BOLERO
09-abr-2008, 16:07
EL DIA QUE PERDÍ LA GUERRA
Fue un mediodía soleado en la primavera de 1940 cuando le vi. Era un joven magnífico. Podría tener unos quince años o menos y subía por la calle Radas de cara a la montaña de Montjuich con un aire altanero y satisfecho, marcando el paso con el caminar orgulloso de los vencedores.
Pantalón azul marino, camisa azul y las botas bien lustradas. Las correas que cruzaban su torso también lucían un negro brillante que combinaba perfectamente con el rojo intenso de la boina que, pasada por la charretera de la camisa, le cubría el hombro izquierdo.
Yo lo vi doblar desde el Paralelo y subir de lejos mientras iba bajando por la otra acera. Salía de la escuela Jacinto Verdaguer de la calle Lérida e iba en dirección a casa de mi abuelo en la calle Blai (ahora la llamaban calle Blesa pero todos sabíamos que era la calle Blai). Mis padres se habían trasladado recientemente cerca de la plaza Tetuán, pero hasta el próximo curso me veía obligado a asistir a las clases en esta escuela; y al mediodía comía con mi tía y el abuelo.
Había cumplido 8 años cuando acabó la guerra, pero todavía recordaba perfectamente aquel silbido penetrante que precedía a las grandes explosiones durante los bombardeos. Los últimos días antes de la rendición de Barcelona, mi padre —que nunca fue partidario de bajar a los refugios— había colocado un grueso colchón haciendo arco en un rincón entre dos paredes maestras del piso, y cuando los bombarderos se acercaban a nuestra casa (se oía el ruido amenazador de sus motores al aproximarse), si mis padres no estaban, era yo el encargado de coger a mis dos hermanos pequeños y escondernos los tres tras el colchón, escuchando como caían las bombas y estallaban más o menos cerca. ¡Xiiiuu! ¡Buuumm! ¡Xiiiuu! ¡Buuumm! Tan pronto como el sonido de los motores pasaba de largo salíamos del escondrijo hasta que oíamos aproximarse otro aparato.
Por aquellos días la zona del “Poble sec” (Pueblo seco) era muy castigada a causa de la central eléctrica que nunca lograron alcanzar, y yo vivía en la misma calle Blai con mis padres en pleno Poble sec. Desde la galería de mi casa se veía el castillo de Montjuich, donde un día vimos izar una bandera blanca. Aquella noche se hizo un angustioso silencio. Todo era oscuridad y la gente tenía miedo. Nadie sabía lo que iba a pasar el día siguiente. Para acabarlo de arreglar, casi a media noche se oyó el fuerte “potrop” “pototrop” de los cascos de un caballo que subía a todo galope por la calle Blai en dirección al castillo. Con un ¡Ay! En el corazón nos miramos todos angustiados oyendo como se aproximaba y pasaba hasta que el sonido fue perdiéndose a lo lejos. Mi padre hizo un comentario relativo a que alguien se habría olvidado alguna cosa y seguramente esta sería una de las últimas acciones del ejército republicano en Barcelona.
La guerra se perdió, pero nosotros, los niños, no nos sentíamos derrotados. Habían sido nuestros mayores los perdedores y nosotros no habíamos participado en el desastre.
Por esto, al ver subir con porte de héroe a aquel joven tan marcial, calle Radas arriba, alguna cosa se rebeló en mi interior y apretando con fuerza los dientes, doblé el codo y levanté el puño bien cerrado en un signo claramente republicano. Sabía que esto le iba a sentar mal, pero por otro lado confiaba en que ni se daría cuenta de mi gesto de tan estirado que iba; y me sentí por unos instantes como el salvador del orgullo de la república, mientras me debatía entre el deseo de que lo hubiese visto y la esperanza de que siguiese su camino sin haber advertido nada.
Por desgracia para mí, lo vio, giró la cabeza y cruzando la calle en diagonal, se dirigió directamente donde estaba yo. Ingenuamente me escondí en la entrada de una escalera que recuerdo ancha y espaciosa con una arcada frontal, esperando un milagro como que el enemigo hubiese cruzado por algún otro motivo y pasase de largo, pero no tuve esta suerte.
Me acorraló en el rincón donde comenzaban los escalones y me hizo un extenso y encendido discurso que mi cerebro ha olvidado totalmente; pero recuerdo muy bien que me obligó a levantar el brazo con la mano bien extendida mientras tuve que decir bien alto todos los ¡Viva España¡ y ¡Viva Franco¡ que le parecieron convenientes para perdonarme la gravísima falta que había cometido.
¿Qué podía hacer con mis ocho años recién cumplidos contra aquel gigante con todo el apoyo de un ejército vencedor detrás? Humillado y derrotado le di la razón a todo lo que quiso argumentarme sin ninguna clase de reticencia.
Por fin se marchó sin volverse y exultante de satisfacción, mientras que yo quedé meditando mi derrota sin atreverme a salir de aquel vestíbulo hasta estar seguro de que ya no había peligro de volverme a encontrar con él.
No dije nunca nada a nadie de este encuentro, pero ya no pude volver a considerar, como antes, que la guerra la habían perdido sólo los mayores. Yo también me había rendido sin condiciones al enemigo vencedor.
