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Ver la Versión Completa : Sombras de un Rondador.


Méndez
27-may-2008, 20:35
Prólogo. ¡Bienvenido!

No era un día apacible. Desde el cobertizo se podía escuchar como el agua caía sobre la madera, y si se agudizaba el oído incluso se escucharía como esta se abría camino entre los agrietados maderos.

Tal era la ocupación del guardia que se cobijaba en una pequeña caseta, iluminada por un farol que le procuraba el único foco de luz y calor. La capa azul marino caía, arrastrándose por la superficie empapada de fría piedra. Un fino aro de plata recorría a esta, justo en la medianía, mostrando el símbolo del lugar.

De pronto el ruido del agua, el susurro que perseguía el guardia, voló, pues otro sonido se acrecentaba, poco a poco, anteponiéndose a cualquiera, el del trote de un caballo. Molesto sacudió la cabeza, pues parecía quedarse dormido en la guardia que debía cumplir. Se alzó de su taburete y, maldiciendo a aquel que se acercase, abandonó la caseta, dejando que la lluvia cayese sobre si, produciéndole una sensación descorazonadora al sentir el frío punzante de la unión entre la lluvia y el viento.

Halló refugio en el parapeto que se alzaba, gemelo a otro, en la puerta este. Sus ojos se convirtieron en pequeñas rendijas oscuras, intentando adecuarse a la oscuridad reinante. Aun así poco veía, y por eso tomó una antorcha que se encontraba dentro del parapeto. Con voz autoritaria habló.

- ¿Quién va?...-Por un momento nada vio, y su otra mano se dirigió con presteza a la empuñadura de su espada, en su cinto, pero al momento observó una oscura silueta en el camino, un poco más a la derecha de donde había observado al principio.- A pregunta de la Guardia de Ashland ¿Quién va? –Trató de que su voz sonara amenazante, pero la verdad es que la imagen que se producía ante si sólo erizó los cabellos de su nuca.

- Un viajero errante…-La voz, susurrada con frialdad, heló la sangre del guardia, el cual se repuso con rapidez.

- Si aquellos a los que así se presentasen en el puesto se les dejase paso esto seria un amontonamiento de vagabundos…-Aquello no hacia más que aumentar una congoja creciente en el hombre desde la aparición del extraño.

El bufido del equino que montaba el jinete se dejó escuchar en ese momento, a la vez que el vapor que despedía se alzaba, deslizándose junto al viento. El animal percibió la palma de aquel que le montaba, y pareció tranquilizarse.

- Un viajero errante, proveniente de Harask.-Se observó como la capucha dirigía su vista hacia la empalizada, por primera vez, pues las telas removieron la oscuridad acechante al hombre.

Dudando por unos segundos el guardia mantuvo la mirada al extraño. Mordió su labio inferior, y pronto dirigió sus pasos por la empalizada de madera, bajando los escalones con gran prisa. Al llegar al portón abandonó la antorcha en un pequeño saliente de la propia empalizada, iluminándole así el mecanismo de la puerta.

Tomó aire, y con fuerza tiró de una de las anillas, para poder así abrir una de las hojas. Por inercia la otra le siguió, consiguiendo así que en unos segundos la puerta este de Ashland se abriese totalmente.

Dos pasos a un lado fueron suficientes para apartarse del paso lento del equino que se erguía frente a él. Con marcha majestuosa el negro corcel se internó en el portón, cubriéndose del agua caída por unos segundos, mientras seguía su camino hacia el interior del pueblo.

El guardia agudizó sus ojos, pero era difícil poder contemplar al jinete cuando la lluvia caía sobre él. Sólo observó la capa violácea, casi negra, que se dejaba entrever en la negrura del momento. Una capucha cubría el rostro de aquel viajero, por lo que la identidad pasó desapercibida al guardia. Por unos segundos quedó paralizado observando al nuevo inquilino del pueblo, que dirigía su marcha por la calle principal.

El empedrado hacia que los cascos del caballo azabache se escuchasen en muchas calles alrededor, pues en esa hora nadie se hallaba fuera de sus casas, excepto en la taberna del lugar. Mientras escuchaba el caminar del caballo dio media vuelta, empujando las hojas de la puerta, que se fueron cerrando con lentitud, guiadas por la propia fuerza del hombre.

Ambas hojas retumbaron por un momento al unirse, mientras el guardia se daba prisa en colocar el madero que produciría el aislamiento total del puesto. Juraría haber seguido oyendo el sonido de los cascos al chocar contra el empedrado de la ciudad cuando dio media vuelta, alzando la voz:

- ¡Bienvenido a Ash…-Juraría haberlo oído, pero el caballo no se encontraba en la calle, y de su jinete no había rastro. Un escalofrió recorrió la columna del guardia al verse observando la nada, en total oscuridad, mientras que la lluvia se entrecruzaba en su vista. Envolviéndose en su capa salió del portón, y posando su mano en la empuñadura de la espada se dirigió hacia su casetilla mientras musitaba.- ¡Bienvenido al Reino de Ashland!

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Pues nada, ya está puesto lo que viene siendo mi "gran obra". Bueno...no hagáis mucho caso a esas comillas, pero es que esto que estoy escribiendo es lo único con continuidad y elaborado verdaderamente.

Por cierto...opiniones bien recibidas.

Vinuesa
27-may-2008, 21:17
Buena presentación, Méndez. Has conseguido engancharme a la historia. Tiene muy buena pinta. Tu estilo de escritura me ha parecido igualmente notable. Esperaré la continuación.
Un saludo.

Méndez
28-may-2008, 15:02
Capítulo I: La Taberna del Porco Rosado.

Las patatas asadas dispendian de ellas un pequeño reguero de humo que se entremezclaba con la leve brisa que se encontraba en el gran salón. Una mano regordeta tomó el plato entre sus dedos y se dispuso a caminar entre el amontonamiento reinante. Varios pivotes tuvieron que realizar sus pies ante pintas que volaban a la altura de su rostro y pisadas de ebrios comensales.

La Taberna del Porco Rosado se alzaba en la zona oeste del puesto de Vathir. Era una gran edificación construida hacia ya muchos años, y donde se reunían los hombres del propio puesto y aquellos que vivían en aldeas cercanas, pues la noche sólo guardaba vida en estos lugares, y no en ninguno más. Cuando el sol caía las luces de los candiles dirigían el camino de cualquier transeúnte al lugar más cómodo y habitable en el frío del norte y este, en Vathir, era la taberna del Porco Rosado.

Vathir apenas había sido un puesto fronterizo con las tierras del sur cuando los rufianes y maleantes comenzaron a apostarse en su derredor. Con lentitud las edificaciones se internaron en la empalizada, y en poco más todo lo que se hallaba fuera de ella eran también pequeñas chozas y construcciones no muy bien labradas. La empalizada proporcionaba una cierta defensa contra cualquiera venido del sur, aunque en verdad muchos años habían pasado desde la tregua apostada entre ambas tierras. Una única calle conectaba el este con el oeste, y al igual pasaba con los otros dos puntos cardenales, dividiendo la ciudad en cuatro cuadrillas de parecido tamaño.

Por fin la cerámica golpeó con cierta brusquedad la madera de la mesa, mientras que en tal golpe el arroyo de humo se entrecortó, para más tarde comenzar a alzarse nuevamente. Una nariz husmeó en su camino, encontrando el aroma de unas patatas asadas picantes, produciendo el salivamiento de sus papilas. Aquella nariz curvada pertenecía a un hombre del propio puesto de Vathir. Su estatura no era grande, y su espalda, con una leve inclinación, no agraciaba al ser que se hallaba allí sentado. Los cabellos, negros y grasientos, caían a uno y otro lado de su rostro, sin ningún tipo de reparo. Cubiertos a un lado unos dedos buscaron el primer bocado de ese manjar cuando una nube de un humo maloliente se entremezcló con el de las patatas, desperdiciando su aroma.

- ¡Eh! ¡Estate quieto! –Con una de las manos el hombre trataba de remover el aire, para que el sabor de aquel tabaco no se impregnase en las patatas.

- Aun debes contestarme…-El encapuchado tomó aquel plato, alejándolo de su alcance. Conteniendo su rabia, pero sabedor de la impotencia, el hombre sólo se resignó a aparcar el placer de la gula y pronunciarse ante aquel individuo.

- Bien…bien…-Su lengua se paseó por sus labios unos segundos antes de dirigir una última mirada a esas patatas. Alzando su vista al extraño apenas tardó unos segundos en bajarla al propio suelo de la taberna. Su mirada se deslizó por el gran salón, buscando ávidamente. Lo encontró en un ángulo de unos quince grados, y con un movimiento de cabeza le señaló.- Aquel…ese es el hombre al que buscas. La verdad no entiendo por que tantas molestias en un borracho. No hace más que sentarse ahí, y beber, una y otra, sin parar, hasta que, tarde, se despide de los pocos que quedan, y se dirige a su hogar…-Dirigió la vista al extraño.- Cuatro paredes mal formadas.-Una risa se abrió paso entre sus labios, los cuales pronto callaron al no observar atisbo alguno de reacción en el hombre.- ¡Y nada más! Es un pobre simple, su vida es plana, y su ocio el de cualquier hombre común…es un hombre normal. ¿Y ahora me dejaras tomar las patatas a gusto? ¿Y el resto?...-El hombre alzó una de sus cejas, sabedor de que muchos farsantes se encontraban en el puesto de Vathir, y dirigió una de sus manos al cinto, donde se proveía de una pequeña daga, en caso de necesidad.

Pero sin una palabra el plato se deslizó por la madera, chocando contra el ávido lugareño. El extraño se alzó, dejando caer su capa violácea al suelo, con el que rozaba. Era extraño observar como allí, en la luminosidad del lugar, las sombras parecían acompañar al ser. De sus manos se dispersaron varias monedas de oro que cayeron en la mesa, rodando tranquilamente, las cuales el lugareño intentó recaudar a toda prisa.

La mirada del encapuchado se dirigía, entre la marabunta, a un hombre que se hallaba sentado en un taburete, en la misma barra. Contaba con una pinta entre sus dedos, pero al contrario que el resto de los se hallaban en aquel lugar el silencio era su único acompañante. Sus ojos, bajo la capucha, se rasgaron, escudriñando al hombre que tenia frente si, un auténtico misterio para él. Vestía un pantalón marrón de lana y una pequeña chaquetilla sobre algunas prendas de lana, también marrones. Sin duda el atuendo de ese joven era muy normal entre la multitud que se encontraba allí. En definitiva su atuendo cumplía su función, la de no llamar la atención. Dio varios pasos, despreocupado, y no cerciorándose de que un borracho se cruzaba en su trayectoria. Era un enano el que había chocado con el encapuchado, y ahora yacía en el suelo, con la pinta caída, y parte de su contenido en él mismo. Maldijo esa mala suerte pues podía observar como el enano, guiado por a saber cuantas cervezas, ceñía sus cejas y se disponía a parlamentar, de seguro, no muy amablemente.

Fue entonces cuando su vista buscó el acomodo ideal, y se percató tarde de que su capucha había caído hacia atrás, dejando su rostro al descubierto. El hombre dejaba ver un cabello negro corto, azabache completamente, y una piel pálida que lo transformaba en extraño en aquellas latitudes. Notó como, poco a poco, su vista tornaba de color, y se imaginó a si mismo cambiando el color de sus iris negros a uno violáceo. Sin el valor necesario para alzar la vista dirigió esta al enano que se encontraba en el suelo, delante de él, el cual sólo pudo dejar claro en la expresión de su rostro el asombro que se instalaba entre todos los presentes. Apenas unos segundos bastaron para que la capucha ocultara su rostro, y notase como el color violáceo de sus pupilas comenzaba a desaparecer, para volver a instalarse en el negro habitual. Dio varios pasos, dejando al enano tras de si cuando este se alzó, y señalándole con un dedo hablaba.

- Es un…es un…-El dedo temblaba, al igual que la totalidad de su mano. El hombre pudo escuchar como el enano seguía hablando, pero no pudo distinguir lo que decía…aunque podía imaginarlo.

- Mierda…-Su voz salió de sus labios cuando observó que aquel al que observaba había desaparecido del lugar donde antes se encontraba. Seguramente el tumulto habría hecho que muchos desapareciesen de la taberna del Porco, y seguramente él habría sido uno de ellos.

El alboroto y la curiosidad se acrecentaban en la cargada atmósfera de la taberna mientras el hombre caminaba, abriéndose paso hacia la puerta. La mayoría dirigía sus miradas de reproche a su figura, que se hallaba en la penumbra producida por la capa y capucha.
Bruscamente la puerta se abrió, y el frío de las latitudes del norte se internó en el Porco Rosado. Por un momento, al notar como el viento se enroscaba en su rostro, sintió el alivio de encontrarse a un paso de lo que para el significaba la libertad, el no estar coaccionado bajo miradas ajenas, de ser un total desconocido en el ancho mundo. Pero tal sensación no pudo más que extinguirse rápidamente, cuando volvió en si la misión encomendada.

