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Ver la Versión Completa : Desertor, otra leyenda de Piedra


José Arquero
26-jul-2008, 14:18
Em atención a Maria Elena, y a los demás, claro, ahí va otra leyendita del Monasterio de Piedra, sólo que ésta ocurre... mucho antes de que hubiera monasterio. Recomiendo la visita a www.monasteriopiedra.com (http://www.monasteriopiedra.com) para ver los escenarios (buscar Lago del Espejo y Gruta del Desertor).

DESERTOR

Lucio Cornelio Násico no paraba de correr. Hacía ya dos días que abandonó las filas de Pompeyo y no tenía ninguna intención de volver atrás. Lejos quedaba el aciago día en que la leva llegó a su hedionda calle de la Subura. Después, la marcha a través de Italia, el paso de los Alpes, la travesía de la Provenza y por fin Hispania. Si al menos hubiera quedado en la Tarraconense que en buena parte le recordaba los campos que rodeaban Roma y hasta la propia urbs. Si se hubieran limitado a breves campañas de control, algún saqueo esporádico de alguna aldea rebelde, incluso un asedio por hambre, de los que no se llegaba a los pies de los muros enemigos, no habría tenido inconveniente en seguir en el ejército. Otros legionarios no pensaban así, querían la gloria, batallas en las que arrasaran y exterminaran pueblos bárbaros, saqueos de ricas ciudades que le permitieran hacerse con una pequeña fortuna, regresar a Roma y desfilar en el triunfo de su general, emplear lo saqueado en una pequeña tierra... y abandonar ésta en busca de nuevos honores y de más oro, apenas un nuevo general decidiera lanzarse a más conquistas, o el Senado justificara otra invasión so pretexto de la seguridad de la República.

Pero Lucio, que pese a sus nobles apellidos y su pertenencia a la gens Cornelia, no era más que un quídam sin un lugar donde caerse muerto —bueno, muerto podía caerse en cualquier lugar, otra cosa es que le rindieran pompas fúnebres— sólo pretendía ir sobreviviendo. Ya lo hacía en la urbs rebuscando entre los colegios de las encrucijadas, estafando a los viajeros que acudían a la capital del mundo, u obteniendo pequeños favores de los patricios que le permitían ir sobreviviendo, a cambio de buscarles alguna discreta protegida de Venus Erucina que les evitara acudir al burdel público, o algún efebo en sazón que les permitiera saciar sus ansias de equipararse, al menos en eso, a los despreciados por envidiados atenienses.

Y para simplemente sobrevivir, aquello ya era excesivo. Marchas interminables y agotadoras, recorriendo los duros pagos de Iberia, con un sol que despellejaba hasta a los caballos, y unos fríos invernales que congelaban hasta el aliento.

Y para colmo, aquellos malditos celtíberos que se unían a las huestes del renegado Sertorio y que eran como mosquitos en verano, con sus apestosas guerrillas que no cesaban de hostigar los flancos de la legión. O lo que es peor, con su empecinamiento en soportar asedios eternos de los que cualquier otro habría desistido, mientras ellos resistían y resistían, más allá de lo humanamente resistible hasta casi desmoralizar a los sitiadores, hasta que por fin, cuando las máquinas de guerra abrían las primeras brechas y las tropas traspasaban los muros, no encontraban más que muerte y desolación por doquier. No quedaba nada, ni comestible, ni que supusiera riquezas. Aquellos perros se llevaban todo a la tumba o lo calcinaban hasta el extremo con tal de que sus enemigos no pudieran aprovecharlo. Bárbaros y salvajes, nunca aprenderían la labor civilizadora que extendían las orgullosas águilas que proclamaban el poder de las siglas S.P.Q.R. en medio de unos páramos tan mudos y desiertos que ni los buitres visitaban más que después de una batalla, aligerando entonces la dura tarea de los hombres de limpiar el campo de operaciones.

