rocinante
25-ago-2008, 19:13
Un notable grupo de personas centenarias que viven en la península de Nicoya, en Costa Rica, comparten sus secretos.
http://www.mayoresudp.org/imagrevista/afondo/08/panchita.jpgPanchita la centenaria
Amanecía en el pueblo de Hojancha cuando Tommy Castillo y yo montamos un par de bicicletas y pedaleamos colina abajo, desde su casa de madera pintada de color rosa hacia la brumosa mañana costarricense.
El camino nos hizo pasar junto al consultorio del pueblo y frente a un taller mecánico desde donde sonaba muy fuerte la música local, desde unos pequeños altavoces hacia la calle. Con el placer de quien falta a la escuela a escondidas, bajamos otra colina próxima a la escuela del pueblo, y, desde allí, las casas comenzaron a verse más pequeñas. De un lado del camino, los edificios dieron paso a una pared selvática. La carretera siguió en pendiente hasta cruzar un arroyo, desde el cual, comenzó a subir abruptamente. Tommy, con una gran sonrisa que dejaba ver sus blancos dientes y una gorra de béisbol de los Yankees, se paró sobre los pedales y se me adelantó, mientras yo respiraba agitadamente y el sudor corría por mi espalda.
Ya fuera de la carretera principal, nuestras ruedas trazaron surcos paralelos, pasando un establo y una huerta. La senda terminó en un claro en el que había un gallinero, una casa de madera con techo de chapa y una leñera llena de troncos cortados. En el frente, una mujer que llevaba un vestido color rosa brillante, aros de argolla y un collar de cuentas carnavalesco barría con fuerza el suelo selvático, levantando una nube de polvo. Detrás, se veían unos largos y dorados haces de luz que se filtraban entre los árboles.
“¡Hola, mamá!”, gritó Tommy mientras se bajaba de su bicicleta. La madre de Tommy—Francesca “Panchita” Castillo—, sorprendida, dejó su escoba y dio alegremente la bienvenida a su hijo con un abrazo; después, se volvió hacia mí. “¡Oyeee, Dios me ha bendecido! —exclamó—. ¡Tengo visitas extranjeras!”. Luego, me abrazó.
Nos tomó a ambos de las manos y nos llevó hasta la entrada, donde saltó sobre un banco y comenzó a balancear sus piernas en el aire. Eran apenas las siete y media de la mañana, pero Panchita ya estaba lista para su descanso a media mañana. Estaba levantada desde las cuatro, y ya había rezado sus oraciones matutinas, recogido dos huevos del gallinero, molido maíz a mano, preparado café con agua de pozo —cavado en la piedra caliza, bajo su casa—, y preparado el desayuno de porotos, huevos y tortilla, cortado leña y, con un machete casi tan alto como ella misma, de cinco pies, había cortado la maleza alrededor de su casa. Preguntó si queríamos desayuno. “No —dijo Tommy, que sudaba levemente debajo de su gorra de béisbol—. No tengo hambre”.
“Oh, sabes que sí —lo regañó Panchita—, voy a preparar unos huevos”. Y saltó del banco.
“No, no, mamá —dijo Tommy, moviéndose incómodo en su asiento—. Estoy bien así”.
Panchita se levantó y comenzó a tocar la rodilla de Tommy. “¿Cómo está tu pierna, hijo?”. Unos días antes, él se había lesionado trabajando en la casa.
“¡Mamá, estoy bien, por favor!”, contestó él, haciendo una mueca. Mientras se desarrollaba esta escena, me senté y sonreí al observar el intercambio entre una madre cariñosa y su hijo, quien no quiere sentirse avergonzado delante de un nuevo amigo. Dadas las circunstancias, podía entender a Tommy. Después de todo, él es un hombre de 80 años, ya bisabuelo. Su madre, Panchita, recientemente celebró su centésimo cumpleaños. Hojancha, donde ellos viven, posee una de las poblaciones más saludables y longevas del planeta; ciertamente, un lugar donde los hijos pueden tomarse su tiempo para crecer.
La Zona Azul de Costa Rica
Supe por primera vez de los notables centenarios de Costa Rica, como Panchita, en 2005, luego de publicar en National Geographic mi artículo “The Secrets of Long Life” (Los secretos de una larga vida), en el que identifiqué tres regiones del mundo —Okinawa, Cerdeña y Loma Linda, California— donde la gente vive más tiempo que en cualquier otro lugar; áreas que pasaron a ser conocidas como Zonas Azules. Seguía con la curiosidad de localizar otras Zonas Azules aún no descubiertas. Así, usando mi experiencia como fundador de Quest Network, que ha generado más de una decena de expediciones globales interactivas para una audiencia en línea de 12 millones de estudiantes en 80.000 aulas, reuní un equipo de investigación para indagar sobre un grupo de poblados en la península de Nicoya, en Costa Rica, que prometía ser interesante.
