Aguas
28-mar-2008, 03:02
La espada de Ahín
Que corran los villanos, los que no ofrecen lealtad a nuestro Rey deben de arder en el infierno, lo mismo que quienes pongan en duda la palabra del Papa de Roma, muerte a la plebe que mal huele nuestro glorioso reino.
Las ordenes de Fernando Dieç se hacían patentes en las endebles mentes de los soldados de a pie que arrasaban la ciudad de Borriana, asestando puñaladas sin compasión alguna. El griterío era estresante, la hermana de mi fallecida madre nos cogió al primogénito y a mí, ofreciéndonos cobijo en una de las trampillas que escondía su humilde casa. Allí donde todo era oscuro, ni siquiera se veían los ágiles roedores que corrían encima de nuestros descalzos pies, pero no había tiempo para pararse a pensar en ellos, los atroces sonidos de fuera solo traían muerte y destrucción para nuestro pueblo fértil.
Se oyó un portazo en la misma casa de mi tía, y muchas pisadas, mi hermano y yo forzamos nuestros tímpanos para oír mejor; -Sinyor tin pietat- fue lo único que llegamos a escuchar antes del aullido de nuestra salvadora que la muerte la visitaba bien joven y aún por casar. Las pisadas dieron paso a su fin para dar la bienvenida a astillas y pajas que se retorcían por el inaguantable calor de las llamas, en donde yo, sin embargo hacía frío y un ligero aire rozaba nuestras temblorosas y débiles piernas por alguna canalización no muy estrecha que las ratas usarían para ir de un lado a otro.
A las dos horas no se oía ni un alma, fue cuando Rodrigo insistió en que saliéramos, nos esforzamos para levantar la madera que nos separaba, por suerte las llamas no llegaron hasta allí, empero de la casa no quedaba ya nada, ni una sola pared. La humareda brotaba de todas las casuchas que hubo anteriormente, algún fuego seguía vivo, pero poco tenía ya que devorar. Las gentes yacían en tierra, entre ellas nuestro valeroso padre César Izquierdo de Artana, que mostraba una cara desencajada y su genuina barba llena del rojo odio sangre de los tiranos de Dieç. El primogénito y un servidor seriamos los únicos supervivientes de aquella masacre, buscamos lo que quedaba de nuestra casa y entre muros de barro dimos con la espada de linage, que se hallaba escondida y la que nuestro padre no pudo usar por pillarle desprevenido, la espada de Ahín, la que sucedió de mi abuelo y ahora pertenecía a mi hermano.
Sin nada más que hacer, le propuse a mi acompañante que fuéramos al sur, por Nules, si tuviéramos suerte no habría sido castigada por las tropas de Dieç y podríamos refugiarnos y alimentarnos unos pocos días, a lo que accedió pareciéndole buena idea. El camino era largo y pesado, yo miraba la espada de mi hermano, era preciosa, más que una dama virgen, y pesada como la armadura de un noble caballero, Rodrigo no era el dueño apropiado, si no podía apenas ni empuñarla y se le notaba cansado y débil, tan cansado estaba que aún no cantaban los grillos y dijo -La nuyt fos escura, e ací sopam-. No tuve otro remedio que detenerme con él para buscar algún lugar donde dormir y algo con lo que alimentarse, en aproximadamente media hora disponíamos de un puñado de almendras y algarrobas que devorábamos con recelo, empero le hubiera dado mi ración por su espada, le pregunté por ella, y empezó flirtear con ella, me propuso no en serio, el crear un Reino, y yo ser su sirviente. La gracia que ansiaba tener no me llegó y tras meditarlo durante media noche, agarré una piedra con pico y acercándome a Rodrigo despacio para que no se despertara, le asesté un golpe mortal justo en la sien que lo dejó abatido, ni un gemido salió de su rancia boca.
La espada de Ahín, la que le perteneció a César y antes a su padre de su mismo nombre, iba a formar parte de la compañía de Blasco Izquierdo de Artana, y la levantó hacia los mismos cielos hasta casi tocar el sol con su afilada punta en nombre de su asesinado padre el cual vengaría sin pesar.
