Aguas
07-feb-2008, 01:44
Bueno, es uno de mis primeros relatos, así que supongo habrá mucho que pulir.
El Asesino
Valencia, 29 de enero de 2008
La luna gibosa comenzaba a menguar, la noche era clara, acompañada de un ligero fresquillo con aromas húmedos de mar, poca gente paseaba en aquel momento por aquellas calles, algún vehículo de cuatro ruedas con dirección su hogar se dejaba ver cada cierto tiempo. Las tres en punto marcaba su reloj, era una hora más que aceptable y decente para estar en cama y descansar de un duro día de trabajo, o eso hubiera pensado una persona cuerda que llevase resistiendo desde la mañana temprana el peso de su cuerpo bajo los pies, pero él no tenía ojos para ver la esfera del tiempo ni para pensar que debería descansar si mañana quería ir en condiciones al oficio.
El ambiente de aquel pequeño antro estaba demasiado cargado, se inhalaba continuamente una mezcla de fragancias de nicotina y alcohol donde quien no estuviera vacunado al vicio se sentiría cuanto más incomodo por la dificultad al respirar, empero no era el caso de estos hombres, que se divertían contando monótonamente las mismas historias de siempre, una y otra vez, incansables. Y cuando les tocaba escuchar lo hacían como si fuera la primera que la oían, o quizás parecían prestar atención mientras dormían temporalmente la caja tonta de pensar, como evadiéndose de todo lo que les rodeara para dejar la mente muerta por un instante, hasta que sus ojos rojos les informara que el portavoz había terminado y deberían responder con unas risas que surgían sin esfuerzo. Todos parecían disfrutar del momento, todos menos uno, el dueño de aquel cuchitril, el único hombre que le estaba sacando rendimiento a la noche, eso sí a base de aguantar los mismos chistes y hazañas de un grupo de cinco borrachuzos incansables. Paco se llamaba el autónomo del sucio lugar, que intentaba ser amable y simpático con sus agotadores clientes, muchas veces pensó en ganar dinero de una mejor forma, en vez de drogar a aquellos miserables todas las noches y vaciarles los bolsillos día a día. Ernesto sin embargo formaba parte del colectivo; era de media estatura, con rizado pelo y muy castaño, rondaría los cuarenta y cinco, pero eso no importa. Su cartera no daba más de sí, y tras pasar los dedos por el interior de la misma se enfadó apretando la mano hasta formar un duro puño, él pretendía seguir un rato más, pero por culpa de su cartera… Se maldecía a sí mismo pensando que cometió un error al pedir les olivetes, seguro que si no las hubiera pedido, tendría para un quinto. Asqueado tanto por dentro como por fuera, se despidió a regañadientes de sus amigos de biberones y de su comadre Paco que lo miraban como un perdido, y con tono de superioridad exclamaba un ebrio compañero, —¡Uno menos!
A tambaleos y apoyándose tras cada uno de ellos en la pared con objetivo de amortiguarlos andaba hasta salir del recinto. Ya fuera se apoyó en la fachada más próxima, descansando, mirando al suelo e imaginando como llegaría a casa; su mujer seguro que no la esperaba despierta, mejor, se dijo en su cabeza, y levantando la vista al frente empezó a caminar por las silenciosas calles, dando tumbos, como un ciego sin vara ni guía, sin la firmeza de un militar o la coherencia de un adulto. Posose en el portal, buscando la llave con poder de abrir el portón de cristal y metal, dos minutos precisos costó encontrar el dichoso instrumento, y dos más para hacerla encajar en el estrecho cerrojo que se resistía a mantenerse quieto en la mente de Ernesto. Finalmente logró rasgar el silencio con el chirrido por falta de aceite en la puerta, y el vientecillo hizo el resto cerrándola de mala manera. Para su suerte, el ascensor le esperaba, una vez dentro marcó el número, y mientras la máquina le hacía subir se dedicó a descansar, cerrando los ojos un instante, lo poco que le costó al montacargas elevarse al piso marcado. Fue el marcado, pero no el deseado. Con cara de pocos amigos ensayó un punta-pie en el duro metal del ascensor, y le costó bajar un piso más a pierna doblada.