Reprochándose tal descuido la puerta de la taberna se cerró tras de si, a la vez que dirigía su vista a ambos lados de la calle. Todo se encontraba tranquilo, y al parecer nada alteraba la quietud de la noche. Dio varios pasos, intentando ajustar sus sentidos, para poder escuchar o ver aquello que permanecía oculto a él. Escuchó entonces un ladrido, proveniente varias calles abajo. Con rapidez comenzó su travesía por la calle apenas iluminada por candiles. Sus zancadas eran grandes, y se dejaba notar el nerviosismo que mantenía ante la posibilidad del fracaso. A cada paso dado un pequeño tintineo se dejaba notar. Las hebillas que cerraban las prendas de cuero negro chocaban una y otra vez haciendo un nimio sonido que en aquella quietud se convertía en una preocupación para él. A la vez al chocar sus botas con el acerado se producía un ruido proveniente del roce entre ambos. Pero no podía aminorar la marcha y confiaba en que aquel al que perseguía hubiese sido afectado por alcohol, disminuyendo su guardia.

El ladrido del perro parecía apagarse, diluirse, y poco a poco su repetición se hacia más intermitente. Pensando en que aquel que estuviese pasando por aquel lugar desaparecería de la calle en poco tiempo logró tomar la esquina, encontrando aliviado un contorno oscuro a la luz de uno de los candiles de la calle.

Por fin sus pasos eran seguros, mientras su mirada no perdiese de vista la silueta delante de el. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, si acaso alguien pudiese haberla visto diría que una línea torció en su gesto pero, triunfante, el encapuchado podía sentir el placer de llevar a cabo lo pedido.

Su sombra se proyectaba en las paredes de la estrecha calle, dejando ver una silueta estirada, y no fuerte, ni corpulenta. Notó como el repentino y sutil calor del candil llegaba a su figura y como su vista, con lentitud, se acomodaba a la penumbra de la noche. Sus iris se convertían de abismo en aurora, y a la vez las sombras en claridad. Todo se disponía ante él con total albor ya que la oscuridad se convertía en luz, y al contrario esta se convertía en sombras. En la taberna, cuando su vista se acomodó a tal cambio la luz reinante lo sumergió en casi una total oscuridad y ceguera, mientras que en esta situación su avanzado sentido le ayudó de sobremanera ante su objetivo.

A cada paso los metros que le separaban del hombre se consumía. Parecía que la bebida había hecho mella en su objetivo, pues parecía no darse cuenta de su presencia, o es que quizás no la tenía en cuenta, pensando que otro cualquiera podía dirigirse por aquella misma calle. Sea como fuere la distancia se había recortado tremendamente tras varios segundos de persecución en donde el perseguido sólo había dirigido sus pasos por otra calle, doblando a la izquierda.

Unos segundos más y podría haberse cernido sobre el descuidado transeúnte, pero su camino se vio interrumpido por un súbito movimiento más allá de la propia silueta que tenía delante. Su rostro se inclinó a un lado levemente, mostrando la curiosidad que le transmitía. Siguió observando, y pudo comprobar como el recorte de una silueta al final de la calle se encontraba en el quicio de una puerta, apenas a unos veinte pasos de su presa.

Su mente, perdida en ese momento, apenas tuvo unos segundos para responder. Su vista se cruzaba entre ambas figuras, y sus manos no pudieron más que deslizarse a su cinto, donde tomaron la empuñadura de sus dos espadas gemelas.

El sonido del desenvaino de dos filos se notó en el silencio a la vez que una voz se alzó tras él, lejana, y que apenas escuchó, pues el aire era rasgado a escasos centímetros.

……………..

Un extenso bosque rodeaba al puesto de avanzada. Allí la lluvia era casi constante. Por ello era común encontrarse grandes bosques que ocupaban extensas áreas.

Los rasgados ojos se cubrían de la lluvia gracias a la capucha de color verde oliva. Observó, de un lado a otro, la espesura de la vegetación, y no halló nada que le produjese la alerta. Desvió entonces su atención a una de sus manos, donde equilibraba una frágil silueta. Una flecha se encontraba tomada, más o menos, por la mitad de su tallo. En un momento cerró su mano sobre la madera, y dejó salir de sus labios unas siseantes palabras. El agua había traspasado por fin la tela de la capucha, y ahora comenzaba a notar el frío que la lluvia producía en él. Sus ropajes, de cuero tachonado, comenzaban a absorber el agua que traspasaba la capa de lana pero pronto el frío de la lluvia calaría hasta sus huesos.

Pensaba en ese momento sobre su compañero. Seguramente se encontraría, ahora, en un salón humeante, y donde el fuego crepitase. Dejó salir el aire con fuerza entonces. Aquello no le parecía bastante equilibrado. Mientras el comenzaba a sentir el frío de la lluvia y de la noche Lászlo se encontraría hablando con un niñato, con una cerveza en la mano y algo de comida frente a si. Así comenzaba a divagar sobre la reprimenda que debería transmitir al hombre cuando algo llamó la atención de sus ojos.

Unos veinte pasos más allá, justo delante de su figura inmóvil, se recortaba una silueta diferente a la de cualquier árbol. Intentó agudizar su vista, haciendo que sus ojos, prácticamente, se convirtiesen en unas pequeñas rendijas. La oscuridad era reinante, y la luna no brillaba, pues las nubes la ocultaban. Por ello apenas pudo distinguir más que una figura no demasiado alta, pero encorvada. Trataba de recordar todo aquello que había visto en sus viajes, pero parecía no reconocerlo hasta que por fin otro de sus sentidos captó algo.

Una de sus orejas se movió, al capturar una de las ondas producidas por el ser. La sangre del elfo se heló al reconocerlo, y al saber de su presencia detrás de aquel mismo tronco. Un sonido agudo, pero a la vez tosco, parecido al de un gorgoteo, se hizo notar tras el propio tronco. El elfo contuvo su respiración por unos segundos. Su vista giró lo posible para poder ver la silueta, oculta por una gran capa negra, dirigirse hacia la empalizada, a unos cien metros de allí.

Esperó unos segundos a que el silencio volviese a caer a su alrededor. Aquellos seres nunca se adentraban solos, sino en grupos mayores. Si se hubiese delatado seguramente no hubiese servido de nada. Asegurado de que nadie más parecía encontrarse allí siguió el camino por el cual vio perderse al ser.

Tiró aun más de su capucha al acercarse a la empalizada, pues temía que algún guardia se alzase allí a esas horas. Al llegar a los gruesos troncos que se alzaban verticalmente buscó algún signo de los individuos. Nada parecía hallarse allí, pues ni cuerdas caídas se encontraban. Dirigió entonces su vista al suelo, buscando algún vestigio significativo del paradero, encontrando entonces dos huellas, profundas, en el barro aledaño. Alzó entonces su rostro, observando los varios metros que separaban suelo de almena. Las gotas cayeron en su rostro, directamente, dejándole sentir el helor de aquella noche. A la vez, en su mente, comenzaba a añadir argumentos en la reprimenda futura a su compañero.

………………

La luna rielaba la superficie de las nubes que la ocultaban de la superficie. Por encima de ellas la tranquilidad era innata, inamovible, podría decirse que inmortal. Sin embargo bajo ellas la lluvia caía con imprecisión, empapando la tierra, las casas, y los ojos de un elfo que caminaba por un estrecho callejón. Había conseguido internarse en la ciudad, tomando una cuerda y escalando la empalizada. Normalmente cualquiera le había interceptado, pero no era este el caso ya que cuando llegó a la caseta del guardia pudo observar que este había sido asesinado adecuadamente, pues su cuello se encontraba rasgado. Internándose entre las callejuelas consiguió encontrar el rastro de su compañero, y ahora parecía poder darle caza. Sin embargo también dio caza a los extraños visitantes que hace poco se había encontrado.

Un sonido seco, un chasquido, se dejó notar en el extremo de la calle, y a la vez se alzó una voz con fuerza.

- ¡Lászlo!

La flecha silbaba en su camino, traspasando a la propia lluvia y dejando atrás al aire que la frenaba. La metálica punta parecía encontrar un objetivo claro en una silueta de capa violácea cuando, al llegar a ella, esta se marchitó. Iracunda al no impactar siguió su trayectoria, encontrando otro blanco en su misma dirección, clavándose en el estómago de una sombra situada en un portón de una de las casas que comunicaba con el callejón.

Se escuchó un agudo chillido, estridente, a la vez que un gorgoteo que comenzó a declinar su ruido, poco a poco, gradualmente. Proveniente de aquel ser que se hallaba bajo la capucha y capa negras sólo se dejó notar un último sonido, el producido por este al entrechocar sus placas de metal en el adoquinado.

El elfo observó la niebla que se encontraba en el lugar donde antes su compañero permanecía e inclinó su rostro hacia el lado derecho. Nunca podría acomodarse a eso. La niebla se suspendía en el propio aire, y durante unos segundos permaneció allí, casi inmóvil, cuando de pronto se reunificó, dejando ver la figura de Lászlo de nuevo.

El hombre sentía como la respiración llegaba de nuevo a sus pulmones. El aire alcanzaba hasta lo más hondo de sus órganos, recuperándose repentinamente, como si saliese del agua tras contener la respiración un largo rato. Apenas unos segundos tardó en recomponerse y en notar como sus manos se asían a los mangos de las dos espadas cortas que descansaban en su cinto.

Sus iris negros se dirigieron hacia atrás, donde pudo observar en la distancia recortarse al elfo que le había acompañado. A la vez dejó escapar un sonoro gruñido de reproche ante el mal tiro, pero poco tardó en volver sus sentidos frente a si. El hombre al que perseguía había desenvainado un filo, y se batía toscamente con un encapuchado, el cual mantenía una técnica aceptable en el manejo de la espada.

Corrió hacia la contienda, e intentó dirigir una de sus espadas a la espalda del atacante, pero este tuvo la rapidez de contrarrestar el ataque interponiendo su espada, dando a si mismo media vuelta. Lászlo intentó dirigir su mirada a su contrincante, para saber así a que se enfrentaba, pero sólo pudo hallar un sonido trémulo, como el de un gorgoteo que ascendía en intensidad a cada segundo. Sus sentidos le llamaron a reaccionar cuando notó que su brazo comenzaba a ceder ante el empuje de su enemigo, por lo que dirigió el tajo de su otra espada, aun libre, a una de las piernas de su opuesto, consiguiendo que este dirigiera un chillido estridente al ceder una de sus extremidades y posar su rodilla en el adoquinado. Al momento una hoja afilada traspasó la capa del herido, internándose por su espalda, buscando la casi total penetración. Al alzar su vista Lászlo pudo observar como aquel al que había seguido dirigía su mirada al ahora moribundo enemigo. Le contestó con rapidez, pues ahora uno a otro se observaban en silencio, hasta que este habló:

- ¿Quién eres? –El extraño preguntaba con una mezcla de terror y esperanza, pues veía que aquel que tenia en frente había trabado combate con aquellos que le habían atacado.

Pésima opción aquella de dirigir sus sentidos al hombre que le hablaba, pues otro encapuchado se dirigía con rapidez a vengar la muerte de su compañero. El joven que empuñaba la espada toscamente defendió el ataque enemigo, comenzando a recular ante los ataques precisos de su contrincante. Lászlo, pasado unos segundos de incredulidad se dispuso ayudarle, pero no se dio cuenta de que el era víctima de otro de aquellos seres. Tras su cabeza se alzaba una espada larga, dispuesta a terminar con la vida de aquel que tenia en frente. Sin embargo el roce de la madera con el viento interpuso tal movimiento. Una de las flechas del elfo impactó en el brazo del extraño, produciendo que la espada se balancease, sin una firmeza en el brazo de aquel que la empuñaba. Fue cuando aprovechó el propio Lászlo para producir un corte en cruz con ambas espadas, haciendo que el extraño cayese al adoquinado con un metálico ruido al impactar.

Al dar media vuelta Lászlo pudo observa como bajo la lluvia el hombre al que perseguía se encontraba arrodillado en la propia calle, y como aquel que se encontraba frente a él se disponía a dirigir un impacto mortal. Sin embargo este se contrajo con rapidez, dejando caer la hoja desnuda al suelo, pues había sido asaeteado varias veces. El elfo se había acercado con cautela, y ahora mantenía su arco firme, con una flecha en él, dispuesta a partir con presteza. Al llegar al encapuchado dio una patada en su rostro, haciendo que este cayera en la calle mientras se retorcía de dolor:

- Ve a ver como se encuentra el chico…-Los ojos del elfo, rasgados, se centraron en su enemigo, mientras le apuntaba, dispuesto a dirigir un disparo a bocajarro que acabase con su vida.

