propia existencia. Existencia que día a día se hacia más insoportable; hasta el extremo de pensar que se estaba volviendo loca.
CAPÌTULO III
Era muy de mañana cuando ella despertó: –¡Dios mío, tenía que hacer un gran esfuerzo, con el fin de poder escapar de una vez para siempre de la situación insoportable en la que había estado sometida y ahora debía de poner aprueba las decisiones tomadas la tarde anterior. Para ello que mejor que la oportunidad que la estaba brindando el nuevo doctor que ahora la atendía.
Mientras reflexionaba sobre su triste existencia, volvió a oír de nuevo la voz dulce del doctor: –Animos señorita son las siete de la mañana y debía de estar usted ya incorporada. –¿No se siente usted mejor?
–¡Que voz mas dulce! Isabel se alegro de oír y ver de nuevo al doctor que tanto la reconfortaba.
– ¿Por favor doctor podría decirme como se llama usted?
–Bueno, –yo no me llamo. – A mi me llaman Ernesto, –bueno para usted el doctor Ernesto Rodríguez. –«Pero además la aconsejo señorita que no debe permanecer tanto tiempo en la cama».
–Por favor, –relájese y siéntese en esa silla que quisiera hacerla una preguntas.
–¿Usted sabe donde se encuentra?
– Doctor, – le diré que me imaginó que me halló en un hospital; – pero también le diré que no se porque?
–Isabel y perdone que la tuteé, pero me parece que as debido de sufrir mucho y tu mente todavía no esta muy lucida. –No obstante yo quiero ayudarte, pero tienes que ser sincera con migo y además deberás poner mucho de tu parte.
–Bueno, te diré que estas internada en la Clínica—López Ibor de Madrid y que por aquí sólo aparece de vez en cuando un señor que dice representar los intereses de tu familia.
–Tú eres mexicana y la verdad que mismo si esta clínica tiene fama internacional no se para que te trajeron tan lejos. Aunque si te puedo decir también que con este último tratamiento te encuentro muy mejorada.
–¡Gracias a usted doctor, porque antes ni mis ánimos ni mis fuerzas me acompañaban!.
–Llevas mucha razón porque tú historial no es muy alentador; aunque yo creo que si pones de tu parte podremos llegar a buenos resultados. –También té aseguro y es sorprendente como en el transcurso de unos días tú situación a cambiado a más de 60 grados. – Si sigues así pronto podrás pasear por los jardines que tanto te hace falta ya que estas más blanca que la nieve.
Es verdad que durante la primera semana que el doctor se ocupaba de ella su mejoría fue sorprendente y reconoce que las visitas periódicas del doctor la ayudaba enormemente a mejor su existencia. Pero tuvo que esperar a la segunda semana para conseguir salir a pasear con él al jardín.
Las animadas charlas con el doctor fue para ella la mejor terapia y aunque seguía sintiendo nostalgia de volver ver a su madre, reconoce que los días transcurrían apacibles y cada vez con más ganas de vivir. Además observo que el doctor pasaba cada día mas horas con ella lo que compensaba sus interminable horas sin visitas familiares.
De su madre cada vez la llegaban menos noticias y su tío no tenia tiempo de ocuparse de ella. Para eso su tío había delegado en un abogado madrileño, frío como un témpano que se limitaba a informarla de los pormenores de sus gastos y a decirla que todo iba bien. Además se limitaba a decirla que cuando se curara y según su tío aprovechara para visitar las principales ciudades de Europa.
–¿Debo darme por satisfecha con esas excusas? ¡AY! seguramente no tengo más remedio que hacerlo. Mi vida deberá de ser así y siempre me tendré que dar por satisfecha; vine al mundo con una gran herida y era lo que la quedaba.
–Estimado amigo, ahora sólo me queda usted y mi error es que usted no tendrá tiempo para ocuparse de mi y yo sólo con el tiempo seré un pasaje en su existencia.
–Isabel no se preocupes por el mañana ocúpete del hoy, yo estoy aquí para ayudarla; porque reconozco que a pesar de sus dudas mas allá de mis obligaciones esta el interés por su persona. –bonita aquí no hay más milagro que el esfuerzo que hagas tú por querer vivir de nuevo una vida normal y tengo la certeza absoluta de que tu aras lo posible. –Te propongo una apuesta. Si logro mejorar tu situación me tienes que prometer que aras lo que te dijo el asesor de tu tío. Distraerte, viajar y olvidar de una vez por todas lo que tanto aflige y ese mi mejor tu mejor terapia. – Inténtelo merece la pena ya que no puedes seguir encerrada dentro de ti mismo. –Eres tan bonita y tan joven. – Isabel tienes muchas posibilidades de solucionar tu actual situación y yo te prometo que te estoy aquí para ayudarte.
–¡Era tan fácil todo lo que el joven doctor me explicaba!. –Pero lo que no sabia él, era que mi situación no era tan fácil como él creía. Ya que en la soledad de la noche los recuerdos se ahogaban en la esperanza y como una insistente gotera caía en un desvanecimiento para después paulatinamente caer de nuevo una incorregible contradicción.
Después de la muerte de mi padre, mi tío me lo explicaba todo. Me lo exigía sin más, con esa fingida vehemencia de su falsa mano. Mi tío supo hasta la muerte “accidental” de mi padre mantenerse en la periferia, cuidando el no ofender a mis padres. Sí, yo siempre me decía que mi tío no era un caballero y siempre tuve la certeza de que él siempre careció de rostro.
Después una vez desaparecido mi padre, ni siquiera supo fabricarse una máscara para ocultar su avidez de ese rostro que el nunca tuvo, porque nació sin él. Si, no vallan a creer otra cosa, mi tío era u desgarrado, un borracho, un jugador empedernido, un excluido y malvado dolorido.
Seguimos caminado, porque no podíamos quedarnos parados ahí, contemplándonos para siempre, que era en realidad lo que yo quería. Después él suspiro tan cerca de ella que la hizo de golpe cambiar sus pensamientos. Ahora por fin reconoce que había regresado de sus observaciones y sin más le cogió de la mano al doctor para darle las gracias por todos sus desvelos por ella. No fue sólo por eso que suspiro ella esa mañana, también suspiro por la dulce y dolorida mirada que a ella tanta feliz la hacia.
Él también suspiro por su ilusión delicada, de una idea fantástica, extracta como pera la pena que le causaba esta la bella y joven mujer. Así como también que se sentía asustado por estaba empezando a en ofuscar sus sentimientos. –Si ella supiera que él era un muerto de hambre y que para sacar su carrera universitaria tuvo que trabajar de camarero muchos años; seguro que dejaría de interesarse por él.
–Sé lo que estás pensando y no me mires sorprendida, ya que por María se quien eres y no tiene para mi la mayor importancia tú situación económica, para mi eres mi ángel de la guardia mi salvador y tus orígenes me importan un bledo. –Sabe no puedes dejarme sola, te necesito y te pido por favor que sigas conmigo incluso el día que deje este sanatorio.