Así que aquella mañana, cuando apenas habían concluido de tomar Bílbilis, con el acostumbrado resultado de sangre, sudor, miseria, piojos y mosquitos para no saquear más que despojos inservibles, se dio la orden de girar de nuevo hacia el sur, y ante la perspectiva de volver a atravesar aquellas estepas inclementes y pasar los puertos de montañas más ásperos del mundo, y eso sin olvidar los continuos ataques de los miserables celtíberos que parecían reproducirse como los conejos que daban nombre a su tierra, Lucio no lo pensó dos veces, y deshaciéndose de todo su pesado equipo echó a correr por los campos antes de que amaneciera y el centinela pudiera percatarse y dar la voz de alerta.

Que no tardó mucho, y cuando la legión se puso en marcha, un pequeño destacamento de exploradores se adelantó en busca del desertor, sobre cuyo destino enseguida empezaron las apuestas acompañadas de risotadas y vaticinios sobre cuanto aguantaría en la cruz que sin duda le esperaba para escarmiento de sus compañeros que alguna vez hubieran abrigado la esperanza de hacer lo mismo.

Pero por mucho empeño que pusieron, ya habían pasado dos días y Lucio había conseguido esquivarlos. No había sido fácil. Las planicies desoladas, los ásperos cerros, los profundos barrancos que conformaban aquella tierra proporcionaban buenos abrigos, pero también hacían la fuga extremadamente dura.

Lo peor era la falta de agua. Escaseaban los manantiales, y aunque había ríos, ya le había costado retroceder tras varias horas de caminar junto a un arroyo salobre. Su atolondramiento le había hecho partir sin nada, sin siquiera una cantimplora, y cuando se agachó para beber de aquel maldito regato, casi echa las tripas. No era extraño que los lugareños dijeran que allí las aguas convertían en piedra o en sal cuanto en ellas caía.

Y ahora estaba allí, siguiendo aguas arriba otro río, ocultándose en la maleza de la ribera, asediado por miles de insectos y flanqueado por altísimas paredes que sólo permitían seguir adelante o retroceder, nunca abandonar aquel camino por los lados. Quisieran los dioses que no se les ocurriera meterse por allí, pues no tendría escapatoria. De hecho, ¿la tenía ya, acaso?. Retroceder no podía, pues aparte de la espesura, cuando saliera a terreno más abierto, era seguro que algún destacamento merodearía por allí y le descubriría. Y su destino era la cruz, sin duda, previo minucioso despellejamiento por parte los flageladores. Mejor no pensarlo. Así que sólo quedaba seguir avanzando, por más que a cada paso que daba se sintiera como un ratón encerrado en una trampa.

Había pasado cerca de una hora desde que entró en el desfiladero. Mientras por la ribera derecha por la que avanzaba cada vez era más estrecho, se abrió ligeramente en la orilla opuesta. Buscó un vado y atravesó el crecido río como pudo, simplemente para encontrarse en una maraña de maleza que impedía el paso casi tanto como el propio desfiladero. Echó de menos de su espada, que había abandonado con todo el equipo y avanzó, agarrándose a las ramas de los arbustos y álamos que lo flanqueaban para no ser arrastrado por la corriente. De repente, miró hacia arriba y quedó petrificado de terror.

En lo alto del cantil refulgían los cascos empenachados de la patrulla que lo buscaba. Incluso habían construido una pequeña torre de vigía para controlar todo el curso del río desde allá. Respiró hondo pensando que por él, un miserable desertor no se habrían tomado tantas molestias, pero a pesar de todo volvió a ocultarse entre la maleza. Ofrecía un lamentable aspecto, lleno de arañazos y cortaduras, casi como si lo hubieran flagelado. Como pudo siguió adelante, cuando encontró, en una zona en que el río de nuevo se embravecía, lo que parecía la desembocadura de un pequeño arroyo, apenas visible por la mucha vegetación que lo cubría, pero que le ofrecía una escapatoria. Gateando por el arroyo, con el agua helada cubriéndole hasta los codos y media altura de los muslos, avanzó como pudo. Por encima de la foresta y de los cantos de los pájaros se adivinaban las nuevas moles rocosas in-franqueables. Al fondo vio como brillaba la luz y aumentó la velocidad, lastimándose las manos y las rodillas, pero feliz al sentirse por fin oculto de los que creía sus perseguidores, y por fin llegó al destello que ya empezaba a deslumbrarle.