Según nuestras conclusiones, otra Zona Azul en potencia podría existir en esa área. Luego de un viaje preliminar a Nicoya para entrevistar a un grupo aleatorio de, al menos, 20 individuos de más de 90 años, para tener una idea de su estilo de vida y verificar su edad en los archivos nacionales, nos dimos cuenta de que debíamos realizar un segundo viaje, más importante, con un equipo de investigación mayor y un plan para explorar más profundamente las causas por las que esta gente vive tanto tiempo.
Cuando volví a Nicoya en enero de 2007, lo hice armado con un plan y un equipo de expertos.
Establecimos nuestro cuartel general en la hostal Dorati, ubicado en el límite boscoso de Hojancha, cerca del corazón de Nicoya. Su comedor al aire libre —una losa de cemento protegida, cercada por la vegetación— se convirtió en nuestro habitual centro de reuniones. Cada noche producíamos informes y videos cortos para poder examinar nuestros descubrimientos.
La primera noche, luego de cenar, reuní al equipo y les presenté el plan. “Tendremos dos equipos —comencé—. Uno ubicará y entrevistará a la mayor cantidad posible de ancianos en Nicoya. A medida que vayan llegando los resultados, ese equipo informará al resto de nosotros sobre el estado general de esas personas, lo que comen y cualquier otra conducta habitual que muestren. El resto de nosotros estará a cargo de encontrar personas que presenten el perfil de longevidad y de entrevistarlas para obtener sus historias”.
Los días de nuestra expedición fueron progresando satisfactoriamente. Nos despertábamos cada mañana a las siete y nos reuníamos en el comedor, donde tomábamos el desayuno y luego nos separábamos: un equipo para entrevistar gente, el otro para ubicar más ancianos centenarios comprobados, a partir de una lista preparada por la Universidad de San José. Justo antes de la puesta del sol, los equipos regresaban, exaltados por algún nuevo descubrimiento, y se encontraban en el comedor. Luego de la cena, los miembros de cada equipo compartían sus descubrimientos con el resto del grupo.
La historia de Panchita
Una noche, hacia el final de la expedición, fue mi turno de pararme y presentar un informe al equipo. Les conté acerca de Panchita. De muchas maneras, ella representaba todo lo que yo había aprendido hasta entonces sobre la longevidad en Nicoya: los centenarios afortunados eran personas religiosas, dedicadas a la familia, que no le daban importancia al dinero, flexibles, pero finalmente decididas, y sumamente agradables.
Mostré fotografías de Panchita cortando leña, despejando maleza con un machete y caminando por el pueblo con su vestido rosa brillante y el collar de cuentas carnavalesco. Les dije a todos que de los más de 200 centenarios que había entrevistado en diversas partes del mundo, Panchita era la más extraordinaria. “Debes presentármela —dijo la psicóloga del equipo, Elizabeth López, quien tenía un interés especial por el bienestar—. Hasta ahora, he realizado 20 entrevistas, y aún no he visto a nadie como ella”.
Panchita vivía a sólo unos pocos cientos de metros de la hostal Dorati, así que, a la mañana siguiente, Elizabeth y yo fuimos hasta ahí a pie. Caminamos junto a los monos aulladores —encaramados en los árboles de mango—; luego, salimos del camino y entramos en el pueblo de Hojancha. Elizabeth había leído un artículo sobre el proyecto Zona Azul en los periódicos de Costa Rica y, habiéndose jubilado recientemente del Banco Mundial, estaba interesada en participar en algo nuevo. Terminó siendo un regalo de Dios.
Como era nativa de Costa Rica, hablaba español fluidamente y, por lo tanto, servía como enlace perfecto entre nuestro equipo y los entrevistados. Lo que es más, podía ampliar nuestro cuestionario de investigación para que incluyera una forma de medir factores psicológicos —como, por ejemplo, niveles de felicidad y fe— en gente con muchos años de vida. Mientras caminábamos, le pregunté qué estaba descubriendo.