Lászlo envainó las espadas y asintió a la vez que se dirigía hacia el hombre, que yacía de rodillas en el empedrado. Aún salvado pareciese que esperaba un golpe mortal de cualquier enemigo invisible. Alzó una de sus cejas al encontrarse frente a él, y no saber que hacer.

- Eh…levanta, ya no hay nadie.-Quedó unos segundos en silencio, pero no encontró ninguna respuesta, ante lo que se extrañó aun más. Dio entonces un pequeño empellón al hombro de aquel que tenía en frente.- Eh, que no hay nad…

Sus palabras sin embargo se cortaron al notar como un fuerte brazo tomaba uno de los suyos, retorciéndolo y haciéndole encorvar, cediendo por la presión. Al instante el frio metálico rozó su garganta, y estiró su cuello, en un movimiento repentino. Notó como aquel que lo sujetaba lo tenía preso por entero. Sólo quedó quieto, escuchando la voz que le hablaba.

- Ni un rondador podría deshacerse de este filo, ¿no es verdad?

Méndez
01-jun-2008, 23:19
Capítulo 2: Itsha Oltimen Lux.

En el mismo momento en el que el filo del cuchillo se instalaba en la garganta de Lászlo la tensión del arco aumentó, apuntando al aparecido.

- ¡Siriann no! Encárgate de él…-Lászlo dirigió la vista al enemigo que yacía en el suelo, intentando que el elfo cediese. Sin embargo el elfo no se decidía a seguir el consejo del hombre, y permanecía dubitativo.

- Yo haría caso a tu amigo…sabes que la noche les renueva, y que en poco podrá saltar contra cualquiera…suponiendo que los demás estén verdaderamente muertos…-El hombre se hallaba encapuchado y por culpa de la sombra era imposible reconocer sus facciones. Pero el elfo sabía que llevaba razón, y por eso dio apenas dos pasos atrás, esperando tener una mayor posibilidad de reacción en necesidad de tener que disparar a cualquiera.- ¿Quién eres? ¿Quién te envía?

- Creo que te equivocas…y como bien dices si permanecemos aquí mucho tiempo quizás esos que ahora se hallan caídos vuelvan a levantarse…-Notó entonces como el brazo se encontraba sujeto a una mayor presión y dejó salir un sonoro suspiro ante el dolor producido.

- Y seguro que les encantaría encontrarse a un rondador atado y sin posibilidad de escapar frente a ellos. –Tiró del brazo del hombre, notando como este recibía el dolor homólogo, y después se dirigió a la figura que quedaba arrodillada frente a él.- Stilian, levanta, debemos irnos de aquí…

Por primera vez Lászlo pudo observar al joven. Ya en la taberna su mirada se había posado en él, pero el percance ocurrido con el enano había trastabillado todo el encuentro. Por ello se encontraba ahora presa, como si de un ruin ladrón se tratase, por alguien que desconocía completamente. El hombre no contaba con mucha edad en verdad. Podría contar con unos veintitantos años, pero no llegaba a la treintena de seguro. Era alto, si, más de lo normal, y aquello era lo que había hecho creer al rondador que aquel al que perseguía tenía más edad de la que ahora revelaba. Su rostro era anguloso, de marcadas facciones norteñas. Sus ojos eran grises y su cabello castaño, aunque diversos mechones rubios le conferían la duda al describirlo, era corto. La barba crecía en su rostro, creando una maraña de pelos no muy bien cuidada por toda su barbilla y bigote. Sin duda era aquel al que debía encontrar.

Si, ya lo había encontrado, pero sería muy difícil librarse de las ataduras que ahora le imponía no sabía quien. Al hablar este último observó como Siriann dirigía su arco hacia el desconocido. El elfo pensaría que no podrían abandonar ese lugar llevando al rondador a cuestas, y que por tanto, o se deshacían de él o intentarían dejarle inconsciente, para poder así llevarlo consigo. Debía pensar algo con rapidez, o todo aquello se convertiría en algo demasiado engorroso para poder salir indemne. Entonces recordó…




“Y en una noche oscura, cuando la luna se retrasó en aparecer,
La leyenda de los caballeros se cantó, haciendo al pueblo estremecer.
Las espadas, otrora empuñadas, en la piedra quedaron,
Y el honor quebró, y sólo astillas hallaron…”

- Veo que conoces las antiguas leyendas…Seguro que te servirán contra esos seres. –El hombre que lo mantenía preso le susurró esto al oido, no alzando la voz demasiado, aunque era inútil que el elfo no lo escuchase.- Dime ya quien eres.

- Cualquiera que sepa el cántico de los Caballeros sólo puede provenir de un lugar…-Con tales palabras firmaba su victoria, y lo descubrió al notar como el filo perdía la firmeza en el cuello, símbolo de duda en aquel que tenia tras él. Y sólo la duda era necesaria para incitar la reacción de alguien en peligro.

Notó como el aire se internaba por su nariz, y como este no llegaba a sus pulmones. La sensación del tacto floreció en cada una de las partes de su cuerpo, pues este se convertía en etéreo con presteza. La vista lejana sólo observaba un hecho desconcertante, sin embargo la sensación única y personal invadía cada uno de sus propios poros.

La niebla rodeó al espadachín con rapidez, volteando sobre el cuerpo de este, creando un vértice de él. Sin embargo se alejó, hacia la espalda del elfo, el cual dirigía ahora su punto de mira al hombre armado. Al volver a su forma original, sin embargo, los ojos violáceos son los que observan al frente, hasta que estos terminan por acostumbrarse y volver a su tonalidad negra.

- Y ahora es el turno del otro jugador…-Lászlo no pudo reprimir una sonrisa al observar la posición del hombre que tenía frente a si. Seguramente se estaría repitiendo una y otra vez la estupidez de bajar la guardia, y permitir así el escape de su presa.- Vamos, debemos alejarnos de este lugar, aún queda mucho para la salida del sol… ¿Dónde vivís? -Al ver la próxima negativa del hombre Lászlo habló con rapidez, cortándole.- No os mentí…por favor, vayámonos de aquí antes de que sea tarde.

Podía observar el orgullo que tenía plantado frente a sí, y por un momento creyó que este permanecería erguido aunque los mismísimos cielos cayesen alrededor. Descubrió que la mirada del extraño se paseó al joven que tenia a su lado, o más bien lo intuyó, pues la capucha aun ocultaba sus ojos. Entonces el hombre cedió, dando media vuelta y caminando a grandes trancos.

Por primera vez noto como el elfo destensaba su arco, y parecía dar cabida a la tranquilidad, aunque no soltase su arma en ningún momento. Antes de comenzar a seguirlos habló:

- Malditos bastardos…los encontré en el bosque, pero allí era imposible plantarles cara. Han matado al centinela. En apenas unos minutos las calles se convertirán en un hervidero de guardias…y estos malditos habrán escapado. –Sus palabras brotaban de los labios con extrema dureza, fruto de un odio interminable. En ese momento dirigió un puntapié a la masa que aun quedaba sobre el adoquinado.

Lászlo observaba con impotencia la rabia de Siriann. Sin duda no podía reconfortarle, y mucho menos comprenderle. Sin embargo en aquel momento optó por dar una palmada en el hombro de su aliado, y encaminarse seguidamente tras los dos individuos.

Observaba detenidamente al muchacho. Stilian. Sin duda era aquel al que debía encontrar, y el que le protegía debía ser el caballero, si, le habían hablado de él pero en la confusión de la escena le había sido imposible recordarlo, hasta que resonó el cántico en su cabeza. En verdad quedaba lejos el momento en el que fue llamado para aquel trabajo.

Ellos dos, Lászlo y Siriann, pertenecían al gremio de mercenarios de Ngobard. Aquel lugar en verdad se encontraba lejos de donde estaban ahora. Ayshlan era una provincia de la lejana Leythintar, la tierra del Rey. Era este un reino aislado terrenalmente del resto del continente, ya que sólo tenía una única frontera con el gran desierto de Khaláis por el oeste, y en todos los demás puntos cardinales el mar hacia de único límite.

Recordaba aquel día vivamente. Hacia ya un mes que habían partido del gremio tras el comunicado de su misión. A ambos les había resultado extraño que tal encargo se hubiese dirigido solo a ellos, y con tan directo mando como el propio Jefe del gremio. Era extraño, si, pero también era dinero en sus bolsillos, y con ello todo era suficiente.

El discurrir de una corriente de aire le hizo volver al presente. Observó que Siriann tomaba entre sus manos un candil, apagándolo de un soplido, a la vez que se acercaba a la ventana cercana a la puerta, observando afuera. Su mirada se paseó por la habitación, encontrando al joven que respondía al nombre de Stilian sentado frente a la pila de leña necesaria para la chimenea que decoraba la estancia. Era austera, pues apenas contaba con alguna silla y una mesa de ciertas proporciones. Más allá se alzaba un hornillo, seguramente la cocina. Varios candiles allí y allá, y una escalera que se dirigía a una segunda planta desconocida.

- ¿Quién eres? ¿Y que haces aquí? ¿Qué…- El hombre paralizó sus palabras al observar que el elfo, oculto aún en su capucha, alzaba la mano, en señal de silencio. Varias sombras pasearon delante de la ventana, resonando los tintineos de las correas chocando contra los uniformes. Siriann, una vez traspasado el peligro, fue quien se decidió a hablar.

- Hemos salvado la vida de…él. – Dirigió un gesto de su cabeza hacia el joven.- Y por lo que veo su protector no se hallaba en plenas condiciones para ello, así que calla, descúbrete y preséntate antes de…- Una mano en su hombro le enfrió sobremanera, templando sus ánimos que parecían aumentar a cada palabra. Lászlo era aquel que podía tomar tales confianzas con el elfo, y el se adelantó hacia el hombre.

- Quizás en esta ocasión no deba ser el visitante el primero en presentarse…- Sus palabras fluyeron despacio, tratando de demostrar la buena voluntad por parte de él. Observó la duda en el encapuchado que tenía frente a si, pero, aliviado, dejó que una línea curva se mostrase en su rostro al observar que la capucha de quien tenía en frente cedía.

El rostro que se dejó ver delante suya le imploró un respeto innato. De media altura, si se le comparase con el joven que estaba a su lado perdería por varios centímetros, pero en verdad no era demasiado bajo, sino más bien se acomodaba al resto de hombres. Pero era su rostro el que imponía el respeto en el rondador. Su cabello, negro, caía hasta sus hombros de forma lisa, y sus ojos contrastaban con su piel bronceada, pues eran verdes, de un color cercano al de los ríos de las lejanas montañas. La barba acompañaba el rostro, desaliñada y sin cuidado alguno daba mayor vigor a la expresión del hombre.

- Mi nombre es Ferenc de Leythintar, y él se llama Marcus, y ambos proveemos de allí, de la lejana tierra del Rey. – Su mirada se guió hasta el joven que permanecía en silencio, para después volver a posarse sobre el rondador.- Ya me he presentado, y el también…ahora lo deberíais hacer vosotros.

- Y lo haremos, aunque tu respuesta no haya sido completa Ferenc de Leythintar…- Hizo una pausa, observando el rostro del hombre, pero este no se inmuto un ápice. Prosiguió entonces.- Mi nombre es Lászlo Vlaovic, proveniente de la lejana tierra de los moradores, de Harask. Y este es mi compañero Siriann de los bosques de Sylthaden. – El elfo, a su vez, alzó su mirada, pues la capucha se tensó, dejando ver que el movimiento se producía debajo de ella, pero nada más. La mirada del que se hacia llamar Ferenc se hacia más dura al observarlo tras haber escuchado las mismas palabras de Lászlo.- Y ahora, si deseas hablar por el chico, al menos habla con la verdad, y no con ment…

- Y yo soy Stilian de Leythintar, y no Marcus como él dijo. – Por primera vez el joven habló, y a la vez el hombre que se hacia llamar Ferenc pareció estremecerse al oírle hablar, pues todo lo contado antes se le venía en contra. Ahora se hallaba en pie, desafiando a todos los presentes. Lászlo pudo observar como una mirada de reproche se dirigía desde aquel que se hacia llamar Ferenc a su supuesto protegido. En verdad el propio joven se había revelado al mostrar su auténtica identidad.