CAPÌTULO IV
De nuevo estaba sorprendida de sí misma, su mejoría fue sorprendente y nunca se había imaginado que podría hablar de aquel modo. Se encontraba en un bonito hotel de la costa azul y además hablando con Ernesto de las cosas que había leído, visto, soñado durante los diez años que había pasado en el colegio de monjas. Luego cayó, para dejarle hablar a él; pero no pudo.
–Lo siento Ernesto pero no se si es así como tengo que comportarme. –¿No será culpa de champan? –¿ Como tu dices no será mejor tratar de olvidar todo mi pasado?
–Además tengo que decirte que –Quiero que me beses ahora, que me enseñes a hacerlo. ––podemos a hacerlo ahora. – Te quiero y soy totalmente tuya y quiero que abraces y me beses.
Isabel siguió hablando en tono cariñoso.
–En primer lugar te diré, que da la casualidad de que desde el primer día que te vi te quise.
–Yo no quise de verdad más que aun persona, que fue mi madre, pero ahora es a ti en verdad a quien yo más quiero y todo por eres tú quien me has dado de nuevo la vida y me estás enseñado a vivir.
–En segundo lugar, si no estás enamorado de mí, podrías enamorarte después de conocernos más afondo, porque yo te aseguro que ya no podría vivir ya sin ti.
–Y en tercer lugar, te diré de nuevo que tu procedencia modesta me importa un rábano.
–Te prometo que no te dejare jamas y que antes recogeré a mi madre y nos marcharemos cuando tu quieras a América.
Ernesto desde un principio también la amaba y nunca rechazo esa posibilidad. Tenia un recuerdo demasiado vivo de su inocencia, y frescura de sus lagrimas y por eso no dudo un instante en fundirse con un abrazo y un beso interminable.
–No esperaba tanto de ti, ya que yo creía que no estabas enamorada de mí.
–No digas tonterías. Lo que si me pareces es demasiado joven.
Isabel estaba de nuevo esperando un segundo beso y respiraba ansiosamente hasta que volvió a decir. –Ernesto amor mío: –«!Tendrás tanto que enseñarme!».
El rostro de Isabel reflejaba el encanto de una adolescente, y Ernesto la dijo instintivamente: –Mi vida en toda circunstancia no permitiré que las cosas no puedan salir como tu quieras.
Al día siguiente y después de una noche de ensueño pasearon como dos adolescentes cogidos de la mano por el famoso paseo de los Ingleses de Niza. A lo lejos se confunde los colores rosa y crema de las viejas fortificaciones y mas al fondo el comienzo de los Alpes que separan Francia de Italia. De frente las aguas azulada y bulliciosas al arrastrar en su continuo ir venir las miles de pequeñas piedras ennegrecidas y plantas marinas hacia la superficie que componen y peculiarizan está zona del mediterráneo.
Más tarde bajaron a la playa donde se colocaron el traje de baño y reconoce que se sintió la mujer más feliz. Hasta los niños corrían animando el ambiente y mientras ellos debajo de la sombrilla observan el ir venir de los bañistas. Luego el sol de medio día dominaba el cielo y mar hasta la blanca línea de Cannes mientras veleros en la lejanía arrastraba tras sí un hilo del mar lejano y espumoso.
Luego Isabel cerro los ojos, se hizo la dormida hasta que luego al abrir los ojos observo dos labios carnosos de Ernesto que susurraban lindas palabras para después sellar su boca con un beso profundo.
Al día siguiente alquilaron un vehículo con la idea de visitar Italia y sobre todo la cuidad del amor–Venecia. Al salir de Niza, se extendían más allá, en el paseo, el casino, las tiendas elegantes y los grandes hoteles trasladaban sus moles hacia el mar estival.
Al salir de Niza y a pocos kilómetros se encuentra Monaco, la metrópolis del juego, risueña y seductora. Esta inolvidable ciudad se recuesta coquetona sobre una colina de color rosa, y como bien llamada cementerio de los elefantes - refugio y muerte de los pudientes.
De pronto al dejar esta lujosa ciudad, entramos en los Alapes, coronados de brumas y con las laderas cubiertas por mosaicos de chalès franceses y villas italianas y, todo entre decenas y decenas de túneles y viaductos. A lo lejos, San Remo, con sus poéticas playas donde el difunto emperador de Alemania Federico Guillermo, lanzaba los esputos de su mortal dolencia.
En la autopista se anuncia: –Génova . –¡Ya estamos en la verdadera Italia!.
Si viniéramos por el mar solitario y monótono, encontraríamos las embarcaciones de los pescadores y experimentaríamos una impresión profunda al entrar en el puerto moderno y en plena actividad. Génova es la ciudad de los contrastes: grandes palacios y en otros tiempos míseras callejuelas. Arriba, en las cumbres de las colinas: Jardines frondosos y villas marmóreas. Abajo, cerca del puerto: barrios que son verdaderos juderías. El afán de hacerlo todo en medio de la calle, es lo único que en Génova, delata a Italia. Génova es la ciudad del mármol. Como en ninguna otra parte de Italia, ni del mundo, sé uso esta piedra preciosa con ese desprecio de la abundancia.
Durante seis horas, en el automóvil atravesamos el accidentado terreno de la Liguria y la perforada cadena de montañas que rodean Génova, la fértil y hermosa Lombardia; esa inmensa llanura siempre verde, la cual atrajo con sus riquezas, las invasiones de las gentes nórdicas. Estas hordas barbaras batallaron con feroz pasión derramado ríos de sangre. Después estas fértiles tierras se vieron invadidas por las caballerías de los reyes de Francia, los gloriosos tercios Españoles y los batallones de Napoleòn
Ofrece hermoso espectáculo la vega que se pierde de vista como un mar verdoso, sin la mas leve alteración del terreno, cruzada por mansos ríos y anchos canales. Los Lombardos para mí, son “los Catalanes” de Italia.
En su ininterrumpido viaje, nuestro automóvil y autopista, pasa de largo Milan. Milán la capital moral de la península. Milán resguardada por un cinturón industrial sorprendente; pero más aun que su industria, ejerce Milán un poderío universal en el mundo del arte y de la música. Su Scala, la Opera más famosa del mundo que levanta su mole de Coliseo de a principios de siglo.
Que me perdone Turín, ya que debido a la velocidad que el automóvil desarrolla por la autopista, no me da tiempo apenas a leer la desviación de esta histórica ciudad del Píamente.
El automóvil ya amenos velocidad nos permite divisar detenidamente la pancarta señalando Pisa, ciudad famosa por su torre inclinada. Más tarde una bifurcación señala Florencia, la maquiavélica ciudad de la conspiración y el continuo asesinato. La monumental ciudad de los cuentos verdes, de las escandalosas aventuras, de las regocijadas orgías y de las serenatas amorosas. Aquel pueblo impresionable, que como el diablo de nuestro refrán: - Hartos de carne, se metían a frailes. Eterna excreción de dejar en su vida, una obra de arte esencialmente religiosa, con el fin de su eterno perdón.