El mundo se abrió como por arte de encantamiento. A ambos lados seguían las paredes altísimas, imposibles de escalar («o de descender» pensó), pero frente a él se extendía una lámina de agua de increíble pureza. Salió del arroyo y caminó por la orilla, mojándose de vez en cuando, buscando una pequeña zona donde el lago dejaba una estrecha de franja de tierra seca antes de iniciarse el acantilado. En la otra orilla la roca se sumergía en el agua. La contempló y le pareció que podía ver su prolongación hasta el infinito, con una inusitada claridad. Al acercarse algo más a la orilla, sintió un espasmo de miedo al ver una cara horrorizada que le contemplaba desde el fondo del lago. Pudo tranquilizarse, la cara era la suya propia, que se reflejaba con sorprendente fidelidad. Las paredes de roca que se extendían hasta unas profundidades insondables no eran más que el reflejo de las que se elevaban por encima, pero en el agua se veían con mucha mayor claridad, se desvelaban todos sus detalles con una fidelidad extremada. Hasta el cielo azul era más visible en aquel mundo al revés del lago que en la realidad.

Despavorido corrió por la orilla hasta el extremo del estrecho y singular lago donde de nuevo un bosque impenetrable, en el que la luz del Sol no llegaba al suelo, y todo tipo de sonidos y ululares llenaban el espeso aire, le cerró el paso. Un lúgubre aullido triple, como de tres lobos enfermos le heló la sangre. De nuevo retrocedió. Se encontraba atrapado, prisionero en una cárcel mágica sin barrotes, con paredes de roca viva y vegetación amenazante. En el centro del lago ya no se oían los pájaros, el silencio era aterrador y el reflejo de las peñas, los árboles y su propia figura ridícula y miserable parecía atraerle siniestramente. Se derrumbó en el suelo y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, estaba más tranquilo. Se había levantado un poco de viento y al rizar las aguas la alucinación del reflejó pareció desvanecerse. Bien, estaba atrapado, sí, pero el lugar tampoco era tan malo. Al menos estaba a salvo de sus perseguidores. Si a él le había costado tanto llegar allí, a ellos les sería imposible. ¿A ellos? ¿A quiénes? Recordaba vagamente que alguien le perseguía, pero era incapaz de determinar quién, ni por qué. Su vida, su historia, hasta su nombre se le iba borrando de la mente. Pero daba igual, se estaba bien allí. Y en el lago nadaban peces de muchas especies y tamaño, en el bosquete del pie de la pared crecían arbustos con fragantes bayas. Se veían setas y hasta le pareció sentir la rápida huida de algún conejo. Podría alimentarse, al menos por algún tiempo. Reconoció de nuevo el terreno, y a media altura, entre la rojiza roca vio una oquedad natural, una especie de cueva, a la que no resultaba imposible, aunque sí muy difícil llegar. Recogió un poco de madera seca, caída de los árboles y con aquella brazada trepó como pudo hasta la gruta, muy abierta, como un ojo fantasmal que también quisiera mirarse en el lago. Afortunadamente conservaba una piedra de pedernal, y con algo de líquenes secos pudo encender una ligera fogata, y acurrucarse allí a pasar la noche, una noche pesada y abrumadora, de un silencio espectral sólo roto a intervalos por los cantos de las nocturnas aves, que interpretó como de mal agüero, lejos de la sabiduría de la lechuza de Minerva y más cerca de los graznidos desgarrados de las Arpías. Aun así, pudo conciliar el sueño.

Transcurrieron varios días y Lucio se acomodó a su nueva situación de náufrago en tierra firme. Si bien se miraba tampoco era tan mala. Para un individuo huraño, taciturno y de no muchas luces como él, vivir solo no era demasiado incómodo. Trabajaba lo justo para comer y se pasaba el resto del día sin hacer nada. Se dejó crecer pelo y barba, tampoco tenía con qué cortarlos, y con un poco de pescado, frutos silvestres y la pura agua del lago iba tirando.