- ¡Stilian de Leythintar! ¡Extraño, cuanto menos, encontrar al sobrino del Rey en las tierras de Ashland, tan lejos de su reino! – Mientras hablaba rebuscaba entre sus ropajes hasta encontrar aquello que quería. Dejó caer un correo en la mesa que separaba a ambos grupos. El sello que lo cerraba era el mismo sello real de Leythintar. Ferenc lo tomó, y pareció sopesar el sello, esperando que este no fuese una burda imitación, para lo que se acercó al único candil que proporcionaba luz a la estancia. Si no lo era él desde luego no lo sabia, pues aquel correo había sido entregado por un intermediario. Sin embargo su misión había sido clara, entregar tal correo al sobrino del rey, que se hallaría en el puesto fronterizo de Vathir. En poco tiempo su trabajo habría terminado, y sus divagaciones se podrían dirigir a otros asuntos más mundanos y de menos trascendencia.

El silencio entonces se hizo dueño del tiempo en aquella estancia. Ferenc leía la misiva llegada desde el reino de Leythintar, Siriann dirigía su mirada a las afueras de la casa, donde la oscuridad había vuelto una vez olvidada la presencia de guardias a los alrededores. Lászlo se entretenía en observar al joven que ahora había sentado en los escalones de una escalera que se perdía a un segundo piso. La nobleza se hallaba oculta en el rostro del muchacho. Los cuidados detalles que cualquiera que tuviese un título conservaría en él habían desaparecido por completo. ¿Por qué aquel noble permanecía tan lejos del reino? ¿Por qué vivir allí, olvidándose de lujos y las riquezas que sin duda tendría?...Desechó tales preguntas, ¿Qué más daba? Pronto, quizás en unos minutos, se despediría de aquel lugar y pensaría en la travesía de vuelta. Tal vez por mar o la vuelta por la Región de Nadie y el desierto de Khalais, que sin duda sería más largo.

- ¿Y qué se supone que tenéis previsto? - Alguien le hablaba, le tendía una conversación de la que parecía absorto. Ferenc era el que le hablaba. Instintivamente alzó una de sus cejas. No entendía aquella pregunta y se extrañaba de ella. Dirigió la vista a Siriann, pero este, inmutable, no accedió a nada más que una negación con su rostro, que se observaba en el ir y venir de su capucha.

- ¿Qué tenemos previsto?...No entiendo tu pregunta. Nuestra misión está cumplida. Era la de entregaros esta misiva, y partir de vuelta. –Ahora era quien tenia en frente, Ferenc, el que le observaba con claro sentimiento de extrañeza. Le ofreció el pergamino, el cual tomó con sus manos y se dispuso a leer.


“El metal se alzará en el cielo…

La prudencia me conviene a escribirte, Ferenc, el más noble de todos, y la cordura me hace callar, pues todo puede ocurrir al enviar este correo hacia ti.

A veces me pregunto si no debí dejar que vosotros, los caballeros, partieseis de Leythintar, pues ahora, en muchas noches, cuando las sombras comienzan a invadir los rastros del sol, pocos alzan sus antorchas en las calles y prefieren quedar en sus casas, aguantando solos la noche.

Y mientras tanto, en el castillo, mi mirada se posa más allá de las montañas, de donde cualquier amenaza, un día, vendrá. Las noches se alargan, poco a poco, los días se despiden cada vez más rápido, y la inercia hace de todo un estremecimiento continuo. Todo se alborota alrededor, y nadie sabe aún por qué.

Te llamó ahora, Caballero de la Fuente, a Leythintar, a tu pueblo, y a que traigas el Honor que aún portas. Que los bosques y las sombras te alaben, y que en tu camino no sean problemas, sino ayudantes constantes.

Tu Rey, ¡Leinar!”

Una misiva del mismo rey, una orden del mismo rey a su caballero. ¿Qué pretendía aquel que tenía en frente que hiciese? Aquello no le concernía para nada.

- ¿Y qué quieres que diga? –Lászlo encogió sus hombros ante la mirada inquisitiva de Ferenc. El Hombre, por su parte, pareció contener sus impulsos al morderse el labio inferior. Tras unos segundos, en los que pareció serenarse, habló.

- Habéis sido enviado por el mismo rey de Leythintar, ¿y preguntas tu cometido?-Ferenc negó observando al rondador.- ¿Acaso el rey no dejó claras sus intenciones?

- Pues no, o eso es lo que parece… ¿Qué es lo que pretendéis? Nuestra misión era la de traer la misiva al caballero que custodiaba al sobrino del rey, nada más.

- Y entonces por qué os nombra en su misiva, a los dos. –Dirigía su dedo acusatoriamente al elfo y al rondador mientras la impaciencia comenzaba a inundarle.- Que los bosques y las sombras te alaben, y que en tu camino no sean problemas, sino ayudantes constantes… ¿No lo entendéis? El Rey nunca podría dar a conocer abiertamente sus proposiciones a nadie, mucho menos a una misiva que a saber en manos de quien podía caer. –Lanzó entonces un pequeño bufido de frustración.- Más vale que tengáis un plan para completar vuestra misión. – Tras unos segundos en donde el silencio era reinante Ferenc se dirigió a amontonar su fardo de viaje.

Lászlo alzó su vista a su compañero. Siriann, sin duda, había escuchado toda la conversación, pero ahora atendía a la misiva del rey, una vez fue dada por Lászlo. Cuando sus ojos terminaron de leer los trazos del pergamino alzo su mirada hacia el rondador. Otra vez la voz sibilante se escuchó en la fría estancia. Ahora, una vez templados los ánimos, la voz del elfo penetró en los oídos de todos los demás. Cada palabra despedida de sus labios era el comienzo de una canción, y sin embargo el lamento más frío que cualquiera podría encontrar en todo el mundo. Los elfos mantenían aquella característica desde el comienzo de los días. Sus voces eran bellas, encandiladoras, pero a la vez frías y distantes, por ello quizás eran vistos por las otras razas como seres alejados a los demás. La alegría de su ser contrastaba continuamente con lo misterioso a la vista de los demás.

- El sello del rey…No lo dice claramente, pero parece que desea que tendamos nuestra ayuda a ellos. No es explicito, no tenemos porque hacerlo, y nadie nos avisó de ello. –Aquellas palabras dejaban un claro significado, él decidiría. El elfo creía en las aptitudes de su compañero, y dejaba a su disposición la gran mayoría de las decisiones. Un elfo no mataba por el disfrute, ni tan siquiera por dinero…pero Siriann era distinto, y Lászlo sabía de ello, y no tenía ningún reproche a aquel magnífico compañero en la lucha, por lo que adoptaba su papel sin ningún lamento, aunque a veces aquello le había cargado una responsabilidad grande a casi todo aquello que quedaba por decidir. Podrían ayudar al sobrino del rey y a su caballero o podrían dar media vuelta y alejarse de allí. Sin duda Ferenc les increparía, pero no seria muy difícil desprenderse de ambos. Por otra parte el rey había dado por hecho la ayuda de los mercenarios a su familiar…Sopesaba la responsabilidad con la libertad que le otorgaría desentenderse de aquel trabajo y parecía no ganar ninguna de las dos.

Ferenc alzaba los dos fardos, el suyo y el de Stilian, cuando un sonido inquietó el silencio reinante. Provenía de arriba, de eso no había duda. La mirada de Lászlo se dirigió hacia Siriann, el cual modulaba su sentido auditivo para encontrar cualquiera atisbo de eco. Lo siguiente que pudieron escuchar fueron toscos y fuertes pasos sobre el piso superior. Stilian ahora se asomaba a las escaleras, aunque en verdad la oscuridad le impedía ver más allá de unos metros, por lo que tomó uno de los dos candiles que ahora se hallaban encendidos para intentar poder escrutar mejor arriba.

Pronto una sensación helada se internó en la estancia. De la misma segunda planta un ligero viento soplaba, privando la estancia de total calidez que antes almacenara. El candil en las propias manos de Stilian se apagó como si un mismo soplido hubiese acabado con la llama.

- Sildinas…-Siriann se había dirigido a su propio idioma para describir el horror que todos comenzaban a percibir.- Había más de los que antes vimos…o quizás no estuviesen muertos. Debemos irnos ya. Si son demasiados será imposible contenerlos. –La ya susurrante voz del elfo sonaba más sibilante al bajar su tono ante la quietud del resto.

Tales palabras parecieron tomar significados en Ferenc, el cual tomó por la nuca a Stilian y tiró de este con fuerza hasta la puerta, dándole los fardos para que cargase con ellos. Tan sólo un vistazo por la ventana le previno de salir al adoquinado, desenvainando su espada, y dirigiendo su mirada alrededor de la calle, y los tejados…al parecer nada se encontraba allí.

Siriann permanecía observando la escalera. Una apenas visible niebla se hacia eco en los últimos escalones, mientras que los pesados pasos parecían aumentar en número y fuerza.

- Tres…no se si habrá más fuera de este lugar. –La frialdad de sus palabras en la lucha era envidiada por el mismo Lászlo, pues los nervios parecían no tener control alguno sobre el elfo.

- Ve con ellos, seguro que no son los únicos. –La respuesta del elfo fue sencilla. No le desearía suerte, ni le diría ninguna palabra de ánimo…sólo se encogió de hombros y siguió las órdenes dadas.

Siriann salió de la estancia cerrando la puerta tras de si. Sólo la luz del candil se dejaba notar en aquel laberinto de sombras cuando los pasos sonaron ya en lo alto de la escalera. Lászlo caminó con lentitud hasta la única luz de aquel lugar, y con un soplo dirigido hizo que la llama desapareciese del lugar, dejando así que la oscuridad engulliese por fin la única isla de luz.

Su vista no captaba ningún estímulo óptico, al menos hasta ese momento. Pero poco a poco la visibilidad cambiaría notablemente. Sus iris azabaches tornarían su color a un violáceo claro, que producía una siniestra forma en cualquiera que lo observase. Pero aquello podía servir de auténtica ayuda para el rondador. Ahora las escaleras se recortaban con exactitud, al igual que las dimensiones de la estancia. Sin embargo aquel que sólo ve luz puede quedar ciego sin ninguna sombra, y es por ello que desenvainó ambas espadas gemelas que portaba en su cinto, Naaresh y Arahal eran estas. Sus mangos eran de puro marfil con bordados dorados, mientras que las hojas se curvaban hacia el final. Pero sin duda la más peculiar de las características era que ambas hojas despedían un curioso brillo rojizo. En verdad todos los rondadores compartían esta característica en sus armas ya que todos necesitaban que algunas sombras se moviesen en su vista profunda. De esta forma eran capaces de diferenciar las tonalidades más claras u oscuras, pudiendo distinguir todo aquello que veían con extrema facilidad.

Las pisadas se seguían produciendo, bajando cada escalón a paso lento. La lentitud era algo que extrañaba al mismo rondador, pues sabia por si mismo que los Sildinas no tenían esa particularidad. De pronto, en la quietud de la estancia, se escuchó un sonoro olfateo cuando una de las pisadas tomó suelo en el nivel bajo.

Desde su posición pudo ver la llegada de las tres figuras. Sin embargo una de ellas sobresalía ante las otras dos. Era más alta, y sus ropajes eran distintos. Mientras que los otros dos vestían con cota de malla bajo sus capas y ropajes la otra figura no parecía llevar nada pesado bajo ellos, pues no se encorvaba. La verdad era que no conocía a aquella especie en su mayoría, pero si era cierto que era la primera vez que veía a un ser distinto entre ellos. Se dijo a si mismo que quizás aquel fuese un rango mayor entre ellos…la verdad era que no lo sabia, y que no podía esperar tanto tiempo allí parado.

Sus iris reconocieron las figuras que tenía ante si cuando ambas espadas se disponían a dirigir su golpe hacia la figura más cercana. Pudo notar como esta parecía resistirse, pero en aquella ocasión la oscuridad era más amigable al rondador que a los propios Sildinas. El primero cayó tras un corte en el cuello mientras que el otro opuso una mayor resistencia, habiendo perdido el rondador cualquier efecto sorpresa varias veces pudo blocar el ataque de Lászlo, pero apenas podía resistir ante la tentativa de dos golpes continuados, lo que hizo que el arma cayese a la piedra y las espadas gemelas se internasen en su abdomen. El sonido del olfateo de sus enemigos era lo único que se dejaba notar, exceptuando el choque de las armas y los pies deslizándose sobre la ruda piedra.

Pero ante la muerte del segundo Sildina su atención se dirigió al tercero, el cual no se había apenas movido desde que llegase a la estancia. Permanecía inmóvil mientras que Lászlo quedaba en guardia. Aquella reacción inexplicable de su enemigo lo enervaba, pero antes de abalanzarse impacientemente esperó cualquier tentativa enemiga…sin éxito. Pero ahora que el silencio si era completo, que las armas no chocaban, que los pies quedaban quietos, podías escuchar claramente un susurro, apenas un quejido. Tuvo que poner todo su énfasis en reconocer las palabras para poder asimilarlas.