Sin descanso seguimos la marcha y nos aproximamos al Adriático. El Veneto extiende sus tierras bajas con tal lujo de fertilidad, que me recuerda la vega Valenciana y vemos como va innundandose el campo al aproximarse a Venecia.
Se llega a dudar de la realidad, de tanta belleza, al ver como se destaca sobre la verdosa sabana. –¡Si ya divisamos Venecia!. –Esa extraordinaria ciudad flotante, dorada por un sol pálido y envuelta por una ligera bruma que hace que apenas se divisen las enormes islas que son jardines. A nuestra derecha se destaca una inmensa industria pasada y petrolera, con grandes buques que demuestran la grandeza que aun perduran, de la comercial Venecia.
Para poder llegar a ciudad, el automóvil entra en un puente de una legua artificial que une Venecia con el continente. Una obra de cuatro mil metro, construida en su época con mármol de Istriay sostenido por doscientos veintidós arcos.
Al fin, y después de abandonar el automóvil en un inmenso explanada, nos introducimos en las barcaza que nos conducirá al Gran Canal. Una vez en ella, divisamos toda una población flotante de góndolas y pontones, meciéndose y llenas de viajeros que esperan desembarcar en las paradas de los autobuses o coches flotantes, para que les lleven de nuevo a los diferentes lugares de la ciudad.
Por el Gran Canal, pasan surcando el agua como flechas, las barcazas de la limpieza, de la construcción y también toda clase de comerciantes y vendedores con las barcas cargadas de hortalizas, carne, leña, pescado y agua. A lo largo del canal, filas de palacios que parecen dormir, con sus ventanas cerradas . Sólo los gritos de las gentes o de los gondoleros, rasgan su majestuosa calma.
Hay que pasar muchas horas en San Marcos, en el palacio Ducal, o en el archivo del Estado, para darse exacta cuenta de la grandiosidad de aquella República; su poderío, la fuerza de su marina, la astucia de su famosa diplomacia y, su poder económico que se sentía en todas partes.
Al entrar en la plaza de San Marcos y antes de contemplar los famosos monumentos que cierran su fondo, mi atención es atraída por las miles de palomas que con su plumaje negro, van saltando como un enjambre de pulgas sobre el pavimento de mármol ; o remontan para descansar en los relieves de los palacios. Para después volando en apretados escuadrones caer sobre el primero que les ofrezca unas migas de pan o granos de maíz.
De frente y al levantar de nuevo se descubre la Basílica de San Marcos, con su suntuosa fachada que nos vuelve a recordar la grandeza y conquistas de la República Veneciana. A su derecha, el palacio de los Dogos que alza su severa mole junto al templo. Es hermoso observar como brillan al sol sus amarillentos mármoles y sus rojizos mosaicos. En este palacio de los Dogos, después de un encuentro fortuito en los grandiosos carnavales Venecianos ; las rubias damas daban citas al doncel que llegaban bajo sus ventanas, en oscuras góndolas. Al interior, pozos y mazmorras desde las cuales el conspirador desgraciado, o el adultero sorprendido, daba el último adiós a la luz y a la vida.
Por todo Venecia se puede idealizar la poesía. En esos canales angostos y tortuosos, que parecen de tinta y, en los cuales el remo, con ese eco tan peculiar que solo se escucha en los cementerios. Uno cree soñar, o vivir en un mundo fantástico, cuando tendido sobre los cojines de una góndola acompañado de tu amante, paseas por el Gran Canal y sobre todo cuando el gondolero a cambio de unas monedas lanza sus dulces cantos.
Después de unos días inolvidables vuelvo a la realidad y pienso en lo que vimos el día anterior y, lentamente en mi recuerdo desfila la Venecia negra, la Venecia dormida bajo la acaricia de la luna, esos canales de fantásticos reflejos que desaparecerían de mi sueño si yo intentara con un pincel, reproducirlos fuera de ella. Pero serian interminables, los escritos y poesías de mi pluma.
Noches de ensueño ante la magia difusa del sur dulce y cálido había penetrado en ellos, ella ya se había separado de dura zarpa de la inconsciencia para ahora ir a fundirse entre mullidos cojines del blando colchón que ya formaba parte de ellos.
CAPÌTULO V
CAPÌTULO I
Cuando Isabel se despertó esa mañana de un sueño intranquilo se encontró tumbada boca arriba sobre una cama y al levantar un poco la cabeza observo a la vez que no podía mover los brazos. Su espalda se hallaba rígida, pero pudo observar que de su brazo colgaba un tubo trasparente de plástico enganchado a un diminuto aparato.
¿Qué me ha ocurrido?, pensó.
No, no era un mal sueño, – ella se hallaba en una pequeña habitación de un hospital y al dirigir su mirada hacia la ventana comprendió mejor su situación. Pero fue al observar que la lluvia caía con fuerza sabré los cristales – que terminó por angustiarla aun más todavía.
«¡ Dios mío!» –¿Qué iba hacer ahora? –Pero pensó –que lo mejor era seguir durmiendo y olvidarse de su enajenación. Pero esto era para ella era algo imposible y, todo porque no tenia sueño y mismo si intentara lanzarse con fuerza no llegaría.
La verdad era que seguía sintiendo un picazón en el vientre y los brazos, pero sobre todo más en el vientre que estaba cubierto por pequeños puntos rojos que le producían un intenso escozor. Quiso rasparse con los dedos, pero rápido –Pensò –, que sus brazos seguían atados a los barrotes de la cama.
Luego mientras intentaba reflexionar sobre todo esto, reconoce que su mente no la daba ninguna solución a sus muchas preguntas y todo porqué su desesperación mantenía su mente rígida.
–¿Qué podría hacer? – sino esperar a que se la pasase este profundo aturdimiento.
Al poco tiempo que se habría la puerta. –Isabel –dijeron (era la enfermera acompañado de un joven medico) –, son las diez de la mañana y querrás desayunar?
¡La voz era mas dulce! – Pero se asusto hasta que pudo ver sus rostros, dado que al principio creyó que podrían ser de nuevo los celadores de turno.
Ella quiso darla mas detalles, y explicarla sobre todo lo que la estaba sucediendo, pero en esa circunstancia se limito a decirla: –Sí, sí, gracias, pero María, por favor desátame las manos.
Fue de nuevo el tono de voz de la enfermera que la tranquilizo, pues la enfermera merced a su dulce conversación, siempre encontró en ella una notable diferencia del resto de los que la a tendían.
–Isabel bonita, ¿note encuentras bien?, ¿ necesitas algo más?
Isabel contestó mirando hacia ambos lados de la cama: –Ya estoy mejor. Después con una pronunciación cuidada, se esforzó por fingir su voz de todo lo que pudiese llamar la atención sobre su verdadero estado. Después, la enfermera colocó su desayuno entre sus piernas, pero el joven medico dijo: –¿Isabel de verdad se encuentra usted bien?
