Adrián
08-feb-2008, 17:41
El viento susurraba palabras de muerte entre aquellos árboles en el día en que todo ocurrió. La oscuridad cabalgaba inmutable entre aquel bosque. Esa horrorosa criatura había vuelto a atacar: sus labios manchados de sangre estaban, sus garras estaban clavadas sobre un delicioso e inerte hígado y sus oídos saboreaban aún sus gritos de dolor.
Se hizo un nuevo día y la noche quedó olvidada por un sol reponedor. Era el gran día: al fin podrían asistir a aquella excursión tan esperada, pero ninguno de ellos sabía que al iniciar su expedición había comenzado el principio del fin de sus cortas vidas.
Silbaban canciones pasadas de moda, sobretodo interpretadas por ''El último de la fila''. Cuando iban por el segundo redoble de la vibración de la guitarra ya podían divisar a lo lejos el bosque acechante bajo el calor del día.
Habían acabado de montar sus sendas tiendas de campaña y decidieron descansar. El canto de los pájaros resonaba en sus tímpanos y adquirieron sensación de falsa tranquilidad. El río, en armonioso sonido, dejaba ver los peces que se movían inquietos por su fondo. Se hizo la noche y encendieron una fogata.
-¿Pero a quién están matando ahí fuera?- gritó ella a un invisible receptor en el frío de la noche.
Armándose de valor, acertó a colocarse sus zapatillas y a salir a la espesura de la noche. El impacto fue brutal. Calló de bruces contra el suelo y no pudo ver al emisor del ataque. Aquello no podía estar sucediendo. Horas antes sus amigos habían montado el campamento a su lado, pero ahora ya no estaban allí sus tiendas de campaña. Mirando a su alrededor, salió corriendo en la oscuridad de la Luna intentando tanto apagar su voz interna como encontrar el camino a su salvación. Miró hacia una gran e imponente haya y deseó no haberlo hecho nunca. Aquel horrible ser, mezcla de bestia y de hombre exorcizado, la miró con ojos de sed de sangre.
Volvió a caer al suelo por segunda vez y se consiguió apartar de la trayectoria de sus firmes garras, que se clavaron en el húmedo suelo. El miedo la había dejado paralizada; segundos después allí estaba la criatura preparada para otro férreo ataque. La elevó del suelo cogiéndola por el cuello, y ella atinó para darle una patada con todas las escasas fuerzas que le quedaban. La figura atacante reprimió unos segundos el dolor, lo que ella aprovechó para desatarse de sus horribles garras y dale la espalda.
Pasó horas corriendo. Lo último que notó fue un punzante dolor en el vientre.
Semanas más tarde encontró un guardabosques el cadáver de una niña de no más de 16 años colgada boca abajo de la rama de un árbol. Al cuerpo le faltaban los globos oculares y no presentaba signos de haber órganos en su interior.
Se hizo un nuevo día y la noche quedó olvidada por un sol reponedor. Era el gran día: al fin podrían asistir a aquella excursión tan esperada, pero ninguno de ellos sabía que al iniciar su expedición había comenzado el principio del fin de sus cortas vidas.
Silbaban canciones pasadas de moda, sobretodo interpretadas por ''El último de la fila''. Cuando iban por el segundo redoble de la vibración de la guitarra ya podían divisar a lo lejos el bosque acechante bajo el calor del día.
Habían acabado de montar sus sendas tiendas de campaña y decidieron descansar. El canto de los pájaros resonaba en sus tímpanos y adquirieron sensación de falsa tranquilidad. El río, en armonioso sonido, dejaba ver los peces que se movían inquietos por su fondo. Se hizo la noche y encendieron una fogata.
-¿Pero a quién están matando ahí fuera?- gritó ella a un invisible receptor en el frío de la noche.
Armándose de valor, acertó a colocarse sus zapatillas y a salir a la espesura de la noche. El impacto fue brutal. Calló de bruces contra el suelo y no pudo ver al emisor del ataque. Aquello no podía estar sucediendo. Horas antes sus amigos habían montado el campamento a su lado, pero ahora ya no estaban allí sus tiendas de campaña. Mirando a su alrededor, salió corriendo en la oscuridad de la Luna intentando tanto apagar su voz interna como encontrar el camino a su salvación. Miró hacia una gran e imponente haya y deseó no haberlo hecho nunca. Aquel horrible ser, mezcla de bestia y de hombre exorcizado, la miró con ojos de sed de sangre.
Volvió a caer al suelo por segunda vez y se consiguió apartar de la trayectoria de sus firmes garras, que se clavaron en el húmedo suelo. El miedo la había dejado paralizada; segundos después allí estaba la criatura preparada para otro férreo ataque. La elevó del suelo cogiéndola por el cuello, y ella atinó para darle una patada con todas las escasas fuerzas que le quedaban. La figura atacante reprimió unos segundos el dolor, lo que ella aprovechó para desatarse de sus horribles garras y dale la espalda.
Pasó horas corriendo. Lo último que notó fue un punzante dolor en el vientre.
Semanas más tarde encontró un guardabosques el cadáver de una niña de no más de 16 años colgada boca abajo de la rama de un árbol. Al cuerpo le faltaban los globos oculares y no presentaba signos de haber órganos en su interior.