- Itsha oltimen lux. Itsha oltimen lux…-Las palabras se repetían una y otra vez, pero a cada repetición el tono de la voz subía ligeramente, poco a poco, gradualmente.

Por un momento entendió aquello que ocurría, pero demasiado tarde para responder correctamente pues, en apenas unos segundos, las palabras produjeron un relámpago cegador que sumió al rondador en la oscuridad. El nerviosismo se adueñó del rondador y este tropezó, cayendo al suelo de piedra. La cabeza le daba vueltas, y su consciencia tendía de un hilo tras aquello. Sólo pudo aferrar sus armas antes de que su consciencia se disipase, hundiéndose en un largo sopor. Sus ojos, violáceos, volvían a la normalidad. Ahora si la oscuridad envolvía al rondador.



* Vinuesa gracias por el comentario! Espero que te siga gustando.

Méndez
05-ago-2008, 15:42
Capítulo 3: Camino del Este.

Lászlo despertó ya en el día. El sol se hallaba a media altura por el este. Quizás hubiesen pasado unas cuantas horas de su salida, pero no muchas. Sus ojos tardaron más de lo normal en adaptarse a la claridad reinante. El dolor agudo de su cabeza se encargaba de hacerle recordar la supuesta noche anterior. Seguramente aquel fogonazo había hecho que sus sentidos, frágiles como los de cualquier ser, se estremeciesen, provocándole aquel desfallecimiento.

Ahora su cuerpo se hallaba tumbado, en horizontal al propio suelo. Una manta amortiguaba el desigual contorno de la tierra bajo él. Aparte del dolor de la cabeza no sentía ningún otro indicio de daño. Agudizó a su vez sus oídos, tratando de reconocer cualquier sonido amenazador en las cercanías, pero sólo obtuvo silencio como respuesta.

¿Dónde se encontraba? ¿Qué había ocurrido después de lo sucedido la noche anterior? Se incorporó, apoyando ambos brazos en la tierra, y pudiendo ver con más facilidad todo lo que le rodeaba. Distinguió que se hallaba en lo alto de un cerro ya que su visión le dejaba ver en la lejanía un territorio llano como paisaje. Parecía encontrarse en lo que hace tiempo sería una sala de guardia. Le rodeaba un muro de piedra circular que se hallaba a media altura en algunos tramos, dando a entender que aquello no era más que unas ruinas. Aquel pinchazo continuo en su cabeza parecía disminuir mientras que su vista se adecuaba a la claridad del día. Se pellizcó el entrecejo a la vez que cerraba sus ojos por unos segundos, esperando que, al abrirlos, el dolor desapareciese totalmente.

Pero no fue así. La punzada constante prosiguió acechándole, aunque en menor medida. Una de sus manos se dirigió a su cinto. Allí debiera encontrarse su arma, pero sólo debiera, ya que no se encontraba. Era algo lógico, o así lo creía. No sabía quién le había trasladado hasta aquel lugar pero seguro que habría tomado las medidas necesarias, y la primera de ellas habría sido desarmarle.

Negó con su rostro, aquello no parecía muy ilusionante. Se alzó, con cierta rapidez, lo que produjo que por su cabeza apareciese un atisbo de mareo significativo. Por un momento sus pies parecieron responderle únicamente por instinto, acercándose a una de las paredes laterales semiderruida, apoyándose en ella.

Unos segundos bastaron para que su cabeza se despejase y atisbara el horizonte que se distinguía ante él, ahora si, con total certeza de sus sentidos. No se equivocaba pues se hallaba en lo alto de un cerro, aunque no de demasiada altura. Aquel relieve que podía observar sólo se componía de laderas de poca pendiente, una tras otra, formando un paisaje repetitivo, solamente pintado por diversos brotes de un verde más oscuro en el encuentro de alguna formación boscosa de árboles.

Hebillas…ese sonido característico no podía provenir más que de unas hebillas, del entrechocar del metal entre si. Maldijo que aquel personaje que ahora se acercaba hubiese tenido tal oportunidad, pues apenas su cuerpo comenzaba a reconfortarse para tener que enfrentarse a saber que. Caminó con más fiabilidad ahora hasta el quicio de lo que antaño se podría haber llamado puerta. Al ser aquella habitación circular era la única posición desde donde sorprender a aquel que se internase en ella. Aún así no tenía nada claro que hacer, pues aunque contaba con un gran factor sorpresa este se anulaba al encontrarse prácticamente desarmado, sólo con su propia defensa corporal, y digamos que esta no iba mucho más allá que la de otro hombre cualquiera.

Zarandeó su cabeza con fuerza al notar la cercanía del ruido producido, dispuesto a caer sobre aquel que se acercaba en cuanto cruzase el umbral de la estancia. La figura repentina se internó entre las jambas y con rapidez Lászlo se abalanzó sobre ella soltando un grito que pretendía ser intimidatorio. Mas todo quedó en un intento, pues la figura respondió con rapidez, apartándose a un lado y volteándose, haciendo que Lászlo casi cayera al suelo, sólo pudiendo mantenerse hasta llegar a la pared que se encontraba en su frente. Pronto se irguió para llevar a cabo un segundo intento pero cuando se volteó observó a aquel que tenía frente a si.

- Rondador estúpido, ¿Qué pretendías hacer? – Era Siriann el que observaba a Lászlo con una de sus cejas altivas, dubitativo ante la respuesta del que tenía en frente.

- ¡Siriann! – Su voz reflejó la repentina sorpresa pero también el alivio que era encontrar una cara amiga en vez de la de un enemigo frente a él. Sin embargo aquellos movimientos bruscos habían acrecentado aquel punzante dolor en su cabeza y comenzó a dejarse caer, apoyando su espalda en la pared.

El elfo permanecía, a diferencia de la noche anterior, con su rostro al descubierto. Siriann media más de un metro ochenta, aunque no era precisamente su altura lo que destacaba de él. La figura del elfo era armoniosa a los ojos de cualquiera, pues con tal propósito fue creada esa raza. Su cabello era totalmente dorado, aunque pequeñas mechas plateadas se enredaban entre el pelo rubio. La cascada de oro llegaba hasta la altura de su nuca, donde un corte angulado hacía que se llegase a las puntas finales. Los iris, de color turquesa, destacaban en su rostro pálido y sereno, pues la piel pálida era otra de las características comunes a la mayoría de los elfos.

Apenas unas zancadas fueron suficientes para que Siriann alcanzase al rondador y lo alzara, haciendo que uno de sus brazos se apoyase en el hombro de él, para así mantenerlo en pie.

- ¡Ey! ¡Ey! Parece que aun no descansaste lo suficiente. Vamos fuera, te vendrá bien el aire, y además comeremos algo. – Ayudado por el elfo comenzaron ambos a caminar hacia la puerta de la estancia, saliendo de esta. Fuera el día parecía despejado ya que el sol brillaba fuertemente. La primavera comenzaba a levantarse de un letargo de unos meses tras la ausencia del invierno y eso se hacia notar por la temperatura que se alcanzaban en aquella región de latitud norteña respecto al ecuador, que en verdad era algo elevada.

- ¿Y ellos? – Lászlo recordó repentinamente al caballero y al joven.

- ¿El caballero y el crió? Están aquí también Creo que anoche se dieron cuenta de que verdaderamente necesitaran ayuda.

- ¿Qué ocurrió anoche? ¿Qué pasó? – En verdad poco recordaba de lo pasado la noche anterior. Sólo a aquellos sildinas, la lucha y apenas tres palabras: Itsha oltimen lux.

- Esperaba que tu fueses el que me contase todo lo que pasó…-El elfo dejó salir el aire de su boca pesadamente y luego continuó.- Pero ahora olvídate de todo eso, sienta, come y entonces hablaremos.

El lugar era un punto estratégico en lo alto de un cerro que dominaba el relieve alrededor. Unos tocones de madera hacían las veces de taburetes y se observaban las mantas que habían sido utilizadas para tener un respaldo suficiente contra el áspero y discontinuo suelo. Ferenc se encontraba algo apartado, intentando dar vida a un fuego que había comenzado a lamer algunos troncos de poco diámetro. A Stilian, el joven, no lo observaba por allí.

Sentó en uno de los tocones y tomó un cuero que le tendía Siriann con agua. Aquellos sorbos parecieron llenarle de vigor, pues le contrastaba la frescura del agua con el intenso dolor que sentía en su cabeza. Siriann le tendió una hogaza de pan, que portaba una fina película de manteca de cerdo. Seguramente aquello había salido de las provisiones de sus dos nuevos compañeros pues ellos apenas portaban comida suficiente para uno o dos días. Era lógico pensar que podrían reponer sus existencia en Vathir antes de partir de nuevo pero todo había sido muy distinto a lo planeado con anterioridad.

- Tuvo que doler…parece que tendrás jaqueca aunque no se por cuanto tiempo. Aquella explosión en tus sentidos tuvo que ser muy impactante…-El elfo se sentó a su lado y bajó la voz entonces.- ¿Qué recuerdas Lászlo?

- Eran sildinas, si, eso era seguro. Pero con ellos se encontraba uno de ellos distinto…no vestía como los demás, y no portaba ningún arma. Parecía…parecía como un superior, o alguien de mayor importancia. –Encogió sus hombros. No sabía más. No podía saber más.- Sólo se que no paraba de pronunciar tres palabras. Itsha oltimen lux.

El elfo arrugó su ceño, a la vez que levantaba una de sus cejas, un gesto que demostraba preocupación en él.

- Itsha oltimen lux…el lenguaje arcano de los elfos. La luz se aferre a mi. ¿No es así elfo? –Ferenc hablaba desde su posición, incorporado ahora. La mirada de Lászlo se posó del caballero a Siriann. El elfo asintió ante las palabras de Ferenc.

- Teníamos dudas sobre si ellos podrían controlar las fuerzas arcanas después de La Caída. En verdad ninguno demostró ese poder frente a nosotros. –En su rostro verdaderamente se encontraba preocupación.- Si ellos mantienen el poder arcano…su fuerza es aún mayor de la que han demostrado.

- ¿La Caída?...-Una voz ajena a la del trío se hizo notar en el lugar. Stilian había llegado al lugar. A su hombro traía una perdiz atada por las propias patas que dejó caer en el suelo.- ¿La Caída de Sylthaden?-Pareciera que aquello le resultaba curioso.- He escuchado mucho del pueblo caído en desgracia pero casi todo lo que cuentan son historias sin más. ¿Qué sabes de ello? -Ahora se acercaba, para formar parte de la discusión.

Todos callaron, y no se obtuvo respuesta alguna a la pregunta. Ferenc se había acercado para tomar la liebre y dio la vuelta para no inmiscuirse en la charla. Lászlo sin embargo dirigió su vista a Siriann. Él si conocía la historia de La Caída, sin embargo no había oido salir de los labios del elfo ninguna palabra sobre ella. El elfo dirigía su mirada al suelo y parecía absorto en aquel momento. Quizás una pura invención pero Lászlo notó como los ojos de Siriann parecieron ceder por un momento a la frialdad con la que se castigaba el elfo respecto a su patria y tornaron a una tristeza enorme pero pronto volverían a su normalidad, al hielo que portaban en sus iris azules. De pronto Siriann levantó, dirigiendo la mirada al joven.

- Sylthaden cayó en desgracia. Es lo único que se ha de saber. El pueblo de los Bosques se sumió en la oscuridad y la Reina desapareció y el Gran Árbol marchita. Ahora no es el sol el que luce entre los grandes árboles, sino la sombra los que los abraza...

Tras esas palabras el elfo se encaminó hacia más allá, alejándose deliberadamente de todos los demás. Stilian había pasado de la curiosidad a una repentina sorpresa ante la reacción del elfo. Lászlo dirigió una vista al elfo, y otra al muchacho, cuando habló:

- No te preocupes. Él es un propio Sildina. No le gusta hablar demasiado de ello. En verdad no le gusta hablar nada de ello. –Tras lo cual llevó el trozo de pan a su boca para poder masticarlo por primera vez. Aquello seguro que le reanimaría.

- ¿Un Sildina? –Ahora parecía que la sorpresa lo inundaba enteramente e incluso alzó la voz. Aquellas palabras llegaron hasta el elfo pues rápidamente dejó demostrar su descontento con un leve movimiento de su rostro.- ¡Entonces es uno de ellos, de los que pudieron escapar!

- Si, es uno de ellos. Pero comprendo que no desee que le recuerden a cada paso la caída de su pueblo…-Aquel reproche había sido directo al joven, el cual parecía querer saber todo lo posible sobre aquel tema. Como respuesta el joven silenció, echándose en cara aquella descortesía.- Y tu eres el sobrino del Rey…-Aquello era más una afirmación que una pregunta. Stilian no hizo más que asentir ante aquello. Lo observó de arriba abajo. Nada especial. Se sentía incomodo después de hablar. Se acababa de dar cuenta de que no conocía a ese joven de nada, y de que ahora se hallaba frente a él, frente al sobrino del rey. En ese momento maldijo la misión puesta en sus manos. Aquel papel que le había traído hasta Ashland.

