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Ver la Versión Completa : Pablo García Baena gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana


Javincy
08-may-2008, 07:48
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Madrid, 7 may (EFE).- El escritor cordobés Pablo García Baena, de 84 años, ha ganado hoy la XVII edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, considerado uno de los más importantes de este género y dotado con 42.100 euros.

Este prestigioso galardón, convocado conjuntamente por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, tiene como objetivo reconocer el conjunto de la obra de un autor vivo que, por su valor literario, constituye "una aportación relevante" al patrimonio cultural común iberoamericano y de España.


El premiado, que ha señalado hoy a Efe que no esperaba el premio y que ha sentido "mucha emoción al recordar a todos los amigos y a la familia", ha dicho que a pesar del reconocimiento, no sueña con los premios porque no tiene "manía de coleccionar".


Para el escritor cordobés, la importancia del galardón no reside en la cuantía económica, sino en la alegría de que se reconozca la obra en la que lleva trabajando más de sesenta años.


Esta faceta humilde y humana del poeta también ha sido destacada, tras el fallo, por Luis Antonio de Villena, miembro del jurado: "Pablo siempre ha vivido muy retirado, lejos del poder, y por eso nunca ha estado en medio de los premios. Lo suyo es vivir, las noches, la felicidad. Es un poeta en constante búsqueda de la felicidad", dijo.


Villena también ha afirmado que García Baena es "un gran poeta del idioma, muy estilista", y que precisamente por esa cualidad fue silenciado en una etapa en la que dominaba en España la poesía social.


De Villena ha definido la poesía de García Baena como "muy clásica y con tintes muy culturales", de "una moral muy libre, con orígenes paganos y algún elemento cristiano".


También ha recordado que el autor de "Antiguo muchacho", Premio Príncipe de Asturias, en 1984, fue el "adalid" en los años 40 del grupo Cántico, nombre de la revista y del movimiento que fundó en 1947 junto con Juan Bernier y Ricardo Molina y que enlazó la generación del 27 con la llamada Nueva Poesía.


El escritor cordobés publicó su primer poemario, "Rumor oculto", en 1946 y hace sólo unas semanas ha aparecido en la editorial Visor la tercera edición de su poesía completa, con prólogo de Luis Antonio de Villena. Su último poemario "Campos Elíseos" se publicó en 2006.


El jurado, que ha fallado hoy el premio, ha estado formado por el presidente del Patrimonio Nacional, Yago Pico de Coaña, y el rector de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, como organizadores; así como por Víctor García de la Concha, José Saramago, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, Clara Janés y Milagros del Corral, entre otras personalidades.


Para el presidente del Patrimonio Nacional, que recordó que cinco de los premiados anteriores con el Reina Sofía de Poesía han sido después premio Cervantes, Baena "es un extraordinario poeta y una extraordinaria persona. Es un premio muy merecido", añadió.


Un total de 49 poetas han concurrido a la XVII edición de este premio, propuestos por instituciones académicas universitarias y culturales de España, Portugal, Estados Unidos, Brasil y los países hispanoamericanos.


El premio es entregado cada año por la reina Sofía en un acto que se celebra en el Palacio Real, y además de la dotación económica el galardón incluye la edición de un poemario antológico, con un estudio y notas a cargo de un destacado profesor de literatura de la Universidad de Salamanca.


Un ejemplar de este poemario encuadernado artísticamente pasa a formar parte de los fondos de la Real Biblioteca de Madrid. El premio en la pasada edición fue a recaer en la poeta peruana Blanca Varela.

Mao20
11-may-2008, 04:39
Este es bueno :



La calle de Armas

Así te amaba, voz lejana, cuando decías:
Amanecía entonces en la calle de Armas...
Era un carro ruidoso de gaseosas, sifones y aguas medicinales
donde la aurora, dulce, sonreía
como en triunfal cuadriga de leonados caballos.
Cantaban enjauladas, desde los hondos patios, las perdices,
y el santero enlazaba de frescos heliotropos
el cetro de la Virgen del Socorro.
Abrían los torneros sus puertas,
y en la tienda cercana de tejidos
colgaban de las perchas, rígidos, los capotes
y las listadas telas flameaban al indolente aire
como paramentos suntuosos abatidos sobre murientes fiestas.
Las barberías humildes,
el azogue manchado del espejo,
irisaban de un rosa pálido de pomadas,
de un azul de colonias, de verdes brillantinas,
como un pavo real entreabriendo el ocaso purpúreo de su cola.
Y los moldes de lata para dulces,
las jaulas, las parrillas, los grandes rayadores,
como escudos vencidos de guerreros,
colgaban en la puerta del latonero hábil,
donde el estaño finge un pez que salta líquido.
En el número 7 de la calle de Armas,
al pasar, el estío soplaba sus vaharadas de esencias turbadoras:
inmóvil mediodía en las eras calientes
cuando un sátiro joven deja caer el chorro de agua de su flauta.
Allí estaban las hoces, las trallas, los rastrillos,
las cribas, los sombreros de segador, los bieldos,
y junio respiraba coronado de adelfas
que mustian los deseos con sus labios ardientes.
Sobre grandes canastos
se encontraban la yesca y el laurel victorioso,
las navajas y el huevo de zurcir calcetines;
y en papeles aparte, la sal y los cominos,
el azafrán bermejo, como cabellos cárdenos de corsarios turquíes,
el orégano amargo y el perejil fragante.
María Francisca, abeja en panal de almidón,
con delantales blancos de caladas vainicas, por la confitería
repartía la dicha en cajas de sorpresa,
con estampas brillantes de fabulosos pájaros en selvas irreales
y misteriosas cruces que acercando a los ojos,
enseñaban la casa santa de Loreto
o la gruta de Lourdes.
Cuando la tienda estaba dormida en las bateas al sopor de las moscas,
sus prodigiosas manos,
con tibias tenacillas y el ámbar de sus uñas,
rizaban los manteles albos de los altares,
los amitos, roquetes, los finos pañizuelos eucarísticos
y los mismos repliegues, idénticas cenefas
que bordaban de crema los pasteles de hojaldre,
cándidas margaritas, abullonadas nubes,
rodeaban el sacro pelícano sangrante
y el vellón inocente del Agnus Dei.
Con un largo quejido
anunciaba el sillero amarillas aneas,
y el vendedor de cuadros extendía sus cromos
donde una mujer rubia, con el cabello suelto
y felpa de brillantes,
desde una rosaleda, arrojaba a los cisnes blancos copos de almendro,
mientras la muerte rema, adornada de flores,
por el viejo taller del relojero,
en la dorada barca del tiempo, al compás de la péndola,
tenue cual la guadaña abatiendo las mieses.
Así, lejana, voz perdida, te amaba cuando decías:
Era el amanecer en la calle de Armas...