odmaldi
27-jun-2008, 22:23
El lagrimeo no es una pasión, como tampoco la risa. La lágrima es un humor producido por el caldeamiento del cerebro húmedo y tierno, que destila de los ojos. Si se caldea excesivamente y el cerebro se deseca, no afluyen las lágrimas, como sucede en los hombres encolerizados; y tampoco si está ya desecado antes, v. gr., en una prolongada tristeza y duelo, en la vejez o cuando es uno seco de suyo, como los melancólicos.
Hay personas a quienes de tal suerte embota la pesadumbre, que hallándose comprimido todo calor, no pueden verter lágrimas, que correrían con abundancia en cualquier dolor ordinario. Brotan ellas cuando está el cerebro humedecido, como en los embriagados, o blando y tierno como en los niños, mujeres y enfermos; salen también a menudo con el viento fuerte, con el humo, con alguna manifestación, con mala salud; igualmente con la risa, pues el cerebro se calienta entonces. Surgen así mismo de las pasiones, del amor, del deseo de poseer un objeto querido, de la ira en las personas débiles y en las que no pueden vengarse; de la envidia en la mujer y los niños, del pudor, de la alegría. Muy singularmente afluyen las lágrimas por la compasión, va propia, ya de otro.
Se compadece uno de sí mismo, entristeciéndose por creer que le viene el mal sin merecerle; son entonces tan naturales las lágrimas, que muchos las derraman en abundancia sólo con pensar que puedan ocurrirles males injustamente; por ejemplo, la prisión, el destierro, la pobreza, la orfandad, la muerte; y como cada uno se ama con la mayor ternura, y se juzga digno de los mayores bienes, está dispuesto en extremo a compadecerse, por lo cual llora con sólo imaginar su mal.
También nos mueven los males ajenos por simpatía, arrancándonos lágrimas, que, sin embargo, son más tardas en salir y más fáciles de secar, porque vemos las molestias ajenas como a lo lejos y su sentimiento llega a nosotros ya atenuado. Igualmente asoman lágrimas cuando hemos presenciado, leído o vemos actualmente y recordamos alguna acción piadosa, santa, en aras del deber, referida o ejecutada por alguno; y tanto más si quien la realizó o la refiere no tuvo en cuenta magnánimamente su propio daño o peligro ante la grandeza del acto.
«Se han concedido al hombre las lágrimas para atestiguar nuestro dolor; para inducir a los demás a que nos compadezcan y auxilien; para favorecernos recíprocamente con la mutua ayuda, y también para dar testimonio de que nos afectan los males ajenos, en lo cual hay una muy grande solidaridad entre las almas.»
Autor: Joan Luis Vives i Marc (1492-1540)
Hay personas a quienes de tal suerte embota la pesadumbre, que hallándose comprimido todo calor, no pueden verter lágrimas, que correrían con abundancia en cualquier dolor ordinario. Brotan ellas cuando está el cerebro humedecido, como en los embriagados, o blando y tierno como en los niños, mujeres y enfermos; salen también a menudo con el viento fuerte, con el humo, con alguna manifestación, con mala salud; igualmente con la risa, pues el cerebro se calienta entonces. Surgen así mismo de las pasiones, del amor, del deseo de poseer un objeto querido, de la ira en las personas débiles y en las que no pueden vengarse; de la envidia en la mujer y los niños, del pudor, de la alegría. Muy singularmente afluyen las lágrimas por la compasión, va propia, ya de otro.
Se compadece uno de sí mismo, entristeciéndose por creer que le viene el mal sin merecerle; son entonces tan naturales las lágrimas, que muchos las derraman en abundancia sólo con pensar que puedan ocurrirles males injustamente; por ejemplo, la prisión, el destierro, la pobreza, la orfandad, la muerte; y como cada uno se ama con la mayor ternura, y se juzga digno de los mayores bienes, está dispuesto en extremo a compadecerse, por lo cual llora con sólo imaginar su mal.
También nos mueven los males ajenos por simpatía, arrancándonos lágrimas, que, sin embargo, son más tardas en salir y más fáciles de secar, porque vemos las molestias ajenas como a lo lejos y su sentimiento llega a nosotros ya atenuado. Igualmente asoman lágrimas cuando hemos presenciado, leído o vemos actualmente y recordamos alguna acción piadosa, santa, en aras del deber, referida o ejecutada por alguno; y tanto más si quien la realizó o la refiere no tuvo en cuenta magnánimamente su propio daño o peligro ante la grandeza del acto.
«Se han concedido al hombre las lágrimas para atestiguar nuestro dolor; para inducir a los demás a que nos compadezcan y auxilien; para favorecernos recíprocamente con la mutua ayuda, y también para dar testimonio de que nos afectan los males ajenos, en lo cual hay una muy grande solidaridad entre las almas.»
Autor: Joan Luis Vives i Marc (1492-1540)