Dan, estos nicoyanos son tan increíbles —contestó—. Son tan positivos y devotos a sus familias. Todos salvo uno de los 33 nicoyanos que hemos conocido viven con su familia”. Elizabeth me miraba, gesticulando mientras caminábamos. “Tienen una maravillosa red de apoyo. También suelen tener una gran cantidad de visitantes, a quienes reciben casi todas las tardes, lo que constituye una red de contención, tanto a nivel físico como psicológico”.
Cruzamos el mismo puente que Tommy y yo habíamos atravesado en bicicleta unos días atrás.
Al llegar a la casa de Panchita, la llamamos a viva voz. Ella abrió una persiana de madera y, al reconocerme, levantó sus manos con una alegría incontenible. Salió apresuradamente para abrazarnos a ambos. “Panchita —dije en voz alta (ella es parcialmente sorda y ciega) —, ésta es Elizabeth, una científica de San José. Quiere visitarla”.
“¡Oh! —exclamó—. Por supuesto. Vengan y siéntense”. Llevaba un festivo vestido con adornos como el que usaba cuando la conocí, pero esta vez era verde en lugar de rosa. Aros largos y de color verde colgaban de sus orejas, y se había peinado hacia atrás su cabello grisáceo, con un peine cubierto de imitaciones de piedras preciosas. Nos condujo hacia dos bancos de madera que delimitaban la entrada.
Elizabeth logró rápidamente conectarse con Panchita, y le preguntó sobre su infancia y su vida cuando era joven. Panchita le contó que era descendiente de un héroe revolucionario cubano y que había tenido una bella infancia.
“En esos días, no había caminos en Nicoya —dijo—. Mi padre era propietario de una casa de huéspedes y, ocasionalmente, llegaban caravanas de mulas. Me levantaba a las tres de la mañana para hacer café y tortillas a los hombres que se quedaban a pasar la noche. Cuidaba de mis padres”. Luego, dirigiéndose a mí, dijo simpáticamente: “Así es, Papi”. Ella siempre me llamaba Papi, un término cariñoso. “Aquellos que honran a sus padres son recompensados por Dios”.
Panchita eludió preguntas directas sobre su matrimonio; pero sabemos que crió a sus cuatro hijos prácticamente sola. La familia vivió con los padres de Panchita hasta que murieron; luego, ella heredó la granja. Allí, la familia cultivaba la mayor parte de sus alimentos. Cuando necesitaban sal o azúcar, Panchita caminaba, ida y vuelta, las 18 millas que los separaban del pueblo para conseguirlos. “La vida era dura en esos tiempos, Papi”.
Una vez —cuando tenía 70 años— estaba bañándose en un río cuando notó que un hombre la observaba. “Me vestí rápidamente y tomé un palo —dijo, revoleando el brazo sobre sí como si aún tuviera la improvisada arma—. Y cuando lo alcancé, casi lo mato a golpes”. Terminó su historia y se puso melancólica... “Oh, Papi —dijo, finalmente—, eso fue algo muy malo. Tuve que pedirle perdón al cura. Pero aun así, Dios me bendice”.
Más adelante en nuestra conversación, su acostumbrado comportamiento festivo se tornó nuevamente serio. Puso su mano sobre mi brazo; tenía el cariñoso hábito de tocar suave, instintivamente, a la gente para enfatizar sus palabras. Miré sus manos, de dedos largos y suaves, y uñas cuidadas; llevaba un anillo de plata dentado en el anular.
“Ellos mataron a mi hijo”, dijo, mirándome fijo con sus ojos marrones. Las líneas de su rostro levemente arrugado reflejaron la tristeza de una tragedia ocurrida hacía 50 años. “Cuando era un hermoso hombre de 20 años, se trabó en una estúpida pelea con un amigo, y éste lo mató”. Permaneció sentada en silencio por un minuto, sus piernas meciéndose hacia adelante y atrás. “Dios hace todo por una razón”, resumió, retomando su brillo. Entonces, con el optimismo característico de muchos centenarios, concluyó: “Hoy soy una mujer bendecida”.
Elizabeth se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “¿Ves lo que quiero decir?”.
Avanzada la mañana, Luis, el niño vecino de 10 años, llegó como todos los días para ayudar a Panchita a capturar los pollos —que correteaban libremente— para encerrarlos en el gallinero. Más tarde, Carmen Gómez, su vecina de 31 años, pasó para ayudarla a barrer los pisos. “No vengo porque esté obligada a hacerlo —me dijo cuando pregunté—. Panchita tiene una manera de alegrarme el día. Todos en Hojancha la aman”.