Que corran los villanos, los que no ofrecen lealtad a nuestro Rey deben de arder en el infierno, lo mismo que quienes pongan en duda la palabra del Papa de Roma, muerte a la plebe que mal huele nuestro glorioso reino.
Las ordenes de Fernando Dieç se hacían patentes en las endebles mentes de los soldados de a pie que arrasaban la ciudad de Borriana, asestando puñaladas sin compasión alguna. El griterío era estresante, la hermana de mi fallecida madre nos cogió al primogénito y a mí, ofreciéndonos cobijo en una de las trampillas que escondía su humilde casa. Allí donde todo era oscuro, ni siquiera se veían los ágiles roedores que corrían encima de nuestros descalzos pies, pero no había tiempo para pararse a pensar en ellos, los atroces sonidos de fuera solo traían muerte y destrucción para nuestro pueblo fértil.
Se oyó un portazo en la misma casa de mi tía, y muchas pisadas, mi hermano y yo forzamos nuestros tímpanos para oír mejor; -Sinyor tin pietat- fue lo único que llegamos a escuchar antes del aullido de nuestra salvadora que la muerte la visitaba bien joven y aún por casar. Las pisadas dieron paso a su fin para dar la bienvenida a astillas y pajas que se retorcían por el inaguantable calor de las llamas, en donde yo, sin embargo hacía frío y un ligero aire rozaba nuestras temblorosas y débiles piernas por alguna canalización no muy estrecha que las ratas usarían para ir de un lado a otro.
A las dos horas no se oía ni un alma, fue cuando Rodrigo insistió en que saliéramos, nos esforzamos para levantar la madera que nos separaba, por suerte las llamas no llegaron hasta allí, empero de la casa no quedaba ya nada, ni una sola pared. La humareda brotaba de todas las casuchas que hubo anteriormente, algún fuego seguía vivo, pero poco tenía ya que devorar. Las gentes yacían en tierra, entre ellas nuestro valeroso padre César Izquierdo de Artana, que mostraba una cara desencajada y su genuina barba llena del rojo odio sangre de los tiranos de Dieç. El primogénito y un servidor seriamos los únicos supervivientes de aquella masacre, buscamos lo que quedaba de nuestra casa y entre muros de barro dimos con la espada de linage, que se hallaba escondida y la que nuestro padre no pudo usar por pillarle desprevenido, la espada de Ahín, la que sucedió de mi abuelo y ahora pertenecía a mi hermano.
Sin nada más que hacer, le propuse a mi acompañante que fuéramos al sur, por Nules, si tuviéramos suerte no habría sido castigada por las tropas de Dieç y podríamos refugiarnos y alimentarnos unos pocos días, a lo que accedió pareciéndole buena idea. El camino era largo y pesado, yo miraba la espada de mi hermano, era preciosa, más que una dama virgen, y pesada como la armadura de un noble caballero, Rodrigo no era el dueño apropiado, si no podía apenas ni empuñarla y se le notaba cansado y débil, tan cansado estaba que aún no cantaban los grillos y dijo -La nuyt fos escura, e ací sopam-. No tuve otro remedio que detenerme con él para buscar algún lugar donde dormir y algo con lo que alimentarse, en aproximadamente media hora disponíamos de un puñado de almendras y algarrobas que devorábamos con recelo, empero le hubiera dado mi ración por su espada, le pregunté por ella, y empezó flirtear con ella, me propuso no en serio, el crear un Reino, y yo ser su sirviente. La gracia que ansiaba tener no me llegó y tras meditarlo durante media noche, agarré una piedra con pico y acercándome a Rodrigo despacio para que no se despertara, le asesté un golpe mortal justo en la sien que lo dejó abatido, ni un gemido salió de su rancia boca.
La espada de Ahín, la que le perteneció a César y antes a su padre de su mismo nombre, iba a formar parte de la compañía de Blasco Izquierdo de Artana, y la levantó hacia los mismos cielos hasta casi tocar el sol con su afilada punta en nombre de su asesinado padre el cual vengaría sin pesar.