–Pero reconoce que ella no tenia en ese momento la menor intención de contestar, por eso hizo una larga pausa con el fin de seguir hablando lo menos posible que era la actitud que había adquirido durante su viaje e incluso los días que llevaba encerrada en ese dichoso hospital.
Es verdad que a la vez ella tenía la intención de levantarse tranquilamente y, vestirse sin ser molestada, y después pensar en todo lo que la intranquilizaba; porque en la cama, no llegaría con sus contradicciones a una conclusión sensata.
Ya lo había intentado más en más de una ocasión, pero esta vez al balancearse con más fuerza, observo que apanas podía guardar el equilibrio y comprendió que sin ayuda la sería imposible.
Durante un momento todo permaneció en silencio.–«Me ayudaran», se dijo animada por alguna posible esperanza.
Pero María no tardo como siempre y con cierta naturalidad intentar sujetar su espalda con el fin de incorporarla.
–Isabel la aconsejo que no tiene usted que permanecer mucho tiempo en esta posición.
Logró con lentitud incorporar la cabeza. Pero cuando irguió media cuerpo, le entró como un mareo y –Pensò que si continuaba en esa compostura la faltaría el aire y por eso prefirió volver a la postura anterior. Después como, jadeando de semejante esfuerzo, siguió tumbada igual que antes, y de nuevo se vio atada, luchando con sus temores y sin la posibilidad de poner sosiego ni orden en sus confusiones.
–«¡Dios mío!»,volvió a pensar.
¿Qué podía hacer ahora? Iniciar una giro personal: –era joven y mismo si el mundo y la gente le parecían a ella como algo incomprensible y peligrosa… Reconocía que ala vez se hallaba como una concha vacía, perdida y amedrentada. Aunque comprendía que de vía reponerse y luchar contra esos hombres y mujeres que la violentaron.
–Bueno, la esperanza no esta perdida todavía, no, no esta perdida de ante mano… – Y si yo encontrara alguien que me ayudara, es cuando habría llegado el momento de solucionar mi problemas, que me permitan comprender que lo que me allegado no es por mi culpa. Por eso el que me ayude debe ante todo valorarme y yo a la vez tomar mi vida en sus manos. Modificarme es un acto valiente y no por el sumo placer sino por necesidad.
–Isabel, el medico está aquí.
–«Ya lo veo», se dijo ella para sus adentro, como temiendo a la vez alzar la voz tan alta que al doctor le pudiera parecer mal.
–Isabel –volvió a decir María acercando su rostro hacia ella, –el doctor esta aquí porque desea saber como te encuentras y además desea también hablar personalmente contigo.
–Buenos días Isabel, dijo el doctor con voz dulzona.
–¿No se encuentra bien? –, no, no me encuentro bien.
–Doctor le aseguro que me pica todo el cuerpo.
–Voy en seguida de nuevo a desatarla las manos,–pero prométame que no se arañara las heridas.
–De otro modo, nos veremos obligados a seguir actuado de la misma forma; dado que por desgracia y según se mire yo no soy responsable de su tratamiento.
–Pero doctor –exclamó Isabel irritada, fuera de si y olvidando la última advertencia del joven doctor –Desáteme por favor que esto postura es insoportable.
–Sólo un momentito de paciencia, pero prométame que no se levantara de la cama.
–¡Doctor cómo pueden hacer con una persona una cosa así! Ayer por la mañana me encontraba bien y los celadores bien lo sabían.
–¿ El porqué doctor, me pincharon tres veces ayer en la vientre?
–María desátela, pero que siga en la cama sin moverse.
Y mientras Isabel articular mal y atropelladamente todo, él se acerco un poca de la cama y dirigiéndose a la enfermera la pregunto: – Quien es el sicólogo que trata a está joven.
–El doctor Gutiérrez, un viejo mejicano que apenas hace una semana que se incorporo en el sanatorio.
–¿Permítame que la diga que esta mujer yo no la veo tan perturbada como para inyectarla tanto medicamento?
–¿Doctor qué quiere que yo le diga? Esta joven es un tesoro y no me diga que no es bonita.
–¡Sí, le aseguro que jamas vi una mujer tan bonita –,Bueno mejorando lo presente!
–gracias doctor es usted muy bueno.
–¿Entendió usted algo de lo que hablábamos? –Pregunto el doctor a Isabel. –Si –¿O es que me tienen por tonta?
–¡No por Dios! –Exclamo el joven doctor entre sonrisas.
Isabel ya estaba mas tranquila. Así es que no dejo de mirar con simpatía al joven doctor y todo a pesar de que al principio le pareció que sus palabras eran insuficientes. En todo caso ella empezó a pensar que el doctor estaba dispuesta ayudarla y de nuevo se considero incluida en un circulo más humano.
CAÌTULO II
Al día siguiente cuando despertó, tenia lamente clara, pero se sentía avergonzada, y al mirarse en un espejo y ver que era todavía hermosa en lugar de infundirla confianza sólo sirvió par revivir el dolor del día anterior. Pero reconoce a la vez que todo no fue negativo por que al observar detenidamente el agradable rostro del joven doctor y recordar sus palabras sintió un cierto placer que contribuyo a levantarla de nuevo el ánimo.
Estaba sorprendida de sí misma. Nunca se había imaginado que podría hablarse de aquel modo, de cosas que hasta ahora de un hombre ella no se había imaginado. Ella recuerda que nunca un hombre le había moralmente dado tanta confianza y todo porque su vida no fue un camino de rosas. Para comenzar diré que mi vida no fue un camino de rosas ya que paso en un internado de monjas más de diez años y más tarde cuando volvió con sus padres las cosas no la fueron bien con su tío. Por eso los hombre después a parecieron en ella como algo incomprensible, como una concha vacía y peligrosos.
Al principio se creyó perdida como una adolescente, pero después al intentar superar sus temores fue cuando comprendió que los hombres eran generalmente perversos y violentos y hasta ahora el tiempo no le había permitido descubrir que sus temores no eran infundados. Más tarde cuando quiso modificar su situación, ya no por placer sino por necesidad fue demasiado tarde.
Al reflexionar sobre su pasado familiar ella reconoce que el silencio
comporta sufrimientos. Pero también es importante saber que en un momento dado, no se debe aceptar el historia que se tiene y si intentar cambiar el pasado. Porque mismo si se trata de comprender lo que nos impuso nuestra cadena generacional, no debemos aceptar que al fin de cuentas seamos sólo un eslabón de ella. Podemos y debemos protegernos, al analizarlo con detalle y luchar contra todo eso de una vez para siempre. Por otro lado, ella reconoce que no hay que colocarlos a todos en el mismo rasero ya que también tendrá que estudiar con interés las personas y los momentos felices que jalonan su vida familiar.
La primer imagen que llega a su mente es la de su difunto padre, un señorón muy rico y piadoso, propietario de gran extensión de tierras, montañas en el norte, bosques en el sur y su mayor propiedad se hallaba situada en la región de Miahantlòn - sierras orientales y en el Estado de Oaxaca.
