Tom Brahe
07-jul-2008, 14:36
Pues acabo de escribir este relato, con la noble intención de practicar la literatura improvisada. Vosotros direis que os parece
El Paquete
El nacarado blanco de las lineas longitudinales de la carretera era lo único que llamaba la atención sobre la noche. Se iban sucediendo una tras otra, avanzando sobre el castigado asfalto.
Juan conducía mirando absorto aquellas marcas que se dejaban de ver al mirar por el espejo retrovisor. Hacía ya dos horas que había emprendido el camino de vuelta a casa.
Su misión no le resultó difícil. Recogió de aquel pueblo de mala muerte la caja metálica que le había encargado el doctor Sprunz. Después de dejar unas monedas al viejo que le entregó la mercancía, le pareció oír un zumbido proveniente del interior. La caja era de un ligero casi increíble, su robustez hizo pensar a Juan que le supondría un gran esfuerzo llevarla hasta su recién estrenado Rover. Sin embargo, no le supuso ninguna dificultad meter la caja en el amplio maletero.
Juan se sentía ridículo haciendo de paquetero. No había estudiado una carrera siete años de su vida para realizar un trabajo tan mísero. Pero trabajar para el doctor Sprunz era todo un honor. Era un científico muy reconocido y que además confiaba en él.
Por lo tanto, se resignó a hacer su función, y montó en el coche deseando llegar a Madrid cuanto antes.
Abandonó el pequeño poblado portugués con la caja en el maletero.
Al comenzar su viaje de vuelta, pensó un par de veces en la caja que había recogido. Recordó el poco peso, la facilidad con la que la había manipulado desde la puerta del hotel; recorriendo esos diez metros que le separaban de su todoterreno. No solo no había sido un lastre sino que incluso le resultó agradable transportar ese metro cúbico con su desconocido interior. También se había preguntado que habría dentro. Era algo intrigante, pues la caja parecía totalmente soldada y cerrada. Parecía un gran cristal de galena con el peso de una pluma. Sprunz le dio ordenes claras de no tocar la caja mas que para lo necesario en su transporte, y eso pensaba hacer.
El reloj digital del guardamanos marcó la una de la mañana. Aun quedaban unas decenas de kilómetros para entrar en terreno español. La carretera seguía mustia, sin más vehículos que el de Juan, amparada bajo una noche negra de luna nueva.
Fue en ese momento cuando advirtió a lo lejos varios chalecos reflectantes detenidos unos 500 metros por delante de el. Juan aminoró mientras las siluetas de tres personas tomaban forma en aquellos chalecos reflectantes de color naranja.
El coche se detuvo delante de tres personas ataviadas con uniforme de la guardia civil española. Juan se extrañó, ya que aún estaba en Portugal. Bajó lentamente la ventana mientras dos de ellos se acercaron al vehículo.
-Es español-. Dijo el primero tras observar la matrícula.
-Buenas noches.Haga usted el favor de bajar del carro. Esto es un control.-. Ordenó el guardia.
Juan le miró a los ojos. Pensó con irritación para si mismo que vaya pintas de yonkie tenía aquel agente. Sin duda, en ese cuerpo entraba cualquiera.
Abrió la portezuela y bajó del coche.
-¿A donde se dirigía tan rápido, amigo?- Preguntó el agente.
- Perdone, pero circulaba a 80 km/h
Los tres agentes rieron. El mas alejado se acercó al grupo. Juan advirtió horrorizado que llevaba un porro en la boca. El intenso aroma característico confirmó la escena.
-¿Se atreve a decir que circulaba a la velocidad permitida?- Espetó el primero con tono amenazante.
- ¿Que demonios pasa aquí?¿que hace su compañero consumiendo drogas?- Preguntó irritado Juan.
El guardia civil que estaba fumando se acercó. Levantó la mano y conectó un terrible puñetazo en la cara de Juan, que cayó al suelo semiincosnciente.
Uno de ellos le palpaba los bolsillos. Encontró la cartera y se la llevó a su bolsillo.
- ¡Venga, vámonos!- Gritó
Los tres se despojaron de sus uniformes y los tiraron a los maizales que limitaban con la carretera. Montaron en el Rover en marcha. Juan yacía en el suelo. Cuando despertó del golpe recibido, el todoterreno ya se perdía en la negrura. Llorando, se incorporó gritando y maldiciendo su suerte. Pero las rojas luces traseras del vehículo aun permanecían fijas en el horizonte. Parecía que habían frenado. Echó a andar hacia las luces.
