BOLERO
07-may-2008, 17:35
D I O S E S
Me siento ateo convencido porqué considero imposible la existencia de ningún poder superior con capacidad para crear el Universo ni cambiar las leyes de la naturaleza. Tampoco creo que este milagro que representa vivir pueda de ninguna forma prolongarse cuando mi cerebro deje de funcionar.
Aquello que llamamos “el alma”, que es el conjunto de nuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos e intenciones, adecuados con todos los conocimientos adquiridos durante el transcurso de nuestras vidas y nuestra carga genética original, morirá definitivamente cuando se agote la energía que mantiene en activo nuestra mente. Sin energía y sin un cuerpo donde habitar no es creíble —para mí— que existan almas flotando por ahí.
Si aceptamos como cierto, así lo creo yo, que el espacio se va creando a partir de un primer movimiento energético en la Nada, sencillamente porqué era posible, llegaremos a la conclusión definitiva de que no hay un ente creador que haya dispuesto como tienen que ser las cosas. Con toda seguridad, en la Nada, por no haber no había ni Dios.
¿Por qué entonces? —Me pregunto— ¿desde los tiempos más antiguos de las primeras civilizaciones, la idea de unos dioses con poderes sobrenaturales, y a los cuales hay que obedecer ciegamente, ofrecer sacrificios y adorar ostentosamente, arraiga con tanta fuerza en el corazón de los pueblos, tratándose, como para mí es evidente, de una mentira escandalosa?
¿Alguien puede creer hoy en día, sinceramente, que si de verdad fuese posible la existencia de este creador omnipotente, se nos hubiese llegado a tolerar que adorásemos a tantos dioses diferentes?
Cada cisma, cada nueva aparición de distintas iglesias y creencias religiosas no habría sido posible si de verdad hubiese habido —por encima de ambiciones, orgullos, afán de poder y dominio, e incluso intenciones de humanizar las relaciones entre los seres humanos— un ser supremo y todopoderoso con capacidad para evitarlo y para imponernos una sola verdad a todos los pueblos de la Tierra desde el primer instante.
Ya aquellos humanos que alcanzaron las primitivas civilizaciones, no se conformaron con un solo Dios. Cada mago, cada brujo o chamán, tendrían sus propias preferencias y todos se inventaron historias diferentes para explicar el porqué de los misterios de la naturaleza, y sobre todo, para hacer hablar a sus divinidades por boca de ellos mismos y de acuerdo con sus propios intereses. Egipcios, sumerios, griegos, romanos, persas, chinos, indios... Todos ellos fueron creando fantasiosas sagas con las hazañas de sus dioses, a los que ofrecían sacrificios, pedían favores y solicitaban consejos, siempre a través de videntes escogidos por aquellos que querían conservar su supremacía y un estado de dominio sobre los demás.
Imagino aquellos primeros balbuceos de los incipientes proyectos de comunidades humanas donde el más fuerte era la ley, hasta que perdía su liderato cayendo ante el empuje de otro aspirante al poder. Entonces debió ser cuando apareció la figura del brujo —el más vivo e inteligente del grupo—, que haciendo un pacto con el jefe, se comprometió a mantener calmado al personal mediante el temor a lo sobrenatural durante el tiempo que hiciese falta y evitarle así los continuos desafíos a su autoridad, imponiendo unas leyes emanadas de los mismos dioses a través de su palabra. A cambio debió de obtener unos privilegios y un creciente poder sobre su pueblo que con el tiempo pudo llegar a invertir los términos convirtiendo al mago en verdadero jefe y al bruto de turno en su principal aliado.
Seguramente que los más horripilantes crímenes de la humanidad se han cometido casi siempre en nombre de los distintos dioses, y aún hoy en día, la intransigencia y la brutalidad de algunas leyes y costumbres en países del tercer mundo, tienen la figura de Dios como valedor.
—“La religión es el opio del pueblo”. —Dice un militar chino cuando pisa y destroza un “mandala” en el film “Siete años en el Tíbet”, y aunque en este caso los chinos son los malos de la película, yo le doy toda la razón.