- Y bien. ¿A dónde nos dirigiremos ahora? – Ferenc había levantado la voz ahora y Lászlo daba gracias internas a la despedida del silencio incómodo para dar paso otra vez a una conversación.

- ¿Dónde nos encontramos? –Replicó el rondador. La verdad no tenía la más mínima orientación del lugar donde se encontraban ya que había permanecido expuesto a una inconsciencia obligada.

- Al este del puesto fronterizo, en las laderas de Aberdeen. Cuando vi el destello en la casa me dirigí hacia allí, pero no había nadie, excepto tu. Quizás notasen mi cercanía y escapasen…–Siriann era el que hablaba, y ahora se encogía de hombros.- si es cierto que encontré a dos caídos junto a ti, pero nada de aquel que dices que practicaba magia. Debía de saber que no resultaría efectiva contra mi y huiría. –Se notaba por su tono de voz que no creía totalmente las afirmaciones de Lászlo. En todo ese tiempo la raza Caída no había mostrado símbolos de magia arcana en ningún momento.- Ellos me ayudaron a llevarte y a salir de allí. –Señaló entonces al caballero y a Stilian.- Por suerte todo el lugar estaba desbocado. Los guardias corrían de un lugar a otro…seguramente se dieron cuenta de que la guardia de las almenas había caído. Por suerte conseguimos traspasar los portones antes de que fuese cerrada totalmente el puesto. Después pensé que lo mejor sería dirigirnos al este, a los puertos, donde podríamos embarcar hacia Leythintar.

- El Puerto de Malrós se haya no muy lejos de aquí, al sureste. Es pequeño. Normalmente no hay un gran tráfico de mercancías pero el otro puerto, Osoria, se encuentra lejos, al norte de la costa. Nos llevaría varias jornadas llegar allí, incluso puede que una semana. Sin embargo Malrós se puede llegar en apenas dos días contadas sus noches. –Mientras contaba todo esto Stilian dibujaba en el barro fresco un pequeño boceto de la situación de las laderas y de los puertos. El joven había pasado gran parte de su vida en Ashland y, aunque no podía dirigir sus pasos a viajes por el Continente de Aalmark , sabía de su geografía.

- Esta claro entonces. No creo que debamos llamar demasiado la atención. Si Malrós nos proporciona el poder pasar desapercibido y el dirigirnos a Leythintar es suficiente. –Ferenc había apostado una de sus manos en el hombro del chico. Parecía en verdad orgulloso de él.

- Sólo existe un pequeño problema…los sildinas. –La voz del elfo pareció descubrir lo que a todos les pasaba por alto.- Es raro que se hayan aventurado fuera del bosque. Pocas veces han salido, y si lo han hecho ha sido por una única razón…- De pronto calló. Todos sabían la fama de aquella raza caída en desgracia. Cualquier elfo podía convertirse en un asesino casi perfecto pero los Sildinas del Bosque de Sylthaden eran distintos. Desde que hacía dos años el Bosque se hubo rendido a la oscuridad sus habitantes, antes serviciales a cualquier visita, se habían convertido en celosos guardianes de sus árboles marchitos y un halo de misterio había rodeado al Bosque. Nunca más se observó a los sildinas, excepto a la Guardia Eterna, aquellos que habían sobrevivido al despertar obligado, y a las Sombras de la Noche. Estos eran los sildinas que Lászlo y Siriann habían encontrado en Vathir. Eran asesinos altamente cualificados que sólo se permitían el lujo de abandonar Sylthaden para llevar a cabo asesinatos selectivos. Nunca se sabía nada de ellos, ni a que lugar iban ni de donde provenían ni a quien se dirigían, sólo se sabía que nunca abandonaban una presa hasta que uno de ambos cayese, y siempre solía ser el objetivo a cazar.- Volverán, eso es seguro. Y si no lo hicieron esta noche fue por la revuelta del puesto fronterizo.

- Entonces ya tenemos una ruta a seguir…y con la mayor rapidez que podamos. Por el día sus fuerzas se congelan y apenas podrán escabullirse a las sombras de las laderas. Debemos partir prestos a Malrós. –Lászlo decidió encabezar la marcha. La partida era inminente. Ellos eran la caza, y detrás se hallaban sus cazadores. La carrera había de comenzar.

En poco tiempo se pusieron manos a la obra. Apenas nada había de cargar al levantar el campamento pues la partida de Vathir, tan apresurada, hizo que todos dispusieran de lo mínimo indispensable para un viaje. De esta forma calcularon que su partida se habría producido más o menos a media mañana.

Aberdeen se distinguía por sus cuantiosas laderas inclinadas. Una tras otras producían un paisaje repetitivo. De inclinación hacía la izquierda, pero también hacia la derecha, las laderas formaban un gran valle inferior por el que transcurría apenas un riachuelo, aunque en verdad portaba agua, y hacía de su cauce de más de un par de metro. Supieron que debía tratarse de un simple riachuelo al sorprenderse Stilian de él. El muchacho aseguraba que en los mapas que había observado de Aalmark, y más concretamente de Ashland, ese torrente no aparecía por ningún lado. Abarcando el riachuelo hallaron un pequeño camino de arena que se dirigía al este. Seguramente los pastores lo utilizarían para trasladarse por la frontera del reino.

Existía una gran peculiaridad en el paisaje formado frente a sus ojos. Las laderas mantenían su mayor altura en el norte y en el sur, produciendo así que el sol incidiese en ambas vertientes, apenas produciendo la diferencia de vegetación entre ambas. Por ello todo aquel camino por el que transcurrieron sus pasos se rodeaba de un verdor intenso producido por los distintos árboles que se alzaban a su alrededor. Los sauces y los alisos se encontraban los más cercanos al riachuelo e inundaban las orillas con su follaje, apenas dejando mantener contacto visual del grupo con las aguas. Algunos de estos árboles se inclinaban sobre el río, sedientos, como si quisieran tomar el agua directamente del curso, y no preocupándose de nada más. Uno de los sauces llamó mucho la atención de Lászlo. Era grande, muy grande, y su tronco principal, de un blanco rosáceo, quedaba inundado por las aguas, de tal modo que sus ramas secundarias brotaban del mismísimo cauce, haciendo que las hojas pareciesen vivir del mismo río. Mientras que a un lado dejaban tal vegetación en el otro esta cambiaba mientras la pendiente de la ladera aumentaba. Los sauces y alisos comenzaban a cambiar su dictadura dando paso a los álamos, fresnos y chopos, y más allá aún los robles y los olmos provocaban los bosques típicos del reino de Ashland.

En el cielo el sol parecía querer negarles su brillo al ocultarse una y otra vez entre las nubes, que en verdad eran muy abundantes. Más de una vez sintieron en su rostro el frescor de alguna gota de lluvia que buscaba la libertad del cielo, dejándose caer a la tierra. El silencio se extendió a la mayoría del camino. Cada uno se hallaba sumido en muchos y variopintos pensamientos. Además ahora se daban cuenta de que el camino que seguían unos con otros era en compañía de unos auténticos extraños.

Sus pasos les llevaban por la parte baja de las laderas, siempre serpenteando según el curso del río, y apenas se adentraba al norte o sur, sino que siempre se dirigía al este, su dirección. La marcha se alargó muchas horas, y apenas pararon sino unos minutos a comer algo con lo que reponer sus fuerzas.

El lugar donde descansaron se encontraba mermado de vegetación. Parecía que las malas hierbas habían sido tomadas, y quedaba mucho espacio libre entre los diversos árboles. Era el lugar más despejado que habían encontrado en la travesía, y sería más fácil vigilar entonces alrededor. Un tronco derruido les sirvió como asiento para poder descansar, aunque la hierba fresca también era un buen lugar donde dejar reposar las piernas. Se tomaron el lujo de poder encender un pequeño fuego donde cocinar el conejo cazado por Stilian. Ferenc se encargó de ello, y con una naturalidad pasmosa creó las llamas en muy poco tiempo, lo que les permitiría ganar algo de ventaja.

Siriann apenas tomó bocado. El elfo dirigía su mirada constantemente al oeste, el lugar del que habían venido, y del que tenían que alejarse lo más rápido posible. Mientras tanto los otros tres comían con ansias. Desde la noche anterior apenas habían tomado bocado, excepto un escueto desayuno, y en cierta forma Lászlo aun mantenía aquel dolor punzante en su cabeza.

- Hoy lloverá. La noche vendrá más rápido que de costumbre, aunque la luna no aparecerá en ella. Nos quedan pocas horas de claridad. Lászlo debemos partir rápido. Ellos podrán partir antes de que el sol decline. –El elfo dirigía sus palabras observando el paisaje del oeste ante sus ojos. Parecía como si pudiese observar más allá de lo que los ojos del rondador observaban…y en efecto era así, pues los elfos contaban con unos sentidos muy agudizados y podían ver mucho más allá que cualquier hombre, excepto de los vigías de las grandes torres de Khalais, pero esos se hallaban muy lejos.

Lászlo sabía de lo que hablaba el elfo, y seguramente el caballero también. Los sildinas que habían caído en desgracia siempre eran observados en la noche, y nunca en el día. Muchos contaban historias sobre este hecho, y decían que si la luz del sol llegaba a tocar uno de ellos los propios sildinas se consumían poco a poco…en verdad era algo que ignoraba pero debía admitir que aquellas historias podían ser ciertas pues, ¿No era en noches de luna llena donde los sildinas aumentaban en vigor y sus heridas curaban casi milagrosamente? ¿No había visto levantarse a uno de ellos tras ser traspasado por uno de sus cuchillos? Sólo una persona podría saciar su curiosidad, pero no creía que se hallase en disposición para ello. Siriann permanecía callado.

No tardaron mucho en partir. En un pequeño claro de nubes pudieron observar que el sol comenzaba a declinar, aunque lentamente. El paisaje era repetitivo, y apenas cambiaba en su formación mientras seguían avanzando hacia el este. Ya entrada la tarde las primeras lluvias se dejaron notar y la claridad reinante del sol comenzó a disminuir. Ferenc y el chico encabezaban la marcha mientras Siriann siempre quedaba en la retaguardia. Lászlo pudo observar como más de una vez quedaba retrasado, borrando las huellas de todos, o confundiéndolas, y a veces observaba el horizonte, estático, como si observará a cualquiera en lo lejano.

La lluvia caía con más fuerza cuanto más al este avanzaban. Ahora todos portaban capucha en sus cabezas, intentando protegerse vagamente del agua. Todos menos Siriann. Ninguno de ellos hablaba, ni tan siquiera para preguntarse por el camino. Por la lluvia el camino se hacía a cada paso más embarrado y resbaladizo, y más de una vez alguno estuvo a punto de perder el equilibrio.

Quizás por que se acercase la noche, o quizás solamente por su propia inquietud, sus oídos comenzaron a recoger todos los sonidos que alrededor se alzaban. El agua siguiendo su curso, los diversos animales que corrían a sus madrigueras, los pájaros alzándose hacia el cielo…Sin remedio notó como los pasos de todos se hicieron más largos y rápidos. Quizás el grupo tuviese la misma sensación de preocupación.

- Han partido…debemos buscar refugio. Vayamos a las laderas, hacia el norte. Quizás encontremos alguna cueva o algún lugar donde cobijarnos. –Siriann había hablado, y había desquitado el velo del mutismo en el grupo. No hicieron falta más palabras para que todos cambiasen su rumbo, subiendo ahora la ladera norte, buscando cualquier refugio natural.

Tardaron en encontrar un golfo en una pared en la misma roca de la ladera. No era muy grande, aunque cupieron todos. Se repartieron las horas de guardias y decidieron que no se encendería ningún fuego, de otra manera podrían alertar de su presencia fácilmente. Dispusieron de las mantas que llevaban, pocas, para poder dormir sin tener que sentir el relieve del suelo. Todos dormirían juntos pues el frío se hacía rey en la noche en aquel lugar.

Lászlo fue el primero en llevar a cabo su turno de guardia. La noche era desapacible. Fuera el agua caía con fuerza y sobre ellos, en la entrada de aquel lugar, se formaban pequeños regueros de esta, cayendo hacia el suelo, buscando el torrente que más abajo se enfurecía poco a poco, recibiendo agua de ambas laderas. Pensó en que aquel torrente debía de ser estacional. En primavera la lluvia en Ashland era algo muy común y con aquel relieve era normal que se produjesen tales arroyos, que aumentaban en nivel con las aguas caídas.

