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Henry Kane
09-jul-2008, 10:37
JUGO DE TOMATE

-¡Muere cabrona!-


EL hacha cayó certera sobre el cráneo dejando el filo bien ajustado en el hueso. Pronto, pequeños arroyuelos de sangre nacieron de la herida recién estrenada buscando el camino más rápido hacia el suelo, surcando la tierra de estrías y arrugas que formaba el rostro de la anciana. Pero la mujer no cayó enseguida, y a pesar del shock que supuso el ataque sorpresa, mantuvo una lucha sobrehumana por no perder la consciencia. Sus piernas, desgastadas por la debilidad, se tambalearon hacia delante, atravesando la cocina a trompicones para buscar el apoyo y sostén de la encimera. A cada paso parecía que fuese a derrumbarse, pero dada su indómita fortaleza, se iba zafando del desplome en un terrible slalom, mientras que su cabeza se movía de un lado a otro espantando las moscas con el mango de la herramienta en ristre.

Una mano temblorosa abrió el cajón del menaje y revolvió nerviosa entre tenedores, cuchillos y cucharas oxidados. Al límite de sus fuerzas, asió bien fuerte un puntiagudo útil de trinchar carne y se encaró a su marido, que ya estaba tras de ella presto para rematarla con sus propias manos.
A la media vuelta, el filo atravesó el pellejo de la garganta del anciano con facilidad, pero la mujer resbaló en su propia sangre, tropezando hacia delante. Al estar férreamente agarrada al cuchillo, cuando descolgó su peso sobre el improvisado arma, estiró el profundo tajo hacia abajo abriéndole la garganta por completo.

Los dos cuerpos se precipitaron al suelo como a cámara lenta, doblando codos y rodillas lastimosamente mientras sus heridas desparramaban sangre por doquier, y aún tuvieron tiempo de dedicarse unas escuetas palabras mirándose ferozmente a los ojos.

-...Puta del demonio...-

-...Baboso cabrón...-



Su hija entró en casa con sus llaves, alertada por la falta de respuesta a sus repetidas llamadas de teléfono. Al entrar en la cocina, se topó con la dantesca escena que habían protagonizado sus padres. Se llevó la mano a la boca y soltó el bolso descolgándolo en la manilla de la puerta. Después salió al salón para despejar un momento de su mente la macabra visión y se dio un rodeo improvisado alrededor de la mesa de centro intentando ordenar sus pensamientos. Tenía que planificar tranquilamente lo que iba a hacer ahora.

Fue hasta el dormitorio y desnudó su cuerpo del elegante vestido y los caros zapatos, para calzarse después unas gastadas zapatillas y cubrirse con una vieja bata de su madre que halló en el armario. Mientras se cambiaba, iba musitando cosas en voz baja, como si hablara sola, echándose en cara así misma la responsabilidad del suceso.

Después sacó un par de juegos de sábanas ya muy usadas y los extendió uno sobre otro, sobrepuestos por encima del edredón de la cama. Fue hasta el cuarto de baño y trajo unas toallas, depositándolas sobre la mesita para que estuviesen bien a mano. Retiró las alfombras y por último, trajo varias cosas del botiquín y del costurero de la anciana.

Volvió a la cocina, en donde los ancianos reposaban retorciéndose sobre una pequeña laguna escarlata. Con bastante esfuerzo, logró levantar a su madre del suelo para después ir arrastrándola como pudo desde la cocina hasta el dormitorio, cuidando de no golpear el mango del hacha, y cruzando el pasillo sorteando los diversos obstáculos. Una vez al pié de la cama, soltó el peso muerto sobre el colchón y resopló de alivio por la descarga. Extendió bien derechos los brazos y piernas de la anciana y enderezó su cuello calzándolo con una toalla doblada, mostrando así al techo su desangrada cabeza y el mortífero estandarte clavado en su frente.

El esfuerzo la obligó a tomarse unos minutos de respiro, aprovechando el momento para encenderse un pitillo e ir hasta la nevera a saciar su sed aprovisionándose de un bote de jugo de tomate bien frío. Se sentó en una silla a fumar y apuntaló su rostro apoyando el codo en la mesa y la palma en la mejilla. Así permaneció unos minutos descansando mientras observaba a su padre agonizando en el suelo.

-¿Por qué me hacéis esto, papá, por qué?-le dijo mientras exhalaba una gran bocanada de humo.

Apagó la colilla en la fregadera y se dispuso a continuar con la penosa tarea. Cogió a su padre por debajo de las axilas y lo fue arrastrando poco a poco teniendo que realizar varias pausas.

Después de un buen rato, el varón se encontraba echado en la cama al lado de su mujer, permaneciendo bien tiesos los dos y con los ojos vueltos en blanco. Su hija, exhausta, prendía otro cigarrillo que quedaba semi- descolgado de la comisura del labio inferior en una pose ciertamente poco femenina, quedando pegado en el abundante carmín que cubría sus carnosos y atractivos labios. Otro jugo de tomate la ayudaría a reponerse del esfuerzo.

-Esta es la última vez ¿Me oís? La última.-

Sus padres yacían su desvanecimiento en el lecho conyugal. Ahora debería ocupar el resto de la noche en recomponer lo mejor posible el triste desaguisado. Tomó con firmeza el hacha y quiso sacarlo con el mayor cuidado de la cabeza de su madre, pero estaba tan bien encajado que hubo de ayudarse con un zapato de su padre. Usando su tacón como improvisado martillo y con repetidos golpes, fue desencajando la herramienta. Al fin, el arma salió de un empellón llevándose consigo la peluca, y al tirar con tanta fuerza, la chica casi se cae de espaldas.

