Pedro.Alhambra
04-may-2008, 19:25
Días de perros y gatos
Las desventuras del jovencito Antonio
No sé para qué me levanté aquel día. En serio, me tendría que haber quedado tumbado en la cama viendo pasar las musarañas, leyendo, o simplemente relajándome después de la semana de trabajo, pero a veces no sé bien lo que hago, o por lo menos no sé por qué lo hago. Por ello me levanté como un resorte y me lavé la cara en la pila rápidamente. Tenía los ojos rojos. Así que ese tipo medio dormido que no tenía ganas de afeitarse era yo. Apenas me peiné ligeramente con las manos y un poco de agua me dirigí hacia la cocina, tropezándome con el perro, que siempre está en medio del pasillo dispuesto a estorbarte cuando tienes prisa. El gato se acercó rápido y se estiro en mi pierna, hincándome las uñas, mientras me levantaba del suelo. Tiene un buen hábito de saludar rompiendo pantalones de tela fina y medias.
-¡Que haces daño, capullo! – le dije a modo de saludo matutino.
- ¡Miau! – contestó él mirándome fijamente.
Le cogí y le dí un par de besos en la barriga, a los que contestó con un mordisco en mi oreja y otro en mi nariz a la par que me hincaba ligeramente las uñas en la cabeza. Le dejé en el suelo con más delicadeza de la que se merecía. En un rapto de genialidad se me ocurrió que debía de prepararme el mejor desayuno de la historia, y a su vez que debía de prepararle el mejor desayuno de la historia al gato y al perro. Salmón ahumado y jamón de pata negra pera el perro, y una trucha para el gato.
El perro comía tan rápido que se atragantaba y el gato me miraba extrañado. Quizá pensase que me había vuelto loco. No le faltaba razón. Finalmente el perro terminó y se comió también la comida del gato. Este gato es idiota. Se puso a maullar desesperado: ¡Mi trucha, mi trucha! El perro le gruñía cuando se acercaba y él le daba zarpazos en la cola y el lomo de forma sibilina y maliciosa. Decidí no entrometerme en sus asuntos. Alimentaría al gato cuando el perro estuviera dormido, haciendo la digestión.
Para mí preparé unas tostadas, un zumo de naranja, un vaso de cacao, dos huevos, un poco de cena del día anterior e incluso me comí unas sobras de fabada que había en un tupper en la nevera. Comí muy rápido, y a decir verdad no sé por qué tenía tanto apetito. Me habría comido a Cristo por los pies, con cruz y todo. Lo que no mata engorda...
El gato me miraba comer extrañado. Su interés resultaba algo pesado. No dejaba de intentar subirse a la mesa, a ver qué hacía. - Como, estoy comiendo, pesado, pesadísimo. Baja de la mesa, leches - le decía. Esto lo acompañaba de un movimiento repetitivo: le cogía de la panza y lo depositaba en el suelo. Infructuoso, se volvía a subir al momento. ¿Por qué este gato tendrá esa incapacidad para aprender? Tendré que preguntárselo al veterinario. Espero que no me diga que tengo que llevarle a un psicólogo de gatos, si es que existen. Creo que está traumatizado.
Después de comer todo eso, me dolía el estómago muchísimo, nunca en mi vida me ha dolido tanto. Aún así me negaba a regurgitar la comida que tan arduamente había preparado e ingerido. No me gusta desperdiciar.
Me quité los calzoncillos pesadamente y me metí en la ducha. Me contemple el nabo un rato, absorto, mientras me lo meneaba un poco a desgana. El dolor de estómago parecía remitir por momentos. El agua me caía por la cara, calentita, y yo comencé a canturrear una de esas cancioncillas idiotas que salen sólo cuando estás en la ducha, algo muy típico vamos.
Me dio por recordar mi infancia, sin querer. Recordé cuando me comía el gel de ducha porque me encantaba el olor. Qué tiempos aquellos, nada era más genial que hacer pompas de jabón directamente con la boca. Nada tan divertido. Hasta que un día me pilló haciéndolas mi tía, claro. Entonces comprendí que era malo hacer pompas con jabón. Quizá todo lo que me ocurre sea el siniestro resultado del jabón que “limpió” mi vida, mi boca e incluso mi estómago. Cuando alguien me decía: “no digas tantas palabrotas o te tendremos que lavar la boca con jabón” yo me reía. Cómo me dolía la barriga en ese momento.
