Juan Manuel
06-abr-2008, 16:30
Por unos momentos no supe reaccionar, estaba como aturdido con todo lo que me estaba pasando, miles de preguntas sin respuesta invadían mi mente, haciéndome imposible reestablecer mis ideas. Esa voz desgarradora era la de Luis, demasiado real para creer que era una broma pesada, no entendía que quería decir con lo que fuese a la casa de Miguel, a que se refería, Miguel no tenía casa, era vagabundo y según nos cantaba, siempre dormía en cualquier rincón. Por unos instantes recordé cuando en el parque este hombre al contarnos esa macabra historia, mencionó un caserón, pero cuanto mas pensaba mas dudas tenía, ¿se refería al mismo lugar ?, y si es así…¿ qué hacía Luis en ese caserón ?, ¿ no habría tenido el valor de ir ?, aunque por otro lado viendo lo tozudo y curioso que es, tampoco era de extrañar que hubiese ido a ese maldito lugar para comprobar que Miguel mentía o algo por el estilo.
Tras unos minutos intentando tranquilizarme, intenté llamarlo, mis manos temblorosas no me dejaban marcar los pequeños dígitos, unos instantes después conseguí hacerlo,… el primer tono… segundo… tercero… y al cuarto… el teléfono empezó a comunicar, - ¡mierda! ¿ por qué no me lo coges ?,- y me tiene que pasar todo esto a mí…- Pasé un largo rato refunfuñando, hasta que decidí marchar hacia ese lugar llevándome consigo todos mi miedos y temores y una pequeña linterna de bolsillo para iluminarlos.
Las calles como era normal estaban desiertas, aunque estaba nublado, hacía una calor de mil demonios, empecé a sudar más por miedo que por la temperatura, solo se oían el eco de mis pasos, tardé una media hora en llegar, por momentos pensaba en darme media vuelta, pero esa voz de desesperación me impedía hacerlo, era tan real que… bueno ni mejor pensar.
Hacía mucho tiempo que no pasaba por este lugar, siempre lo evitaba, era una calle adoquinada y sin salida, que la formaban unas seis casas y a la que me dirigía era la del final, me sorprendió como justo antes de llegar habían levantado un muro de unos dos metros y medio, aislándola de las demás, un cartel colgaba en el cual se podía leer “prohibido el paso, peligro de derrumbe”, otras pintadas de graffiti advertían, mis peores presagios. “la muerte está al otro lado”, “Dios nunca viene a salvar a aquellos que visitan esta casa”. Mi cuerpo experimento una descargas que me recorrían desde los pies hasta la cabeza, erizando el vello de mi piel, llegando incluso a doler el mas mínimo roce con la ropa. No entendía como me encontraba en ese lugar.
Conseguí de un salto colgarme del muro y tras un gran esfuerzo pude traspasarlo. Antes de saltar, iluminé con mi pequeña linterna, el silencio era sepulcral, ni un miserable gato se atrevía a pasearse por este lugar. Tras unos minutos me decidí no sin antes santiguarme a invadir ese trozo de calle donde no existe vida. La primera sensación que tuve no fue de miedo, eso lo dejo para luego, me extrañé mucho cuando empecé a sentir frío, la temperatura habría bajado unos veinte grados de golpe. Enfoqué con la diminuta luz la fachada del caserón, era de piedra, un portón de madera negra ligeramente abierta y dos simples ventanas adornaban la tétrica casa, me resultó curioso como justo en un extremo, cerca de la ventana, unos azulejos sucios y erosionados por el tiempo se podía adivinar un nombre “Calle del Silencio”, en ese momento me di cuenta de que hacia honor ese nombre al lugar. Me dispuse a atravesar esa puerta, parecía que detrás de ella estaría el más allá, la frontera donde el miedo se magnifica, trague saliva y empujé, pero era imposible, estaba atrancada, mi frustrados intentos para abrirla me obligaron a introducirme por un pequeño hueco de unos veinte centímetros, minutos mas tarde estaba iluminando en lo que parecía el hall, estaba todo aparentemente limpio, a mis lados habían unas habitaciones con las puertas cerradas, imaginé miles de cosas que podría haber detrás de ellas, por lo que decidí no ser curioso y seguir por un pasillo central que parecía no tener fin que me llevaba como si de un túnel me arrastrase al fondo de la tierra. Con paso tortuoso me dispuse a atravesarlo..