Aunque hubiese algún eclesiástico creyente convencido, cosa que dudo pero no descarto, el Papa debe ser el primero en saber que no hay Dios. Sus estudios, su larga preparación y todo su entorno de asesores y consejeros, no le pueden permitir ser tan inocente como para no darse cuenta de que está ubicado en el vértice más alto de una inmensa mentira. Lo terrible es que no interesa a nadie que el pueblo llano sepa, y que debe resultar imposible apearse de esta cumbre sin estrellarse.
Pero no es sólo la idea de Dios lo que eliminaríamos con esta nueva concepción del Universo. También hay toda una serie de efectos paranormales: videntes, adivinaciones, comunicaciones de ultratumba etc. Con toda una serie de vividores detrás que quedarían completamente fuera de lugar si la ciencia llegase a establecer que el Universo surgió de la Nada por generación espontánea y sólo porqué era posible; con lo cual se haría un poco de limpieza entre la humanidad.
¿Un Mundo sin Dios sería mejor? Sería mejor sin duda porqué la verdad siempre simplifica la comprensión de las cosas. Tras unas cuantas generaciones, muchas de las barreras que hoy nos separan ya estarían olvidadas y las religiones habrían pasado a formar parte de la historia antigua.
En segundo lugar porqué el lastre divino normalmente arrastra a los científicos a dudar antes de exponer libremente sus ideas, sobre todo en países como EEUU, tan condicionados a sus fanatismos religiosos (y no digamos del mundo islámico donde cualquier crítico o disidente está en peligro real de ser ejecutado).
Basta con abrir un periódico por las páginas de publicidad o ver estos canales de televisión que se pasan todo el día promocionando horóscopos y demás para darse cuenta de la cantidad de incautos que deben aportar su dinero a toda esa gentuza. Con los dioses desaparecerían toda clase de efectos paranormales, destinos, fatalismos, videncias y otras falacias.
Soy consciente de que hay mucha gente sencilla a la que la fe religiosa ha proporcionado consuelo y esperanza durante milenios, pero sin duda hallarían otros medios de conformarse y otras formas de manifestar su alegría de vivir sin necesidad de recurrir a procesiones ni exaltaciones del culto a sus creencias (que más parecen reminiscencias medievales que otra cosa), porqué la vida es así y siempre encuentra el modo de salir adelante.
Sí, estoy plenamente convencido de que un Mundo sin dioses sería mejor.
BOLERO.
Me siento ateo convencido porqué considero imposible la existencia de ningún poder superior con capacidad para crear el Universo ni cambiar las leyes de la naturaleza. Tampoco creo que este milagro que representa vivir pueda de ninguna forma prolongarse cuando mi cerebro deje de funcionar.
Aquello que llamamos “el alma”, que es el conjunto de nuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos e intenciones, adecuados con todos los conocimientos adquiridos durante el transcurso de nuestras vidas y nuestra carga genética original, morirá definitivamente cuando se agote la energía que mantiene en activo nuestra mente. Sin energía y sin un cuerpo donde habitar no es creíble —para mí— que existan almas flotando por ahí.
Si aceptamos como cierto, así lo creo yo, que el espacio se va creando a partir de un primer movimiento energético en la Nada, sencillamente porqué era posible, llegaremos a la conclusión definitiva de que no hay un ente creador que haya dispuesto como tienen que ser las cosas. Con toda seguridad, en la Nada, por no haber no había ni Dios.
¿Por qué entonces? —Me pregunto— ¿desde los tiempos más antiguos de las primeras civilizaciones, la idea de unos dioses con poderes sobrenaturales, y a los cuales hay que obedecer ciegamente, ofrecer sacrificios y adorar ostentosamente, arraiga con tanta fuerza en el corazón de los pueblos, tratándose, como para mí es evidente, de una mentira escandalosa?
¿Alguien puede creer hoy en día, sinceramente, que si de verdad fuese posible la existencia de este creador omnipotente, se nos hubiese llegado a tolerar que adorásemos a tantos dioses diferentes?
Cada cisma, cada nueva aparición de distintas iglesias y creencias religiosas no habría sido posible si de verdad hubiese habido —por encima de ambiciones, orgullos, afán de poder y dominio, e incluso intenciones de humanizar las relaciones entre los seres humanos— un ser supremo y todopoderoso con capacidad para evitarlo y para imponernos una sola verdad a todos los pueblos de la Tierra desde el primer instante.