Al mediodía, Panchita me dijo que era tiempo de preparar el almuerzo. Elizabeth y yo la seguimos a la cocina de su humilde casa. La habitación era sobria y placentera: un pequeño espacio, bien iluminado por dos ventanas que se abrían hacia el patio, una pequeña despensa, un estante de madera, un fregadero de porcelana con agua corriente y una pequeña nevera. Un bol de bananas y papayas, fácilmente accesible, se encontraba sobre el estante, y todo lo demás —porotos, cebollas, ajo, verduras de hoja, maíz, que requieren preparación— estaba fuera de la vista.
Panchita todavía cocinaba en un fogón de leña, el horno de arcilla tradicional de los Chorotega, el pueblo indígena que habitaba Nicoya antes de la llegada de los españoles, en 1522. Se movía despaciosa y pausada, calentando porotos y condimentándolos con ajo y cebollas. De un recipiente de terracota extrajo un maíz grisáceo que había estado macerándose en jugo de lima durante la noche, escurrió los granos y los molió hasta convertirlos en una masa. Amasó unas tortillas y las asó directamente al fuego. Derritió un trozo de manteca de cerdo en una olla de hierro y frió huevos. Finalmente, cortó láminas de queso fresco tan finas como un papel, una tarea impresionante dado que apenas podía ver el queso, y mucho menos, sus dedos.
En alrededor de 30 minutos, nos presentó el almuerzo: pequeñas porciones de porotos, tortillas de maíz y un huevo en un plato pequeño. La porción parecía inmensa, pero era cerca de la mitad de lo que sirven para desayunar en el restaurante de su localidad. “¡La comida da vida!”, gritó, y nos dijo que nos sentáramos y comiéramos. Provocó en mí una profunda humildad como también me sentí privilegiado de que me ofrecieran esta comida preparada por una centenaria; pero luego de mucha discusión amistosa, me las arreglé para convencer a Panchita de que ella y Luis eran quienes deberían comer el almuerzo. Elizabeth y yo teníamos el nuestro esperándonos en la hostal Dorati.
Durante nuestra caminata de regreso, le dije a Elizabeth que coincidía con sus observaciones sobre la fe y la longevidad. La fe de Panchita era sorprendente, su creencia absoluta de que sin importar qué tan mal estuvieran las cosas, Dios se encargaría de todo. Pensando en aquello, me di cuenta de que la mayoría de los 200 centenarios que conocí creían en un poder similar que los guiaba. Le pregunté a Elizabeth si la fe realmente tenía una incidencia profunda en la longevidad.
“Absolutamente —dijo—. Mientras mi equipo realizaba sus entrevistas, noté que cuando se les pregunta a los ancianos que se encuentran en mejor estado de salud ‘cómo están’, siempre contestan: ‘Me siento bien... gracias a Dios’. Pueden estar ciegos y sordos, y tener dolor de huesos, pero aún dicen eso. Los psicólogos llaman a esto un locus de control externo. En otras palabras, tienden a ceder el control sobre sus vidas a Dios. El hecho de que Dios esté en control de sus vidas los alivia de ansiedades que de otra manera podrían sufrir, producidas ya sea por problemas económicos, espirituales o de bienestar. Van por la vida con la tranquila certeza de que alguien los cuida”. Había escuchado sobre un estudio que llegaba a estas conclusiones: los investigadores observaron a participantes que concurrían a servicios religiosos una vez al mes o más. Luego de siete años y medio, los investigadores descubrieron que el riesgo de muerte se reducía hasta en un 35%.
Más tarde ese día, Elizabeth visitó a Panchita y le hizo más preguntas. Durante la cena de esa noche, Elizabeth compartió un momento especial conmigo. “Estaba sola con esta persona adorable y mágica —comenzó—. No vive en una casa hermosa. Es tan pobre, y así y todo está tan satisfecha por lo que tiene. Hay una aceptación total. Pero aún así, quería ayudarla, así que le entregué $20”.
“Y… ¿qué pasó?”, pregunté.
“Me dijo: ‘No tenía dinero para comprar alimentos. Pero sabía que Dios proveería —mientras sostenía mi brazo—. Y ahora lo ha hecho’”.
