rocinante
17-ene-2008, 17:01
Breve reseña:
Este relato fué concebido y fruto de mi imaginación durante las antiguas caminatas que hacia por las montañas que rodea a mi ciudad, y aunque los personajes son inventados, no lo son los lugares y edificios citados. Es un apartado lugar en donde existe un pequeñisimo cementerio con tumbas de hace siglos.
Quise darle un ambiente de miedo que no se si lo habré conseguido porque ningún lector, -hasta ahora-, me lo ha hecho saber. Si algunos se atreve a hacerle una critica, le quedaré muy agradecido.
Saludos
EL MIRADOR DE LOS CAZADORES.
Aunque aquello pasó hace mucho tiempo, el temor y el pánico mal disimulado, me asaltan cada vez que paso por allí. Este famoso mirador está en la cima de un promontorio, y se llega hasta él cuando se culmina el final de un retorcido camino de tierra que rodea una de las muchas montañas que domina mi ciudad.
El lugar, casi siempre solitario, y con aspecto de abandono está dominado en su altura por el agrietado y mohoso campanario de una antiquísima y casi derruida ermita a la que adosado por su parte trasera, existe un pequeño cementerio. Un reducido camposanto descuidado y sucio, en las que sus escasas y señoriales tumbas y algún que otro panteón, con oxidadas cadenas rodeándolos y grandes cruces metálicas coronándolos, recuerdan glorias pasadas y en donde según las fechas esculpidas y casi borradas de sus oscuros mármoles ennegrecidos y agrietados de las tumbas, su antigüedad data de siglos pasados.
Allí, frente a estos oscuros edificios se acaba el espacio libre de vegetación que los rodea, y una pequeña explanada de suelo de tierra batida, culmina en una atalaya natural desde donde se divisa toda la ciudad, que a lo lejos, con el Mar al fondo, se esparce en toda su plenitud. Dice la leyenda popular, que allí, en ese tétrico lugar, hace muchos años, asesinaron al sacerdote que vivía allí para robarle. Leyenda o realidad pasada, que al conocerla, hace aumentar la inquietud y la zozobra que se siente en las proximidades de ese tétrico lugar. Desde esa elevada vista, rodeada de una espesa maleza llena de verdes intensos y ocres apagados y hasta donde no llega la neblina de la polución, asomado al vació, pueden verse al atardecer, unas espléndidas e inolvidables puestas de Sol, que enamoran al que por primera vez lo visita. Fue en una de esas tardes de finales de un verano que se empeñaba en retrasar su marcha, cuando disfrutando del enorme silencio y de la paz de aquel sitio, cuando caminando ya de vuelta a la ciudad, me detuve como siempre hacia cuando bajaba por allí. Daba un ligero rodeo a propósito solo para estar unos pocos minutos, y poder contemplar, una vez más, la lejana concentración humana, y la grandiosidad del mar que en toda su azulado manto se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los días por aquel tiempo empezaban a acortarse, y ya las ultimas luces de aquella jornada, se escapaban por entre los árboles lejanos, y ya me disponía a seguir mi camino, cuando al rodear las ruinas de lo que en tiempos pasados había sido una espléndida y ajardinada terraza con una alta fuente de mármol y que ahora no era si no, unas amontonadas y oscuras piedras cubiertas de musgos y abundantes matojos, cuando en ese momento los vi.
Eran una pareja de ancianos que silenciosamente y muy quietos, se hallaban sentados muy juntos en lo que hacia siglos habían sido unos espléndidos bancos de mármol, y de los que ahora apenas si quedaban algunos centímetros libres de maleza para poder sentarse. , Viéndolos de espaldas, las dos figuras vestían unos rigurosos trajes negros, demasiados abrigados, pensé, para un todavía lejano frío que tardaría mucho en aparecer. Los dos mantenían la cabeza firme en una mirada serena y contemplativa, ausente y pérdida en la distancia que los rodeaba.
El hombre casi no me devolvió el saludo al pasar delante de ellos, pues solo hizo una ligera inclinación de cabeza. Ella sin embargo ni siquiera movió un músculo de su envarado porte, demostrando una absoluta falta de interés por aquel que a aquella hora interrumpía la soledad de aquellos momentos. Aquella mujer parecía más bien, por la extremada palidez de su rostro, estar enferma, o en avanzado estado de debilidad, pues su semblante demacrado y mustio parecía como de cera muy brillante. Su traje, de corte amplio y señorial, parecía haberlo sacado del baúl de su juventud, porque los amplios volantes de las mangas, y abundantes en la amplia falda, hablaba de muchos años atrás.