Pero una mañana todo cambió. El Sol no era capaz de atravesar unas nubes tan espesas como el manto de un soldado romano, y una inquietante neblina se alzaba desde la superficie del lago hasta la cintura. Y seguía subiendo. Se acercó a la orilla, hasta donde la peña le impedía el paso y quedó paralizado al ver una extraña sombra que avanzaba por el agua hacia donde se encontraba. Cuando casi le tocaba pudo reconocer un esquife que una figura encapuchada, tapada con una gruesa capa de la que le cubría por completo, hacía avanzar con una pértiga que apoyaba a intervalos sobre el fondo del lago. La figura adelantó un brazo, en el que la mano quedaba oculta por la amplia manga, y con un gesto le invitó a subir a la frágil embarcación. Como hipnotizado, Lucio así lo hizo, y comenzaron a atravesar de nuevo el lago hacia su final, allá donde a su llegada, la espinosa e impenetrable selva le había cerrado el camino. El breve trayecto se el antojó eterno e hizo algunas preguntas a la espectral aparición, como el nombre del arroyo por el que había llegado hasta allí, y de la propia laguna. Las respuestas le parecieron conocidas, pero no sabría decir por qué. La oscuridad del cielo se reproducía de nuevo, como un minucioso bordado en las aguas cristalinas, formando una especie de recinto opresivo. La sensación de cárcel era cada vez mayor. Llegaron al fin a la otra orilla. El barquero le empujó con la pértiga y le obligó a desembarcar.

Y entonces la selva se abrió. Las ramas se separaron y formaron una oscura ergástula por la que la pértiga de su siniestro conductor le obligaba a continuar. Lucio quiso protestar, pero la voz no salía de su garganta, oprimida por la angustia. Apenas podía gemir, las lágrimas afloraron a sus ojos, pero la pértiga, rematada en una puntiaguda contera metálica le empujaba sin piedad. Extendió sus manos hacia el inclemente barquero, que llevó las suyas hacia la capucha como para retirarla.

Las órbitas descarnadas y la amplia, inmutable, eterna sonrisa de la Muerte fue lo último que Lucio vio antes de que las tres fauces del can Cerbero le atraparan, y los nombres del río y el lago «Lethe, Estigia» junto a los chillidos destemplados de las Furias taladraran sus oídos mientras las ramas de los espinos se volvían a cerrar sobre él, otro incauto mortal que caía en la trampa eterna de Hades, señor de los infiernos.

...

«Agora no se puede subir por los desprendimientos, pero allí, en la Gruta del Desertor se podía estar, y hasta parece que en algún tiempo vivió alguien. Pero se cuenta que quien duerme allí una vez, ya nunca sale de la sombra de la Peña del Diablo». La voz del viejo campesino, con su boina calada hasta las sienes y su gayata entre las manos sarmentosas sonaba antigua y profunda, como un vate clásico que transmitiera la sabiduría inmortal que los libros no pueden comunicar. La chiquillería del colegio se arremolinaba con los ojos como platos fascinada por aquel personaje que parecía haber atravesado el túnel del tiempo .

«¿Y por qué se llama del Desertor?» preguntaba un chaval que parecía más despierto que otros.

«Parece ser que en una guerra, de las llamadas carlistas, un soldado abandonó su unidad y pasó allí un tiempo hasta que lo vinieron a apresar. Y nada de diablos. Cosas de los tiempos antiguos que ya no pasan, o mejor dicho, que nunca pasaron. Yo dormiría allí sin ningún problema. ¿No es así abuelo?» terció el profesor, un lechuguino con ínfulas de intelectual.

Los ojos del anciano se clavaron sobre él con la fijeza de un águila. Si se miraba atentamente a sus pupilas podía verse un abismo negrísimo, profundo, infinito. «Eso se dice. Pero quien sabe afirma que es algo mucho más antiguo. Y por si acaso...», añadió dirigiéndose al aprisco escolar «yo no abandonaría nunca mis deberes, ni pasaría allí la noche...». Mientras de nuevo clavaba sus ojos desafiantes en el maestrillo, su sonrisa bondadosa pareció transformarse en una mueca amplia, eterna, inmutable, como las rocas y las plantas que encontraban su perfecta contrapartida, allá abajo, en el

«L A G O D E L E S P E J O»