Tom Brahe
15-abr-2008, 02:27
La tenue luz de una vela era el único manchón luminoso en la habitación donde despertó Tomás. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Permaneció sentado en la silla donde se encontraba maniatado mirando aquella luz proveniente del fondo de la estancia.
Poco a poco Tomás salía de su inconsciencia, lentamente, una punzada de dolor iba agravándose en su pié derecho. Giró bruscamente el cuello buscando con la mirada el dolorido miembro y gritó.
Tomás pareció más sorprendido de no oír su propio alarido que del roedor del tamaño de un conejo que se estaba dando un suculento festín con los dedos del pié como agape.
Volvió a gritar mientras intentaba zafarse de la alimaña meneando torpemente las bien amarradas piernas. El grito inaudible no espantó al roedor, que parecía haber elegido como segundo plato el tendón de Aquiles. Horrorizado, Tomás volvió a gritar cuando las fauces del bicho estaban a punto de cerrarse sobre el vital ligamento. Gritó. Esta vez sí oyó su grito, que rebotó contra las paredes de la angosta habitación. El dolor desapareció, al igual que el inmenso ratón, y volvieron a aparecer los dedos amputados.
Tomás no entendía nada. ¿Qué había ocurrido? Empezó a investigar a su alrededor con la vista, pues las correas que le fijaban a aquella silla seguían en su sitio.
Primero descubrió que su cuerpo estaba desnudo. Luego que el habitáculo que ocupaba estaba desprovisto de puertas y ventanas. La luz era débil pero suficiente para saber que estaba encerrado en un polígono de cemento. Si no había entrada… ¿Cómo había entrado allí? Este pensamiento racional empezó a poner nervioso a Tomás, que volvió a gritar.
La ansiedad le dominaba, y durante unos minutos continuó con sus gritos y demandas de auxilio. Al comprobar que no recibía respuesta alguna desistió. De repente, mientras observaba la llama, esta duplicó su intensidad para un instante después, apagarse completamente.
La oscuridad reinó en la sala, y Tomás comenzó a llorar. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
De repente, mientras sollozaba, nuevas luces inundaron su visión.
La mesa y la vela habían desaparecido. El lugar ahora era ocupado por tres maquinas tragaperras. Sus parpadeantes destellos iluminaban vivamente las grises paredes.
La adicción que Tomas tenía a estos aparatos no soportó aquella visión y a sabiendas de las apretadas correas, desesperadamente hizo un esfuerzo por zafarse.
Nuevamente quedó atónito al liberarse inmediatamente de la silla. No había correas ni cordeles que lo retuviesen y casi se desnucó al levantarse con tanto ímpetu.
Se acercó a las maquinas y descubrió una moneda dorada en cada uno de los cajones. Lentamente acercó la mano a la moneda de una de las maquinas, y cuando sus dedos la prensaron, rápidamente se la llevó a la vista. Anonadado quedó al ver que la moneda tenia acuñada su cara en uno de los lados. El otro de los lados carecía de inscripciones, y por el peso de la moneda, pensó que sería de oro. Al dirigirse al monedero de la maquina dispuesto a echar una partida, se percató del único letrero de la maquina, que parpadeaba locamente.
“UNA MONEDA, UNA PARTIDA”
“RECUERDE: LA EMPRESA NO SE RESPONSABILIZA DE LOS POSIBLES DAÑOS”
Su lectura le hizo sonreír sarcásticamente. Tomás pensó que el daño se reducía a perder una moneda que ni siquiera era suya y que había encontrado, y no dudó en introducir la moneda en la ranura roja. Las 3 ruletas de la maquina, que se mostraban en reposo como agradables frutas de colores chillones antes de que tomas pulsase el botón, giraron rápidamente mostrando un popurrí de colores sin sentido. Los ojos le brillaban.
La primera ruleta paró en seco y el rostro de Tomás palideció. La figura de una rata aparecía entre una calavera y una guillotina.
La adrenalina se disparó cuando la segunda ruleta se detuvo mostrando unas letras encuadradas en un pequeño marco rojo. “NHO3”
La tercera de las ruletas se detenía mientras Tomás golpeaba frenéticamente las paredes; mostrando el inequívoco símbolo de un relámpago.
Las luces desaparecieron y quedó inmóvil pegado a una pared gritando. No cesó de hacerlo hasta que la vela encima de la mesita iluminó de nuevo la estancia. Dejó de gritar, a la par que sentía de nuevo las correas que le unían a la silla.
Otra vez sintió la punzada de dolor en el pié. Sin necesidad de mirar, ya sabía que ocurría. Un enorme ratón le estaba cercenando al completo la tibia y el peroné de su pierna derecha, mientras los jirones de carne y los hilachos de sangre volaban por la sala.
