Wavebly
22-ago-2008, 05:47
Hacía calor, mucho calor. Aquella noche me encontraba sentado en un viejo banco del parque de la arboleda fumando un cigarrillo. El humo avanzaba lento, como perezoso, como si el calor le afectase. Mientras, los árboles, suavemente agitados por el cálido aire que azotaba levemente la escena parecían susurrarse cosas, pero lo hacían con tal sutileza que no lograba entender ninguna de sus frases.
La noche era hermosa, estrellada y con una enorme luna llena que iluminaba cada rincón del asombroso paraje. Me mantuve unos segundos observando como la naturaleza convivía con armonía, relajada, ignorando mi presencia.
Terminé el cigarrillo, lo tiré al suelo y lo pisé, fue entonces cuando me sentí observado. Los árboles comenzaron a gruñir y el viento se enfureció a su vez, golpeándome violentamente el rostro y consiguiendo despeinar mi ya de por si rebelde cabello.
Tras ese acto de venganza todo volvió a calmarse y la escena recupero su armonía. Fue entonces cuando su imagen vino a mi cabeza, sus preciosos ojos azules, su sedoso y suave cabello, negro como el corazón de Judas pero hermoso como una puesta de sol. Su cuerpo perfecto, tentación irresistible, como si miles de años después Helena de Troya le hubiese regalado cada milímetro de su belleza. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda.
¿Cuánto hace que no la veía? ¿Cinco años? quizás más. Lo que si recuerdo perfectamente es la última noche que pasé a su lado. Fue la última vez que hicimos el amor. Recuerdo el suave tacto de su piel, sus redondeados y aterciopelados pechos, su respiración entrecortada, la fuerza con la que me apretaba entre sus brazos, la dulzura de sus besos y sus carnosos labios. Como olvidar esa noche y como olvidarla a ella.
Me levanté de aquel banco y caminé lentamente hacía la salida. Su recuerdo revoloteaba en mi mente, y a cada paso que daba la sensación de angustia por haberla perdido iba apoderándose de mí. De repente paré en seco, como si la tierra, el viento o la naturaleza sujetasen mis piernas, miré a mí alrededor buscando al causante de mi parálisis, sin embargo, no logré encontrarlo, todo parecía estar en su sitio. No sabía que hacer así que cerré los ojos.
Cuando los volví a abrir ya no estaba en aquel parque. Estaba tumbado sobre una cama, el sudor empapaba mi cuerpo y la oscuridad reinaba sobre lo que suponía era una habitación. Desconcertado busqué un interruptor de la luz, el cual encontré a escasos centímetros. Me incorporé un poco y descubrí que no estaba sólo. La figura que dormía junto a mí se giró y me miró fijamente a los ojos, esbozando una sonrisa.
Era ella, todo había sido un sueño, no la había perdido, estaba allí junto a mí, mirándome con esos infinitos ojos azules. No logré decir nada, no me salieron las palabras, así que me abalancé sobre ella y la besé con dulzura, intentando disfrutar de aquel momento, temiendo que al volver a cerrar los ojos volviese a aquel parque. Pero qué importaba eso, ya que al menos por esa noche volvía a tenerla a mi lado.
La noche era hermosa, estrellada y con una enorme luna llena que iluminaba cada rincón del asombroso paraje. Me mantuve unos segundos observando como la naturaleza convivía con armonía, relajada, ignorando mi presencia.
Terminé el cigarrillo, lo tiré al suelo y lo pisé, fue entonces cuando me sentí observado. Los árboles comenzaron a gruñir y el viento se enfureció a su vez, golpeándome violentamente el rostro y consiguiendo despeinar mi ya de por si rebelde cabello.
Tras ese acto de venganza todo volvió a calmarse y la escena recupero su armonía. Fue entonces cuando su imagen vino a mi cabeza, sus preciosos ojos azules, su sedoso y suave cabello, negro como el corazón de Judas pero hermoso como una puesta de sol. Su cuerpo perfecto, tentación irresistible, como si miles de años después Helena de Troya le hubiese regalado cada milímetro de su belleza. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda.
¿Cuánto hace que no la veía? ¿Cinco años? quizás más. Lo que si recuerdo perfectamente es la última noche que pasé a su lado. Fue la última vez que hicimos el amor. Recuerdo el suave tacto de su piel, sus redondeados y aterciopelados pechos, su respiración entrecortada, la fuerza con la que me apretaba entre sus brazos, la dulzura de sus besos y sus carnosos labios. Como olvidar esa noche y como olvidarla a ella.
Me levanté de aquel banco y caminé lentamente hacía la salida. Su recuerdo revoloteaba en mi mente, y a cada paso que daba la sensación de angustia por haberla perdido iba apoderándose de mí. De repente paré en seco, como si la tierra, el viento o la naturaleza sujetasen mis piernas, miré a mí alrededor buscando al causante de mi parálisis, sin embargo, no logré encontrarlo, todo parecía estar en su sitio. No sabía que hacer así que cerré los ojos.
Cuando los volví a abrir ya no estaba en aquel parque. Estaba tumbado sobre una cama, el sudor empapaba mi cuerpo y la oscuridad reinaba sobre lo que suponía era una habitación. Desconcertado busqué un interruptor de la luz, el cual encontré a escasos centímetros. Me incorporé un poco y descubrí que no estaba sólo. La figura que dormía junto a mí se giró y me miró fijamente a los ojos, esbozando una sonrisa.
Era ella, todo había sido un sueño, no la había perdido, estaba allí junto a mí, mirándome con esos infinitos ojos azules. No logré decir nada, no me salieron las palabras, así que me abalancé sobre ella y la besé con dulzura, intentando disfrutar de aquel momento, temiendo que al volver a cerrar los ojos volviese a aquel parque. Pero qué importaba eso, ya que al menos por esa noche volvía a tenerla a mi lado.