AMANDO
14-jul-2008, 19:50
La estrategia seguida por la falta de argumentos contundentes es la de descalificar por principio a todo quien defienda una tesis contraria por ellos expuesta. Intentando desacreditar a las personas con descalificaciones, dado que al sentirse acorralados, no saben rebatir con explicaciones sosegadas y argumentadas sus propias proposiciones. El gran problema que les veo a estas personas, es una incapacidad aterradora ante una simple discusión. Estas personas no son competentes para establecer un diálogo coherente, no tienen capacidad suficiente para presentar su punto de vista de manera educada, así que prefieren acudir a la violencia verbal, a la vulgaridad y al insulto, motivados por su nula o escasa educación.
El insulto es el arma de los incapaces y faltos de retórica. Es comprensible que la excitación en la defensa de las propias posturas sea motivo de algún comentario salido de tono, sin embargo, de sabios es rectificar, y transcurrido un tiempo, calmado el arrebato, lo lógico y humano es reconocer el error y solicitar disculpas.
El insulto como arte, descalifica y desacredita no a quien lo sufre, si no a quien lo esgrime como única arma a su alcance. Las agresiones infringidas por la palabra, con la única intención de herir por pura satisfacción y realizadas de forma consciente, son repugnantes e inmundas, máxime cuando quienes las profieren se escudande forma cobarde y vil detrás de una pantalla y bajo un seudónimo, sin tener la valentía y agallas suficientes para afrontar el debate con su propio nombre y apellidos.
Esa afición anónima por vilipendiar reiteradamente a los demás, en aras a su enfermiza embriaguez por obtener el reconocimiento y la razón sobre el resto, esconde un afán de protagonismo que encubre una falta de formación, una pésima educación y una total y absoluta falta de respeto por las personas.
Si el debate se produjera de forma presencial, se les caería la cara de vergüenza y el resto de los contertulios, saldrían sin duda en defensa del insultado. Esto, al tratarse de un debate virtual no sucede. El agresor, a parte de pavonearse, sale airoso del debate, al no ser amonestado, y en la creencia que su táctica puede volver a ponerla en práctica cuando le plazca, saliendo inmune de su propia inmundicia, pero salpicando al resto con su cobardía.
El insulto es el arma de los incapaces y faltos de retórica. Es comprensible que la excitación en la defensa de las propias posturas sea motivo de algún comentario salido de tono, sin embargo, de sabios es rectificar, y transcurrido un tiempo, calmado el arrebato, lo lógico y humano es reconocer el error y solicitar disculpas.
El insulto como arte, descalifica y desacredita no a quien lo sufre, si no a quien lo esgrime como única arma a su alcance. Las agresiones infringidas por la palabra, con la única intención de herir por pura satisfacción y realizadas de forma consciente, son repugnantes e inmundas, máxime cuando quienes las profieren se escudande forma cobarde y vil detrás de una pantalla y bajo un seudónimo, sin tener la valentía y agallas suficientes para afrontar el debate con su propio nombre y apellidos.
Esa afición anónima por vilipendiar reiteradamente a los demás, en aras a su enfermiza embriaguez por obtener el reconocimiento y la razón sobre el resto, esconde un afán de protagonismo que encubre una falta de formación, una pésima educación y una total y absoluta falta de respeto por las personas.
Si el debate se produjera de forma presencial, se les caería la cara de vergüenza y el resto de los contertulios, saldrían sin duda en defensa del insultado. Esto, al tratarse de un debate virtual no sucede. El agresor, a parte de pavonearse, sale airoso del debate, al no ser amonestado, y en la creencia que su táctica puede volver a ponerla en práctica cuando le plazca, saliendo inmune de su propia inmundicia, pero salpicando al resto con su cobardía.