POR DAN BUETTNER PARA AARP
Dan Buettner es un explorador, escritor y poseedor de un récord del Libro Guinness, cuyo nuevo libro se titula The Blue Zones: Lessons for Living Longer From the People Who’ve Lived the Longest (La Zona Azul: Lecciones para vivir más tiempo, por las personas que más han vivido) (National Geographic).
http://www.mayoresudp.org/imagrevista/afondo/08/panchita.jpgPanchita la centenaria
Amanecía en el pueblo de Hojancha cuando Tommy Castillo y yo montamos un par de bicicletas y pedaleamos colina abajo, desde su casa de madera pintada de color rosa hacia la brumosa mañana costarricense.
El camino nos hizo pasar junto al consultorio del pueblo y frente a un taller mecánico desde donde sonaba muy fuerte la música local, desde unos pequeños altavoces hacia la calle. Con el placer de quien falta a la escuela a escondidas, bajamos otra colina próxima a la escuela del pueblo, y, desde allí, las casas comenzaron a verse más pequeñas. De un lado del camino, los edificios dieron paso a una pared selvática. La carretera siguió en pendiente hasta cruzar un arroyo, desde el cual, comenzó a subir abruptamente. Tommy, con una gran sonrisa que dejaba ver sus blancos dientes y una gorra de béisbol de los Yankees, se paró sobre los pedales y se me adelantó, mientras yo respiraba agitadamente y el sudor corría por mi espalda.
Ya fuera de la carretera principal, nuestras ruedas trazaron surcos paralelos, pasando un establo y una huerta. La senda terminó en un claro en el que había un gallinero, una casa de madera con techo de chapa y una leñera llena de troncos cortados. En el frente, una mujer que llevaba un vestido color rosa brillante, aros de argolla y un collar de cuentas carnavalesco barría con fuerza el suelo selvático, levantando una nube de polvo. Detrás, se veían unos largos y dorados haces de luz que se filtraban entre los árboles.
“¡Hola, mamá!”, gritó Tommy mientras se bajaba de su bicicleta. La madre de Tommy—Francesca “Panchita” Castillo—, sorprendida, dejó su escoba y dio alegremente la bienvenida a su hijo con un abrazo; después, se volvió hacia mí. “¡Oyeee, Dios me ha bendecido! —exclamó—. ¡Tengo visitas extranjeras!”. Luego, me abrazó.
Nos tomó a ambos de las manos y nos llevó hasta la entrada, donde saltó sobre un banco y comenzó a balancear sus piernas en el aire. Eran apenas las siete y media de la mañana, pero Panchita ya estaba lista para su descanso a media mañana. Estaba levantada desde las cuatro, y ya había rezado sus oraciones matutinas, recogido dos huevos del gallinero, molido maíz a mano, preparado café con agua de pozo —cavado en la piedra caliza, bajo su casa—, y preparado el desayuno de porotos, huevos y tortilla, cortado leña y, con un machete casi tan alto como ella misma, de cinco pies, había cortado la maleza alrededor de su casa. Preguntó si queríamos desayuno. “No —dijo Tommy, que sudaba levemente debajo de su gorra de béisbol—. No tengo hambre”.
“Oh, sabes que sí —lo regañó Panchita—, voy a preparar unos huevos”. Y saltó del banco.
“No, no, mamá —dijo Tommy, moviéndose incómodo en su asiento—. Estoy bien así”.
Panchita se levantó y comenzó a tocar la rodilla de Tommy. “¿Cómo está tu pierna, hijo?”. Unos días antes, él se había lesionado trabajando en la casa.
“¡Mamá, estoy bien, por favor!”, contestó él, haciendo una mueca. Mientras se desarrollaba esta escena, me senté y sonreí al observar el intercambio entre una madre cariñosa y su hijo, quien no quiere sentirse avergonzado delante de un nuevo amigo. Dadas las circunstancias, podía entender a Tommy. Después de todo, él es un hombre de 80 años, ya bisabuelo. Su madre, Panchita, recientemente celebró su centésimo cumpleaños. Hojancha, donde ellos viven, posee una de las poblaciones más saludables y longevas del planeta; ciertamente, un lugar donde los hijos pueden tomarse su tiempo para crecer.
La Zona Azul de Costa Rica
Supe por primera vez de los notables centenarios de Costa Rica, como Panchita, en 2005, luego de publicar en National Geographic mi artículo “The Secrets of Long Life” (Los secretos de una larga vida), en el que identifiqué tres regiones del mundo —Okinawa, Cerdeña y Loma Linda, California— donde la gente vive más tiempo que en cualquier otro lugar; áreas que pasaron a ser conocidas como Zonas Azules. Seguía con la curiosidad de localizar otras Zonas Azules aún no descubiertas. Así, usando mi experiencia como fundador de Quest Network, que ha generado más de una decena de expediciones globales interactivas para una audiencia en línea de 12 millones de estudiantes en 80.000 aulas, reuní un equipo de investigación para indagar sobre un grupo de poblados en la península de Nicoya, en Costa Rica, que prometía ser interesante.