Oaxaca es uno de los mas importantes estados México, y el más maravilloso donde según la tradición mixteca, una persona sana es alguien que está contenta, serena, con ganas de trabajar y de comer; le brillan los ojos y no tiene inconvenientes con su familia, vecinos o autoridades. Cualquier individuo puede alcanzar tal estado de salud. Lo difícil es hacerlo lejos de Oaxaca, de los valles, las playas, los mercados, las fiestas, las lenguas, los misterios y la luz de Oaxaca.
En la época colonial, Oaxaca llegó a ocupar un lugar prominente en el desarrollo de la Nueva España. Las estancias de ganado mayor proveían de lanas a los telares de Puebla, las haciendas cultivaban caña de azúcar con la que se elaboraban los más afamados dulces del virreinato, se criaban los mejores caballos del continente, se explotaban el oro, la plata y los tintes derivados del empleo de la grana cochinilla, y a los puertos de Huatulco y Salina Cruz arribaban los tesoros de Perú, Guayaquil y Guatemala y las sedas, telas y especias cargadas en Filipinas. El desarrollo de las ciudades, puertos, ingenios e industrias, implantado en paralelo con las glorias y miserias de la tarea evangelizadora, no derrocó el sistema de creencias y modos de vida de las comunidades indígenas, que integraron sus viejos valores, sin apenas modificarlos, con los símbolos y prácticas de la nueva fe. En 1577, el obispo de la diócesis de Oaxaca, Fray Bernardo de Alburquerque, narra a Felipe II las dificultades de su tarea en una tierra donde los indios hablan 22 lenguas, viven "más derramados y esparcidos" que en Vizcaya y en Navarra y "maman las idolatrías de los pechos de sus madres".
Pero reconoce que para ellos las cosas no fueron también como se esperaba, pues ella recuerda que hubo malos tiempos, años de cosechas malas, de tórridas sequías, de animales muertos por la sequedad y niños como sus hermanos que a los pocos años moríeron. Epoca donde los rezos de los campesinos se dirigían hacia el cielo en busca de alguna explicación por tanta desgracia.
Su madre tuvo dos hijos, y una hija, la menor a la luz de sus ojos y la de su alegría para su debilitado corazón. Quizá por ser niña granjeó en sus padres la admiración, aunque la verdad es que ella nunca encontró explicación a tanta admiración, dado que por razones que ella nunca comprendió de muy niña fue internada en un colegio de monjas.
Su padre según su información, era un descendiente directo de José María Murguia, el primer gobernador del estado libre y soberano de Oaxaca, su madre una mestiza de familia acaudalada de la capital y su tío un borracho, mujeriogo y jugador.
A los 18 años salió del convento cuando ya la familia vivía de nuevo en la opulencia y atrás quedaban los años de sequía y penuria. Fue cuando de nuevo los días transcurrieron felices, hasta que una tarde les llego la noticia que su padre había encontrado la muerte cuando galopaba en su caballo.
Después el rumor cundió lentamente pero cundió y hasta los gañanes y los pastores de los cerros más lejanos comentaba que no fue un accidenté si no un asesinato con alevosía y premeditación.
Dicen que fueron los propios empleados los que comenzaron estas murmuraciones, y que después siguieron loe propietarios de las fincas colindantes. También no tardaron de esparcirse rumores por toda la comarca, hasta que nadie dudó que su tío y la hija de un cacique tenían embrujado a toda la familia.
Un día bien recuerda que el cacique su hija y su tío entraron sin forzar la habitación de su madre. Al entrar el cacique dio un alarido, a brío sus brazos con un ademan muy extraño, para después en encerrarla en una habitación contigua donde luego de unos incomprendidos bramidos, volvió de nuevo abrir la puerta permitiendo que los demás entráramos: su madre yacía inmóvil en el suelo, embadurnada con ungüentos de mal olor, los ojos entreabiertos y respirando como si el corazón se hubiera ausentado del cuerpo.
El brujo dejo de aullar, mientras ella lloraba en la pieza de al lado, donde su tío la repetía que era necesario la ceremonia porque su madre se hallaba poseída por el diablo.
–Dejen tranquila a mi madre y recuerda que no dejo de gritar…Después su tío lo cogió fuertemente del brazo y la encerró en una pieza contigua.
–¡Tío! ¡Tío! Por favor qué no la hagan mal, que la dejen tranquila.
–Tú te callas, Tú madre después de la muerte de tu padre esta mal de la mollera y tu no tienes nada que reprocharme.
El brujo se quedo unos días en su casa y cuando termino sus griteríos, se llevaron a su madre a la capital. La encerraron en una especie de convento, para que las monjas de clausura se ocuparan de ella, y desde entonces no volvió a verla con vida.
A partir de aquí fue la señal que inicio el terror: Alguien con la ayuda de sus esbirros le hacia la vida imposible estos armados con escopetas, malo olientes rodeaban la hacienda, y el miedo y los sufrimientos por las noches fueron en aumento. –¿qué había hecho ella para que la amenazaran y quien eran ellos para que ella pudiera crearles algún problema? –Nada, ella no era nadie y lo único que no llegaba a comprender era el porque alguien la culpaba de que la policía merodeara la hacienda buscando de pruebas del accidenté “imprevisto” de su padre.
La casa era muy grande y el miedo acumulado por su constante inquietud, la llenaba de un continua angustia que ni los amuletos y las hiervas que su vieja sirvienta la preparaba la servían para nada. Las noches eran eternas y los ruidos no la dejaban en paz y en las galerías los aullidos acompañados de maldiciones eran constantes. –¿ Qué es lo que la exigían a ella esos gritos apocalípticos que llenaban la casa? –No nos negaras gritaban los energúmenos que eres tu la culpable de todas las desgracias que se acumulan en esta casa.
La verdad que todo lo que la estaba sucediendo le hacían insoportable su instancia en la hacienda. –¿Pero que hacer? –¿A quien recurrir? Y los días se hacían insoportables ellos se seguían, se repetían y se perseguían. Así como las noches donde para vencer el miedo se arrastraba de un lado a otro de su habitación observando como los reflejos de los faroles del patio con el viento proyectaba incomprendidas figuras sobre los muros de su alcoba.
–¿Qué importancia podría tener ella, para que alguien quisiera infundirla miedo de esa manera?…– No, no llegaba a comprender que quisieran volverla loca y encerrarla de nuevo en un colegio interna o un convento como a su madre.
Esa noche incapaz de comprender nada de lo que la estaba sucediendo, se fue a dormir con el ánimo más tranquilo y después de mucho tiempo en desvelo a las dos de la madrugada alguien golpeo la puerta de su dormitorio.
–Patrona, patroncita, allá fuera andan gritando como perros furiosos ….y corrió hasta cobijarse en su cama. Era Lupita su fiel sirvienta que atemorizada se hecho temblando ala vez en sus brazos. De madrugada bajaron las dos atemorizadas a la cocina donde Malilde contaba una versión en la que los peones, aterrorizados ante los bruscos movimientos del brujo gritaban como perros rabiosos. Ésta era un personaje no igual que la mayoría de las viejas del lugar, ésta era la vez un poco bruja, chismosa y a la vez comadrona.
