melquiades
11-abr-2008, 17:11
Cabe la posibilidad de que aceptando el error como un factor más en el crecimiento personal seamos capaces de compartir los sentimientos, las vivencias, los estados de ánimo, las circunstancias… en fin, todo lo que rodea al ser humano y que lo hace especial frente al resto de los seres vivos.
La necesidad de que esto suceda es perentoria, urgente, apremiante… continúe el lector poniendo los sinónimos que desee.
La virtud de reflejar debe quedar para los espejos y debemos enseñar a nuestros egos la de absorber.
¿Y a que viene todo esto?, puede preguntarse alguien inquieto que rebusque entre estos desvaríos razones para meterme en una camisa de fuerza o no. Pues le explicare a ese inquieto lector que no se ha aburrido aun de penetrar en mis pesadillas cotidianas, que la causa de tamañas reflexiones es consecuencia de algo que me sucedió hace unas noches y que quizás no tenga nada que ver, pero ya sabemos que a veces los derroteros del pensamiento comienzan en la montaña y terminan en la playa.
El Vuenosairez arde es algo mas que un bar. Es el lugar donde se dejan el alma dos hermosas personas (Pablo y Natalia) que hace algo mas de un año cayeron en mi vida como un bálsamo curativo y que no han dejado de actuar como tal desde entonces.
Todos tenemos momentos en los que la soledad no es suficiente para curar las heridas y necesitamos buscar el calor de una chimenea que nos conforte el alma sin quemarnos el corazón. Mi chimenea esta en esa familia y cuando mi cabezonería cede frente al empuje de las circunstancias me gusta buscar refugio en su hogar.
Aquella noche Pablo estaba solo en el bar y como suele ser normal en él enseguida se llevo la conversación a uno de sus terrenos favoritos. Yo, que no rechazo una buena charla, y menos si es en inmejorable compañía, deje que el escenario fuera transformándose mientras nuestras palabras componían la melodía del dialogo.
No se vosotros, pero cuando yo estoy concentrado en una cerveza fría y en una conversación profundamente banal, cualquier nota disonante con esa melodía se cuela como una cacofonía atronante en mis oídos.
La voz del individuo que aparto de mi lado al compañero de confidencias extraterrestres era áspera, pastosa, grave. Era la voz de la madrugada trasnochada y podrida, que no se respeta porque no se quiere, que aprovechando una tregua en la batalla por el control de las horas pedía alcohol y tabaco.
Al darme la vuelta me sorprendí por dos razones.
La primera era el aspecto del tipo, ya que desmerecía el sonido de su voz. El cuerpo que la acompañaba era un buen envoltorio; Alto, bien parecido, con un traje ni caro ni barato, pero lo suficientemente bien cortado como para ser hecho a medida, las manos muy cuidadas y el color de la piel bronceado daban a aquel hombre un aspecto absolutamente antagónico con las palabras arrastradas, gruesas y entredichas que acabábamos de oír.
Lo segundo fue que aunque se dirigía a Pablo parecía mirarme solo a mí.
Pero lo que desmentía a aquella voz, lo que ponía en alerta de mentira al acecho mis sentidos, era el brillo de aquella mirada. No se reconocía en la sonrisa de esos ojos ni el más leve rastro del olor a rendición que sus palabras habían dejado.
El resorte comercial de mi amigo actuó de inmediato al ver el billete de veinte euros que reposaba en la barra y comenzó a preparar una gran jarra de cerveza fría mientras le indicaba al cliente que el tabaco lo debía sacar de la maquina que estaba al fondo, junto a los baños, justo al lado de donde yo estaba sentado.
Mientras ponía las monedas, único momento en el que yo sentí que dejaba de traspasarme con sus ojos, me llego el olor de su perfume. Cerré los ojos, rememorando mis días de perfumista, para intentar reconocer aquel olor seco y dulce con pedazos de nuez y vetiver mezclados con minúsculas partículas de lavanda.
Un fuerte tirón hacia atrás me arrastró hasta la noche y me dejó tirado en medio del asfalto mojado. El crudo aire se metía hasta mis huesos mientras me azotaba con la lluvia y lanzaba hojas muertas y empapadas de castaño contra mi piel desnuda como si fuera un sastre naturista confeccionándome un traje de otoño y agua. Los coches pasaban por mi lado y salpicaban con sus ruedas mi cuerpo con el agua del suelo, pero ninguno parecía reparar en mi presencia y la gente en las aceras ni siquiera miraba hacia mí. Era como si yo no existiera… ¡pero estaba desnudo en medio de la calle y de una tormenta que me estaba dejando empapado y congelado!.