-¡Luis!, ¿donde estas? –mi voz temblorosa no me dejaba formar una frase mas larga- ¡dime que esto es una broma!.
Mi respiración se aceleraba por segundos, -al ver que mis palabras se difuminaban con el vaho que salía de mi boca en este ambiente extremadamente gélido. Llegue al final del pasillo y había dos puertas laterales, pero solo una de ellas estaba medio abierta, cerré los ojos para intentar imaginar que habría detrás cuando un sonido ronco impactó detrás de mi, cuando me di la vuelta a la vez que intentaba buscar que era ese ruido…
¡Oh, Dios! ¿Qué es eso?. Ese ruido aterrador procedía de un horrible perro blanco que estaba montando guardia, enseñándome sus fauces amenazantes.
En ese momento, el maldito perro se lanzó contra mí, sin pensar giré bruscamente y me metí cerrando la puerta con violencia, la linterna se me cayó al suelo dejando todo a oscuras.
¡Mierda!, ¡por el amor de Dios! Donde narices esta la maldita linterna.
Por unos instantes todo callo, pero no tardé mucho en sentir como esos malditos dientes mordían la puerta, haciendo un ruido espantoso, lo peor de todo es cuando un aullido seco llenaba todo el caserón de terror, las ventanas se abrían y cerraban fuertemente las puertas retumbaban, la casa se estaba estremeciendo.
-¡Parad.!, Dios mío, ¿Qué queréis de mí?- alzando la voz por encima de aquellos ensordecedores ruidos-.
El silencio volvió por unos instantes, tiempo que me tome para palpando con las manos buscaba la linterna, -¿Donde está la jodida linterna?-.
¡Aquí estas maldita seas!- y la luz se hizo, una fina niebla envolvía todo a mi alrededor, el frío cada vez era mas intenso, sentía como algo cerca de mi se movía pero era imposible de saber, fijándome el la pared de enfrente, vi como un bulto diminuto se iba agrandando, poco a poco otras formas de las mismas dimensiones surgían a su alrededor. Y agudizando la mirada me di cuenta de que tenían formas humanas que se retorcían gimiendo y chillando de dolor, de entre esas voces una me era familiar, era la de Luis que me pedía auxilio.
-¡Sácame de aquí!-. su voz moría entre sollozos.
-¡Alvaro, por Dios cógeme y sácame de este lugar!
Todo esto era un sueño para mi, no podía creer, no tuve mas opción que acercarme hasta esa extraña forma humana e intentar sacarlo de ahí, tras varios intentos, unas manos surgieron de su alrededor, atrapándome y engulléndome hacia la maldita pared.
-¡Soltadme!- Mis miedos crecieron hasta hacer que mi fuerza fuese desorbitada, cuando una imagen surgió de entre todas esas formas y quedando a escasos centímetros….
-¡Huye de aquí!, ¡quieren atraparte a ti también!, -era la silueta de Luis que perecía de dolor-.
No se bien como pude soltarme, pero no tuve mas opción que la de escapar de ese lugar, pero ¿por donde?.
Fuera de la habitación se oía como el perro estaba a punto de romper la puerta, sus garras chirriaban en el suelo tratando de entrar. Enfocando con la escasa luz, hacia todos los lados, pude divisar una ventana que se habría y cerraba, sin pensármelo, me dirigí hacia ella saltando al exterior sin importarme que ésta tenía cristal, lo que mas me dolió no fue que perdiese definitivamente la linterna y me quedase a oscuras, sino que al caer me torcí un tobillo, dejándome inmóvil y retorciéndome de dolor, todo enmudeció a mi alrededor. Ese momento de silencio se vio interrumpido por el amenazante aullido de la bestia que intentaba salir de la casa, saque fuerzas de donde no podía y arrastrándome por el suelo conseguí llegar hasta el muro, solo necesitaba un último esfuerzo, y cuando estaba colgado, un fuerte dolor atravesó mi maltrecho tobillo, la bestia me había mordido y tiraba hacia abajo, haciéndome soltar y caer. El maldito perro sin soltarme me arrastraba hacia la casa, era su presa que le llevaba como trofeo a su dueño, el demonio. Yo mientras tanto intentaba agarrarme al suelo adoquinado pero éste se resbalaba, y cuando ya estaba abandonado a mi suerte uno de esos adoquines se desprendió quedando a mi alcance y agarrándolo fuertemente me incliné hacia la cabeza de aquel animal, sus ojos rojos me miraban, estaban sedientos de sangre, le golpee una y otra vez hasta que me soltó, y se adentró en la casa, mis manos sangraban, no tenía fuerzas estaba exhausto, pero pude alcanzar el muro y pude traspasarlo quedando tendido en el suelo, perdiendo el conocimiento.
