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Ver la Versión Completa : Amor de cementerio


rocinante
04-ago-2008, 18:19
Terror da poco y el tema es, y está, muy manido, pero se hace lo que se puede

Rocinante 21/07/2005


Se había acostumbrado y casi lo tenía como normalidad, vivir en la soledad diaria y continua. Su existir, era un alejamiento progresivo y continuo de la compañía de los demás y del ruido de la ciudad. Cuando sus padres, única familia por las que estaba obligado a su diaria compañía, murieron, sus treinta y cinco años se vieron libres de lo que para el había representado una penosa tarea, y entonces, libre al fin de la obligada compañía. Ya pudo hacer lo que tanto deseaba, huir de aquellas calles, llenas siempre de gentes, de coches, y de ruido. Se trasladó a un grupo de casas unifamiliares, recién edificadas en la ladera de una montaña en donde, con el dinero de la venta de la casa de sus progenitores, se compró una de aquellas casitas apartadas de las demás, que estaba como las otras, repartidas por la suave pendiente montañosa, y rodeada de un pequeño jardín, además de un silencio denso y reconfortante.

Desde allí, desde su porche, podía verla en toda su amplitud. a la ciudad que a lo lejos se agazapaba bajo la densa capa de humo. Con el infinito horizonte del Mar al fondo y con lejana aparición, de las tapias del Cementerio. Lugar al que acudía, ahora con más frecuencia que nunca. En el Campo Santo encontraba una paz que necesitaba, pero era cuando caía la noche, cuando se encontraba en los mejores momentos de su vida.

Desde que vivía en aquella casa, rodeado de vecinos tan alejados, y desconocidos que nunca veía, y quizás, porque su trabajo nocturno le había viciado el cuerpo, .acostumbraba a salir a pasear por las noches, cuando sabia que no podía encontrarse con nadie. Y era feliz entonces, desplazándose por entre árboles y maleza desiertas, en medio de la noche en medio de un enorme silencio, con sus pasos crujientes que involuntariamente sobresaltaba, a confiados animalillos del bosque o a parejas de enamorados, que creyéndole una aparición, o un espectro del más allá, salían huyendo despavorido, al verle, sin que él, tuviera el más mínimo deseo de molestar a nada ni a nadie. Nunca se lo había preguntado, pero aquello que le ocurría.

¿Seria una extraña enfermedad?

No le preocupaba, su manera de ser y de vivir, había sido siempre así y le gustaba ser como era, una sombra silenciosa, anónimamente alejado de los demás y estar lo más ignorante posible de toda relación humana. La sola presencia de un ser vivo, aunque este fuese solo un animal, le inquietaba. Mientras, pasaban los días y los años, y cada vez se alejaba más, y se perdía más su relación con las vidas de sus semejantes. Durante el día no conseguía la tranquilidad plena que tanto necesitaba, se encerraba en sus cuatro paredes, ansiando que llegara las sombras de la noche, para que, cuando estas asomaban por la puerta, hiciera el tiempo que hiciera, perderse caminando en la oscuridad, y vagar como una sombra.

La comida la pedía por encargo, procurando no ver a nadie ni relacionarse con nadie. Su paz interior, su ilusión por la vida, la encontraba por las solitarias y oscuras calles y en los recovecos y rincones aislados de la montaña y fue por este tiempo cuando empezó a frecuentar el Cementerio. Ese placer mórbido, innatos que lo animaba, lo descubrió en el entierro de los restos, de un antiguo compañero de trabajo. Aquella mañana llovía torrencialmente, y aún así, como era su costumbre, se fue caminando bajo su viejo paraguas hasta el Camposanto, llegó allí muy temprano, era invierno y tardaba mucho en amanecer. Las puertas del tétrico recinto, al encontrase este en obras, aparecían desmontadas, y caídas en el suelo. No obstante entro, y se dedicó a pasear de un lado para otro, por las callejuelas vacías, con paredes llenas de nichos, esforzándose en lentos paseos, y en la completa oscuridad de aquella noche tormentosa, en ver los nombres y dedicatorias de los difuntos.


Desde aquel día se acostumbró, a esta macabra distracción, y cada madrugada encontraba la manera de entrar allí, y pasear una y otra vez por aquel silencio y aquella paz, que tanto le gustaba. Y fue en una de aquellas negras madrugadas cuando la conoció. Ella estaba sentada tranquilamente en las escalinatas de la subida a las terrazas superiores, a la que rodeaba un pequeño jardín. En su silueta negra de impermeable brillante y distante, destacaba, como un punto de luz en la noche la diminuta brasa de un cigarrillo. El amante de la noche, se fue acercando, movido por la enorme curiosidad que le despertaba la presencia de la mujer en aquel sitio y en aquella hora tan desacostumbrada, y a la vez, el que no conocía el miedo, y ni sabia de las apariciones, y de las leyendas que se cuentan, pasan por los cementerios, para asegurarse de si aquella visión, era real o una macabra alucinación,. se acercó.

Lo primero que vio de ella al aproximarse, fue una de sus manos, fina, cuidada, de dedos largos y elegantes. Fumaba, y el humo que se espesaba por la humedad del aire, se enroscaba en su abundante melena negra que le caía adornando una cara, serena, ausente de intranquilidad o de miedo.
Había dejado de llover, y las estrellas de un cielo limpio se dejaban ver en el firmamento

-j Hola, Buenas noches...

-¡Espera a alguien.- ¿Le ocurre algo?