El dolor era insufrible y los alaridos de Tomás solo acuciaban el dolor. En medio de su sufrimiento, una gota le mojó la mano, pero no era sangre. De repente, la parte de la mano empezó a burbujear, humeando intensamente y efervesciendo. Una nueva gota cayó en su hombro, y detrás de ella otra. Alzó la mirada y horrorizado descubrió que un bote de acido nítrico estaba asido de un gotero que se balanceaba y dejaba caer unas gotas en cada sitio por donde se movía. Una de las gotas alcanzo al animal que cenaba alegremente y con un pequeño gruñido abandonó el manjar y corrió al refugio de la oscuridad.
La lacerada pierna ya no era un incordio, todos el sistema nervioso de tomas estaba ocupado enviando al cerebro el dolor de las quemaduras del acido.
Pero el dolor cesó rápidamente, ya que Tomás cayó en la inconsciencia cuando un rayo de entró por el hombro y le salió por la pierna sana.
Cuando Tomás recuperó la conciencia, solo pudo abrir los ojos. No sentía su cuerpo, pero seguía viendo. De nuevo la vela había desaparecido y las tres maquinas tragaperras seguían con su cantinela luminosa. Entre los dientes Tomás grito:
-¡Basta! ¡No quiero jugar! ¡Que alguien me saque de aquí! ¡Nunca más Jugaré!
Las maquinas desaparecieron y en la oscuridad, Tomas se desvaneció.
Cuando Tomás despertó se encontró en la cama de un Hospital.
Recordaba el día anterior, cuando su mujer le abandonó por haber gastado los ahorros de 30 años de casados. El dijo que lo había invertido mal pero sabía que no era esa la verdad. Lo había perdido jugando a las maquinas en el casino.
No se sorprendió al descubrir que le faltaba la pierna derecha y su cuerpo estaba cubierto de vendajes.
-Señor Sánchez, ha tenido un accidente muy grave con su coche. Puede dar gracias a dios de estar vivo aunque haya perdido una pierna.- Le explicó una doctora, que no entendía la sonrisa de oreja a oreja que exhibía su paciente.
Siguió sonriendo durante días. Al fin y al cabo, había tenido suerte, nunca se le olvidaría aquel tétrico grafico de la guillotina; al igual que nunca mas estaría a menos de medio kilometro de una máquina tragaperras.
Poco a poco Tomás salía de su inconsciencia, lentamente, una punzada de dolor iba agravándose en su pié derecho. Giró bruscamente el cuello buscando con la mirada el dolorido miembro y gritó.
Tomás pareció más sorprendido de no oír su propio alarido que del roedor del tamaño de un conejo que se estaba dando un suculento festín con los dedos del pié como agape.
Volvió a gritar mientras intentaba zafarse de la alimaña meneando torpemente las bien amarradas piernas. El grito inaudible no espantó al roedor, que parecía haber elegido como segundo plato el tendón de Aquiles. Horrorizado, Tomás volvió a gritar cuando las fauces del bicho estaban a punto de cerrarse sobre el vital ligamento. Gritó. Esta vez sí oyó su grito, que rebotó contra las paredes de la angosta habitación. El dolor desapareció, al igual que el inmenso ratón, y volvieron a aparecer los dedos amputados.
Tomás no entendía nada. ¿Qué había ocurrido? Empezó a investigar a su alrededor con la vista, pues las correas que le fijaban a aquella silla seguían en su sitio.
Primero descubrió que su cuerpo estaba desnudo. Luego que el habitáculo que ocupaba estaba desprovisto de puertas y ventanas. La luz era débil pero suficiente para saber que estaba encerrado en un polígono de cemento. Si no había entrada… ¿Cómo había entrado allí? Este pensamiento racional empezó a poner nervioso a Tomás, que volvió a gritar.
La ansiedad le dominaba, y durante unos minutos continuó con sus gritos y demandas de auxilio. Al comprobar que no recibía respuesta alguna desistió. De repente, mientras observaba la llama, esta duplicó su intensidad para un instante después, apagarse completamente.
La oscuridad reinó en la sala, y Tomás comenzó a llorar. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.
De repente, mientras sollozaba, nuevas luces inundaron su visión.
La mesa y la vela habían desaparecido. El lugar ahora era ocupado por tres maquinas tragaperras. Sus parpadeantes destellos iluminaban vivamente las grises paredes.
La adicción que Tomas tenía a estos aparatos no soportó aquella visión y a sabiendas de las apretadas correas, desesperadamente hizo un esfuerzo por zafarse.