En el coche, los tres delincuentes discutían acaloradamente.
-¡Te he dicho millones de veces que no te peas a mi lado! ¿Quieres que te parta la boca, gilipollas?- Gritó el conductor al pasajero de atrás.
-¡Yo no he sido, coño!- replicó el de atrás, aún bajo los efectos del cannabis.
La chusta del porro humeaba sus últimos residuos antes de apagarse completamente en el impoluto cenicero.
-La verdad es que esta vez no huele nada- Dijo el tercero en discordia
De repente, un sonido similar a una ventosidad surgió del maletero.
Los tres miraron hacia atrás.
-¿Ves como yo no he sido?- Dijo el acusado riendo apoyándose en los respaldos de los asientos delanteros.
De repente, un borbotón de sangre impactó en el espejo retrovisor. Un grumo blanco quedó pegado a el, y varios salpicones impactaron en las caras de piloto y copiloto.
Ambos gritaron observando a su compañero, que tenía un nuevo orificio entre los ojos taponado totalmente por masa encefálica aplastada. El cuerpo sin vida se desplomó sobre el asiento trasero. Un extraño ser apareció sobre el cenicero donde descansaban los restos del porro. Tenía forma de trípode. Era como una serpiente con coraza metálica. En cada uno de los tres extremos había una gran garra plateada, y en el centro, un gran ojo. Parecía desvanecerse por momentos, para inmediatamente después reaparecer. Se movía a una velocidad endiablada. El porro desapareció.
Los dos delincuentes gritaban asustados. Aquel ser había desaparecido de nuevo. Allí solo estaban ellos, el cadáver de su compañero, y una caja metálica abierta por la mitad.
-¡Vámonos de aquí!- Gritaron al unísono ambos.
Los tiradores de las puertas estaban rígidos y no se movían.
Cuando una nueva ventosidad atronó en el interior del vehículo, los dos se quedaron petrificados. De nuevo aquel ser apareció. Los dos lo miraban. Aquello empezó a levitar sobre su compañero muerto. Las uñas se convirtieron en afiladas hojas y el ojo del ser se cerró. Empezó a rotar sobre si mismo con sus extremos como si fuese un ventilador con vida propia. Y antes de que sus cerebros procesasen la información que les estaba llegando, sus cabezas eran rebanadas por miles de sitios distintos.
La sangre bañaba el interior del vehículo. El ser dejó de rotar y pareció contemplarse con asombro a si mismo en el espejo con restos cerebrales.
Acto seguido, empezó a introducir sus tres extremidades por el ojo. Fue introduciéndose en si mismo, cada vez mas despacio, hasta colapsarse en una minúscula bola metálica. Como por arte de magia, la bolita levitó hasta la caja metálica abierta. Después de un leve tintineo, la caja se cerró.
En ese momento, toda la sangre y restos humanos del vehículo eran absorbidos hasta la caja; como si un aspirador invisible les obligara a ir hasta ella.
Cuando Juan abrió la puerta del coche examinó detenidamente su interior. No había nada fuera de sitio. Todo como lo había dejado minutos antes. Hasta la caja seguía en su posición original. El miedo a recibir otro puñetazo le hizo entrar rápidamente en el vehículo. Como estaba en marcha, solo tuvo que cerrar la puerta y pisar el acelerador. Hasta que no recorrió tres kilómetros no miró hacia atrás. Temía encontrarse de nuevo con esa gentuza.
Aunque no entendía donde habían ido esos canallas, no le importaba. Sin duda había tenido mucha suerte. Hasta la cartera que le habían mangado estaba encima del asiento del copiloto.
Intentó no pensar mas en ello. Aunque tenía un ojo magullado, no era nada grave.
Condujo durante cinco horas y media y llegó al almacén de la universidad. El doctor Sprunz le esperaba frente a la facultad de biología.
- Bien Lopez, veo que se puede confiar en usted. Sin duda contaré con usted para futuros trabajos mas acordes con su valía.
- Estoy aquí para lo que necesite doctor. Solo me gustaría hacerle una pregunta. ¿que hay en la caja?
- Me temo que si se lo dijera, me tomaría por loco
- Puede confiar en mí.
- El milagro de Fátima
-¿Que?
-¿Lo ve? Se lo dije...
- No se que decir
-Limitese a no decir nada. Solo escuche.Imagine un ser concebido para dar y hacer justicia por el mismísimo creador del cosmos. Eso es lo que hay en la caja. Buenos días, y gracias.
Sprunz desapareció tras la puerta acristalada con la caja en las manos.