Malilde, se ocupo de ella desde que era una niña como antes de su madre. Toda su familia había trabajado como sirvienta en la hacienda y ella conocía tos los pormenores de todos sus descendentes. Ella también recuerda que muchas veces quedó dormida acurrucada junto al brasero oyéndola contar historias y aprendiendo lo que es el miedo. Y aunque ahora ya estaba grandota, seguía sintiendo un miedo atroz al recordar las historias que Malilde contaba.
–Por favor mamita… –Quiere contarme lo que sucede de una vez en esta casa.
–Isabelita bonita tomate estas hierbas para calmarte que me dieron para ti y que dicen que quitan las penas.
–Isabelita linda, no me acuses, no seas mal pensada mira que yo te quiero mucho ya que tu eres como una hija para mi. –Quédate aquí con nosotros te conviene, que te van a gustar mucho esos buñuelos que hice para ti.
Todavía quedan sirvientas que se enorgullecen del hecho de haber estado tanto tiempo en una casa y ella recuerda muy bien esa tarde terrible en la que su patrón entró ya cadáver en la capilla. Fue un de las causas de terror que ella mas recuerda, ya que desde entonces el miedo la impide transitar solas por los corredores cuando se acerca el anochecer, y todo porque dicen que el alma de su amo se aparece montado en su caballo, las persiguen y ella ya esta demasiado vieja para correr.
Con esas apariciones, un estremecimiento de fervor sacude la casa, y los criados se encierran en la cocina a rezar rosario tras rosario a la vez que no cesan los trotes de caballos retumbando la casa así como también sus incesantes aullidos.
–Mi niña, esto nos va a volver locos a todos y sólo sabemos vencerlo con este murmullo de rosarios que al atardecer envuelve la casa.
– Así termino tu madre y así terminaremos todos si no aparece un día el malvado que asesino a tu padre.
La verdad es que de todo lo que allí se contaba Isabel estaba convencida que algo de todo esto era verdad, porque su madre termino perdiendo el juicio, pero ella iba por el mismo camino y cada vez temía más la llegada de la noche.
Esa tarde volvió a encerrase en su habitación, hasta que muy tarde quedo dormida en un profundo sueño similar a una perdida de conocimiento y todo porque se sintió suficientemente cansada. Sin embargo recuerda que también esa noche le pareció como si se oyesen fuertes aullidos, y unos pasos fugaces acompañados de un ruido en la puerta y fue tal el desasosiego que sintió que ciertos momentos perder el sentido de su propia existencia. Existencia que día a día se hacia más insoportable; hasta el extremo de pensar que se estaba volviendo loca.
CAPÌTULO III
Era muy de mañana cuando ella despertó: –¡Dios mío, tenía que hacer un gran esfuerzo, con el fin de poder escapar de una vez para siempre de la situación insoportable en la que había estado sometida y ahora debía de poner aprueba las decisiones tomadas la tarde anterior. Para ello que mejor que la oportunidad que la estaba brindando el nuevo doctor que ahora la atendía.
Mientras reflexionaba sobre su triste existencia, volvió a oír de nuevo la voz dulce del doctor: –Animos señorita son las siete de la mañana y debía de estar usted ya incorporada. –¿No se siente usted mejor?
–¡Que voz mas dulce! Isabel se alegro de oír y ver de nuevo al doctor que tanto la reconfortaba.
– ¿Por favor doctor podría decirme como se llama usted?
–Bueno, –yo no me llamo. – A mi me llaman Ernesto, –bueno para usted el doctor Ernesto Rodríguez. –«Pero además la aconsejo señorita que no debe permanecer tanto tiempo en la cama».
–Por favor, –relájese y siéntese en esa silla que quisiera hacerla una preguntas.
–¿Usted sabe donde se encuentra?
– Doctor, – le diré que me imaginó que me halló en un hospital; – pero también le diré que no se porque?
–Isabel y perdone que la tuteé, pero me parece que as debido de sufrir mucho y tu mente todavía no esta muy lucida. –No obstante yo quiero ayudarte, pero tienes que ser sincera con migo y además deberás poner mucho de tu parte.
–Bueno, te diré que estas internada en la Clínica—López Ibor de Madrid y que por aquí sólo aparece de vez en cuando un señor que dice representar los intereses de tu familia.
–Tú eres mexicana y la verdad que mismo si esta clínica tiene fama internacional no se para que te trajeron tan lejos. Aunque si te puedo decir también que con este último tratamiento te encuentro muy mejorada.
–¡Gracias a usted doctor, porque antes ni mis ánimos ni mis fuerzas me acompañaban!.
–Llevas mucha razón porque tú historial no es muy alentador; aunque yo creo que si pones de tu parte podremos llegar a buenos resultados. –También té aseguro y es sorprendente como en el transcurso de unos días tú situación a cambiado a más de 60 grados. – Si sigues así pronto podrás pasear por los jardines que tanto te hace falta ya que estas más blanca que la nieve.
Es verdad que durante la primera semana que el doctor se ocupaba de ella su mejoría fue sorprendente y reconoce que las visitas periódicas del doctor la ayudaba enormemente a mejor su existencia. Pero tuvo que esperar a la segunda semana para conseguir salir a pasear con él al jardín.
Las animadas charlas con el doctor fue para ella la mejor terapia y aunque seguía sintiendo nostalgia de volver ver a su madre, reconoce que los días transcurrían apacibles y cada vez con más ganas de vivir. Además observo que el doctor pasaba cada día mas horas con ella lo que compensaba sus interminable horas sin visitas familiares.
De su madre cada vez la llegaban menos noticias y su tío no tenia tiempo de ocuparse de ella. Para eso su tío había delegado en un abogado madrileño, frío como un témpano que se limitaba a informarla de los pormenores de sus gastos y a decirla que todo iba bien. Además se limitaba a decirla que cuando se curara y según su tío aprovechara para visitar las principales ciudades de Europa.
–¿Debo darme por satisfecha con esas excusas? ¡AY! seguramente no tengo más remedio que hacerlo. Mi vida deberá de ser así y siempre me tendré que dar por satisfecha; vine al mundo con una gran herida y era lo que la quedaba.
–Estimado amigo, ahora sólo me queda usted y mi error es que usted no tendrá tiempo para ocuparse de mi y yo sólo con el tiempo seré un pasaje en su existencia.