Según nuestras conclusiones, otra Zona Azul en potencia podría existir en esa área. Luego de un viaje preliminar a Nicoya para entrevistar a un grupo aleatorio de, al menos, 20 individuos de más de 90 años, para tener una idea de su estilo de vida y verificar su edad en los archivos nacionales, nos dimos cuenta de que debíamos realizar un segundo viaje, más importante, con un equipo de investigación mayor y un plan para explorar más profundamente las causas por las que esta gente vive tanto tiempo.
Cuando volví a Nicoya en enero de 2007, lo hice armado con un plan y un equipo de expertos.
Establecimos nuestro cuartel general en la hostal Dorati, ubicado en el límite boscoso de Hojancha, cerca del corazón de Nicoya. Su comedor al aire libre —una losa de cemento protegida, cercada por la vegetación— se convirtió en nuestro habitual centro de reuniones. Cada noche producíamos informes y videos cortos para poder examinar nuestros descubrimientos.
La primera noche, luego de cenar, reuní al equipo y les presenté el plan. “Tendremos dos equipos —comencé—. Uno ubicará y entrevistará a la mayor cantidad posible de ancianos en Nicoya. A medida que vayan llegando los resultados, ese equipo informará al resto de nosotros sobre el estado general de esas personas, lo que comen y cualquier otra conducta habitual que muestren. El resto de nosotros estará a cargo de encontrar personas que presenten el perfil de longevidad y de entrevistarlas para obtener sus historias”.
Los días de nuestra expedición fueron progresando satisfactoriamente. Nos despertábamos cada mañana a las siete y nos reuníamos en el comedor, donde tomábamos el desayuno y luego nos separábamos: un equipo para entrevistar gente, el otro para ubicar más ancianos centenarios comprobados, a partir de una lista preparada por la Universidad de San José. Justo antes de la puesta del sol, los equipos regresaban, exaltados por algún nuevo descubrimiento, y se encontraban en el comedor. Luego de la cena, los miembros de cada equipo compartían sus descubrimientos con el resto del grupo.
La historia de Panchita
Una noche, hacia el final de la expedición, fue mi turno de pararme y presentar un informe al equipo. Les conté acerca de Panchita. De muchas maneras, ella representaba todo lo que yo había aprendido hasta entonces sobre la longevidad en Nicoya: los centenarios afortunados eran personas religiosas, dedicadas a la familia, que no le daban importancia al dinero, flexibles, pero finalmente decididas, y sumamente agradables.
Mostré fotografías de Panchita cortando leña, despejando maleza con un machete y caminando por el pueblo con su vestido rosa brillante y el collar de cuentas carnavalesco. Les dije a todos que de los más de 200 centenarios que había entrevistado en diversas partes del mundo, Panchita era la más extraordinaria. “Debes presentármela —dijo la psicóloga del equipo, Elizabeth López, quien tenía un interés especial por el bienestar—. Hasta ahora, he realizado 20 entrevistas, y aún no he visto a nadie como ella”.
Panchita vivía a sólo unos pocos cientos de metros de la hostal Dorati, así que, a la mañana siguiente, Elizabeth y yo fuimos hasta ahí a pie. Caminamos junto a los monos aulladores —encaramados en los árboles de mango—; luego, salimos del camino y entramos en el pueblo de Hojancha. Elizabeth había leído un artículo sobre el proyecto Zona Azul en los periódicos de Costa Rica y, habiéndose jubilado recientemente del Banco Mundial, estaba interesada en participar en algo nuevo. Terminó siendo un regalo de Dios.
Como era nativa de Costa Rica, hablaba español fluidamente y, por lo tanto, servía como enlace perfecto entre nuestro equipo y los entrevistados. Lo que es más, podía ampliar nuestro cuestionario de investigación para que incluyera una forma de medir factores psicológicos —como, por ejemplo, niveles de felicidad y fe— en gente con muchos años de vida. Mientras caminábamos, le pregunté qué estaba descubriendo.