-Joder... ¡La última vez...! ¡Lo juro!-

La sangre de la herida mostraba un tono marrón debido a que se había coagulado casi por completo. Aún así, el filo sirvió de tapón y no llegó a perder demasiados litros. Ahora le tocaba el turno a su padre. Él sí que había sufrido un gran desangrado y aún brotaba hemoglobina fresca por el manantial abierto en la garganta. La chica cogió agua oxigenada y limpió lo mejor que pudo la piel alrededor de la herida. Después cogió aguja e hilo grueso y con gran paciencia, le fue bordando la arteria carótida, que se encontraba seccionada casi por completo; y más tarde, los músculos de su alrededor y la piel exterior. Una vez acabó, pensó que era una chapuza de operación que remendaba a duras penas el descalabro, pero no tenía tiempo ni ganas de esmerarse más por él. El zurcido serviría más que de sobra para sus propósitos. Luego prosiguió con su madre, operación ciertamente más delicada tanto en cuanto tenía prácticamente abierto el cráneo en dos partes. Primero saneó bien de pelos la herida, puesto que el hachazo seccionó la peluca e introdujo cabellos en su interior. Luego, limpió bien la zona de restos.

Hubo de buscar un cinturón de su padre y atárselo bien ceñido por el perímetro de la cabeza, para poder juntar bien las dos mitades del hueso antes de proceder a sellarlo con pegamento de contacto. Tras un rato de espera y otro pitillo, soltó el cinturón y cosió con cuidado la enorme herida. El resultado final no la obsesionaba demasiado, ya que todo iría cubierto por una nueva mata artificial. Le preocupaba la parte de los sesos que había sido sesgada y que sin duda acarrearía alguna secuela importante.

Antes del amanecer, ya había fregado bien el suelo de la cocina, dejándolo totalmente limpio. En la lavadora, se hallaban dando vueltas todas las prendas manchadas de sangre, y en el cubo de la ropa sucia esperaban las sábanas y toallas su encuentro con el detergente para un segundo turno de colada. Su padre, había sido trasladado hasta la butaca del salón, en donde reposaba su consunción tapado con una manta, tras haber sido lavado y provisto de una muda limpia. A la madre, le había aplicado las mismas atenciones, pero permanecía acostada en la cama tapada con las sábanas. Su hija se las había arreglado para remover las manchadas, primero de un lado y luego del otro variando alternativamente la posición de la anciana.

La noche había sido agotadora, y este último pitillo, tras finalizar las tareas más engorrosas, le sabía condenadamente bien. Ahora, tranquilamente, iría suministrándoles a los viejos un bote tras otro de jugo de tomate, hasta acabar con las existencias. Mañana por la noche, ella se encargaría de rellenar la despensa aportando una nueva remesa fresca repleta de vitaminas. Como siempre.

Ya no había tiempo de regresar a casa, así que hoy descansaría en el hogar de sus padres. Comprobó que todas las persianas estaban bien selladas y se preparó el sofá. Allí tumbada y a oscuras, pensó en su gran error, reflexionó sobre sus consecuencias y concluyó que sus actos egoístas habían llegado demasiado lejos. No obstante, había decidido que se darían juntos una segunda oportunidad. A fin de cuentas, todo había sido promovido por el amor que les profesaba. Ella tan sólo les ha­bía correspondido con la misma moneda. Sus padres le habí­an dado la vida y ella les devolvía el favor regalándole sus dones y evitando de paso su condenación eterna.

Sin embargo, sus ancianos padres depende­rían para siempre de sus cuidados, pues no podrían valerse por sí mismos de ninguna manera. Ellos, seguían viviendo su vida austera de sensaciones enclaustrados en la casa, ignorantes del día, ajenos de la noche, inconscientes de su condición, ausentes de su legado...

Incluso desconocían que sus certificados de defunción reposaban en el registro civil hacía ya treinta años...

Ella pensó que un matrimonio ejemplar en todos los aspectos, capaz de soportarse mutuamente cobijados en el amor hasta llegar a celebrar las bodas de platino, podría continuar eternamente su idílica historia, pero por alguna razón, el cerebro no está preparado para soportar la omnipresencia de una misma persona durante más años de los debidos. Esta coexistencia marital se tornaba martirio pasando el centenario, y estos últimos cinco años, habían sido un calvario de convivencia mutua. Simplemente, ya no se po­dí­an soportar. Ya no ha­bía nada más que decirse y cada cual buscaba su liberación del contrario. Reclamaban su derecho a quedarse viudos algún día, como todo el mundo. Poder echar de menos, tal vez derramar alguna lágrima de tarde en tarde, pero sin llegar a ver una jornada más el mismo rostro sempiterno de la otra persona. Y menos aún sumidos en su encierro involuntario, guardados bajo llave por su hija, condenados a encontrarse en cada esquina de la casa.

Por eso, ya no se hacían preguntas, ni cuestionaban las extrañas circunstancias de sus vidas. Sus cerebros funcionaban despacio, a impulsos primarios, reteniendo un odio que tarde o temprano salía a relucir de forma descarnada y violenta. En estos cinco años, se habían estrangulado, quemado, cortado y machacado repetidas veces, pero sus carnes, incomprensiblemente, siempre se recuperaban de los daños, regados abundantemente con el delicioso jugo de tomate que su hija, siempre bella y lozana, se encargaba de procurarles cada noche.