Me aparte de la carretera y me subí a la acera. Estaba helado y muerto de vergüenza, y pensar en que alguien me viera desnudo me hacia sonrojar incluso bajo aquel aguacero helado. Tanto miedo tenia a la vergüenza que ni me percate de que para la gente era invisible, pero al ponerme en la acera habían desaparecido los coches y las personas.
Estaba completamente solo.
¡Bien!, pensé. Ahora solo me queda saber donde estoy para saber donde ir.
Di un paso hacia delante y de repente volvieron a aparecer todas las personas que estaban antes. Inmediatamente retrocedí y desaparecieron.
El miedo al desnudo volvió a agrandarse en mi alma y la verguenza me paralizo.
No se cuanto tiempo estuve así, pero cuando el frió comenzó a dormirme las manos y los pies decidí que algo debía hacer. Si no me movía me congelaría, además, la inmovilidad no era una solución. Para saber donde estaba y encontrar algo de ropa y un sitio para resguardarme debía moverme.
Quizá ya no hubiera tanta gente, lo mismo durante este tiempo en el que había estado parado hubiera anochecido mas y la madrugada hubiera llevado a la gente a lugares donde convivir con ella.
Cerré los ojos, di un paso al frente y espere las risas que mi desnudo provocara con los hombros encogidos. Como no escuchaba nada los abrí y me encontré con dos pupilas negras clavadas en las mías. La expresión de aquel hombre no había cambiado desde que entró en el bar, pero la irónica sonrisa de sus ojos parecía burlarse de mí.
Miré alrededor y me encontré de nuevo en el bar, sentado en la banqueta y con una nueva cerveza puesta en la barra. Pablo me miraba serio y cuando vio que le miraba me pregunto que si ya había vuelto al mundo.
El resto del perfume que me había provocado aquel estado aun permanecía en el aire, pero de su dueño no había ni rastro.
Le pregunte a Pablo por el cliente que había entrado a por el tabaco y el me miro con semblante preocupado. -¿Qué cliente?-, me dijo. – Estábamos hablando y me he ido a mear. Cuando he vuelto estabas en la parra y acabas de volver al mundo de los vivos. ¿Qué te ha pasado?-.
Y lo único que se me ocurrió contestarle fue:
-He dejado de sentirme espejo para sentirme esponja-.
Me miro confundido y yo sonreí y le dije que no importaba. Recuperamos la conversación y mientras el me argumentaba su certeza de que la vida extraterrestre existía yo buscaba rastro del aroma seco y dulce del perfume.
La necesidad de que esto suceda es perentoria, urgente, apremiante… continúe el lector poniendo los sinónimos que desee.
La virtud de reflejar debe quedar para los espejos y debemos enseñar a nuestros egos la de absorber.
¿Y a que viene todo esto?, puede preguntarse alguien inquieto que rebusque entre estos desvaríos razones para meterme en una camisa de fuerza o no. Pues le explicare a ese inquieto lector que no se ha aburrido aun de penetrar en mis pesadillas cotidianas, que la causa de tamañas reflexiones es consecuencia de algo que me sucedió hace unas noches y que quizás no tenga nada que ver, pero ya sabemos que a veces los derroteros del pensamiento comienzan en la montaña y terminan en la playa.
El Vuenosairez arde es algo mas que un bar. Es el lugar donde se dejan el alma dos hermosas personas (Pablo y Natalia) que hace algo mas de un año cayeron en mi vida como un bálsamo curativo y que no han dejado de actuar como tal desde entonces.
Todos tenemos momentos en los que la soledad no es suficiente para curar las heridas y necesitamos buscar el calor de una chimenea que nos conforte el alma sin quemarnos el corazón. Mi chimenea esta en esa familia y cuando mi cabezonería cede frente al empuje de las circunstancias me gusta buscar refugio en su hogar.
Aquella noche Pablo estaba solo en el bar y como suele ser normal en él enseguida se llevo la conversación a uno de sus terrenos favoritos. Yo, que no rechazo una buena charla, y menos si es en inmejorable compañía, deje que el escenario fuera transformándose mientras nuestras palabras componían la melodía del dialogo.
No se vosotros, pero cuando yo estoy concentrado en una cerveza fría y en una conversación profundamente banal, cualquier nota disonante con esa melodía se cuela como una cacofonía atronante en mis oídos.
La voz del individuo que aparto de mi lado al compañero de confidencias extraterrestres era áspera, pastosa, grave. Era la voz de la madrugada trasnochada y podrida, que no se respeta porque no se quiere, que aprovechando una tregua en la batalla por el control de las horas pedía alcohol y tabaco.
Al darme la vuelta me sorprendí por dos razones.