La noche se hizo lenta, y pausada, aunque sin sobresaltos. A veces se encontraba absorto, observando los pequeños hilos de agua que se escurrían entre la hierba, formando pequeños charcos en cualquier explanada, y cayendo hacia el fondo del valle cuando este rebosada. En esos momentos se reprochaba su falta de atención y volvía a mantener la vista en el horizonte, adivinando el paisaje por el juego de sombras, más o menos oscuras, frente a si. Siriann le relevó, y por fin pudo dirigirse a dormir unas pocas horas. Aquel dolor de cabeza había sido un visitante impertinente, que no había abandonado su testa en todo el día. Esperaba que en el día siguiente hubiese desaparecido. Antes de abandonarse al sueño pensó que, con aquel paso, el siguiente día al anochecer llegarían al puerto de Malrós. Allí, por lo menos, no se hallarían en medio de cualquier paisaje mientras eran perseguidos por aquellos sildinas.

Méndez
12-oct-2008, 00:44
Capítulo 4: Malrós.

El sol se ponía por el oeste. Las horas del día habían pasado y aunque la tormenta no había abandonado totalmente aquellas tierras si era cierto que por el este se observaban los primeros claros que auguraban una noche ciertamente tranquila. Grégorec acababa de relevar a su compañero de guardia en las almenas de la muralla de Malrós. Subía las escaleras, peldaño a peldaño, mientras la capa azul marino lamía con indiferencia el empedrado de esta. Su mirada grisácea se paseó por el cuadrado casi perfecto que formaban las paredes de la torre. Su mirada dejaba ver la fascinación del hombre por el lugar en que paseaba. Una tras otra las piedras encajaban a la perfección y sus juntas parecían no existir. Las antorchas crepitaban, dejando oír un leve sonido en el silencio en derredor. Más allá, pero formando solamente un susurro, se escuchaba el rumor del mar, que se afanaba una y otra vez en intentar atrapar al puerto.

Alzó la vista y observó el fin de aquella escalinata. Un hueco en la piedra anunciaba la salida a las almenas. La propia puerta se hallaba flanqueada por dos de las antorchas que alimentaban de la luz la estancia, que en poco se hallaría sumida en oscuridad. Grégorec traspasó el umbral y pudo sentir como la corriente que se encontraba allí arriba rebuscaba entre las anillas de su malla para poder llegar a su piel y así poder incidir en él. Su mirada se paseó por el recorrido que tocaría vigilar esa noche. En lo alto de la torre por la que acaba de salir observó a Allan. Era un buen arquero, y mejor compañero en las partidas de cartas en la taberna. Más allá se alzaba otra de las torres, y otro guardia se encontraba allí encaramado. Su mirada se paseó por el estrecho pasillo que tenía ante si. Toda la noche debería dar paseos por él, manteniendo la mirada fija tanto fuera de la ciudad como dentro de esta. Quizás no era un gran trabajo, pero sin duda la paga era agradecida por él y su familia. Además contaba con cierta posición en el puerto, y eso ya era algo importante.

Quedarían pocos minutos para que el sol se perdiese, y por tanto las puertas se cerrarían totalmente en poco tiempo. Todos habían oido rumores sobre el puesto fronterizo de Vathir y aquella noche donde algunos guardias perdieron la vida. Se comentaba que algunos de Ellos habían abandonado el bosque, y que ahora se hallaban en la frontera de Ashland. Todo eran rumores, y para Grégorec ninguno podía ser cierto. Había visto Sylthaden años atrás y aunque no había conocido a ningún elfo no creía que estos se hubiesen convertido en las horrorosas criaturas que todos publicaban. Aunque el no fuese partidario del rumor lo cierto es que existía cierta inquietud en el puerto. La guardia se había doblado y las puertas se cerraban al anochecer, no dejando paso a nadie que diese fe de su permanencia en Ashland. Era por tanto normal que muchos habitantes que vivían en las laderas de Aberdeen o en las cercanías del puerto buscasen cobijo en el puerto, pues en verdad muchas tabernas y casas se hallaban al resguardo de las murallas de piedra, recias y fuertes.

Los guardias del portón se preparaban para dejar caer el gran madero cuando se avistaron a unas figuras que se acercaban hacia el puerto. Dejaban tras de si las laderas de Aberdeen. Pronto creyó que serían campesinos o pastores que buscaban refugio en el lugar, pero se dio cuenta de que se hallaba errado. Las cuatro figuras no eran bajas, por lo que descartó que algún niño se encontrase en el grupo. Además eran anchas en su mayoría, sólo exceptuando una, pero precisamente esta era la más espigada de todas. Quizás era un grupo de leñadores o algo así. La verdad es que no le era de mayor incumbencia pero ante la monotonía de una guardia cualquier detalle le parecía una escapada del aburrimiento que normalmente le atormentaba en cada turno. Escuchó los gritos del guardia del portón, lejanos, debido a que su zona de vigía se hallaba un poco más hacia el norte que las puertas. No distinguía bien las palabras, pero se imaginaba aquello que se preguntaba desde las almenas. El mismo, muchas veces, debía hablar con tales palabras ante todos los que dispusieran a entrar en el puerto, al menos en las noches y en los días donde las murallas no quedaban abiertas con la mínima protección. Su mirada, curiosa, no encontraba más que las telas que cubrían a los cuatro forajidos. No se dejaban ver, y aquello le fastidiaba sobremanera.

Aquel pensamiento pareció suficiente para que uno de ellos deslizase su capucha, dejando ver un rostro curtido en vida. El cabello negro caía hasta sus hombros, y algunas canas lo complementaban. Era claro que aquel hombre ya había entrado en la madurez, pero su rostro y su físico dejaban entrever la vitalidad contenida en él. Su semblante se encontraba desaliñado y ahora, observándolo, bien podría ser un leñador, si, su primera suposición. Las ropas se encontraban llenas de barro, y calzaba botas como la de los lugareños de Aberdeen…Bueno, era normal que todos buscasen refugio en el puerto. Era el único lugar en muchos kilómetros alrededor donde encontrar agua caliente, comida y habitaciones a buen precio, todo junto y al amparo de unas grandes murallas de piedra.

Las puertas se abrieron y los cuatro desconocidos se internaron en la ciudad. Desde aquella altura era posible observar la mayoría de la ciudad con facilidad. Malrós no era muy grande en comparación con otros tantos puertos de Aalmark, pero si era más que una simple aldea o pueblo. Desde donde Grégorec se encontraba podía observar la mayoría de los edificios y de la misma muralla. La ciudad se hallaba planificada cuadricularmente hasta la llegada a la misma muralla donde esta definía la configuración de las calles de en forma de óvalo pues esta formaba una arco de norte a sur protegiendo el puerto. Aparte de la zona portuaria, donde se hallaban el embarcadero, los muelles y los almacenes, Malrós conservaba un gran mercado donde se situaba la práctica totalidad del comercio de la Costa Amatista. Aquella era una ciudad comercial, y de ello nadie tenía duda pues allí llegaban antes que a cualquier lugar las naves provenientes del Reino de Leythintar, incluso antes de llegar al puerto de Osoria, el Gran Puerto.

Si, Grégorec pensaba que aquel lugar era un buen sitio donde vivir. Era cierto quemarlos no podía compensarse con el Gran Puerto pero Malrós mantenía lejos aquel tremendo bullicio que se creaba continuamente en Osoria. Grégorec pensaba que allí se mantenía un equilibrio constante que le gustaba cada vez más. Era un lugar tranquilo, pero a la vez próspero. Si, definitivamente Malrós era su lugar.

Y entre tantos pensamientos no se dio cuenta de que casi perdió a las víctimas de su mirada por las calles. Observó que se dirigieron a una de las tabernas del lugar. Sin duda buscarían descanso y acomodo. El sol comenzaba a declinar en el oeste, perdiéndose ya en las laderas de Aberdeen. Nada más despedirse el último de los rayos del sol la brisa marina se dio a reconocer en lo alto de las almenas.

El viento del este no tardó en hacerse notar, con más fuerza que en el día. Era normal en aquel lugar. La noche parecía que se dilucidaba tranquila, sin lluvias como los días anteriores. Las guardias en las noches lluviosas eran un cargo muy pesado. Normalmente las telas se empapaban y aumentaban el peso de la indumentaria de todos los guardias. Sin embargo sólo los últimos resquicios de la tormenta se agitaban en el cielo, buscando una pronta salida al oeste. Aquella noche la luna aparecería y, dentro de lo que suponía una guardia nocturna, la noche pasaría más rápido.

… … … … …

Más de medianoche. La luna continuaba su paseo con lentitud. En tantas y tantas noches había sido admirador del viaje del astro por la bóveda que se alzaba sobre él. No entendía nada de aquello que se extendía más allá de su propia cabeza y apenas había leído nada sobre ello, pero le fascinaba. Se preguntó si aquello no debiera resultar extraño. Él, un príncipe del Reino de Leythintar, que apenas sabía nada de ciencia. Seguramente el debería haber pasado toda su niñez y juventud estudiando tanto las ciencias como el arte de la guerra, y también literatura, y filosofía y…y muchas más cosas. Sin embargo allí se hallaba, en aquel puerto de Ashland, observando el cielo tras una ventana de un cristal empañado.

Habían entrado en el Galeote Errante, una posada que se hallaba cerca de la zona portuaria de Malrós, y ahora se encontraban tomando algo caliente para comer. Pasarían la noche en el lugar y por la mañana Lászlo y Ferenc intentarían encontrar pasajes en cualquier barco o galera que se encontrase anclado y que zarpase a Leythintar. El Galeote era conocido en la ciudad como una de las mejores posadas de Malrós. Cuatro pisos, uno detrás del otro, se alzaban hacia arriba, convirtiéndole en uno de los edificios más alto de toda la ciudad. Sin duda era un honor para el posadero. Ante la presencia de los cuatro este dio un pequeño respingo al reconocer en Lászlo la marca de Harask y les guió hacia las habitaciones más alejadas del resto, a la tercera planta. Por decirlo de alguna forma el posadero no había sido agradable con ellos y el propio Stilian observó que les miraba con curiosidad desde la barra o el recibidor cuando creía que no podían observarle.

Dejó escapar el aire pesadamente por su nariz y volvió sus sentidos a la conversación que tenían los demás.

- Hemos tenido suerte, La tormenta ha causado que ningún barco se atreviese a partir y levar anclas. Mañana se supone que muchos de esos barcos saldrán hacía su destino. Parece que un par de ellos se dirigen hacia el sur, hacia Leythintar y Khalais. No deberíamos tener problema al embarcarnos en ellos.- Lászlo había propuesto el plan y, al parecer, todo encajaba con coherencia. Le gustaba aquel hombre. Aparte de haber salvado su vida aquel misterio que dejaba brotar de él le atraía irremediablemente. De todas formas él mismo era así, cualquier misterio era una excusa perfecta para tratar de resolverlo…y sin embargo nunca podía haber hecho tal cosa por culpa de su destierro.

- Hay luna. La tormenta ha pasado. Lászlo ellos vendrán. Será mejor montar guardia, no me fío.- El elfo era el que hablaba. Aquella obsesión por los sildinas le irritaba. ¿Acaso él no había matado a uno de ellos en Vathir? Eran como todos los demás seres, si un acero les traspasaba caían al suelo mientras se desangraban. No entendía aquella fijeza del elfo con ellos.

Ferenc, Lászlo y Siriann siguieron enumerando las acciones a llevar a cabo a partir de la siguiente mañana, aunque en verdad este último apenas hablaba sino para referirse a la protección que deberían llevar en el camino y en las provisiones que deberían tomar antes de salir de allí. Le sorprendió la confianza de Ferenc. En todos aquellos años que llevaba fuera de su reino, hacía ya casi doce años, el hombre siempre había sido distante a todos los que le rodeaban, y de tal forma le crió, haciéndole llegar la desconfianza a todo lo ajeno. Ahora sin embargo se comportaba de manera más o menos afable y muchas veces se dirigía al rondador para tomar decisiones. Sin duda la pronta llegada a su tierra le seria un gran alivio.

Apenas nada, pero si sabía algunas cosas de la vida de Ferenc. Estaba casado, aunque nunca pronunció el nombre de su esposa, y desconocía si había tenido hijos. Lo que si era cierto es que había cuidado de él como tal. Recordaba perfectamente aquel día donde se despidió de Leythintar y abandonó todo. Haría en poco tiempo doce años que partiera y ahora contaba con diecinueve. Notó como en sus ojos comenzaban a humedecerse y pronto desechó tales pensamientos a la vez que cerraba sus ojos repentinamente. No quería ser débil, no quería caer en las más fáciles trampas. Debía ser fuerte. Aquello, todo aquello, tenía una finalidad, y él debía superar todos los obstáculos, era necesario. Una de sus manos se dirigió a su pectoral y tomó con fuerza un pequeño colgante. En él se vislumbraba una pequeña gota tallada en lapislázuli. Notó su tacto suave y pulido y se relajó casi al instante. Tras un momento abrió sus ojos. Al parecer la conversación entre los demás seguía su curso pero, antes de abrir los ojos, Stilian no pudo notar la mirada de Ferenc dirigida hacia él.