–Isabel no se preocupes por el mañana ocúpete del hoy, yo estoy aquí para ayudarla; porque reconozco que a pesar de sus dudas mas allá de mis obligaciones esta el interés por su persona. –bonita aquí no hay más milagro que el esfuerzo que hagas tú por querer vivir de nuevo una vida normal y tengo la certeza absoluta de que tu aras lo posible. –Te propongo una apuesta. Si logro mejorar tu situación me tienes que prometer que aras lo que te dijo el asesor de tu tío. Distraerte, viajar y olvidar de una vez por todas lo que tanto aflige y ese mi mejor tu mejor terapia. – Inténtelo merece la pena ya que no puedes seguir encerrada dentro de ti mismo. –Eres tan bonita y tan joven. – Isabel tienes muchas posibilidades de solucionar tu actual situación y yo te prometo que te estoy aquí para ayudarte.
–¡Era tan fácil todo lo que el joven doctor me explicaba!. –Pero lo que no sabia él, era que mi situación no era tan fácil como él creía. Ya que en la soledad de la noche los recuerdos se ahogaban en la esperanza y como una insistente gotera caía en un desvanecimiento para después paulatinamente caer de nuevo una incorregible contradicción.
Después de la muerte de mi padre, mi tío me lo explicaba todo. Me lo exigía sin más, con esa fingida vehemencia de su falsa mano. Mi tío supo hasta la muerte “accidental” de mi padre mantenerse en la periferia, cuidando el no ofender a mis padres. Sí, yo siempre me decía que mi tío no era un caballero y siempre tuve la certeza de que él siempre careció de rostro.
Después una vez desaparecido mi padre, ni siquiera supo fabricarse una máscara para ocultar su avidez de ese rostro que el nunca tuvo, porque nació sin él. Si, no vallan a creer otra cosa, mi tío era u desgarrado, un borracho, un jugador empedernido, un excluido y malvado dolorido.
Seguimos caminado, porque no podíamos quedarnos parados ahí, contemplándonos para siempre, que era en realidad lo que yo quería. Después él suspiro tan cerca de ella que la hizo de golpe cambiar sus pensamientos. Ahora por fin reconoce que había regresado de sus observaciones y sin más le cogió de la mano al doctor para darle las gracias por todos sus desvelos por ella. No fue sólo por eso que suspiro ella esa mañana, también suspiro por la dulce y dolorida mirada que a ella tanta feliz la hacia.
Él también suspiro por su ilusión delicada, de una idea fantástica, extracta como pera la pena que le causaba esta la bella y joven mujer. Así como también que se sentía asustado por estaba empezando a en ofuscar sus sentimientos. –Si ella supiera que él era un muerto de hambre y que para sacar su carrera universitaria tuvo que trabajar de camarero muchos años; seguro que dejaría de interesarse por él.
–Sé lo que estás pensando y no me mires sorprendida, ya que por María se quien eres y no tiene para mi la mayor importancia tú situación económica, para mi eres mi ángel de la guardia mi salvador y tus orígenes me importan un bledo. –Sabe no puedes dejarme sola, te necesito y te pido por favor que sigas conmigo incluso el día que deje este sanatorio.
CAPÌTULO IV
De nuevo estaba sorprendida de sí misma, su mejoría fue sorprendente y nunca se había imaginado que podría hablar de aquel modo. Se encontraba en un bonito hotel de la costa azul y además hablando con Ernesto de las cosas que había leído, visto, soñado durante los diez años que había pasado en el colegio de monjas. Luego cayó, para dejarle hablar a él; pero no pudo.
–Lo siento Ernesto pero no se si es así como tengo que comportarme. –¿No será culpa de champan? –¿ Como tu dices no será mejor tratar de olvidar todo mi pasado?
–Además tengo que decirte que –Quiero que me beses ahora, que me enseñes a hacerlo. ––podemos a hacerlo ahora. – Te quiero y soy totalmente tuya y quiero que abraces y me beses.
Isabel siguió hablando en tono cariñoso.
–En primer lugar te diré, que da la casualidad de que desde el primer día que te vi te quise.
–Yo no quise de verdad más que aun persona, que fue mi madre, pero ahora es a ti en verdad a quien yo más quiero y todo por eres tú quien me has dado de nuevo la vida y me estás enseñado a vivir.
–En segundo lugar, si no estás enamorado de mí, podrías enamorarte después de conocernos más afondo, porque yo te aseguro que ya no podría vivir ya sin ti.
–Y en tercer lugar, te diré de nuevo que tu procedencia modesta me importa un rábano.
–Te prometo que no te dejare jamas y que antes recogeré a mi madre y nos marcharemos cuando tu quieras a América.
Ernesto desde un principio también la amaba y nunca rechazo esa posibilidad. Tenia un recuerdo demasiado vivo de su inocencia, y frescura de sus lagrimas y por eso no dudo un instante en fundirse con un abrazo y un beso interminable.
–No esperaba tanto de ti, ya que yo creía que no estabas enamorada de mí.
–No digas tonterías. Lo que si me pareces es demasiado joven.
Isabel estaba de nuevo esperando un segundo beso y respiraba ansiosamente hasta que volvió a decir. –Ernesto amor mío: –«!Tendrás tanto que enseñarme!».
El rostro de Isabel reflejaba el encanto de una adolescente, y Ernesto la dijo instintivamente: –Mi vida en toda circunstancia no permitiré que las cosas no puedan salir como tu quieras.
Al día siguiente y después de una noche de ensueño pasearon como dos adolescentes cogidos de la mano por el famoso paseo de los Ingleses de Niza. A lo lejos se confunde los colores rosa y crema de las viejas fortificaciones y mas al fondo el comienzo de los Alpes que separan Francia de Italia. De frente las aguas azulada y bulliciosas al arrastrar en su continuo ir venir las miles de pequeñas piedras ennegrecidas y plantas marinas hacia la superficie que componen y peculiarizan está zona del mediterráneo.
Más tarde bajaron a la playa donde se colocaron el traje de baño y reconoce que se sintió la mujer más feliz. Hasta los niños corrían animando el ambiente y mientras ellos debajo de la sombrilla observan el ir venir de los bañistas. Luego el sol de medio día dominaba el cielo y mar hasta la blanca línea de Cannes mientras veleros en la lejanía arrastraba tras sí un hilo del mar lejano y espumoso.
Luego Isabel cerro los ojos, se hizo la dormida hasta que luego al abrir los ojos observo dos labios carnosos de Ernesto que susurraban lindas palabras para después sellar su boca con un beso profundo.
Al día siguiente alquilaron un vehículo con la idea de visitar Italia y sobre todo la cuidad del amor–Venecia. Al salir de Niza, se extendían más allá, en el paseo, el casino, las tiendas elegantes y los grandes hoteles trasladaban sus moles hacia el mar estival.
Al salir de Niza y a pocos kilómetros se encuentra Monaco, la metrópolis del juego, risueña y seductora. Esta inolvidable ciudad se recuesta coquetona sobre una colina de color rosa, y como bien llamada cementerio de los elefantes - refugio y muerte de los pudientes.
De pronto al dejar esta lujosa ciudad, entramos en los Alapes, coronados de brumas y con las laderas cubiertas por mosaicos de chalès franceses y villas italianas y, todo entre decenas y decenas de túneles y viaductos. A lo lejos, San Remo, con sus poéticas playas donde el difunto emperador de Alemania Federico Guillermo, lanzaba los esputos de su mortal dolencia.