BOLERO
Fue un mediodía soleado en la primavera de 1940 cuando le vi. Era un joven magnífico. Podría tener unos quince años o menos y subía por la calle Radas de cara a la montaña de Montjuich con un aire altanero y satisfecho, marcando el paso con el caminar orgulloso de los vencedores.
Pantalón azul marino, camisa azul y las botas bien lustradas. Las correas que cruzaban su torso también lucían un negro brillante que combinaba perfectamente con el rojo intenso de la boina que, pasada por la charretera de la camisa, le cubría el hombro izquierdo.
Yo lo vi doblar desde el Paralelo y subir de lejos mientras iba bajando por la otra acera. Salía de la escuela Jacinto Verdaguer de la calle Lérida e iba en dirección a casa de mi abuelo en la calle Blai (ahora la llamaban calle Blesa pero todos sabíamos que era la calle Blai). Mis padres se habían trasladado recientemente cerca de la plaza Tetuán, pero hasta el próximo curso me veía obligado a asistir a las clases en esta escuela; y al mediodía comía con mi tía y el abuelo.
Había cumplido 8 años cuando acabó la guerra, pero todavía recordaba perfectamente aquel silbido penetrante que precedía a las grandes explosiones durante los bombardeos. Los últimos días antes de la rendición de Barcelona, mi padre —que nunca fue partidario de bajar a los refugios— había colocado un grueso colchón haciendo arco en un rincón entre dos paredes maestras del piso, y cuando los bombarderos se acercaban a nuestra casa (se oía el ruido amenazador de sus motores al aproximarse), si mis padres no estaban, era yo el encargado de coger a mis dos hermanos pequeños y escondernos los tres tras el colchón, escuchando como caían las bombas y estallaban más o menos cerca. ¡Xiiiuu! ¡Buuumm! ¡Xiiiuu! ¡Buuumm! Tan pronto como el sonido de los motores pasaba de largo salíamos del escondrijo hasta que oíamos aproximarse otro aparato.
Por aquellos días la zona del “Poble sec” (Pueblo seco) era muy castigada a causa de la central eléctrica que nunca lograron alcanzar, y yo vivía en la misma calle Blai con mis padres en pleno Poble sec. Desde la galería de mi casa se veía el castillo de Montjuich, donde un día vimos izar una bandera blanca. Aquella noche se hizo un angustioso silencio. Todo era oscuridad y la gente tenía miedo. Nadie sabía lo que iba a pasar el día siguiente. Para acabarlo de arreglar, casi a media noche se oyó el fuerte “potrop” “pototrop” de los cascos de un caballo que subía a todo galope por la calle Blai en dirección al castillo. Con un ¡Ay! En el corazón nos miramos todos angustiados oyendo como se aproximaba y pasaba hasta que el sonido fue perdiéndose a lo lejos. Mi padre hizo un comentario relativo a que alguien se habría olvidado alguna cosa y seguramente esta sería una de las últimas acciones del ejército republicano en Barcelona.
La guerra se perdió, pero nosotros, los niños, no nos sentíamos derrotados. Habían sido nuestros mayores los perdedores y nosotros no habíamos participado en el desastre.
Por esto, al ver subir con porte de héroe a aquel joven tan marcial, calle Radas arriba, alguna cosa se rebeló en mi interior y apretando con fuerza los dientes, doblé el codo y levanté el puño bien cerrado en un signo claramente republicano. Sabía que esto le iba a sentar mal, pero por otro lado confiaba en que ni se daría cuenta de mi gesto de tan estirado que iba; y me sentí por unos instantes como el salvador del orgullo de la república, mientras me debatía entre el deseo de que lo hubiese visto y la esperanza de que siguiese su camino sin haber advertido nada.
Por desgracia para mí, lo vio, giró la cabeza y cruzando la calle en diagonal, se dirigió directamente donde estaba yo. Ingenuamente me escondí en la entrada de una escalera que recuerdo ancha y espaciosa con una arcada frontal, esperando un milagro como que el enemigo hubiese cruzado por algún otro motivo y pasase de largo, pero no tuve esta suerte.
Me acorraló en el rincón donde comenzaban los escalones y me hizo un extenso y encendido discurso que mi cerebro ha olvidado totalmente; pero recuerdo muy bien que me obligó a levantar el brazo con la mano bien extendida mientras tuve que decir bien alto todos los ¡Viva España¡ y ¡Viva Franco¡ que le parecieron convenientes para perdonarme la gravísima falta que había cometido.
¿Qué podía hacer con mis ocho años recién cumplidos contra aquel gigante con todo el apoyo de un ejército vencedor detrás? Humillado y derrotado le di la razón a todo lo que quiso argumentarme sin ninguna clase de reticencia.
Por fin se marchó sin volverse y exultante de satisfacción, mientras que yo quedé meditando mi derrota sin atreverme a salir de aquel vestíbulo hasta estar seguro de que ya no había peligro de volverme a encontrar con él.
No dije nunca nada a nadie de este encuentro, pero ya no pude volver a considerar, como antes, que la guerra la habían perdido sólo los mayores. Yo también me había rendido sin condiciones al enemigo vencedor.
BOLERO