Sami
27-ago-2008, 00:50
Hojas al viento
Un viento helado recorrió el escenario arbolado, de luces sombrías. Las hojas secas se deslizaban junto a la corriente, sin detenerse, describiendo un movimiento casi perfecto, una al compás de la otra. Lo esperaba. En realidad él no sabía si lo aguardaba o era parte del juego. Una de las hojas danzantes fue a parar a sus pies, la más amarilla. La que aún no había muerto por completo. Con delicadeza, la tomó. Unos pequeños destellos dorados reflejaban su nombre en el reverso.
-¿Por qué querías tanto que volviera?- resonó una voz clara en el parque solitario.
Él buscó con sus ojos castaños, hasta que finalmente la halló. Se encontraba sentada en una de las ramas más bajas de un árbol de paraíso. Jugaba con un ramillete de flores violetas, de un perfume tan intenso que inundaba todo su espacio.
La miró profundamente, como antes, intentando capturar en su memoria cada simple detalle, cada gesto. Impaciente ante su mutismo, ella se paró enfrente suyo.
-¿Y? ¿No vas a decirme por qué insististe en que apareciera?
La tenía cerca de nuevo, después de tan prolongado sufrimiento. Había rogado tantas noches…
“Una sola oportunidad pido…sólo por un breve instante…quiero verla otra vez…”
Acarició su rostro con infinita ternura, y ese simple contacto de su mano bastó para calmarla. La abrazó fuerte; besó con amor sus labios rosados, mientras las lágrimas no cesaban de caer. Ella comenzaba a recordar el sentimiento que los había unido en vida. Y a cada caricia respondía con otra más dulce aún.
El tiempo se acabó; la tarde concluyó tan abruptamente como se había iniciado.
A pesar de la oscuridad, una luz resplandeciente empezaba a rodearla.
Con tono triste, preguntó:
-¿Me vas a olvidar?
Él sonrió, diciéndole:
-Nunca. Te llevo marcada en el corazón.
La amargura se disipó de su cara, le dedicó su sonrisa más brillante, y se desvaneció. Una nueva ola de hojas se arremolinó durante unos minutos. Luego, todo se calmó.
Despacio, él se marchó de aquel lugar, para no volver jamás.
Un viento helado recorrió el escenario arbolado, de luces sombrías. Las hojas secas se deslizaban junto a la corriente, sin detenerse, describiendo un movimiento casi perfecto, una al compás de la otra. Lo esperaba. En realidad él no sabía si lo aguardaba o era parte del juego. Una de las hojas danzantes fue a parar a sus pies, la más amarilla. La que aún no había muerto por completo. Con delicadeza, la tomó. Unos pequeños destellos dorados reflejaban su nombre en el reverso.
-¿Por qué querías tanto que volviera?- resonó una voz clara en el parque solitario.
Él buscó con sus ojos castaños, hasta que finalmente la halló. Se encontraba sentada en una de las ramas más bajas de un árbol de paraíso. Jugaba con un ramillete de flores violetas, de un perfume tan intenso que inundaba todo su espacio.
La miró profundamente, como antes, intentando capturar en su memoria cada simple detalle, cada gesto. Impaciente ante su mutismo, ella se paró enfrente suyo.
-¿Y? ¿No vas a decirme por qué insististe en que apareciera?
La tenía cerca de nuevo, después de tan prolongado sufrimiento. Había rogado tantas noches…
“Una sola oportunidad pido…sólo por un breve instante…quiero verla otra vez…”
Acarició su rostro con infinita ternura, y ese simple contacto de su mano bastó para calmarla. La abrazó fuerte; besó con amor sus labios rosados, mientras las lágrimas no cesaban de caer. Ella comenzaba a recordar el sentimiento que los había unido en vida. Y a cada caricia respondía con otra más dulce aún.
El tiempo se acabó; la tarde concluyó tan abruptamente como se había iniciado.
A pesar de la oscuridad, una luz resplandeciente empezaba a rodearla.
Con tono triste, preguntó:
-¿Me vas a olvidar?
Él sonrió, diciéndole:
-Nunca. Te llevo marcada en el corazón.
La amargura se disipó de su cara, le dedicó su sonrisa más brillante, y se desvaneció. Una nueva ola de hojas se arremolinó durante unos minutos. Luego, todo se calmó.
Despacio, él se marchó de aquel lugar, para no volver jamás.