Nuevamente quedó atónito al liberarse inmediatamente de la silla. No había correas ni cordeles que lo retuviesen y casi se desnucó al levantarse con tanto ímpetu.
Se acercó a las maquinas y descubrió una moneda dorada en cada uno de los cajones. Lentamente acercó la mano a la moneda de una de las maquinas, y cuando sus dedos la prensaron, rápidamente se la llevó a la vista. Anonadado quedó al ver que la moneda tenia acuñada su cara en uno de los lados. El otro de los lados carecía de inscripciones, y por el peso de la moneda, pensó que sería de oro. Al dirigirse al monedero de la maquina dispuesto a echar una partida, se percató del único letrero de la maquina, que parpadeaba locamente.
“UNA MONEDA, UNA PARTIDA”
“RECUERDE: LA EMPRESA NO SE RESPONSABILIZA DE LOS POSIBLES DAÑOS”
Su lectura le hizo sonreír sarcásticamente. Tomás pensó que el daño se reducía a perder una moneda que ni siquiera era suya y que había encontrado, y no dudó en introducir la moneda en la ranura roja. Las 3 ruletas de la maquina, que se mostraban en reposo como agradables frutas de colores chillones antes de que tomas pulsase el botón, giraron rápidamente mostrando un popurrí de colores sin sentido. Los ojos le brillaban.
La primera ruleta paró en seco y el rostro de Tomás palideció. La figura de una rata aparecía entre una calavera y una guillotina.
La adrenalina se disparó cuando la segunda ruleta se detuvo mostrando unas letras encuadradas en un pequeño marco rojo. “NHO3”
La tercera de las ruletas se detenía mientras Tomás golpeaba frenéticamente las paredes; mostrando el inequívoco símbolo de un relámpago.
Las luces desaparecieron y quedó inmóvil pegado a una pared gritando. No cesó de hacerlo hasta que la vela encima de la mesita iluminó de nuevo la estancia. Dejó de gritar, a la par que sentía de nuevo las correas que le unían a la silla.
Otra vez sintió la punzada de dolor en el pié. Sin necesidad de mirar, ya sabía que ocurría. Un enorme ratón le estaba cercenando al completo la tibia y el peroné de su pierna derecha, mientras los jirones de carne y los hilachos de sangre volaban por la sala.
El dolor era insufrible y los alaridos de Tomás solo acuciaban el dolor. En medio de su sufrimiento, una gota le mojó la mano, pero no era sangre. De repente, la parte de la mano empezó a burbujear, humeando intensamente y efervesciendo. Una nueva gota cayó en su hombro, y detrás de ella otra. Alzó la mirada y horrorizado descubrió que un bote de acido nítrico estaba asido de un gotero que se balanceaba y dejaba caer unas gotas en cada sitio por donde se movía. Una de las gotas alcanzo al animal que cenaba alegremente y con un pequeño gruñido abandonó el manjar y corrió al refugio de la oscuridad.
La lacerada pierna ya no era un incordio, todos el sistema nervioso de tomas estaba ocupado enviando al cerebro el dolor de las quemaduras del acido.
Pero el dolor cesó rápidamente, ya que Tomás cayó en la inconsciencia cuando un rayo de entró por el hombro y le salió por la pierna sana.
Cuando Tomás recuperó la conciencia, solo pudo abrir los ojos. No sentía su cuerpo, pero seguía viendo. De nuevo la vela había desaparecido y las tres maquinas tragaperras seguían con su cantinela luminosa. Entre los dientes Tomás grito:
-¡Basta! ¡No quiero jugar! ¡Que alguien me saque de aquí! ¡Nunca más Jugaré!
Las maquinas desaparecieron y en la oscuridad, Tomas se desvaneció.
Cuando Tomás despertó se encontró en la cama de un Hospital.
Recordaba el día anterior, cuando su mujer le abandonó por haber gastado los ahorros de 30 años de casados. El dijo que lo había invertido mal pero sabía que no era esa la verdad. Lo había perdido jugando a las maquinas en el casino.
No se sorprendió al descubrir que le faltaba la pierna derecha y su cuerpo estaba cubierto de vendajes.
-Señor Sánchez, ha tenido un accidente muy grave con su coche. Puede dar gracias a dios de estar vivo aunque haya perdido una pierna.- Le explicó una doctora, que no entendía la sonrisa de oreja a oreja que exhibía su paciente.
Siguió sonriendo durante días. Al fin y al cabo, había tenido suerte, nunca se le olvidaría aquel tétrico grafico de la guillotina; al igual que nunca mas estaría a menos de medio kilometro de una máquina tragaperras.