En la autopista se anuncia: –Génova . –¡Ya estamos en la verdadera Italia!.
Si viniéramos por el mar solitario y monótono, encontraríamos las embarcaciones de los pescadores y experimentaríamos una impresión profunda al entrar en el puerto moderno y en plena actividad. Génova es la ciudad de los contrastes: grandes palacios y en otros tiempos míseras callejuelas. Arriba, en las cumbres de las colinas: Jardines frondosos y villas marmóreas. Abajo, cerca del puerto: barrios que son verdaderos juderías. El afán de hacerlo todo en medio de la calle, es lo único que en Génova, delata a Italia. Génova es la ciudad del mármol. Como en ninguna otra parte de Italia, ni del mundo, sé uso esta piedra preciosa con ese desprecio de la abundancia.
Durante seis horas, en el automóvil atravesamos el accidentado terreno de la Liguria y la perforada cadena de montañas que rodean Génova, la fértil y hermosa Lombardia; esa inmensa llanura siempre verde, la cual atrajo con sus riquezas, las invasiones de las gentes nórdicas. Estas hordas barbaras batallaron con feroz pasión derramado ríos de sangre. Después estas fértiles tierras se vieron invadidas por las caballerías de los reyes de Francia, los gloriosos tercios Españoles y los batallones de Napoleòn
Ofrece hermoso espectáculo la vega que se pierde de vista como un mar verdoso, sin la mas leve alteración del terreno, cruzada por mansos ríos y anchos canales. Los Lombardos para mí, son “los Catalanes” de Italia.
En su ininterrumpido viaje, nuestro automóvil y autopista, pasa de largo Milan. Milán la capital moral de la península. Milán resguardada por un cinturón industrial sorprendente; pero más aun que su industria, ejerce Milán un poderío universal en el mundo del arte y de la música. Su Scala, la Opera más famosa del mundo que levanta su mole de Coliseo de a principios de siglo.
Que me perdone Turín, ya que debido a la velocidad que el automóvil desarrolla por la autopista, no me da tiempo apenas a leer la desviación de esta histórica ciudad del Píamente.
El automóvil ya amenos velocidad nos permite divisar detenidamente la pancarta señalando Pisa, ciudad famosa por su torre inclinada. Más tarde una bifurcación señala Florencia, la maquiavélica ciudad de la conspiración y el continuo asesinato. La monumental ciudad de los cuentos verdes, de las escandalosas aventuras, de las regocijadas orgías y de las serenatas amorosas. Aquel pueblo impresionable, que como el diablo de nuestro refrán: - Hartos de carne, se metían a frailes. Eterna excreción de dejar en su vida, una obra de arte esencialmente religiosa, con el fin de su eterno perdón.
Sin descanso seguimos la marcha y nos aproximamos al Adriático. El Veneto extiende sus tierras bajas con tal lujo de fertilidad, que me recuerda la vega Valenciana y vemos como va innundandose el campo al aproximarse a Venecia.
Se llega a dudar de la realidad, de tanta belleza, al ver como se destaca sobre la verdosa sabana. –¡Si ya divisamos Venecia!. –Esa extraordinaria ciudad flotante, dorada por un sol pálido y envuelta por una ligera bruma que hace que apenas se divisen las enormes islas que son jardines. A nuestra derecha se destaca una inmensa industria pasada y petrolera, con grandes buques que demuestran la grandeza que aun perduran, de la comercial Venecia.
Para poder llegar a ciudad, el automóvil entra en un puente de una legua artificial que une Venecia con el continente. Una obra de cuatro mil metro, construida en su época con mármol de Istriay sostenido por doscientos veintidós arcos.
Al fin, y después de abandonar el automóvil en un inmenso explanada, nos introducimos en las barcaza que nos conducirá al Gran Canal. Una vez en ella, divisamos toda una población flotante de góndolas y pontones, meciéndose y llenas de viajeros que esperan desembarcar en las paradas de los autobuses o coches flotantes, para que les lleven de nuevo a los diferentes lugares de la ciudad.
Por el Gran Canal, pasan surcando el agua como flechas, las barcazas de la limpieza, de la construcción y también toda clase de comerciantes y vendedores con las barcas cargadas de hortalizas, carne, leña, pescado y agua. A lo largo del canal, filas de palacios que parecen dormir, con sus ventanas cerradas . Sólo los gritos de las gentes o de los gondoleros, rasgan su majestuosa calma.
Hay que pasar muchas horas en San Marcos, en el palacio Ducal, o en el archivo del Estado, para darse exacta cuenta de la grandiosidad de aquella República; su poderío, la fuerza de su marina, la astucia de su famosa diplomacia y, su poder económico que se sentía en todas partes.
Al entrar en la plaza de San Marcos y antes de contemplar los famosos monumentos que cierran su fondo, mi atención es atraída por las miles de palomas que con su plumaje negro, van saltando como un enjambre de pulgas sobre el pavimento de mármol ; o remontan para descansar en los relieves de los palacios. Para después volando en apretados escuadrones caer sobre el primero que les ofrezca unas migas de pan o granos de maíz.
De frente y al levantar de nuevo se descubre la Basílica de San Marcos, con su suntuosa fachada que nos vuelve a recordar la grandeza y conquistas de la República Veneciana. A su derecha, el palacio de los Dogos que alza su severa mole junto al templo. Es hermoso observar como brillan al sol sus amarillentos mármoles y sus rojizos mosaicos. En este palacio de los Dogos, después de un encuentro fortuito en los grandiosos carnavales Venecianos ; las rubias damas daban citas al doncel que llegaban bajo sus ventanas, en oscuras góndolas. Al interior, pozos y mazmorras desde las cuales el conspirador desgraciado, o el adultero sorprendido, daba el último adiós a la luz y a la vida.
Por todo Venecia se puede idealizar la poesía. En esos canales angostos y tortuosos, que parecen de tinta y, en los cuales el remo, con ese eco tan peculiar que solo se escucha en los cementerios. Uno cree soñar, o vivir en un mundo fantástico, cuando tendido sobre los cojines de una góndola acompañado de tu amante, paseas por el Gran Canal y sobre todo cuando el gondolero a cambio de unas monedas lanza sus dulces cantos.
Después de unos días inolvidables vuelvo a la realidad y pienso en lo que vimos el día anterior y, lentamente en mi recuerdo desfila la Venecia negra, la Venecia dormida bajo la acaricia de la luna, esos canales de fantásticos reflejos que desaparecerían de mi sueño si yo intentara con un pincel, reproducirlos fuera de ella. Pero serian interminables, los escritos y poesías de mi pluma.
Noches de ensueño ante la magia difusa del sur dulce y cálido había penetrado en ellos, ella ya se había separado de dura zarpa de la inconsciencia para ahora ir a fundirse entre mullidos cojines del blando colchón que ya formaba parte de ellos.
CAPÌTULO V