Al fin cuando al cabo de varios minutos me separaba de ellos y me disponía a alejarme dejando tras de si a aquella extraña pareja, vi. al pasar junto al muro del torreón de alto campanario, que en una de las paredes de piedra y sujeto entre dos hendiduras asomaba un reluciente reloj, aparentemente de Oro, o de un metal parecido, pues brillaba intensamente devolviendo en sus reflejos, los últimos rayos de un Sol moribundo que se retiraba a lo lejos. Lo mire fijamente, como para asegurarme de la realidad de lo que aparecía ante mi vista, y sorprendido, instintivamente, y como buscando una explicación a aquello, me volví hacia el anciano que en esos momentos me observaba fijamente, como esperando mi reacción.
La cara del anciano no tan decrepita como la de la señora que parecía ser su esposa, denotaba cansancio, su pelo gris, abundante y bien cuidado se le balanceaba en la frente al compás de una ligera brisa que en aquel momento se había levantado. Lucia un fino bigote y en su cara de ojos semicerrados, y arrugada, como en los suaves gestos se advertía signos de una elegancia natural y un porte distinguido
-No se preocupe.-
Dijo.
-No funciona,
.-y además si se fija, le falta un trozo de la caja.-
Seguidamente la voz cansada del anciano, quedó como flotando en el aire quieto y silencioso de la tarde, dejándome al sensación de que el sonido había llegado de muy lejos, que aunque salía de aquella boca, las palabras, habían hecho un viaje muy largo para llegar allí. Volví de nuevo la vista y mi atención muy detenidamente hacia a aquel viejo reloj de bolsillo, comprobando que efectivamente, que además de faltarle la cadena, también carecía de un pequeño trozo del precioso metal en su caja, aun así, y sin esperar la aprobación del anciano, lo despegue de donde parecía estar encajado entre los resquicios de la pared rocosa para examinarlo más de cerca.
.- ¿Es suyo?
Pregunté seguidamente, sin volverme y levantando la voz para recabar la atención de mi vecino, que como ausente, y ensimismado en sus pensamientos, casi sin moverse, ni alterar un solo músculo de su cuerpo levantó su mirada del suelo para dirigirla a el horizonte lejano del Mar.
.- Si.- Dijo.
y siguió hablando en un sonido quedo que se mezclaban con el murmullo de las hojas de las ramas cercanas.
.-Queríamos dejar un recuerdo en este lugar tan querido para nosotros y por nuestra familia.
-i De nuevo quedo callado, y como parecía que el hombre se volvía a su mutismo y se sumergía en sus profundos pensamientos, sin pronunciar palabra, y como si adivinara sus intenciones, volví a intentar colocar el reloj en su posición inicial, pero al ir a encajarlo de nuevo, tuve la mala suerte que se me escapó de las manos y fue a perderse por entre una de las numerosas grietas de las piedras de aquel suelo quebrado y levantado por los años de abandono. Con tan mala fortuna, de que el reloj desapareció en la oscuridad de su fondo y quedándome sin la posibilidad de volver a recuperarlo.
El anciano que aún seguia con la mirada lejana volvió a seguir a seguía mis movimientos murmurando como casi sin fuerzas, como cansado y hastiado, como si no le importara aquello.
-i.-No se preocupe, no tenia mucho valor. Pero si quiere y es tan amable, puede poner en su lugar esta foto de nosotros.-i
Acto seguido y como aparecida en su mano blanca y huesuda, me alargo una foto en blanco y negro, a la que no pude por menos que al momento de cogerla, echarle una rápida mirada. En ella, aparecían retratados ellos dos juntos, con las mismas ropas que vestían aquella tarde, en el mismo sitio, con muchos años menos, y mostrando en sus caras y en sus cuerpos, una juventud y una vitalidad ahora desaparecida, y como paisaje de fondo y llenando toda aquella estampa, la misma fuente, pero no en ruinas como ahora, si no en todo su esplendor, ajardinada y florida,, con sus desaparecidos parterres llenos del variado colorido de las abundantes flores que lo llenaban, y de verde recortados, en abundantes y multitud de figuras.
