Alois Boerges
11-abr-2008, 23:03
Mi diminuto cuarto
Alois Boerges
Mi cuarto es pequeño, diminuto, apenas el espacio para una cama de 80 centímetros de ancho, una mesa de noche a su lado con una lámpara, un escritorio con su silla y un clóset que de la mitad hacia arriba es un librero de tres anchas estanterías escalonadas a las que no les cabe un libro más y deben soportar el peso de cientos de ejemplares uno encima del otro. Estos me arrullan, me hablan, me golpean, me acarician, me hacen el amor, me traicionan o yo los traiciono a ellos cuando los vendo o los cambio por otros. Son lo último que ven mis ojos antes de entrar al reino de los sueños y lo primero que contemplo cuando vuelvo de esa pequeña muerte.
Debajo de la cama tengo dos cajas llenas de adivinen qué, más libros, revistas y miles de multicopias de artículos literarios. Incluso aún en el cajón de la ropa guardo material. A veces siento que me asfixio de tanta página impresa, pero sería una dulce muerte; sentiría en mis labios y mejillas los besos de Emily Brönte y de Proust (¡en ese orden!).
Las paredes y el techo están pintados de dos tonos, hueso y palo de rosa; la baldosa del piso es beige. Adornan el recinto un par de cuadros que ostentan paisajes y personas felices. En la biblioteca queda un poco de espacio para un reloj digital, una caja de vidrio que contiene marcadores y plumas estilográficas, discos compactos y otros adornos. Al respaldo de mi lecho se encuentra la ventana desde la cual se obtiene una sosegada vista del parque y la piscina.
Me gusta mi cuartito aún cuando a veces en la noche siento que me ahogo y tengo que abrir la puerta para poder respirar, y para que él tome una bocanada de aire y no tenga que vomitarme de sí, o yo no intente arrojarme por la ventana.
Alois Boerges
Mi cuarto es pequeño, diminuto, apenas el espacio para una cama de 80 centímetros de ancho, una mesa de noche a su lado con una lámpara, un escritorio con su silla y un clóset que de la mitad hacia arriba es un librero de tres anchas estanterías escalonadas a las que no les cabe un libro más y deben soportar el peso de cientos de ejemplares uno encima del otro. Estos me arrullan, me hablan, me golpean, me acarician, me hacen el amor, me traicionan o yo los traiciono a ellos cuando los vendo o los cambio por otros. Son lo último que ven mis ojos antes de entrar al reino de los sueños y lo primero que contemplo cuando vuelvo de esa pequeña muerte.
Debajo de la cama tengo dos cajas llenas de adivinen qué, más libros, revistas y miles de multicopias de artículos literarios. Incluso aún en el cajón de la ropa guardo material. A veces siento que me asfixio de tanta página impresa, pero sería una dulce muerte; sentiría en mis labios y mejillas los besos de Emily Brönte y de Proust (¡en ese orden!).
Las paredes y el techo están pintados de dos tonos, hueso y palo de rosa; la baldosa del piso es beige. Adornan el recinto un par de cuadros que ostentan paisajes y personas felices. En la biblioteca queda un poco de espacio para un reloj digital, una caja de vidrio que contiene marcadores y plumas estilográficas, discos compactos y otros adornos. Al respaldo de mi lecho se encuentra la ventana desde la cual se obtiene una sosegada vista del parque y la piscina.
Me gusta mi cuartito aún cuando a veces en la noche siento que me ahogo y tengo que abrir la puerta para poder respirar, y para que él tome una bocanada de aire y no tenga que vomitarme de sí, o yo no intente arrojarme por la ventana.