Desperté en una habitación del hospital, recuperándome de mis heridas, y mucha gente haciéndome infinidades de preguntas, a las cuales nunca contesté con la realidad.
Hoy he decidido contárosla para quitarme este peso de encima, que como el peor de los lastres me ha acompañado toda mi vida y espero que al fin no me vuelvan a perseguir en mis sueños esas imágenes que casi todas las noches me atormentan, espero que esta leyenda no se haga de nuevo realidad….
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-Papa, ¿qué escribes?-, preguntó, el adolescente hijo de Alvaro.
-Nada hijo, solo inventaba una historia, de tantas que se cuentan por las calles.
-Me parece muy bien, ¿cuando la acabes me dejaras leerla, verdad?.
-Por supuesto hijo, serás el primero.
-Por cierto papa, ayer estando en el parque, se nos acercó un señor, parecía un vagabundo, un tanto extraño, estaba como borracho.
-¿Qué?, ¿Cómo es ese señor?, ¿Sabes su nombre?. – el padre se descomponía por momentos, al oír esos comentarios de su hijo-.
-Pues papa como todos, viejo, con ropas rotas, olor a alcohol y muy sucio, tenía una gran barba blanca y el pelo largo del mismo color.
-¡Ah..!- un momento de pausa intentando recordar.
-Creo que se llama Miguel, pero le dicen Miguel el viejo.
-¿Acaso lo conoces papa?.
El miedo inmovilizó a Alvaro, maldiciendo para sus adentros-.
-No.. hijo.. no, no conozco a ese hombre- mirando al suelo, totalmente desolado-.
-Pero papa lo que mas me llamó la atención, era el color de sus ojos.
-¿Eran grises hijo?- su voz salía desfallecida de su boca-.
-No papa, eran verdes…….
Tras unos minutos intentando tranquilizarme, intenté llamarlo, mis manos temblorosas no me dejaban marcar los pequeños dígitos, unos instantes después conseguí hacerlo,… el primer tono… segundo… tercero… y al cuarto… el teléfono empezó a comunicar, - ¡mierda! ¿ por qué no me lo coges ?,- y me tiene que pasar todo esto a mí…- Pasé un largo rato refunfuñando, hasta que decidí marchar hacia ese lugar llevándome consigo todos mi miedos y temores y una pequeña linterna de bolsillo para iluminarlos.
Las calles como era normal estaban desiertas, aunque estaba nublado, hacía una calor de mil demonios, empecé a sudar más por miedo que por la temperatura, solo se oían el eco de mis pasos, tardé una media hora en llegar, por momentos pensaba en darme media vuelta, pero esa voz de desesperación me impedía hacerlo, era tan real que… bueno ni mejor pensar.
Hacía mucho tiempo que no pasaba por este lugar, siempre lo evitaba, era una calle adoquinada y sin salida, que la formaban unas seis casas y a la que me dirigía era la del final, me sorprendió como justo antes de llegar habían levantado un muro de unos dos metros y medio, aislándola de las demás, un cartel colgaba en el cual se podía leer “prohibido el paso, peligro de derrumbe”, otras pintadas de graffiti advertían, mis peores presagios. “la muerte está al otro lado”, “Dios nunca viene a salvar a aquellos que visitan esta casa”. Mi cuerpo experimento una descargas que me recorrían desde los pies hasta la cabeza, erizando el vello de mi piel, llegando incluso a doler el mas mínimo roce con la ropa. No entendía como me encontraba en ese lugar.