La primera era el aspecto del tipo, ya que desmerecía el sonido de su voz. El cuerpo que la acompañaba era un buen envoltorio; Alto, bien parecido, con un traje ni caro ni barato, pero lo suficientemente bien cortado como para ser hecho a medida, las manos muy cuidadas y el color de la piel bronceado daban a aquel hombre un aspecto absolutamente antagónico con las palabras arrastradas, gruesas y entredichas que acabábamos de oír.
Lo segundo fue que aunque se dirigía a Pablo parecía mirarme solo a mí.
Pero lo que desmentía a aquella voz, lo que ponía en alerta de mentira al acecho mis sentidos, era el brillo de aquella mirada. No se reconocía en la sonrisa de esos ojos ni el más leve rastro del olor a rendición que sus palabras habían dejado.
El resorte comercial de mi amigo actuó de inmediato al ver el billete de veinte euros que reposaba en la barra y comenzó a preparar una gran jarra de cerveza fría mientras le indicaba al cliente que el tabaco lo debía sacar de la maquina que estaba al fondo, junto a los baños, justo al lado de donde yo estaba sentado.
Mientras ponía las monedas, único momento en el que yo sentí que dejaba de traspasarme con sus ojos, me llego el olor de su perfume. Cerré los ojos, rememorando mis días de perfumista, para intentar reconocer aquel olor seco y dulce con pedazos de nuez y vetiver mezclados con minúsculas partículas de lavanda.
Un fuerte tirón hacia atrás me arrastró hasta la noche y me dejó tirado en medio del asfalto mojado. El crudo aire se metía hasta mis huesos mientras me azotaba con la lluvia y lanzaba hojas muertas y empapadas de castaño contra mi piel desnuda como si fuera un sastre naturista confeccionándome un traje de otoño y agua. Los coches pasaban por mi lado y salpicaban con sus ruedas mi cuerpo con el agua del suelo, pero ninguno parecía reparar en mi presencia y la gente en las aceras ni siquiera miraba hacia mí. Era como si yo no existiera… ¡pero estaba desnudo en medio de la calle y de una tormenta que me estaba dejando empapado y congelado!.
Me aparte de la carretera y me subí a la acera. Estaba helado y muerto de vergüenza, y pensar en que alguien me viera desnudo me hacia sonrojar incluso bajo aquel aguacero helado. Tanto miedo tenia a la vergüenza que ni me percate de que para la gente era invisible, pero al ponerme en la acera habían desaparecido los coches y las personas.
Estaba completamente solo.
¡Bien!, pensé. Ahora solo me queda saber donde estoy para saber donde ir.
Di un paso hacia delante y de repente volvieron a aparecer todas las personas que estaban antes. Inmediatamente retrocedí y desaparecieron.
El miedo al desnudo volvió a agrandarse en mi alma y la verguenza me paralizo.
No se cuanto tiempo estuve así, pero cuando el frió comenzó a dormirme las manos y los pies decidí que algo debía hacer. Si no me movía me congelaría, además, la inmovilidad no era una solución. Para saber donde estaba y encontrar algo de ropa y un sitio para resguardarme debía moverme.
Quizá ya no hubiera tanta gente, lo mismo durante este tiempo en el que había estado parado hubiera anochecido mas y la madrugada hubiera llevado a la gente a lugares donde convivir con ella.
Cerré los ojos, di un paso al frente y espere las risas que mi desnudo provocara con los hombros encogidos. Como no escuchaba nada los abrí y me encontré con dos pupilas negras clavadas en las mías. La expresión de aquel hombre no había cambiado desde que entró en el bar, pero la irónica sonrisa de sus ojos parecía burlarse de mí.
Miré alrededor y me encontré de nuevo en el bar, sentado en la banqueta y con una nueva cerveza puesta en la barra. Pablo me miraba serio y cuando vio que le miraba me pregunto que si ya había vuelto al mundo.
El resto del perfume que me había provocado aquel estado aun permanecía en el aire, pero de su dueño no había ni rastro.
Le pregunte a Pablo por el cliente que había entrado a por el tabaco y el me miro con semblante preocupado. -¿Qué cliente?-, me dijo. – Estábamos hablando y me he ido a mear. Cuando he vuelto estabas en la parra y acabas de volver al mundo de los vivos. ¿Qué te ha pasado?-.
Y lo único que se me ocurrió contestarle fue:
-He dejado de sentirme espejo para sentirme esponja-.
Me miro confundido y yo sonreí y le dije que no importaba. Recuperamos la conversación y mientras el me argumentaba su certeza de que la vida extraterrestre existía yo buscaba rastro del aroma seco y dulce del perfume.