Marcelo_Choren
18-may-2008, 19:35
Vaya este microcuento, que el propio Germán escribió allá por fines de los '60. Oesterheld fue secuestrado en La Plata, el 27 de abril de 1977, junto con sus cuatro hijas: Diana (24), Beatriz (19), Estela (25) y Marina (18).[10] Nunca más volvió a ser visto...
Exilio
De Los argentinos de la luna (1968)
Nunca se vio en Gelo algo tan cómico.
Salió de entre el roto metal con paso vacilante, movió la boca, desde el principio nos hizo reír con esas piernas tan largas, esos dos ojos de pupilas tan redondas.
Le dimos grubas, y linas, y kialas. Pero no quiso recibirlas, fíjate, ni siquiera aceptó las kialas, fue tan cómico verlo rechazar todo que las risas de la multitud se oyeron hasta el valle vecino.
Pronto se corrió la voz de que estaba entre nosotros, de todas partes vinieron a verlo, él aparecía cada vez más ridículo, siempre rechazando las kialas. La risa de cuantos lo miraban era tan basta como una tempestad en el mar.
Pasaron los días, de las antípodas trajeron margas, lo mismo, no quiso ni verlas, fue para retorcerse de risa.
Pero lo mejor de todo fue el final: se acostó en la colina, de cara a las estrellas, se quedó quieto, la respiración se le fue debilitando, cuando dejó de respirar tenía los ojos llenos de agua. Sí, no querrás creerlo pero los ojos se le llenaron de agua, d-e-a-g-u-a, como lo oyes.
Nunca, nunca se vio en Gelo nada tan cómico.
Héctor Germán Oesterheld
Salute, Germán, tus letras no mueren.
Exilio
De Los argentinos de la luna (1968)
Nunca se vio en Gelo algo tan cómico.
Salió de entre el roto metal con paso vacilante, movió la boca, desde el principio nos hizo reír con esas piernas tan largas, esos dos ojos de pupilas tan redondas.
Le dimos grubas, y linas, y kialas. Pero no quiso recibirlas, fíjate, ni siquiera aceptó las kialas, fue tan cómico verlo rechazar todo que las risas de la multitud se oyeron hasta el valle vecino.
Pronto se corrió la voz de que estaba entre nosotros, de todas partes vinieron a verlo, él aparecía cada vez más ridículo, siempre rechazando las kialas. La risa de cuantos lo miraban era tan basta como una tempestad en el mar.
Pasaron los días, de las antípodas trajeron margas, lo mismo, no quiso ni verlas, fue para retorcerse de risa.
Pero lo mejor de todo fue el final: se acostó en la colina, de cara a las estrellas, se quedó quieto, la respiración se le fue debilitando, cuando dejó de respirar tenía los ojos llenos de agua. Sí, no querrás creerlo pero los ojos se le llenaron de agua, d-e-a-g-u-a, como lo oyes.
Nunca, nunca se vio en Gelo nada tan cómico.
Héctor Germán Oesterheld
Salute, Germán, tus letras no mueren.