Bueno, era hora de ponerse a hacer algo que no fuera el imbécil o pensar antiguas tonterías. Así que me dispuse a escuchar algo de música y comenzar así a disfrutar de mi día libre. Fui hacia el salón y conecté el amplificador; pero este no se encendió. - ¿Y a ti que leches te ocurre ahora? - dije. El cacharro olía mas a chamusquina que la tostadora. Estaba muerto. El gato me miraba fijamente. Se notaba que tenía hambre. Me miraba a mí, miraba el ampli, entornaba los ojillos y maullaba. Se acercó a mi pié y comenzó a darme en él con la cabeza. Debe de tener complejo de cabra. - No deberías ver tanto el National Geographic – le dije.
Tenía que abrir el ampli. Quería escuchar música, y el cacharro era casi nuevo. ¿Hace cuanto que lo había comprado? No lo recordaba, pero quizá estuviera aún en garantía. Tendría que buscar la factura... la carpeta de facturas estaba atestada. ¿Dónde leches estaba la factura? Pasada una hora de búsqueda la encontré, justo la última. Ahora recordé que la había metido aparte, en otra sección de la carpeta, para que me fuera fácil encontrarla... en fin...
La garantía había acabado hacía 2 días. El gato se acercó a darme con la cabeza. Tenía más hambre que “el Bobi” (“el Bobi “ era un gato rubio y enorme, el de mi abuela, que había llegado a pesar 25 kilos antes de que le hicieran una reducción de estómago). Fui a la cocina y abrí una de las apestosas latas de comida para gato. “Gourmet”, ponía en la lata. ¿Se referiría por la peste que echaba? También saqué bolas para gatos, comida seca, que no sé cómo se pueden comer los pobres, pero que parece gustarles. Él se volvía loco. A ver si me dejaba en paz un rato.
Tenía que abrir el amplificador. Seguramente se le habría fundido el fusible, o se lo hubiera roto alguna resistencia. Algo sencillo de reparar. Siempre se me han dado bien estas cosas, lo arreglaría rápido. Saqué la caja de herramientas y cogí un destornillador de estrella. Abrí la tapa del ampli. Lo que vi me dejó perplejo: el amplificador estaba lleno de pelos... pelos de gato.
Te subes al ampli, ¿verdad? - le dije de muy mal humor.
¡Miau! - me contestó. Había acabado de comer y no quería problemas.
Que sepas que estás castigado.
No tenía remedio.
Pedro Martínez Alhambra (c)
Las desventuras del jovencito Antonio
No sé para qué me levanté aquel día. En serio, me tendría que haber quedado tumbado en la cama viendo pasar las musarañas, leyendo, o simplemente relajándome después de la semana de trabajo, pero a veces no sé bien lo que hago, o por lo menos no sé por qué lo hago. Por ello me levanté como un resorte y me lavé la cara en la pila rápidamente. Tenía los ojos rojos. Así que ese tipo medio dormido que no tenía ganas de afeitarse era yo. Apenas me peiné ligeramente con las manos y un poco de agua me dirigí hacia la cocina, tropezándome con el perro, que siempre está en medio del pasillo dispuesto a estorbarte cuando tienes prisa. El gato se acercó rápido y se estiro en mi pierna, hincándome las uñas, mientras me levantaba del suelo. Tiene un buen hábito de saludar rompiendo pantalones de tela fina y medias.
-¡Que haces daño, capullo! – le dije a modo de saludo matutino.
- ¡Miau! – contestó él mirándome fijamente.
Le cogí y le dí un par de besos en la barriga, a los que contestó con un mordisco en mi oreja y otro en mi nariz a la par que me hincaba ligeramente las uñas en la cabeza. Le dejé en el suelo con más delicadeza de la que se merecía. En un rapto de genialidad se me ocurrió que debía de prepararme el mejor desayuno de la historia, y a su vez que debía de prepararle el mejor desayuno de la historia al gato y al perro. Salmón ahumado y jamón de pata negra pera el perro, y una trucha para el gato.
El perro comía tan rápido que se atragantaba y el gato me miraba extrañado. Quizá pensase que me había vuelto loco. No le faltaba razón. Finalmente el perro terminó y se comió también la comida del gato. Este gato es idiota. Se puso a maullar desesperado: ¡Mi trucha, mi trucha! El perro le gruñía cuando se acercaba y él le daba zarpazos en la cola y el lomo de forma sibilina y maliciosa. Decidí no entrometerme en sus asuntos. Alimentaría al gato cuando el perro estuviera dormido, haciendo la digestión.