Detrás de la pareja, destacaba en la foto el imponente surtidor de agua cayendo con fuerzas en un amplio y sereno estanque, y a su alrededor, los bancos y adornos de mármol, luciendo con toda su blancura y esplendor. Con aquella oscura y vieja cartulina entre los dedos, una extraña sensación me inundó, era como algo que no podía explicar, y aún hoy que han pasado los años, lo recuerdo con desagrado, pues me ocasionó un nerviosismo y malestar. hoy difícil de olvidar. Entonces, me di la vuelta para intentar sujetar de alguna forma, en la irregular pared, aquella antigua foto, pero la única forma de hacerlo era meter en una de las rendijas el borde de la vieja cartulina, y de esta manera dejarla ligeramente sujeta. Si acaso no por mucho tiempo, porque cualquier ráfaga de viento o el mismo ligero aire de la tarde, la haría caer al suelo, No quedando muy conforme, y buscando la forma de que aquella cartulina amarillenta se quedara definitivamente pegada a la roca, le di la vuelta y al hacerlo, la sangre se me heló en las venas.
En la que en su reverso y en letras góticas, primorosamente adornadas, se podía leer:
"" A los distinguidos familiares y amigos con dolor y pesar se le comunica que: El muy distinguido y honorable muy excelentísimo: SR. Don Aníbal Fernández de Ayala y Fuensanta Marques de Valles Y su fiel y distinguida esposa Cristina de Nieva Amat Gala de Quiroga Nieta descendiente del el Conde de Torre Laguna. A quienes Dios guarde en su gloria eterna, han sido llamados por nuestro Señor a su santa compañía. Ruega a Uds. una ferviente oración por la salvación de sus alma Los actos fúnebres que serán oficiados por el señor Obispo de la diócesis será presentes en el salón Condal, a lo que se les ruega su piadosa asistencia A 20 de Enero de 1898 año de N. S en la ciudad del Valle. ""
Aún seguía atónito mirando aquellas letras que se habían quedado fijas ante mis ojos, cuando con pavor comprendía que aquello que tenia en mis manos, era una esquela mortuoria, Entonces una pregunta rubita me asalto ¿Qué había pasado? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué hacia yo allí? Aunque no me atreví a moverme, porque volver la cabeza seria encontrarme lo que no quería ver, ni siquiera imaginar, me quedé unos minutos en vilo, unos instantes eternos, hasta que la curiosidad pudo más que el temor y cuando al final lleno de espanto giré el cuerpo para ver lo que tenía detrás, a mis espaldas, ¡¡No había nadie!! Misteriosamente nadie me acompañaba, solo mi persona respiraba en aquel lugar, en aquella fatídica tarde de finales de verano. Estaba completamente solo. Cuando me marchaba corriendo y mirando para atrás, anochecía.
Rocinante: Serra de la Marina 29 Septiembre de 1985
Este relato fué concebido y fruto de mi imaginación durante las antiguas caminatas que hacia por las montañas que rodea a mi ciudad, y aunque los personajes son inventados, no lo son los lugares y edificios citados. Es un apartado lugar en donde existe un pequeñisimo cementerio con tumbas de hace siglos.
Quise darle un ambiente de miedo que no se si lo habré conseguido porque ningún lector, -hasta ahora-, me lo ha hecho saber. Si algunos se atreve a hacerle una critica, le quedaré muy agradecido.
Saludos
EL MIRADOR DE LOS CAZADORES.
Aunque aquello pasó hace mucho tiempo, el temor y el pánico mal disimulado, me asaltan cada vez que paso por allí. Este famoso mirador está en la cima de un promontorio, y se llega hasta él cuando se culmina el final de un retorcido camino de tierra que rodea una de las muchas montañas que domina mi ciudad.
El lugar, casi siempre solitario, y con aspecto de abandono está dominado en su altura por el agrietado y mohoso campanario de una antiquísima y casi derruida ermita a la que adosado por su parte trasera, existe un pequeño cementerio. Un reducido camposanto descuidado y sucio, en las que sus escasas y señoriales tumbas y algún que otro panteón, con oxidadas cadenas rodeándolos y grandes cruces metálicas coronándolos, recuerdan glorias pasadas y en donde según las fechas esculpidas y casi borradas de sus oscuros mármoles ennegrecidos y agrietados de las tumbas, su antigüedad data de siglos pasados.