Sin intención de volver a buscar las milagrosas llaves, asestó un inseguro dedo en el timbre que molestó cuanto más a sus tímpanos, con la espera no correspondida de que su amable mujer le abriese la entrada. El intento se sumó en un par más y percatándose que no le iban a abrir, tuvo de nuevo y con desgana que buscar la herramienta de latón que encajase con el inquietante cerrojo que tan nervioso ponía a Ernesto, con las prisas que tenía ahora de descansar, que mañana el trabajo le esperaba a las ocho y debía levantarse una hora antes, como todos los días. Eso era la teoría, en la práctica llevaba varios días seguidos llegando con varias horas de impuntualidad y aunque parecía preocuparle, el esfuerzo por corregirlo era nulo. Ya le llamó numerosas veces la atención Don Joaquín el director, amenazándole con el despido, el pensamiento de lo dicho hizo reír tímidamente al bebido que se decía —El bueno de Don Joaquín no me puede despedir, sabe de sobra que tengo una familia que mantener, y ya son años de amistad, ¡Vamos!, le cruzo la cara— Ignorante agresivo y confiado destapaba su parte del lecho para tumbarse. A su lado, su esposa recostada mirando hacia otra parte, parecía que dormía como inerte, inmóvil y sin aprecio de respiración. Pobre infeliz fue la mujer cuando se le escaparon unos suspiros de angustia y delirio y su marido le pregunto si dormía. La desdichada se dio la vuelta cara a él mostrándole unos ojos verdes llenos de sufrimiento, de ellos brotaban seguros signos de tristeza e impotencia que mojaban la cama sin agotamiento. Aquel marido se tomó a mal esas lágrimas que no le excusaban para nada el no abrirle la puerta cuando llamó con anterioridad, así se lo tiró en cara, a lo que ella inmóvil y con desespero le pregunto que por qué bebía. El enfado crecía imparable, llevando la discusión a gritos y empujones contra la pobre que lloraba a mansalva queriéndose morir en ese preciso instante para no seguir soportando aquella penuria que le corrompía su ser. El macho agresivo deseoso de bebida comenzó a asestar golpes contra la mujer que no hacía mucho por defenderse, la golpeó de tal modo que su reloj rompía en miles de pedazos contra la cabeza de la sufrida inocente, y esta seguía llorando, moviendo las manos de arriba a bajo sin impedir la brutalidad de sus actos que la hacían gritar, pero más que el recibimiento de los duros golpes gritaba por la deshonra y la tristeza desbordada de ver sus hijos asomados y asustados en la puerta de la habitación, viendo como el carnicero de su padre maltrataba su esposa. Los hijos del mamarracho la veían sufrir impotentes por no entender la situación, no conocían la maldad de su padre, al menos nunca la vieron así, ese no era su padre, no podía ser él, vale que alguna vez discutieran, pero así no, él no podía ser él. El hermano mayor sugirió al siguiente que fueran a la cama e ignoraran lo pasado, ya tendrían tiempo de preguntar mañana a su madre para que les explicara lo sucedido. Como se equivocaban, no iban a tener más tiempo que ese que desperdiciaban yéndose cobardemente, la mujer sangraba a borbotones, y Ernesto seguía golpeándola, su fin era acabar con la furcia que decía amarle, la que ni se dignaba a abrirle la puerta cuando volvía cansado, que poca vergüenza, como podía haberse casado con una mujer así, se arrepentía profundamente de estar compartiendo descendencia con ella. Su mente no daba más de si, el alcohol miraba por él, y actuaba de igual forma, tomando decisiones que nunca hubiera tomado de haber estado sobrio. Fue un golpe en la sien de la muchacha la que hizo perder el conocimiento, pese a ello, las patadas y puñetazos seguían, ella escupía sangre, él, lagartos, y parándose un momento, luchando ahora dentro de su cabeza por el control de la misma, los arrepentimientos le devoraban. Con furia fue por los hijos sacándoles fuertemente de sus camas, mientras gritaban asustados, por el miedo a lo que podía pasar. El padre los llevaba a rastras por el pasillo, los miedosos duendecillos no lograban agarrarse a nada más fuerte que su padre, llevándose consigo todo tipo de utensilios, incluso la pata de una silla que el mayor