sgrojillo
20-may-2008, 14:33
El silencio de los Muñecos
Pablo Rojo
El espectáculo marchaba sobre ruedas, y él era el siguiente artista en subir al escenario. La suya era la función más esperada de la noche, y siendo consciente de ello, preparó el mejor guión posible; chistes con ingenio, diálogo con ritmo, y cómo no, preparó metódicamente su voz. Susurró, gritó, intercaló sonidos agudos y graves, imitó voces. Sólo apreció un ligero picor en la zona de la nuez. De entre sus numerosos muñecos eligió a Pepe Piscinas, el pueblerino con boina y un sólo diente; el que más risas y aplausos había cosechado hasta el momento. Repasó una, dos, tres, y hasta ocho veces su número, enfrentándose al espejo como único censor. Todo tenía que salir perfecto.
El presentador del evento, un andaluz con salero - que buscaba también su momento de gloria -, le llamó a escena mediante un chiste de ventrílocuos. Se santigúó, y agarrando con firmeza a Pepe Piscinas, salió ante el público, bajo un mar de aplausos y focos. Agradeció la acogida con una sonrisa, y luego, metiéndose en el papel, asomó a Pepe Piscinas por su flanco derecho, comentando el calor que hacia en el teatro, y haciendo un chascarrillo acerca del avance de la tecnología del Aire Acondicionado. El público aplaudió con entusiasmo el primer envite.
Debido a la buena acogida que tuvo su entrada, el número salió con mucha más naturalidad de la prevista; eso le hizo ganar confianza. Improvisó algún chascarrillo, y forzó tonos de voz, haciendo más cómico a Pepe Piscinas. Sabía que estaba siendo aquél el mejor número que en su vida había concebido. Y en la cresta, cuando empezaba a sentir el placer que daba el éxito, algo falló; Pepe Piscinas enmudeció. Se escucharon risas de fondo, como si estuviera previsto en la actuación. Pero no era así. Su garganta había fallado, y la notaba apunto de estallar en mil pedazos. Buscó la técnica del susurro, intentó silbar, luchó por aquel silencio. Resignado y vencido, observó al muñeco, y se echó a llorar. El pabellón se apagó; no sabían si reír, aplaudir, o llorar junto a él.
Se olvidó del protocolo de emergencia para esos casos, se olvidó del público, y se olvidó de su muñeco, el cual, con ojos de madera, temblaba de terror. Pues su silencio, era su muerte.
Pablo Rojo
El espectáculo marchaba sobre ruedas, y él era el siguiente artista en subir al escenario. La suya era la función más esperada de la noche, y siendo consciente de ello, preparó el mejor guión posible; chistes con ingenio, diálogo con ritmo, y cómo no, preparó metódicamente su voz. Susurró, gritó, intercaló sonidos agudos y graves, imitó voces. Sólo apreció un ligero picor en la zona de la nuez. De entre sus numerosos muñecos eligió a Pepe Piscinas, el pueblerino con boina y un sólo diente; el que más risas y aplausos había cosechado hasta el momento. Repasó una, dos, tres, y hasta ocho veces su número, enfrentándose al espejo como único censor. Todo tenía que salir perfecto.
El presentador del evento, un andaluz con salero - que buscaba también su momento de gloria -, le llamó a escena mediante un chiste de ventrílocuos. Se santigúó, y agarrando con firmeza a Pepe Piscinas, salió ante el público, bajo un mar de aplausos y focos. Agradeció la acogida con una sonrisa, y luego, metiéndose en el papel, asomó a Pepe Piscinas por su flanco derecho, comentando el calor que hacia en el teatro, y haciendo un chascarrillo acerca del avance de la tecnología del Aire Acondicionado. El público aplaudió con entusiasmo el primer envite.
Debido a la buena acogida que tuvo su entrada, el número salió con mucha más naturalidad de la prevista; eso le hizo ganar confianza. Improvisó algún chascarrillo, y forzó tonos de voz, haciendo más cómico a Pepe Piscinas. Sabía que estaba siendo aquél el mejor número que en su vida había concebido. Y en la cresta, cuando empezaba a sentir el placer que daba el éxito, algo falló; Pepe Piscinas enmudeció. Se escucharon risas de fondo, como si estuviera previsto en la actuación. Pero no era así. Su garganta había fallado, y la notaba apunto de estallar en mil pedazos. Buscó la técnica del susurro, intentó silbar, luchó por aquel silencio. Resignado y vencido, observó al muñeco, y se echó a llorar. El pabellón se apagó; no sabían si reír, aplaudir, o llorar junto a él.
Se olvidó del protocolo de emergencia para esos casos, se olvidó del público, y se olvidó de su muñeco, el cual, con ojos de madera, temblaba de terror. Pues su silencio, era su muerte.