Juan decidió que ese día desayunaría un whisky doble
El Paquete
El nacarado blanco de las lineas longitudinales de la carretera era lo único que llamaba la atención sobre la noche. Se iban sucediendo una tras otra, avanzando sobre el castigado asfalto.
Juan conducía mirando absorto aquellas marcas que se dejaban de ver al mirar por el espejo retrovisor. Hacía ya dos horas que había emprendido el camino de vuelta a casa.
Su misión no le resultó difícil. Recogió de aquel pueblo de mala muerte la caja metálica que le había encargado el doctor Sprunz. Después de dejar unas monedas al viejo que le entregó la mercancía, le pareció oír un zumbido proveniente del interior. La caja era de un ligero casi increíble, su robustez hizo pensar a Juan que le supondría un gran esfuerzo llevarla hasta su recién estrenado Rover. Sin embargo, no le supuso ninguna dificultad meter la caja en el amplio maletero.
Juan se sentía ridículo haciendo de paquetero. No había estudiado una carrera siete años de su vida para realizar un trabajo tan mísero. Pero trabajar para el doctor Sprunz era todo un honor. Era un científico muy reconocido y que además confiaba en él.
Por lo tanto, se resignó a hacer su función, y montó en el coche deseando llegar a Madrid cuanto antes.
Abandonó el pequeño poblado portugués con la caja en el maletero.
Al comenzar su viaje de vuelta, pensó un par de veces en la caja que había recogido. Recordó el poco peso, la facilidad con la que la había manipulado desde la puerta del hotel; recorriendo esos diez metros que le separaban de su todoterreno. No solo no había sido un lastre sino que incluso le resultó agradable transportar ese metro cúbico con su desconocido interior. También se había preguntado que habría dentro. Era algo intrigante, pues la caja parecía totalmente soldada y cerrada. Parecía un gran cristal de galena con el peso de una pluma. Sprunz le dio ordenes claras de no tocar la caja mas que para lo necesario en su transporte, y eso pensaba hacer.
El reloj digital del guardamanos marcó la una de la mañana. Aun quedaban unas decenas de kilómetros para entrar en terreno español. La carretera seguía mustia, sin más vehículos que el de Juan, amparada bajo una noche negra de luna nueva.
Fue en ese momento cuando advirtió a lo lejos varios chalecos reflectantes detenidos unos 500 metros por delante de el. Juan aminoró mientras las siluetas de tres personas tomaban forma en aquellos chalecos reflectantes de color naranja.
El coche se detuvo delante de tres personas ataviadas con uniforme de la guardia civil española. Juan se extrañó, ya que aún estaba en Portugal. Bajó lentamente la ventana mientras dos de ellos se acercaron al vehículo.
-Es español-. Dijo el primero tras observar la matrícula.
-Buenas noches.Haga usted el favor de bajar del carro. Esto es un control.-. Ordenó el guardia.
Juan le miró a los ojos. Pensó con irritación para si mismo que vaya pintas de yonkie tenía aquel agente. Sin duda, en ese cuerpo entraba cualquiera.
Abrió la portezuela y bajó del coche.
-¿A donde se dirigía tan rápido, amigo?- Preguntó el agente.
- Perdone, pero circulaba a 80 km/h
Los tres agentes rieron. El mas alejado se acercó al grupo. Juan advirtió horrorizado que llevaba un porro en la boca. El intenso aroma característico confirmó la escena.
-¿Se atreve a decir que circulaba a la velocidad permitida?- Espetó el primero con tono amenazante.
- ¿Que demonios pasa aquí?¿que hace su compañero consumiendo drogas?- Preguntó irritado Juan.
El guardia civil que estaba fumando se acercó. Levantó la mano y conectó un terrible puñetazo en la cara de Juan, que cayó al suelo semiincosnciente.
Uno de ellos le palpaba los bolsillos. Encontró la cartera y se la llevó a su bolsillo.
- ¡Venga, vámonos!- Gritó
Los tres se despojaron de sus uniformes y los tiraron a los maizales que limitaban con la carretera. Montaron en el Rover en marcha. Juan yacía en el suelo. Cuando despertó del golpe recibido, el todoterreno ya se perdía en la negrura. Llorando, se incorporó gritando y maldiciendo su suerte. Pero las rojas luces traseras del vehículo aun permanecían fijas en el horizonte. Parecía que habían frenado. Echó a andar hacia las luces.
En el coche, los tres delincuentes discutían acaloradamente.