Allí, frente a estos oscuros edificios se acaba el espacio libre de vegetación que los rodea, y una pequeña explanada de suelo de tierra batida, culmina en una atalaya natural desde donde se divisa toda la ciudad, que a lo lejos, con el Mar al fondo, se esparce en toda su plenitud. Dice la leyenda popular, que allí, en ese tétrico lugar, hace muchos años, asesinaron al sacerdote que vivía allí para robarle. Leyenda o realidad pasada, que al conocerla, hace aumentar la inquietud y la zozobra que se siente en las proximidades de ese tétrico lugar. Desde esa elevada vista, rodeada de una espesa maleza llena de verdes intensos y ocres apagados y hasta donde no llega la neblina de la polución, asomado al vació, pueden verse al atardecer, unas espléndidas e inolvidables puestas de Sol, que enamoran al que por primera vez lo visita. Fue en una de esas tardes de finales de un verano que se empeñaba en retrasar su marcha, cuando disfrutando del enorme silencio y de la paz de aquel sitio, cuando caminando ya de vuelta a la ciudad, me detuve como siempre hacia cuando bajaba por allí. Daba un ligero rodeo a propósito solo para estar unos pocos minutos, y poder contemplar, una vez más, la lejana concentración humana, y la grandiosidad del mar que en toda su azulado manto se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los días por aquel tiempo empezaban a acortarse, y ya las ultimas luces de aquella jornada, se escapaban por entre los árboles lejanos, y ya me disponía a seguir mi camino, cuando al rodear las ruinas de lo que en tiempos pasados había sido una espléndida y ajardinada terraza con una alta fuente de mármol y que ahora no era si no, unas amontonadas y oscuras piedras cubiertas de musgos y abundantes matojos, cuando en ese momento los vi.
Eran una pareja de ancianos que silenciosamente y muy quietos, se hallaban sentados muy juntos en lo que hacia siglos habían sido unos espléndidos bancos de mármol, y de los que ahora apenas si quedaban algunos centímetros libres de maleza para poder sentarse. , Viéndolos de espaldas, las dos figuras vestían unos rigurosos trajes negros, demasiados abrigados, pensé, para un todavía lejano frío que tardaría mucho en aparecer. Los dos mantenían la cabeza firme en una mirada serena y contemplativa, ausente y pérdida en la distancia que los rodeaba.
El hombre casi no me devolvió el saludo al pasar delante de ellos, pues solo hizo una ligera inclinación de cabeza. Ella sin embargo ni siquiera movió un músculo de su envarado porte, demostrando una absoluta falta de interés por aquel que a aquella hora interrumpía la soledad de aquellos momentos. Aquella mujer parecía más bien, por la extremada palidez de su rostro, estar enferma, o en avanzado estado de debilidad, pues su semblante demacrado y mustio parecía como de cera muy brillante. Su traje, de corte amplio y señorial, parecía haberlo sacado del baúl de su juventud, porque los amplios volantes de las mangas, y abundantes en la amplia falda, hablaba de muchos años atrás.
Al fin cuando al cabo de varios minutos me separaba de ellos y me disponía a alejarme dejando tras de si a aquella extraña pareja, vi. al pasar junto al muro del torreón de alto campanario, que en una de las paredes de piedra y sujeto entre dos hendiduras asomaba un reluciente reloj, aparentemente de Oro, o de un metal parecido, pues brillaba intensamente devolviendo en sus reflejos, los últimos rayos de un Sol moribundo que se retiraba a lo lejos. Lo mire fijamente, como para asegurarme de la realidad de lo que aparecía ante mi vista, y sorprendido, instintivamente, y como buscando una explicación a aquello, me volví hacia el anciano que en esos momentos me observaba fijamente, como esperando mi reacción.
La cara del anciano no tan decrepita como la de la señora que parecía ser su esposa, denotaba cansancio, su pelo gris, abundante y bien cuidado se le balanceaba en la frente al compás de una ligera brisa que en aquel momento se había levantado. Lucia un fino bigote y en su cara de ojos semicerrados, y arrugada, como en los suaves gestos se advertía signos de una elegancia natural y un porte distinguido
-No se preocupe.-
Dijo.
-No funciona,
.-y además si se fija, le falta un trozo de la caja.-
Seguidamente la voz cansada del anciano, quedó como flotando en el aire quieto y silencioso de la tarde, dejándome al sensación de que el sonido había llegado de muy lejos, que aunque salía de aquella boca, las palabras, habían hecho un viaje muy largo para llegar allí. Volví de nuevo la vista y mi atención muy detenidamente hacia a aquel viejo reloj de bolsillo, comprobando que efectivamente, que además de faltarle la cadena, también carecía de un pequeño trozo del precioso metal en su caja, aun así, y sin esperar la aprobación del anciano, lo despegue de donde parecía estar encajado entre los resquicios de la pared rocosa para examinarlo más de cerca.
.- ¿Es suyo?
Pregunté seguidamente, sin volverme y levantando la voz para recabar la atención de mi vecino, que como ausente, y ensimismado en sus pensamientos, casi sin moverse, ni alterar un solo músculo de su cuerpo levantó su mirada del suelo para dirigirla a el horizonte lejano del Mar.
.- Si.- Dijo.
y siguió hablando en un sonido quedo que se mezclaban con el murmullo de las hojas de las ramas cercanas.