encontró por el camino desamparado. El maltratador lloroso abrió la puerta que tanto le costó abrir en su regreso, cual fue su sorpresa al verse agentes de la ley avisados por los buenos de los vecinos corriendo a por él. Sus niños fueron escudo para arrojar en la entrada y servir de entretenimiento a los guardias. Incapaz de otra cosa que de huir corría a su maldita habitación donde yacía el cuerpo de su bella mujer, no con buen color en su piel, ni pulso en sus venas. Y con la malicia en su interior, su miedo a la ley, y su mujer asesinada, no tuvo otro remedio que seguir de un salto por la ventana que cortó cristales, y mientras caía al duro asfalto se paró su tiempo, diéndole a pensar en lo sucedido, martirizándose lo poco que le quedaba de vida, nada más llegar al suelo moriría en el acto, y sentía un duro peso, como si la infidelidad le hubiera nacido, ni mil de sus perdones se perdonaría jamás. El miedo crecía, se apoderaba del alcohol y de lo poco que quedaba de él, la oscuridad se acercaba con fuerza gravitatoria, y antes de llegar a su fin, se dijo << Me hago cargo de lo que el alcohol me hizo y el terror desmesuró >>.
La noche pronto terminaría para hacer cantar a las palomas y teulaíns, logrando como todas las madrugadas una sinfonía de música, dando la pieza introductoria a lo que sería la orquesta de motores y gente que se esperaba como de costumbre, Ernesto y su mujer morían, pero el asesino continuaba entre los demás.
Baldo Taberner Aguas
El Asesino
Valencia, 29 de enero de 2008
La luna gibosa comenzaba a menguar, la noche era clara, acompañada de un ligero fresquillo con aromas húmedos de mar, poca gente paseaba en aquel momento por aquellas calles, algún vehículo de cuatro ruedas con dirección su hogar se dejaba ver cada cierto tiempo. Las tres en punto marcaba su reloj, era una hora más que aceptable y decente para estar en cama y descansar de un duro día de trabajo, o eso hubiera pensado una persona cuerda que llevase resistiendo desde la mañana temprana el peso de su cuerpo bajo los pies, pero él no tenía ojos para ver la esfera del tiempo ni para pensar que debería descansar si mañana quería ir en condiciones al oficio.
El ambiente de aquel pequeño antro estaba demasiado cargado, se inhalaba continuamente una mezcla de fragancias de nicotina y alcohol donde quien no estuviera vacunado al vicio se sentiría cuanto más incomodo por la dificultad al respirar, empero no era el caso de estos hombres, que se divertían contando monótonamente las mismas historias de siempre, una y otra vez, incansables. Y cuando les tocaba escuchar lo hacían como si fuera la primera que la oían, o quizás parecían prestar atención mientras dormían temporalmente la caja tonta de pensar, como evadiéndose de todo lo que les rodeara para dejar la mente muerta por un instante, hasta que sus ojos rojos les informara que el portavoz había terminado y deberían responder con unas risas que surgían sin esfuerzo. Todos parecían disfrutar del momento, todos menos uno, el dueño de aquel cuchitril, el único hombre que le estaba sacando rendimiento a la noche, eso sí a base de aguantar los mismos chistes y hazañas de un grupo de cinco borrachuzos incansables. Paco se llamaba el autónomo del sucio lugar, que intentaba ser amable y simpático con sus agotadores clientes, muchas veces pensó en ganar dinero de una mejor forma, en vez de drogar a aquellos miserables todas las noches y vaciarles los bolsillos día a día. Ernesto sin embargo formaba parte del colectivo; era de media estatura, con rizado pelo y muy castaño, rondaría los cuarenta y cinco, pero eso no importa. Su cartera no daba más de sí, y tras pasar los dedos por el interior de la misma se enfadó apretando la mano hasta formar un duro puño, él pretendía seguir un rato más, pero por culpa de su cartera… Se maldecía a sí mismo pensando que cometió un error al pedir les olivetes, seguro que si no las hubiera pedido, tendría para un quinto. Asqueado tanto por dentro como por fuera, se despidió a regañadientes de sus amigos de biberones y de su comadre Paco que lo miraban como un perdido, y con tono de superioridad exclamaba un ebrio compañero, —¡Uno menos!