-¡Te he dicho millones de veces que no te peas a mi lado! ¿Quieres que te parta la boca, gilipollas?- Gritó el conductor al pasajero de atrás.
-¡Yo no he sido, coño!- replicó el de atrás, aún bajo los efectos del cannabis.
La chusta del porro humeaba sus últimos residuos antes de apagarse completamente en el impoluto cenicero.
-La verdad es que esta vez no huele nada- Dijo el tercero en discordia
De repente, un sonido similar a una ventosidad surgió del maletero.
Los tres miraron hacia atrás.
-¿Ves como yo no he sido?- Dijo el acusado riendo apoyándose en los respaldos de los asientos delanteros.
De repente, un borbotón de sangre impactó en el espejo retrovisor. Un grumo blanco quedó pegado a el, y varios salpicones impactaron en las caras de piloto y copiloto.
Ambos gritaron observando a su compañero, que tenía un nuevo orificio entre los ojos taponado totalmente por masa encefálica aplastada. El cuerpo sin vida se desplomó sobre el asiento trasero. Un extraño ser apareció sobre el cenicero donde descansaban los restos del porro. Tenía forma de trípode. Era como una serpiente con coraza metálica. En cada uno de los tres extremos había una gran garra plateada, y en el centro, un gran ojo. Parecía desvanecerse por momentos, para inmediatamente después reaparecer. Se movía a una velocidad endiablada. El porro desapareció.
Los dos delincuentes gritaban asustados. Aquel ser había desaparecido de nuevo. Allí solo estaban ellos, el cadáver de su compañero, y una caja metálica abierta por la mitad.
-¡Vámonos de aquí!- Gritaron al unísono ambos.
Los tiradores de las puertas estaban rígidos y no se movían.
Cuando una nueva ventosidad atronó en el interior del vehículo, los dos se quedaron petrificados. De nuevo aquel ser apareció. Los dos lo miraban. Aquello empezó a levitar sobre su compañero muerto. Las uñas se convirtieron en afiladas hojas y el ojo del ser se cerró. Empezó a rotar sobre si mismo con sus extremos como si fuese un ventilador con vida propia. Y antes de que sus cerebros procesasen la información que les estaba llegando, sus cabezas eran rebanadas por miles de sitios distintos.
La sangre bañaba el interior del vehículo. El ser dejó de rotar y pareció contemplarse con asombro a si mismo en el espejo con restos cerebrales.
Acto seguido, empezó a introducir sus tres extremidades por el ojo. Fue introduciéndose en si mismo, cada vez mas despacio, hasta colapsarse en una minúscula bola metálica. Como por arte de magia, la bolita levitó hasta la caja metálica abierta. Después de un leve tintineo, la caja se cerró.
En ese momento, toda la sangre y restos humanos del vehículo eran absorbidos hasta la caja; como si un aspirador invisible les obligara a ir hasta ella.
Cuando Juan abrió la puerta del coche examinó detenidamente su interior. No había nada fuera de sitio. Todo como lo había dejado minutos antes. Hasta la caja seguía en su posición original. El miedo a recibir otro puñetazo le hizo entrar rápidamente en el vehículo. Como estaba en marcha, solo tuvo que cerrar la puerta y pisar el acelerador. Hasta que no recorrió tres kilómetros no miró hacia atrás. Temía encontrarse de nuevo con esa gentuza.
Aunque no entendía donde habían ido esos canallas, no le importaba. Sin duda había tenido mucha suerte. Hasta la cartera que le habían mangado estaba encima del asiento del copiloto.
Intentó no pensar mas en ello. Aunque tenía un ojo magullado, no era nada grave.
Condujo durante cinco horas y media y llegó al almacén de la universidad. El doctor Sprunz le esperaba frente a la facultad de biología.
- Bien Lopez, veo que se puede confiar en usted. Sin duda contaré con usted para futuros trabajos mas acordes con su valía.
- Estoy aquí para lo que necesite doctor. Solo me gustaría hacerle una pregunta. ¿que hay en la caja?
- Me temo que si se lo dijera, me tomaría por loco
- Puede confiar en mí.
- El milagro de Fátima
-¿Que?
-¿Lo ve? Se lo dije...
- No se que decir
-Limitese a no decir nada. Solo escuche.Imagine un ser concebido para dar y hacer justicia por el mismísimo creador del cosmos. Eso es lo que hay en la caja. Buenos días, y gracias.
Sprunz desapareció tras la puerta acristalada con la caja en las manos.
Juan decidió que ese día desayunaría un whisky doble