buenavera
25-ene-2008, 10:47
Se marchó cerrando la puerta con violencia. Las paredes recibieron el impacto de su fuerza, transmitiendo por toda la casa una vibración seca y angustiosa. Las sobresaltadas cortinas de las ventanas se inflaron convulsivamente, con un viento espeso y agobiante. Y tras unos desconcertantes segundos, el silencio absorbió la humillante reverberación del desprecio. Laura salió del dormitorio y corrió a ojear por la mirilla, en ese momento, él salía del edificio confundiéndose con el rutinario ajetreo de la ciudad. Tornó al cuarto y contempló a su hija sentada sobre la cama. ¡Cuánta ternura dentro de un cuerpecito de apenas cinco años! De carita redonda, sus grandes ojos negros, rivalizaban en brillo con la sonrisa de sus diminutos labios rojos. ¡Nada tan frágil y tan sublime a la vez! De nuevo era consciente de que necesitaban henchir sus vidas, con el aire que nunca encontrarían bajo el techo de aquella casa.
-Hija llegó el momento, mete tus muñecas en el cestito que te regaló el abuelo, y no te olvides del gorrito azul.
Nueve años de matrimonio, y ocho soportando en su aliento un dolor que se intensificaba día a día. Su piel había languidecido ocultando las huellas de un sufrimiento opresivo, aplastante, silente. Los insultos, los golpes y las vejaciones, eran algunos de los eslabones de una cadena que ya no podía, ni quería arrastrar. Apenas subsistía nada de la persona que un día fue, y lo poco que le quedaba de mujer, lo atesoraba para ser madre. Se dirigió al armario, y encontró que la luna de cristal reflejaba una imagen en la que no alcanzaba a reconocerse. Su mirada sometida por la tristeza, en ojos secos de perdidas lágrimas. Sus labios torcidos de tanto ahogar gritos desesperados. Sus pómulos horadados por barrancos de sal, y su pelo envuelto en el olvido. Se estremeció al comprender que de alguna manera, había sido cómplice de su verdugo. ¡Cuántas veces había perdonado! ¡Cuántas llegó incluso a justificar lo inaceptable! ¡Y cuántas se adjudicó la responsabilidad de su infortunio! Había padecido calladamente, ocultando lo amargo de sus heridas bajo el silencio de la vergüenza. Se tocó la cara con dedos temblorosos y sensibles, palpando los estragos que el espejo le mostraba. En ese momento algo se inflamó en su interior, una fuerza desatada y decidida se propagó vertiginosamente por todo su ser. Oculta entre los pliegues del alma Laura había permanecido intacta, pura. Y ahora renacía vigorosa, recuperando el espacio que antes invadiera la angustia y el desconsuelo. Respiró profundamente, abrió varios cajones y una puerta lateral del ropero, y al poco tenía todas las prendas que necesitaba, sobre el cobertor del que fuera lecho de interminables pesadillas. ¡En que poco se resumían tantos años de matrimonio! Dejó a un lado las que se llevarían puesta, y acomodó con esmero el resto en un bolso, y como le quedó sitio, lo llenó de esperanzas. Se arrodilló extendiendo su brazo bajo el colchón, buscando a tientas un disimulado corte, y con paciencia y mucho cuidado, extrajo un pequeño sobre blanco. Un tesoro celosamente guardado. Dos billetes de avión.
El cestito era de esparto, a uno y otro lado tenía un osito de tela azul, y de la base de una de sus asillas, colgaban orlas rosadas que semejaban flores. Al oír que su madre se acercaba, se apresuró a llenarlo.
- ¡Ya terminé mamá!
- ¡Muy bien! Nos duchamos, nos ponemos guapas, y en menos de una hora ya estamos en camino.
Abrió la llave de la ducha, y una suave y cálida lluvia de vida, empapó la timidez de su cuerpo desnudo. Las finas y brillantes gotas repartían anhelos y promesas, entre sus dilatados poros. Su corazón abandonó los impulsos del miedo, y un ritmo nuevo depositó en la fuerza de sus latidos, la fe en el futuro. El agua arrancó por completo los restos del pasado, y el sumidero se tragó con un gemido, la ingratitud de los recuerdos.
Le abrochó los botones de la camisa, se la ajustó bajo el pantalón vaquero, le colocó sus zapatitos de deportes, y le dio un beso.
- ¿Y qué te falta?
- ¡El gorrito! - Exclamó la niña ilusionada.
- Pues ve a ponértelo, y procura no despeinarte, ¿de acuerdo? – La pequeña asintió graciosamente con la cabeza mientras sonreía, y se dio vuelta corriendo.
Laura rebuscó en las gavetas de la cómoda, hasta que encontró un pequeño estuche de maquillaje. Se extendió suavemente un poco de crema en el cutis, aplicó una ligera sombra de ojos. Se pintó los labios, rozó con el carmín sus mejillas, y lo difuminó con los dedos.