Dan, estos nicoyanos son tan increíbles —contestó—. Son tan positivos y devotos a sus familias. Todos salvo uno de los 33 nicoyanos que hemos conocido viven con su familia”. Elizabeth me miraba, gesticulando mientras caminábamos. “Tienen una maravillosa red de apoyo. También suelen tener una gran cantidad de visitantes, a quienes reciben casi todas las tardes, lo que constituye una red de contención, tanto a nivel físico como psicológico”.
Cruzamos el mismo puente que Tommy y yo habíamos atravesado en bicicleta unos días atrás.
Al llegar a la casa de Panchita, la llamamos a viva voz. Ella abrió una persiana de madera y, al reconocerme, levantó sus manos con una alegría incontenible. Salió apresuradamente para abrazarnos a ambos. “Panchita —dije en voz alta (ella es parcialmente sorda y ciega) —, ésta es Elizabeth, una científica de San José. Quiere visitarla”.
“¡Oh! —exclamó—. Por supuesto. Vengan y siéntense”. Llevaba un festivo vestido con adornos como el que usaba cuando la conocí, pero esta vez era verde en lugar de rosa. Aros largos y de color verde colgaban de sus orejas, y se había peinado hacia atrás su cabello grisáceo, con un peine cubierto de imitaciones de piedras preciosas. Nos condujo hacia dos bancos de madera que delimitaban la entrada.
Elizabeth logró rápidamente conectarse con Panchita, y le preguntó sobre su infancia y su vida cuando era joven. Panchita le contó que era descendiente de un héroe revolucionario cubano y que había tenido una bella infancia.
“En esos días, no había caminos en Nicoya —dijo—. Mi padre era propietario de una casa de huéspedes y, ocasionalmente, llegaban caravanas de mulas. Me levantaba a las tres de la mañana para hacer café y tortillas a los hombres que se quedaban a pasar la noche. Cuidaba de mis padres”. Luego, dirigiéndose a mí, dijo simpáticamente: “Así es, Papi”. Ella siempre me llamaba Papi, un término cariñoso. “Aquellos que honran a sus padres son recompensados por Dios”.
Panchita eludió preguntas directas sobre su matrimonio; pero sabemos que crió a sus cuatro hijos prácticamente sola. La familia vivió con los padres de Panchita hasta que murieron; luego, ella heredó la granja. Allí, la familia cultivaba la mayor parte de sus alimentos. Cuando necesitaban sal o azúcar, Panchita caminaba, ida y vuelta, las 18 millas que los separaban del pueblo para conseguirlos. “La vida era dura en esos tiempos, Papi”.
Una vez —cuando tenía 70 años— estaba bañándose en un río cuando notó que un hombre la observaba. “Me vestí rápidamente y tomé un palo —dijo, revoleando el brazo sobre sí como si aún tuviera la improvisada arma—. Y cuando lo alcancé, casi lo mato a golpes”. Terminó su historia y se puso melancólica... “Oh, Papi —dijo, finalmente—, eso fue algo muy malo. Tuve que pedirle perdón al cura. Pero aun así, Dios me bendice”.
Más adelante en nuestra conversación, su acostumbrado comportamiento festivo se tornó nuevamente serio. Puso su mano sobre mi brazo; tenía el cariñoso hábito de tocar suave, instintivamente, a la gente para enfatizar sus palabras. Miré sus manos, de dedos largos y suaves, y uñas cuidadas; llevaba un anillo de plata dentado en el anular.
“Ellos mataron a mi hijo”, dijo, mirándome fijo con sus ojos marrones. Las líneas de su rostro levemente arrugado reflejaron la tristeza de una tragedia ocurrida hacía 50 años. “Cuando era un hermoso hombre de 20 años, se trabó en una estúpida pelea con un amigo, y éste lo mató”. Permaneció sentada en silencio por un minuto, sus piernas meciéndose hacia adelante y atrás. “Dios hace todo por una razón”, resumió, retomando su brillo. Entonces, con el optimismo característico de muchos centenarios, concluyó: “Hoy soy una mujer bendecida”.
Elizabeth se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “¿Ves lo que quiero decir?”.
Avanzada la mañana, Luis, el niño vecino de 10 años, llegó como todos los días para ayudar a Panchita a capturar los pollos —que correteaban libremente— para encerrarlos en el gallinero. Más tarde, Carmen Gómez, su vecina de 31 años, pasó para ayudarla a barrer los pisos. “No vengo porque esté obligada a hacerlo —me dijo cuando pregunté—. Panchita tiene una manera de alegrarme el día. Todos en Hojancha la aman”.