A tambaleos y apoyándose tras cada uno de ellos en la pared con objetivo de amortiguarlos andaba hasta salir del recinto. Ya fuera se apoyó en la fachada más próxima, descansando, mirando al suelo e imaginando como llegaría a casa; su mujer seguro que no la esperaba despierta, mejor, se dijo en su cabeza, y levantando la vista al frente empezó a caminar por las silenciosas calles, dando tumbos, como un ciego sin vara ni guía, sin la firmeza de un militar o la coherencia de un adulto. Posose en el portal, buscando la llave con poder de abrir el portón de cristal y metal, dos minutos precisos costó encontrar el dichoso instrumento, y dos más para hacerla encajar en el estrecho cerrojo que se resistía a mantenerse quieto en la mente de Ernesto. Finalmente logró rasgar el silencio con el chirrido por falta de aceite en la puerta, y el vientecillo hizo el resto cerrándola de mala manera. Para su suerte, el ascensor le esperaba, una vez dentro marcó el número, y mientras la máquina le hacía subir se dedicó a descansar, cerrando los ojos un instante, lo poco que le costó al montacargas elevarse al piso marcado. Fue el marcado, pero no el deseado. Con cara de pocos amigos ensayó un punta-pie en el duro metal del ascensor, y le costó bajar un piso más a pierna doblada.
Sin intención de volver a buscar las milagrosas llaves, asestó un inseguro dedo en el timbre que molestó cuanto más a sus tímpanos, con la espera no correspondida de que su amable mujer le abriese la entrada. El intento se sumó en un par más y percatándose que no le iban a abrir, tuvo de nuevo y con desgana que buscar la herramienta de latón que encajase con el inquietante cerrojo que tan nervioso ponía a Ernesto, con las prisas que tenía ahora de descansar, que mañana el trabajo le esperaba a las ocho y debía levantarse una hora antes, como todos los días. Eso era la teoría, en la práctica llevaba varios días seguidos llegando con varias horas de impuntualidad y aunque parecía preocuparle, el esfuerzo por corregirlo era nulo. Ya le llamó numerosas veces la atención Don Joaquín el director, amenazándole con el despido, el pensamiento de lo dicho hizo reír tímidamente al bebido que se decía —El bueno de Don Joaquín no me puede despedir, sabe de sobra que tengo una familia que mantener, y ya son años de amistad, ¡Vamos!, le cruzo la cara— Ignorante agresivo y confiado destapaba su parte del lecho para tumbarse. A su lado, su esposa recostada mirando hacia otra parte, parecía que dormía como inerte, inmóvil y sin aprecio de respiración. Pobre infeliz fue la mujer cuando se le escaparon unos suspiros de angustia y delirio y su marido le pregunto si dormía. La desdichada se dio la vuelta cara a él mostrándole unos ojos verdes llenos de sufrimiento, de ellos brotaban seguros signos de tristeza e impotencia que mojaban la cama sin agotamiento. Aquel marido se tomó a mal esas lágrimas que no le excusaban para nada el no abrirle la puerta cuando llamó con anterioridad, así se lo tiró en cara, a lo que ella inmóvil y con desespero le pregunto que por qué bebía. El enfado crecía imparable, llevando la discusión a gritos y empujones contra la pobre que lloraba a mansalva queriéndose morir en ese preciso instante para no seguir soportando aquella penuria que le corrompía su ser. El macho agresivo deseoso de bebida comenzó a asestar golpes contra la mujer que no hacía mucho por defenderse, la golpeó de tal modo que su reloj rompía en miles de pedazos contra