-¡Isabelita!
Cogió el bolso y se dirigió hacia la salida. Agarró el tirador de la puerta y esperó por su hija.
-¡Ya estoy mamá!
Isabelita estaba preciosa con su gorrito azul, y el cestito de esparto al hombro. Tomó la mano de su madre, y juntas miraron por última vez las frías paredes de lo que nunca fue un hogar. Abrió la puerta y se encontró con él.
-¿Dónde crees que vas? ¡Puta!
-Hija llegó el momento, mete tus muñecas en el cestito que te regaló el abuelo, y no te olvides del gorrito azul.
Nueve años de matrimonio, y ocho soportando en su aliento un dolor que se intensificaba día a día. Su piel había languidecido ocultando las huellas de un sufrimiento opresivo, aplastante, silente. Los insultos, los golpes y las vejaciones, eran algunos de los eslabones de una cadena que ya no podía, ni quería arrastrar. Apenas subsistía nada de la persona que un día fue, y lo poco que le quedaba de mujer, lo atesoraba para ser madre. Se dirigió al armario, y encontró que la luna de cristal reflejaba una imagen en la que no alcanzaba a reconocerse. Su mirada sometida por la tristeza, en ojos secos de perdidas lágrimas. Sus labios torcidos de tanto ahogar gritos desesperados. Sus pómulos horadados por barrancos de sal, y su pelo envuelto en el olvido. Se estremeció al comprender que de alguna manera, había sido cómplice de su verdugo. ¡Cuántas veces había perdonado! ¡Cuántas llegó incluso a justificar lo inaceptable! ¡Y cuántas se adjudicó la responsabilidad de su infortunio! Había padecido calladamente, ocultando lo amargo de sus heridas bajo el silencio de la vergüenza. Se tocó la cara con dedos temblorosos y sensibles, palpando los estragos que el espejo le mostraba. En ese momento algo se inflamó en su interior, una fuerza desatada y decidida se propagó vertiginosamente por todo su ser. Oculta entre los pliegues del alma Laura había permanecido intacta, pura. Y ahora renacía vigorosa, recuperando el espacio que antes invadiera la angustia y el desconsuelo. Respiró profundamente, abrió varios cajones y una puerta lateral del ropero, y al poco tenía todas las prendas que necesitaba, sobre el cobertor del que fuera lecho de interminables pesadillas. ¡En que poco se resumían tantos años de matrimonio! Dejó a un lado las que se llevarían puesta, y acomodó con esmero el resto en un bolso, y como le quedó sitio, lo llenó de esperanzas. Se arrodilló extendiendo su brazo bajo el colchón, buscando a tientas un disimulado corte, y con paciencia y mucho cuidado, extrajo un pequeño sobre blanco. Un tesoro celosamente guardado. Dos billetes de avión.
El cestito era de esparto, a uno y otro lado tenía un osito de tela azul, y de la base de una de sus asillas, colgaban orlas rosadas que semejaban flores. Al oír que su madre se acercaba, se apresuró a llenarlo.
- ¡Ya terminé mamá!
- ¡Muy bien! Nos duchamos, nos ponemos guapas, y en menos de una hora ya estamos en camino.
Abrió la llave de la ducha, y una suave y cálida lluvia de vida, empapó la timidez de su cuerpo desnudo. Las finas y brillantes gotas repartían anhelos y promesas, entre sus dilatados poros. Su corazón abandonó los impulsos del miedo, y un ritmo nuevo depositó en la fuerza de sus latidos, la fe en el futuro. El agua arrancó por completo los restos del pasado, y el sumidero se tragó con un gemido, la ingratitud de los recuerdos.
Le abrochó los botones de la camisa, se la ajustó bajo el pantalón vaquero, le colocó sus zapatitos de deportes, y le dio un beso.
- ¿Y qué te falta?
- ¡El gorrito! - Exclamó la niña ilusionada.
- Pues ve a ponértelo, y procura no despeinarte, ¿de acuerdo? – La pequeña asintió graciosamente con la cabeza mientras sonreía, y se dio vuelta corriendo.
Laura rebuscó en las gavetas de la cómoda, hasta que encontró un pequeño estuche de maquillaje. Se extendió suavemente un poco de crema en el cutis, aplicó una ligera sombra de ojos. Se pintó los labios, rozó con el carmín sus mejillas, y lo difuminó con los dedos.
-¡Isabelita!
Cogió el bolso y se dirigió hacia la salida. Agarró el tirador de la puerta y esperó por su hija.
-¡Ya estoy mamá!
Isabelita estaba preciosa con su gorrito azul, y el cestito de esparto al hombro. Tomó la mano de su madre, y juntas miraron por última vez las frías paredes de lo que nunca fue un hogar. Abrió la puerta y se encontró con él.
-¿Dónde crees que vas? ¡Puta!