Al mediodía, Panchita me dijo que era tiempo de preparar el almuerzo. Elizabeth y yo la seguimos a la cocina de su humilde casa. La habitación era sobria y placentera: un pequeño espacio, bien iluminado por dos ventanas que se abrían hacia el patio, una pequeña despensa, un estante de madera, un fregadero de porcelana con agua corriente y una pequeña nevera. Un bol de bananas y papayas, fácilmente accesible, se encontraba sobre el estante, y todo lo demás —porotos, cebollas, ajo, verduras de hoja, maíz, que requieren preparación— estaba fuera de la vista.
Panchita todavía cocinaba en un fogón de leña, el horno de arcilla tradicional de los Chorotega, el pueblo indígena que habitaba Nicoya antes de la llegada de los españoles, en 1522. Se movía despaciosa y pausada, calentando porotos y condimentándolos con ajo y cebollas. De un recipiente de terracota extrajo un maíz grisáceo que había estado macerándose en jugo de lima durante la noche, escurrió los granos y los molió hasta convertirlos en una masa. Amasó unas tortillas y las asó directamente al fuego. Derritió un trozo de manteca de cerdo en una olla de hierro y frió huevos. Finalmente, cortó láminas de queso fresco tan finas como un papel, una tarea impresionante dado que apenas podía ver el queso, y mucho menos, sus dedos.
En alrededor de 30 minutos, nos presentó el almuerzo: pequeñas porciones de porotos, tortillas de maíz y un huevo en un plato pequeño. La porción parecía inmensa, pero era cerca de la mitad de lo que sirven para desayunar en el restaurante de su localidad. “¡La comida da vida!”, gritó, y nos dijo que nos sentáramos y comiéramos. Provocó en mí una profunda humildad como también me sentí privilegiado de que me ofrecieran esta comida preparada por una centenaria; pero luego de mucha discusión amistosa, me las arreglé para convencer a Panchita de que ella y Luis eran quienes deberían comer el almuerzo. Elizabeth y yo teníamos el nuestro esperándonos en la hostal Dorati.
Durante nuestra caminata de regreso, le dije a Elizabeth que coincidía con sus observaciones sobre la fe y la longevidad. La fe de Panchita era sorprendente, su creencia absoluta de que sin importar qué tan mal estuvieran las cosas, Dios se encargaría de todo. Pensando en aquello, me di cuenta de que la mayoría de los 200 centenarios que conocí creían en un poder similar que los guiaba. Le pregunté a Elizabeth si la fe realmente tenía una incidencia profunda en la longevidad.
“Absolutamente —dijo—. Mientras mi equipo realizaba sus entrevistas, noté que cuando se les pregunta a los ancianos que se encuentran en mejor estado de salud ‘cómo están’, siempre contestan: ‘Me siento bien... gracias a Dios’. Pueden estar ciegos y sordos, y tener dolor de huesos, pero aún dicen eso. Los psicólogos llaman a esto un locus de control externo. En otras palabras, tienden a ceder el control sobre sus vidas a Dios. El hecho de que Dios esté en control de sus vidas los alivia de ansiedades que de otra manera podrían sufrir, producidas ya sea por problemas económicos, espirituales o de bienestar. Van por la vida con la tranquila certeza de que alguien los cuida”. Había escuchado sobre un estudio que llegaba a estas conclusiones: los investigadores observaron a participantes que concurrían a servicios religiosos una vez al mes o más. Luego de siete años y medio, los investigadores descubrieron que el riesgo de muerte se reducía hasta en un 35%.
Más tarde ese día, Elizabeth visitó a Panchita y le hizo más preguntas. Durante la cena de esa noche, Elizabeth compartió un momento especial conmigo. “Estaba sola con esta persona adorable y mágica —comenzó—. No vive en una casa hermosa. Es tan pobre, y así y todo está tan satisfecha por lo que tiene. Hay una aceptación total. Pero aún así, quería ayudarla, así que le entregué $20”.
“Y… ¿qué pasó?”, pregunté.
“Me dijo: ‘No tenía dinero para comprar alimentos. Pero sabía que Dios proveería —mientras sostenía mi brazo—. Y ahora lo ha hecho’”.
POR DAN BUETTNER PARA AARP
Dan Buettner es un explorador, escritor y poseedor de un récord del Libro Guinness, cuyo nuevo libro se titula The Blue Zones: Lessons for Living Longer From the People Who’ve Lived the Longest (La Zona Azul: Lecciones para vivir más tiempo, por las personas que más han vivido) (National Geographic).