.-Queríamos dejar un recuerdo en este lugar tan querido para nosotros y por nuestra familia.
-i De nuevo quedo callado, y como parecía que el hombre se volvía a su mutismo y se sumergía en sus profundos pensamientos, sin pronunciar palabra, y como si adivinara sus intenciones, volví a intentar colocar el reloj en su posición inicial, pero al ir a encajarlo de nuevo, tuve la mala suerte que se me escapó de las manos y fue a perderse por entre una de las numerosas grietas de las piedras de aquel suelo quebrado y levantado por los años de abandono. Con tan mala fortuna, de que el reloj desapareció en la oscuridad de su fondo y quedándome sin la posibilidad de volver a recuperarlo.
El anciano que aún seguia con la mirada lejana volvió a seguir a seguía mis movimientos murmurando como casi sin fuerzas, como cansado y hastiado, como si no le importara aquello.
-i.-No se preocupe, no tenia mucho valor. Pero si quiere y es tan amable, puede poner en su lugar esta foto de nosotros.-i
Acto seguido y como aparecida en su mano blanca y huesuda, me alargo una foto en blanco y negro, a la que no pude por menos que al momento de cogerla, echarle una rápida mirada. En ella, aparecían retratados ellos dos juntos, con las mismas ropas que vestían aquella tarde, en el mismo sitio, con muchos años menos, y mostrando en sus caras y en sus cuerpos, una juventud y una vitalidad ahora desaparecida, y como paisaje de fondo y llenando toda aquella estampa, la misma fuente, pero no en ruinas como ahora, si no en todo su esplendor, ajardinada y florida,, con sus desaparecidos parterres llenos del variado colorido de las abundantes flores que lo llenaban, y de verde recortados, en abundantes y multitud de figuras.
Detrás de la pareja, destacaba en la foto el imponente surtidor de agua cayendo con fuerzas en un amplio y sereno estanque, y a su alrededor, los bancos y adornos de mármol, luciendo con toda su blancura y esplendor. Con aquella oscura y vieja cartulina entre los dedos, una extraña sensación me inundó, era como algo que no podía explicar, y aún hoy que han pasado los años, lo recuerdo con desagrado, pues me ocasionó un nerviosismo y malestar. hoy difícil de olvidar. Entonces, me di la vuelta para intentar sujetar de alguna forma, en la irregular pared, aquella antigua foto, pero la única forma de hacerlo era meter en una de las rendijas el borde de la vieja cartulina, y de esta manera dejarla ligeramente sujeta. Si acaso no por mucho tiempo, porque cualquier ráfaga de viento o el mismo ligero aire de la tarde, la haría caer al suelo, No quedando muy conforme, y buscando la forma de que aquella cartulina amarillenta se quedara definitivamente pegada a la roca, le di la vuelta y al hacerlo, la sangre se me heló en las venas.
En la que en su reverso y en letras góticas, primorosamente adornadas, se podía leer:
"" A los distinguidos familiares y amigos con dolor y pesar se le comunica que: El muy distinguido y honorable muy excelentísimo: SR. Don Aníbal Fernández de Ayala y Fuensanta Marques de Valles Y su fiel y distinguida esposa Cristina de Nieva Amat Gala de Quiroga Nieta descendiente del el Conde de Torre Laguna. A quienes Dios guarde en su gloria eterna, han sido llamados por nuestro Señor a su santa compañía. Ruega a Uds. una ferviente oración por la salvación de sus alma Los actos fúnebres que serán oficiados por el señor Obispo de la diócesis será presentes en el salón Condal, a lo que se les ruega su piadosa asistencia A 20 de Enero de 1898 año de N. S en la ciudad del Valle. ""
Aún seguía atónito mirando aquellas letras que se habían quedado fijas ante mis ojos, cuando con pavor comprendía que aquello que tenia en mis manos, era una esquela mortuoria, Entonces una pregunta rubita me asalto ¿Qué había pasado? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué hacia yo allí? Aunque no me atreví a moverme, porque volver la cabeza seria encontrarme lo que no quería ver, ni siquiera imaginar, me quedé unos minutos en vilo, unos instantes eternos, hasta que la curiosidad pudo más que el temor y cuando al final lleno de espanto giré el cuerpo para ver lo que tenía detrás, a mis espaldas, ¡¡No había nadie!! Misteriosamente nadie me acompañaba, solo mi persona respiraba en aquel lugar, en aquella fatídica tarde de finales de verano. Estaba completamente solo. Cuando me marchaba corriendo y mirando para atrás, anochecía.
Rocinante: Serra de la Marina 29 Septiembre de 1985