Para mí preparé unas tostadas, un zumo de naranja, un vaso de cacao, dos huevos, un poco de cena del día anterior e incluso me comí unas sobras de fabada que había en un tupper en la nevera. Comí muy rápido, y a decir verdad no sé por qué tenía tanto apetito. Me habría comido a Cristo por los pies, con cruz y todo. Lo que no mata engorda...
El gato me miraba comer extrañado. Su interés resultaba algo pesado. No dejaba de intentar subirse a la mesa, a ver qué hacía. - Como, estoy comiendo, pesado, pesadísimo. Baja de la mesa, leches - le decía. Esto lo acompañaba de un movimiento repetitivo: le cogía de la panza y lo depositaba en el suelo. Infructuoso, se volvía a subir al momento. ¿Por qué este gato tendrá esa incapacidad para aprender? Tendré que preguntárselo al veterinario. Espero que no me diga que tengo que llevarle a un psicólogo de gatos, si es que existen. Creo que está traumatizado.
Después de comer todo eso, me dolía el estómago muchísimo, nunca en mi vida me ha dolido tanto. Aún así me negaba a regurgitar la comida que tan arduamente había preparado e ingerido. No me gusta desperdiciar.
Me quité los calzoncillos pesadamente y me metí en la ducha. Me contemple el nabo un rato, absorto, mientras me lo meneaba un poco a desgana. El dolor de estómago parecía remitir por momentos. El agua me caía por la cara, calentita, y yo comencé a canturrear una de esas cancioncillas idiotas que salen sólo cuando estás en la ducha, algo muy típico vamos.
Me dio por recordar mi infancia, sin querer. Recordé cuando me comía el gel de ducha porque me encantaba el olor. Qué tiempos aquellos, nada era más genial que hacer pompas de jabón directamente con la boca. Nada tan divertido. Hasta que un día me pilló haciéndolas mi tía, claro. Entonces comprendí que era malo hacer pompas con jabón. Quizá todo lo que me ocurre sea el siniestro resultado del jabón que “limpió” mi vida, mi boca e incluso mi estómago. Cuando alguien me decía: “no digas tantas palabrotas o te tendremos que lavar la boca con jabón” yo me reía. Cómo me dolía la barriga en ese momento.
Bueno, era hora de ponerse a hacer algo que no fuera el imbécil o pensar antiguas tonterías. Así que me dispuse a escuchar algo de música y comenzar así a disfrutar de mi día libre. Fui hacia el salón y conecté el amplificador; pero este no se encendió. - ¿Y a ti que leches te ocurre ahora? - dije. El cacharro olía mas a chamusquina que la tostadora. Estaba muerto. El gato me miraba fijamente. Se notaba que tenía hambre. Me miraba a mí, miraba el ampli, entornaba los ojillos y maullaba. Se acercó a mi pié y comenzó a darme en él con la cabeza. Debe de tener complejo de cabra. - No deberías ver tanto el National Geographic – le dije.
Tenía que abrir el ampli. Quería escuchar música, y el cacharro era casi nuevo. ¿Hace cuanto que lo había comprado? No lo recordaba, pero quizá estuviera aún en garantía. Tendría que buscar la factura... la carpeta de facturas estaba atestada. ¿Dónde leches estaba la factura? Pasada una hora de búsqueda la encontré, justo la última. Ahora recordé que la había metido aparte, en otra sección de la carpeta, para que me fuera fácil encontrarla... en fin...
La garantía había acabado hacía 2 días. El gato se acercó a darme con la cabeza. Tenía más hambre que “el Bobi” (“el Bobi “ era un gato rubio y enorme, el de mi abuela, que había llegado a pesar 25 kilos antes de que le hicieran una reducción de estómago). Fui a la cocina y abrí una de las apestosas latas de comida para gato. “Gourmet”, ponía en la lata. ¿Se referiría por la peste que echaba? También saqué bolas para gatos, comida seca, que no sé cómo se pueden comer los pobres, pero que parece gustarles. Él se volvía loco. A ver si me dejaba en paz un rato.
Tenía que abrir el amplificador. Seguramente se le habría fundido el fusible, o se lo hubiera roto alguna resistencia. Algo sencillo de reparar. Siempre se me han dado bien estas cosas, lo arreglaría rápido. Saqué la caja de herramientas y cogí un destornillador de estrella. Abrí la tapa del ampli. Lo que vi me dejó perplejo: el amplificador estaba lleno de pelos... pelos de gato.
Te subes al ampli, ¿verdad? - le dije de muy mal humor.
¡Miau! - me contestó. Había acabado de comer y no quería problemas.
Que sepas que estás castigado.
No tenía remedio.
Pedro Martínez Alhambra (c)