rocinante
20-jun-2008, 17:26
MIEDO A LAS PALABRAS
Se tiene miedo a las palabras siempre, a las de un desconocido, a las del jefe, de las extrañas y desconocidas, las que siempre están detrás de algo que desconocemos y que puede sorprendernos. En esto reflexionaba aquella mañana junto al semáforo que está justo en la esquina de donde vivo. Había amanecido un día nublado pero el Sol de ahora sorprendía a los peatones que con el paraguas recogido en la mano cruzaban la calle. Solo una niña con la bicicleta en la mano se refugiaba en un portal cercano con el pelo mojado y unas ligeras gotas de agua brillándole en el pelo.
Hace tiempo que me he vuelto muy observador y se diría que descubro aquello de lo que siempre me ha acompañado. De noche y en el silencio llega hasta mi retazos de conversaciones que salpican las paredes desde la cabina telefónica que hay debajo de mi ventana, allí cada noche, los inmigrantes esperan que aquí sea de noche para que allí en sus tierras sea de día y los niños llaman a su madre y gritan más que los adultos en su intento de estar más próximos. Los entiendo, pero no así a los Rumanos, los alcosobares, a los chinos e indios, de todo pasa por aquí abajo, vienen del locutorio porque quizás en la cabina les sale más barata la conferencia.
Me saluda al pasar el Pakistaní del locutorio siempre con su sonrisa eterna en los labios, y cuando bajo la basura o me acerco al bar las palabras del entorno no las temo porque me acompañan, son las que me esperan arriba en la montaña en la sala del hospital, las que con temor espero. Allí entro cada mañana temiendo oírlas aunque se que no tardaran en llegar, mientras tanto huyo de ellas y me paso las horas mirando por los ventanales a la montaña de fuera que huye de una ciudad que se le acerca cada día un poco más, y no miro a nadie, nadie se mira a los ojos porque estamos en la antesala de la muerte, aquí en donde “cuidado paliativos” quiere decir “ayudamos a bien morir" " usamos dela Eutanasia pasiva" pero de esta sala ya no saldrás vivo. Y con esta sentencia que no está escrita, los enfermos pasean por el largo pasillo con la mirada perdida en algún punto de su tristeza.
Y no hay día en que los gritos, los llantos y la histeria en el corredor de la muerte no sobresalte a los visitantes, ¿Podría alguien acostumbrarse a ver a la Parca trabajar casi cada día? Ni las enfermeras se acostumbran, tan solo pueden tener las tazas de Tila preparada y llamar al psicólogo de guardia para que venga a consolar a los familiares del último caído.
No hay vuelta atrás, no hay retorno, los familiares los saben y los enfermos lo intuyen el piso nª 13 es famoso. Aún así se teme a las palabras definitivas, que han de llegar, y estas llegan y como de algo a pagar te dan plazo de vida, de una semana, de dos, y una mañana nos laman a los familiares, y en el pasillo lejos del enfermo que mira insistentemente para fuera, los sabios de la salud rota nos las sueltan y como agua helada sus palabras nos hielan el corazón y nos desarman, y el cuerpo de las mujeres se niegan a creerlo y caen y se desmayan, los hombres aguantamos el tipo como podemos y callamos.
Después los días se suceden como un camino que se va recorriendo hacia el tanatorio, creer, tener fe, de que sirve en estos momentos cuando no hay esperanzas, si no pueden borrar de tu mente, de tus oídos, las sentenciadas palabras.
Hay palabras que no solo recordaré mientras viva si no que las temeré como nadie.
Rocinante 20/06/2008
Se tiene miedo a las palabras siempre, a las de un desconocido, a las del jefe, de las extrañas y desconocidas, las que siempre están detrás de algo que desconocemos y que puede sorprendernos. En esto reflexionaba aquella mañana junto al semáforo que está justo en la esquina de donde vivo. Había amanecido un día nublado pero el Sol de ahora sorprendía a los peatones que con el paraguas recogido en la mano cruzaban la calle. Solo una niña con la bicicleta en la mano se refugiaba en un portal cercano con el pelo mojado y unas ligeras gotas de agua brillándole en el pelo.
Hace tiempo que me he vuelto muy observador y se diría que descubro aquello de lo que siempre me ha acompañado. De noche y en el silencio llega hasta mi retazos de conversaciones que salpican las paredes desde la cabina telefónica que hay debajo de mi ventana, allí cada noche, los inmigrantes esperan que aquí sea de noche para que allí en sus tierras sea de día y los niños llaman a su madre y gritan más que los adultos en su intento de estar más próximos. Los entiendo, pero no así a los Rumanos, los alcosobares, a los chinos e indios, de todo pasa por aquí abajo, vienen del locutorio porque quizás en la cabina les sale más barata la conferencia.
Me saluda al pasar el Pakistaní del locutorio siempre con su sonrisa eterna en los labios, y cuando bajo la basura o me acerco al bar las palabras del entorno no las temo porque me acompañan, son las que me esperan arriba en la montaña en la sala del hospital, las que con temor espero. Allí entro cada mañana temiendo oírlas aunque se que no tardaran en llegar, mientras tanto huyo de ellas y me paso las horas mirando por los ventanales a la montaña de fuera que huye de una ciudad que se le acerca cada día un poco más, y no miro a nadie, nadie se mira a los ojos porque estamos en la antesala de la muerte, aquí en donde “cuidado paliativos” quiere decir “ayudamos a bien morir" " usamos dela Eutanasia pasiva" pero de esta sala ya no saldrás vivo. Y con esta sentencia que no está escrita, los enfermos pasean por el largo pasillo con la mirada perdida en algún punto de su tristeza.
Y no hay día en que los gritos, los llantos y la histeria en el corredor de la muerte no sobresalte a los visitantes, ¿Podría alguien acostumbrarse a ver a la Parca trabajar casi cada día? Ni las enfermeras se acostumbran, tan solo pueden tener las tazas de Tila preparada y llamar al psicólogo de guardia para que venga a consolar a los familiares del último caído.
No hay vuelta atrás, no hay retorno, los familiares los saben y los enfermos lo intuyen el piso nª 13 es famoso. Aún así se teme a las palabras definitivas, que han de llegar, y estas llegan y como de algo a pagar te dan plazo de vida, de una semana, de dos, y una mañana nos laman a los familiares, y en el pasillo lejos del enfermo que mira insistentemente para fuera, los sabios de la salud rota nos las sueltan y como agua helada sus palabras nos hielan el corazón y nos desarman, y el cuerpo de las mujeres se niegan a creerlo y caen y se desmayan, los hombres aguantamos el tipo como podemos y callamos.
Después los días se suceden como un camino que se va recorriendo hacia el tanatorio, creer, tener fe, de que sirve en estos momentos cuando no hay esperanzas, si no pueden borrar de tu mente, de tus oídos, las sentenciadas palabras.
Hay palabras que no solo recordaré mientras viva si no que las temeré como nadie.
Rocinante 20/06/2008