Conseguí de un salto colgarme del muro y tras un gran esfuerzo pude traspasarlo. Antes de saltar, iluminé con mi pequeña linterna, el silencio era sepulcral, ni un miserable gato se atrevía a pasearse por este lugar. Tras unos minutos me decidí no sin antes santiguarme a invadir ese trozo de calle donde no existe vida. La primera sensación que tuve no fue de miedo, eso lo dejo para luego, me extrañé mucho cuando empecé a sentir frío, la temperatura habría bajado unos veinte grados de golpe. Enfoqué con la diminuta luz la fachada del caserón, era de piedra, un portón de madera negra ligeramente abierta y dos simples ventanas adornaban la tétrica casa, me resultó curioso como justo en un extremo, cerca de la ventana, unos azulejos sucios y erosionados por el tiempo se podía adivinar un nombre “Calle del Silencio”, en ese momento me di cuenta de que hacia honor ese nombre al lugar. Me dispuse a atravesar esa puerta, parecía que detrás de ella estaría el más allá, la frontera donde el miedo se magnifica, trague saliva y empujé, pero era imposible, estaba atrancada, mi frustrados intentos para abrirla me obligaron a introducirme por un pequeño hueco de unos veinte centímetros, minutos mas tarde estaba iluminando en lo que parecía el hall, estaba todo aparentemente limpio, a mis lados habían unas habitaciones con las puertas cerradas, imaginé miles de cosas que podría haber detrás de ellas, por lo que decidí no ser curioso y seguir por un pasillo central que parecía no tener fin que me llevaba como si de un túnel me arrastrase al fondo de la tierra. Con paso tortuoso me dispuse a atravesarlo..
-¡Luis!, ¿donde estas? –mi voz temblorosa no me dejaba formar una frase mas larga- ¡dime que esto es una broma!.
Mi respiración se aceleraba por segundos, -al ver que mis palabras se difuminaban con el vaho que salía de mi boca en este ambiente extremadamente gélido. Llegue al final del pasillo y había dos puertas laterales, pero solo una de ellas estaba medio abierta, cerré los ojos para intentar imaginar que habría detrás cuando un sonido ronco impactó detrás de mi, cuando me di la vuelta a la vez que intentaba buscar que era ese ruido…
¡Oh, Dios! ¿Qué es eso?. Ese ruido aterrador procedía de un horrible perro blanco que estaba montando guardia, enseñándome sus fauces amenazantes.
En ese momento, el maldito perro se lanzó contra mí, sin pensar giré bruscamente y me metí cerrando la puerta con violencia, la linterna se me cayó al suelo dejando todo a oscuras.
¡Mierda!, ¡por el amor de Dios! Donde narices esta la maldita linterna.
Por unos instantes todo callo, pero no tardé mucho en sentir como esos malditos dientes mordían la puerta, haciendo un ruido espantoso, lo peor de todo es cuando un aullido seco llenaba todo el caserón de terror, las ventanas se abrían y cerraban fuertemente las puertas retumbaban, la casa se estaba estremeciendo.
-¡Parad.!, Dios mío, ¿Qué queréis de mí?- alzando la voz por encima de aquellos ensordecedores ruidos-.
El silencio volvió por unos instantes, tiempo que me tome para palpando con las manos buscaba la linterna, -¿Donde está la jodida linterna?-.
¡Aquí estas maldita seas!- y la luz se hizo, una fina niebla envolvía todo a mi alrededor, el frío cada vez era mas intenso, sentía como algo cerca de mi se movía pero era imposible de saber, fijándome el la pared de enfrente, vi como un bulto diminuto se iba agrandando, poco a poco otras formas de las mismas dimensiones surgían a su alrededor. Y agudizando la mirada me di cuenta de que tenían formas humanas que se retorcían gimiendo y chillando de dolor, de entre esas voces una me era familiar, era la de Luis que me pedía auxilio.
-¡Sácame de aquí!-. su voz moría entre sollozos.
-¡Alvaro, por Dios cógeme y sácame de este lugar!