No debía ser más de medianoche cuando fueron hacía sus habitaciones. Lászlo y Siriann dormirían juntos mientras él compartiría cuarto con Ferenc. Al parecer la tercera planta de la taberna había quedado vacía, sola para ellos. Pensó que de aquella forma no deberían preocuparse por nadie y que aquello les convendría a todos a poder descansar debidamente después de dos noches durmiendo a la intemperie.

Entró en el cuarto y observó alrededor. Al abrir la gruesa puerta de madera lo primero que pudo ver fue una ventana que se encontraba frente a si. La claridad que en el exterior profería la luna sobre las calles conseguía transmitirse a la habitación, y de tal modo pudo observar todo lo que allí se hallaba. Apenas unos cuantos muebles, los necesarios para una estancia. Dos camas en formación paralela se encontraban apoyadas en una de las paredes y a sus pies dos baúles de madera de roble mientras que un vacío escritorio de misma artesanía mantenía sobre sus tablas un candil ahora apagado. Una silla que descansaba en una esquina y una pileta completaban los enseres de la habitación.

Se internó en el lugar y arrojó el fardo que contenía las pocas cosas que había tomado en Vathir a la cama. Sus ojos se acostumbraron a la luz cuando Ferenc encendió el candil, que proporcionaba la cantidad exacta de luz necesitada para iluminar la habitación. Sentó en la cama y notó por primera vez el cansancio que acumulaba en su cuerpo. Llevaban más de dos días marchando por las laderas de Aberdeen sin apenas parar unas pocas horas, donde además apenas podían dormir cómodamente. Por ello pensó en abandonarse al sueño en ese mismo instante pero recordó que al día siguiente se internaría en un viaje por las aguas del este y que, por el tiempo que durase este, no contaría con apenas una comodidad. Por ello se levantó y, tomando una toalla del fardo, se dirigió hacia fuera de la habitación.

- ¿Dónde vas? No debes abandonar la pos…- Ferenc comenzaba a reprimirle y, aunque agradecía mucho el cuidado que había tenido sobre él cuando era niño, ahora comenzaba a irritarle mucho el que le dijese que debía hacer.

- Voy a darme un baño Ferenc, sólo a darme un baño.- Susurrando las palabras, conteniéndose a no dejarlas escapar con cierto desprecio, cerró la puerta tras de si mientras caminaba por el pasillo apenas alumbrado por dos candiles.

… … … … … …

Silencio. Que aterrador compañero. Grégorec se encontraba apostado en uno de los merlones de la muralla, en su parte este. Desde allí observaba el resto de la ciudad. Si, en ese momento no se hallaba su mirada dirigida hacia el exterior, sino hacia Malrós. Era una costumbre innata en él desde el principio de sus días como guardia. Cuando su turno azaroso le decidía la guardia nocturna pasaba muchas de sus horas observando la ciudad, viendo como una a una las luces desaparecían, dando paso a la tranquilidad, al descanso necesario para el ajetreo del día siguiente. Mientras tanto el sonido de una campana, entrometiéndose en el reino del silencio, se hizo escuchar en lo alto de la mayor torre, aquella que se alzaba en el portón principal, para después sumirse otra vez en la quietud. Aquello señalaba la medianoche. Sólo quedaban unas dos horas para que su turno terminase y se pudiese dirigir a su hogar, y tomar un baño antes de dormir hasta bien entrada la mañana. Tal pensamiento le produjo un sonoro bostezo. Se increpó a si mismo que aquellos pensamientos sólo harían menos llevadera la noche, y que apenas las dos horas que le quedaban se convertirían en un auténtico suplicio.

Dejó salir el aire pesadamente mientras daba media vuelta, dando apenas dos pasos hasta llegar al otro extremo de las grandes piedras. Internó entonces su cabeza por una de las almenas, observando la oscuridad que encontraba apenas a unos centímetros más allá de las antorchas ancladas en la parte exterior de la muralla. Sabía que apenas a medio centenar de metros se alzaba el bosque que se adentraba en Aberdeen e incluso desde allí podía vislumbrar las sombras creadas por la primera maraña de árboles.

Apoyo sus codos en la piedra, dejando apoyada la alabarda en el marco de la puerta que comunicaba la torre con el pasillo empedrado. Estaba decidido a pasar al menos la mitad del tiempo que le quedaba observando la oscuridad y escuchando los sonidos que huían del lejano bosque. De tal forma intentaba distraerse normalmente, escuchando a los búhos y a todo tipo de aves nocturnas. A veces conseguía observar a algún azor o a un milano. La verdad es que gracias a estas guardias se había conseguido convertir en un entendido de aquellas aves que trasnochaban. Quizás era temprano, o a lo mejor no había puesto la suficiente atención pero, esa noche, no había escuchado ninguno de los ruidos característicos de las aves, y aquello en verdad pasaba muy pocas veces.

Pasaron varios minutos más donde el silencio era el auténtico dominador del lugar. Excepto el crepitar de las llamas y algún sonido producido por las placas de la armadura no se escuchaba nada en el lugar. De pronto, en medio de aquel gran mutismo se escuchó un pequeño ruido, un crujir de una rama. Grégorec alzó la vista buscando aquello que había producido tal sonido y reconoció que una sombra se retrataba en el oscuro cielo. La siguió con la vista con facilidad, pues era grande y además se dirigía hacia la misma ciudad. En unos segundos pudo observar como un halcón peregrino traspasaba las murallas adentrándose en la misma ciudad. Sus ojos siguieron el vuelo del halcón, e incluso dio media vuelta para observarlo volar sobre los tejados de la ciudad, esquivándolos uno a uno y dirigiéndose hacia la zona portuaria con una rapidez innata, propia de aquellos que no tienen obstáculos frente a su camino.

Ese mismo instante dos sentimientos se cruzaron en la figura del guardia. La libertad producida por el vuelo del ave se confundió con la terrible desesperanza que se le apareció. Todo volvió a la normalidad, al silencio reinante, a la quietud máxima y a la extrañeza suprema. Con lentitud se volvió para observar la cara exterior de la muralla de piedra, y no observó nada. Pero aquella sensación atenazaba sus nervios. Sin poder impedirlo se encaminó hacia el borde de las piedras, debía ver, debía observar hacía abajo, era una pura tentación.

Sus manos se apoyaron en la piedra. Ante el contacto de estas el frío atenazó sus dedos, como si de un témpano de hielo puro se deslizase entre ellos. Poco a poco notó como el calor de su cuerpo compensaba el de la fría piedra y también notó que volvía a tener plena conciencia de ellos. ¿Qué le ocurría? Aquello que sentía no era normal, sentía un peligro acechante, y sin embargo ante su vista todo parecía normalidad, una noche más en las murallas.

Su cabeza comenzaba a desvariar y no debía dejarse llevar por ello, debía alzar el rostro, mirar hacia abajo y, después, esperar a que trascurriesen las ya menos de dos horas. Por ello inspiró, tomando el aire fresco que se le proporcionaba e inclinó su rostro para poder observar así la totalidad de la tierra más allá de la muralla. Definitivamente aquel no era una noche más.

Sus sentidos despertaron, salieron de un sueño en el que estaban sumidos incomprensiblemente. Sólo fueron unos segundos, apenas unos segundos para que todo fuese descifrado por su cerebro. Sus oídos recibieron el sonido raspante de la piedra, como si algo se estuviese deslizando por ella, pero además recibieron otro sonido estremecedor, el de un gorgoteo constante, como el de aquel que está a punto de ahogarse o desfallecer. Su piel notó la quietud que lo envolvía, y sus dedos volvieron a ser presa del frío de la piedra, que ahora parecía devolverle el calor al guardia e intentaba conquistarlo con su frialdad. Sus ojos observaron una figura apenas a unos cuantos metros de él. La antorcha que ardía en sus cercanías apenas transmitía una mínima imagen nítida de ella y sólo podía observar que una capucha negra ocultaba su rostro. Pero no le fue necesaria más luz cuando el extraño dirigió su mirada hacía arriba, dejando que la capucha cayese hacia atrás. Un rostro hermoso observó. Los finos y delicados rasgos de cualquier elfo se dejaban notar claramente, pero a la vez la inquietud se hacía notar en el interior de Grégorec. La palidez de la figura era extrema. Sabía que los elfos tenían esa característica innata en ellos pero no de tal forma. Esa figura parecía desprovista de vida en su interior. Sin embargo no era aquello lo que llamó su atención. Sus ojos, la mirada que le dirigió era de un verde cristalino, aquel de las costas limpias, y sin embargo la quietud en la que lo envolvió por unos segundos fue asfixiante.

Abandonó cualquier contacto y se dejó ir hacia atrás. En apenas un paso llegó al otro extremo del estrecho pasillo, chocando su espalda con las piedras que allí se hallaban. Su mirada se dirigió hacia la torre que más lejos se alzaba de él, que quedaba a su derecha, y pudo observar como una figura, seguramente la del guardia, permanecía totalmente inmovilizada. No tuvo demasiado tiempo para permanecer observando pues un sonido llamó su total atención. En la misma piedra se encontraba apoyados unos dedos largos y estilizados de un blanco muy contrastado al gris de la piedra. Y en ese momento sus sentidos se dispersaron. Escuchó el ruido de los aceros desenvainados, y el grito desgarrado de alguna parte de la almena. Aquella figura parecía salir de la leyenda más oscura jamás contada, y en el lugar donde cualquier anciano querría describir a los niños asustados alrededor de una hoguera.

Ni una sonrisa, ni una aspereza. Pulcro, bello y noble. Así era el rostro que observaba ahora frente a sí, apenas a unos metros de distancia. Aquel ser que se alzaba ante si se deslizó con gran soltura por las piedras de la muralla y ahora dirigía sus pasos hacía él. Sus dedos abrían la veda en el aire, y se dirigían hacia su figura con lentitud, con extrema lentitud, como aquel que fuese a dar una caricia con delicadeza. Aquel ser más le invitaba a ser cómplice que víctima de verdugo.

Y de pronto aquellos dedos alargados y estilizados se contrajeron. Se unieron en un puño al mismo tiempo que Grégorec parecía salir de un ensimismamiento. Ahora sus oídos podían recibir con total facilidad el gorgoteo repulsivo y vio como aquel que tenía en frente caía hacia atrás, apoyándose en la roca que antes había trepado.

- ¡Gregor! ¡Despierta y cuida de tus espaldas, están atacando toda la muralla! – Era Allan. Gracia a él se había desprendido del elfo pues le había disparado al observar la cercanía de este a su figura.

Por fin tomó el control de si mismo. Era difícil, pero él había sido entrenado para ello, no se permitiría caer de nuevo en el mismo error. Alargó su mano para poder tomar su arma, una alabarda que en aquel momento podría causarle más problemas que buenaventura, y dirigió su vista alrededor. En el pasillo que el debía vigilar no se encontraba ninguna figura más, y apenas escuchaba algunas voces lejanas y algún chirriante sonido metálico al entrechocar. Si él había quedado en ese estado quizás otros también.

Sus oídos recogieron la quietud de la ciudad. Nadie había salido a las calles, y las campanas de alarma no sonaban. Debía dirigirse hacía ellas. En la torre donde se hallaba Allan no había ninguna, pero en aquella que se encontraba más al norte si. Se encaminó con prisa entonces hacia allí, dando grandes zancadas por la dura piedra que conformaba la almena. Dos antorchas flanqueaban el quicio de madera que no soportaba ninguna puerta. Observó por fin la campana, y con rapidez fue a tocarla. En el casi total silencio de la noche aquel sonido le pareció que retronaría en todas y cada una de las calles de la ciudad.

Dirigió su vista a la derecha y observó como uno de los guardias desenvainaba su espada y se disponía a batirse con un enemigo. Apenas unos pasos más allá un hombre yacía en la piedra. Al dirigir la mirada a la izquierda, sin embargo, esta quedó petrificada. La figura, antes caída contra la piedra, aquella que había desfallecido abatida frente a sus mismos ojos, apenas a unos centímetros, se levantaba con lentitud, con la misma delicadeza y elegancia de antes. Sin embargo su rostro no contenía la expresión anterior. Ya no era bello, sino atroz, no era noble, sino fiero.

La luna rielaba la ciudad, mientras el sonido de las campanas al entrechocar tintineaba entre sus calles. Malrós despertaba en medio de la noche en la máxima confusión.