La joven que aparentaba veintitantos años, pareció no sorprenderse, ni por la llegada del hombre, ni por aquellas palabras que resonaron fuertes, en el tétrico silencio, y que hicieron eco por entre las lápidas de las tumbas cercanas.

La mujer ni siquiera se movió para mirarle, solo se limitó a recibirlo con la indiferente mirada de unos ojos negros, profundos, y hermosos como la noche que les rodeaba, pero carentes de ningún sentimiento.

Mientras el hombre terminaba por llegar y estar junto a ella. Iba recordando, sus tristes experiencias sexuales con las vulgares prostitutas, carentes de sentimientos y movidas solo por el interés del dinero. Nunca había conocido en profundidad a una chica. Su peculiar forma de vida le había alejado de las mujeres, y ahora tenia a su lado, una que era realmente hermosa y elegante, y que parecía compartir con el, sus extravagantes distracciones.

Como si la actitud silenciosa y serena de ella le invitara a sentarse, así lo hizo, y empezó una amigable charla que duró varias horas justo, hasta que las primeras luces de un amanecer cercano, aparecieron en la lejanía. Entonces fue ella la primera que se levantó con la intención de despedirse.

.- Volveré a verte por aquí.-.- Claro.- dijo ella...

Moviendo para decir eso, unos labios gordonzuelos y sensuales enseñando, al hacerlo, una vez más su blanca dentadura de dientes perfectos, anacarados y brillantes.

.- Por estas fechas tengo tanto trabajo, que incluso me tengo que quedar aquí, por las noches, para no tener que madrugar tanto..-

Era verdad, la luz de las pequeñas oficinas cercanas que estaban al otro lado de aquel reducido jardín, permanecían encendidas, Entonces, cuando se incorporó, se pudo ver lo alta y esbelta que era, y como se movía en la noche, con movimientos felinos y si sonidos,

.-Hasta mañana entonces, ¿estará por aquí
.- Si seguro, de eso no te quepa la menor duda.-


Espero a que ella entrara en su lugar de trabajo, apagara la luz, y saliera, para sin decir nada, acompañarla hasta la salida, allí se separaron. Ella desapareció en la oscuridad de la carretera que bajaba a la ciudad, y el se quedó mirándola como lentamente se difuminaba, hasta desaparecer, en la distancia.
El hombre amante de la noche se había enamorado, y ya desde aquella noche no dejó de pensar en ella.

Enigmática, misteriosa, segura de si misma, valiente, era lo que esperaba encontrar en una mujer, y la recién conocida parecía tener todas esas cualidades. Sentía que pertenecía a aquella mujer, desde el momento que la conoció. Que él le pertenecía, se consideraba suyo. Aquella era la mujer de su vida.

Las horas les fueron eternas y lentas hasta la noche siguiente. Ahora esperaba la oscuridad, con una ansiedad acuciaste, como si en ello le fuera el resto de su vida. Por eso cuando de nuevo su esbelta figura se recortó en la difusa claridad del mármol blanco de las escalinatas, el corazón le dio un vuelco. Habló, hablaron pero los ojos del él estuvieron pendientes de la enigmática mujer como si no le importara otra cosa en la vida, que aquellos ojos oscuros y misteriosos.

Hasta que sin decir ninguna palabra, en un gesto involuntario, le cogió la, mano y la estrecho con vehemencia.

La sintió fría, desagradable pero al hombre no apareció importarle. Ella mientras sin imitarse, le miraba desde aquélla distancia y frialdad de siempre, como desde muy lejos. Como desde otro lugar. Entonces ella lo abrazó, se pegó a él con fuerza, con una fuerza extraña, impropia de aquel cuerpo, y le paso unos brazos como tentáculos por la espalda. Antes de que sus labios se juntaran, el hombre de la noche sintió que se perdía en el algo que no sabia entender. Su corazón empezó a latir con fuerzas, mientras un rayo de Luna reflejada en la cara de su amor le hizo removerse de espanto. Ella se estaba desfigurando' por momentos, ella, se estaba descomponiendo a su vista. Su melena antes abundante se estaba convirtiendo en unos pelos hirsutos y descoloridos. El cuerpo hermoso de ella se escapaba de sus brazos, Desaparecía, como por encanto su volumen de carnes prietas. Su corazón mientras parecía enloquecer, sus latidos fuertes como punzadas de un dolor que aumentaba, le hacían daño en la garganta. Ella mientras reía, reía a carcajadas con una voz siniestra como de ultratumba, que parecía venir de muy lejos, repitiendo.

:-.jajajajaja,. Me buscabas, me buscabas tanto. Por eso he venido a llevarte conmigo jajaja JaJa.

De repente, la mano delicada de ella, que ahora era una garra de acero penetro como una saeta en su pecho y le aferro el corazón con tanta fuerza que el se moría de dolor y de asfixia. Se moría, y antes de caer al suelo definitivamente muerto, aún pudo ver la macabra realidad, del amor que creyó encontrar.

La mujer, ya no era si no un esqueleto descarnado, una fea calavera pelada de toda piel, con la cuenca de sus ojos negras y un enorme agujero de una boca sin dientes. Había conocido y encontrado a la Muerte. Su amor era la misma Muerte, la Parca que una noche vino a su encuentro. La Muerte que se alegraba con su nueva conquista, riéndose, burlándose del mortal cuyos ecos aún resonaba en sus oídos como una macabra cantinela, cuando por fin perdió el Mundo de vista.

Un infarto, uno más, de los que matan cada día a cientos de ciudadanos anónimos. Eso dijo el forense, cuando levantaron el cadáver, de las escalinatas que subían, a las terrazas superiores del Cementerio.