la cabeza de la sufrida inocente, y esta seguía llorando, moviendo las manos de arriba a bajo sin impedir la brutalidad de sus actos que la hacían gritar, pero más que el recibimiento de los duros golpes gritaba por la deshonra y la tristeza desbordada de ver sus hijos asomados y asustados en la puerta de la habitación, viendo como el carnicero de su padre maltrataba su esposa. Los hijos del mamarracho la veían sufrir impotentes por no entender la situación, no conocían la maldad de su padre, al menos nunca la vieron así, ese no era su padre, no podía ser él, vale que alguna vez discutieran, pero así no, él no podía ser él. El hermano mayor sugirió al siguiente que fueran a la cama e ignoraran lo pasado, ya tendrían tiempo de preguntar mañana a su madre para que les explicara lo sucedido. Como se equivocaban, no iban a tener más tiempo que ese que desperdiciaban yéndose cobardemente, la mujer sangraba a borbotones, y Ernesto seguía golpeándola, su fin era acabar con la furcia que decía amarle, la que ni se dignaba a abrirle la puerta cuando volvía cansado, que poca vergüenza, como podía haberse casado con una mujer así, se arrepentía profundamente de estar compartiendo descendencia con ella. Su mente no daba más de si, el alcohol miraba por él, y actuaba de igual forma, tomando decisiones que nunca hubiera tomado de haber estado sobrio. Fue un golpe en la sien de la muchacha la que hizo perder el conocimiento, pese a ello, las patadas y puñetazos seguían, ella escupía sangre, él, lagartos, y parándose un momento, luchando ahora dentro de su cabeza por el control de la misma, los arrepentimientos le devoraban. Con furia fue por los hijos sacándoles fuertemente de sus camas, mientras gritaban asustados, por el miedo a lo que podía pasar. El padre los llevaba a rastras por el pasillo, los miedosos duendecillos no lograban agarrarse a nada más fuerte que su padre, llevándose consigo todo tipo de utensilios, incluso la pata de una silla que el mayor encontró por el camino desamparado. El maltratador lloroso abrió la puerta que tanto le costó abrir en su regreso, cual fue su sorpresa al verse agentes de la ley avisados por los buenos de los vecinos corriendo a por él. Sus niños fueron escudo para arrojar en la entrada y servir de entretenimiento a los guardias. Incapaz de otra cosa que de huir corría a su maldita habitación donde yacía el cuerpo de su bella mujer, no con buen color en su piel, ni pulso en sus venas. Y con la malicia en su interior, su miedo a la ley, y su mujer asesinada, no tuvo otro remedio que seguir de un salto por la ventana que cortó cristales, y mientras caía al duro asfalto se paró su tiempo, diéndole a pensar en lo sucedido, martirizándose lo poco que le quedaba de vida, nada más llegar al suelo moriría en el acto, y sentía un duro peso, como si la infidelidad le hubiera nacido, ni mil de sus perdones se perdonaría jamás. El miedo crecía, se apoderaba del alcohol y de lo poco que quedaba de él, la oscuridad se acercaba con fuerza gravitatoria, y antes de llegar a su fin, se dijo << Me hago cargo de lo que el alcohol me hizo y el terror desmesuró >>.
La noche pronto terminaría para hacer cantar a las palomas y teulaíns, logrando como todas las madrugadas una sinfonía de música, dando la pieza introductoria a lo que sería la orquesta de motores y gente que se esperaba como de costumbre, Ernesto y su mujer morían, pero el asesino continuaba entre los demás.
Baldo Taberner Aguas