Ya aquellos humanos que alcanzaron las primitivas civilizaciones, no se conformaron con un solo Dios. Cada mago, cada brujo o chamán, tendrían sus propias preferencias y todos se inventaron historias diferentes para explicar el porqué de los misterios de la naturaleza, y sobre todo, para hacer hablar a sus divinidades por boca de ellos mismos y de acuerdo con sus propios intereses. Egipcios, sumerios, griegos, romanos, persas, chinos, indios... Todos ellos fueron creando fantasiosas sagas con las hazañas de sus dioses, a los que ofrecían sacrificios, pedían favores y solicitaban consejos, siempre a través de videntes escogidos por aquellos que querían conservar su supremacía y un estado de dominio sobre los demás.
Imagino aquellos primeros balbuceos de los incipientes proyectos de comunidades humanas donde el más fuerte era la ley, hasta que perdía su liderato cayendo ante el empuje de otro aspirante al poder. Entonces debió ser cuando apareció la figura del brujo —el más vivo e inteligente del grupo—, que haciendo un pacto con el jefe, se comprometió a mantener calmado al personal mediante el temor a lo sobrenatural durante el tiempo que hiciese falta y evitarle así los continuos desafíos a su autoridad, imponiendo unas leyes emanadas de los mismos dioses a través de su palabra. A cambio debió de obtener unos privilegios y un creciente poder sobre su pueblo que con el tiempo pudo llegar a invertir los términos convirtiendo al mago en verdadero jefe y al bruto de turno en su principal aliado.
Seguramente que los más horripilantes crímenes de la humanidad se han cometido casi siempre en nombre de los distintos dioses, y aún hoy en día, la intransigencia y la brutalidad de algunas leyes y costumbres en países del tercer mundo, tienen la figura de Dios como valedor.
—“La religión es el opio del pueblo”. —Dice un militar chino cuando pisa y destroza un “mandala” en el film “Siete años en el Tíbet”, y aunque en este caso los chinos son los malos de la película, yo le doy toda la razón.
Aunque hubiese algún eclesiástico creyente convencido, cosa que dudo pero no descarto, el Papa debe ser el primero en saber que no hay Dios. Sus estudios, su larga preparación y todo su entorno de asesores y consejeros, no le pueden permitir ser tan inocente como para no darse cuenta de que está ubicado en el vértice más alto de una inmensa mentira. Lo terrible es que no interesa a nadie que el pueblo llano sepa, y que debe resultar imposible apearse de esta cumbre sin estrellarse.
Pero no es sólo la idea de Dios lo que eliminaríamos con esta nueva concepción del Universo. También hay toda una serie de efectos paranormales: videntes, adivinaciones, comunicaciones de ultratumba etc. Con toda una serie de vividores detrás que quedarían completamente fuera de lugar si la ciencia llegase a establecer que el Universo surgió de la Nada por generación espontánea y sólo porqué era posible; con lo cual se haría un poco de limpieza entre la humanidad.
¿Un Mundo sin Dios sería mejor? Sería mejor sin duda porqué la verdad siempre simplifica la comprensión de las cosas. Tras unas cuantas generaciones, muchas de las barreras que hoy nos separan ya estarían olvidadas y las religiones habrían pasado a formar parte de la historia antigua.
En segundo lugar porqué el lastre divino normalmente arrastra a los científicos a dudar antes de exponer libremente sus ideas, sobre todo en países como EEUU, tan condicionados a sus fanatismos religiosos (y no digamos del mundo islámico donde cualquier crítico o disidente está en peligro real de ser ejecutado).
Basta con abrir un periódico por las páginas de publicidad o ver estos canales de televisión que se pasan todo el día promocionando horóscopos y demás para darse cuenta de la cantidad de incautos que deben aportar su dinero a toda esa gentuza. Con los dioses desaparecerían toda clase de efectos paranormales, destinos, fatalismos, videncias y otras falacias.
Soy consciente de que hay mucha gente sencilla a la que la fe religiosa ha proporcionado consuelo y esperanza durante milenios, pero sin duda hallarían otros medios de conformarse y otras formas de manifestar su alegría de vivir sin necesidad de recurrir a procesiones ni exaltaciones del culto a sus creencias (que más parecen reminiscencias medievales que otra cosa), porqué la vida es así y siempre encuentra el modo de salir adelante.
Sí, estoy plenamente convencido de que un Mundo sin dioses sería mejor.
BOLERO.