Todo esto era un sueño para mi, no podía creer, no tuve mas opción que acercarme hasta esa extraña forma humana e intentar sacarlo de ahí, tras varios intentos, unas manos surgieron de su alrededor, atrapándome y engulléndome hacia la maldita pared.
-¡Soltadme!- Mis miedos crecieron hasta hacer que mi fuerza fuese desorbitada, cuando una imagen surgió de entre todas esas formas y quedando a escasos centímetros….
-¡Huye de aquí!, ¡quieren atraparte a ti también!, -era la silueta de Luis que perecía de dolor-.
No se bien como pude soltarme, pero no tuve mas opción que la de escapar de ese lugar, pero ¿por donde?.
Fuera de la habitación se oía como el perro estaba a punto de romper la puerta, sus garras chirriaban en el suelo tratando de entrar. Enfocando con la escasa luz, hacia todos los lados, pude divisar una ventana que se habría y cerraba, sin pensármelo, me dirigí hacia ella saltando al exterior sin importarme que ésta tenía cristal, lo que mas me dolió no fue que perdiese definitivamente la linterna y me quedase a oscuras, sino que al caer me torcí un tobillo, dejándome inmóvil y retorciéndome de dolor, todo enmudeció a mi alrededor. Ese momento de silencio se vio interrumpido por el amenazante aullido de la bestia que intentaba salir de la casa, saque fuerzas de donde no podía y arrastrándome por el suelo conseguí llegar hasta el muro, solo necesitaba un último esfuerzo, y cuando estaba colgado, un fuerte dolor atravesó mi maltrecho tobillo, la bestia me había mordido y tiraba hacia abajo, haciéndome soltar y caer. El maldito perro sin soltarme me arrastraba hacia la casa, era su presa que le llevaba como trofeo a su dueño, el demonio. Yo mientras tanto intentaba agarrarme al suelo adoquinado pero éste se resbalaba, y cuando ya estaba abandonado a mi suerte uno de esos adoquines se desprendió quedando a mi alcance y agarrándolo fuertemente me incliné hacia la cabeza de aquel animal, sus ojos rojos me miraban, estaban sedientos de sangre, le golpee una y otra vez hasta que me soltó, y se adentró en la casa, mis manos sangraban, no tenía fuerzas estaba exhausto, pero pude alcanzar el muro y pude traspasarlo quedando tendido en el suelo, perdiendo el conocimiento.
Desperté en una habitación del hospital, recuperándome de mis heridas, y mucha gente haciéndome infinidades de preguntas, a las cuales nunca contesté con la realidad.
Hoy he decidido contárosla para quitarme este peso de encima, que como el peor de los lastres me ha acompañado toda mi vida y espero que al fin no me vuelvan a perseguir en mis sueños esas imágenes que casi todas las noches me atormentan, espero que esta leyenda no se haga de nuevo realidad….
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-Papa, ¿qué escribes?-, preguntó, el adolescente hijo de Alvaro.
-Nada hijo, solo inventaba una historia, de tantas que se cuentan por las calles.
-Me parece muy bien, ¿cuando la acabes me dejaras leerla, verdad?.
-Por supuesto hijo, serás el primero.
-Por cierto papa, ayer estando en el parque, se nos acercó un señor, parecía un vagabundo, un tanto extraño, estaba como borracho.
-¿Qué?, ¿Cómo es ese señor?, ¿Sabes su nombre?. – el padre se descomponía por momentos, al oír esos comentarios de su hijo-.
-Pues papa como todos, viejo, con ropas rotas, olor a alcohol y muy sucio, tenía una gran barba blanca y el pelo largo del mismo color.
-¡Ah..!- un momento de pausa intentando recordar.
-Creo que se llama Miguel, pero le dicen Miguel el viejo.
-¿Acaso lo conoces papa?.
El miedo inmovilizó a Alvaro, maldiciendo para sus adentros-.
-No.. hijo.. no, no conozco a ese hombre- mirando al suelo, totalmente desolado-.
-Pero papa lo que mas me llamó la atención, era el color de sus ojos.
-¿Eran grises hijo?- su voz salía desfallecida de su boca-.
-No papa, eran verdes…….